Voces del más acá

Historias del crimen, por Daniel Schulman

30 JUL 2016 - 20:56 | Actualizado

Por Daniel Schulman / Especial para Jornada

Todos solemos hablar con “nosotros mismos”, en mayor o en menor medida. A veces una acción que tenemos que llevar adelante implica cierta reflexión de nuestra parte y esa reflexión tiene que ver con esta cuestión de charlarnos en nuestro foro íntimo. Eso no es para nada patológico. Hablarnos es algo que de alguna manera nos convierte en sujetos más o menos reflexivos en algunos temas.

Pero claro, también puede pasar que esa conversación con uno mismo se convierta en algo patológico.

Hay quienes afirman que pueden hablar con los muertos.

Y también hay quienes pueden hablar con los vivos. Pero con una categoría de “vivos” un tanto extraña: unos vivos que no existen.

Así le pasaba al fulano protagonista de esta crónica: hablaba con sujetos inexistentes en la vida objetiva, pero muy reales para su vida subjetiva.

El fulano tenía 28 o 29 años, hermano mayor de 8 hermanos. Su padre no lo había reconocido. La mamá al momento de comentarle la novedad del embarazo fue abandonada, por lo que tuvo a su hijo en soltería, hasta que volvió a formar pareja. No obstante, al pobre flaco le hacía mella saber que su padre no se había querido hacer cargo de él. Su padrastro ocupaba muy bien ese lugar y rol, pero al flaco le hacía mal saber que quien debiera haberse puesto las pilas, nunca lo hizo. Eso lo tuvo mal toda su pubertad, hasta que empezó a mostrar los primeros síntomas de comportamiento extraño.

Entrada al adolescencia el flaco ya era intratable. Tanto su madre como su padrastro no podían encarrilarlo. El flaco se rajaba de la casa, faltaba a la escuela, consumía alcohol y drogas, era grosero con los vecinos, agresivo con su familia. Ya se estaba convirtiendo en una especie de antisocial, sumado al comportamiento raro, irascible, irritable, y a las contestaciones al silencio que hacía.

Frente a esta cuestión, la mamá lo llevó a ver un grupo de especialistas, quienes diagnosticaron que presentaba síntomas paranoicos y esquizofrénicos. Le recetaron una medicación, y le dijeron a la madre que si la cosa seguía, lo internarían.

Ya para esto tenía 16 años y el flaco, que se estaba convirtiendo en loco pero no en boludo, se rajó de la casa. Un buen día no volvió más.

Denuncia policial, búsqueda en hospitales, rastrillaje. Toda la bola. No aparecía por ningún lado.

La ansiedad de la familia menguó mucho cuando una hermana de la madre, tía del flaco, la llamó a un mes de la desaparición, para avisarle que el pibe se encontraba con ella. Claro que la casa de la tía y del flaco estaban separadas por cerca de 700 km. ¿Cómo hizo para llegar? Al día de hoy es un misterio.

Pero la tía lo acogió bien en su domicilio y el fulano se mostraba a gusto. El marido de la tía tenía taller mecánico y lo tomó como aprendiz, y el flaco se desempeñaba muy bien. También tenía buena mano para la plomería y aprendió los rudimentos del oficio.

Al menos el pibe estaba comenzando a laburar, ocupaba su tiempo en cosas productivas, y se lo observaba muy contento con esto de sentirse útil.

Así pasó unos cuatro o cinco meses con sus tíos. Su madre viajó un par de veces y más tarde, en el juicio, dijo que en ese momento lo había encontrado muy bien. Que tal vez la culpa había sido de ella.

Y la madre insistió para que el pibe volviera con ella. Insistió tanto que el pibe volvió. Y al principio anduvo todo bien, pero después derrapó todo a la mierda: el flaco se mostraba angustiado, retraído, hablaba solo… Estaba más raro que antes.

Y como andaba al pedo, volvió a consumir sustancias tóxicas con más frecuencia y en mayor cantidad que antes.

A la casa caía cada dos días, todo hecho mierda, después de una caravana larga, sin recordar dónde ni con quién había estado. La madre, angustiada, llamó a su hermana para que lo recibiera de nuevo. Y así fue. El flaco volvió con sus tíos, pero volvió enojadísimo con la vieja: otra vez, quien debiera haberse puesto las pilas, no lo hizo.

Así que a la primera de cambio que tuvo, se rajó también de la casa de los tíos. Y apareció como a los dos meses en su casa, todo destruido. Su estado físico y mental estaban por demás deteriorados. Parecía un vagabundo, su olor era insoportable, y su mirada se encontraba perdida. Parecía estar viendo algo que nadie podía y hablaba solo y se irritaba por esa conversación unipersonal.

Empezó un tratamiento psicoterapéutico y farmacológico. Los profesionales dijeron que iba a andar bien, pero iba a llevar tiempo. Y que no hacía falta internarlo.

Pero, vueltas de la vida, un día hablaba consigo mismo y sus voces se quejaban de su olor y su aspecto. Le reprochaban que siempre anduviera sucio y desaliñado. Y él a los gritos les respondía que no le importaba. Y así siguió unos minutos, cuando su madre lo invitó a ayudarla a limpiar el patio.

Le dio un machete para cortar las ramas de una planta, mientras él seguía su conversación unipersonal, cuando vio pasar a una piba que iba en la suya, y las voces, según pudo contarle luego a los peritos, le dijeron que era ella quien se quejaba en realidad de todos esos reproches. Que era ella la se quejaba de esas cosas, y por eso esas voces lo molestaban.

Casi como un rayo lo vio su madre avanzar hasta la piba que no se inmutó al verlo llegar, y le descargó cerca de 50 machetazos en toda su humanidad.

Fue declarado inimputable.

Al día de hoy sigue internado en la unidad de salud mental de un servicio penitenciario.

30 JUL 2016 - 20:56

Por Daniel Schulman / Especial para Jornada

Todos solemos hablar con “nosotros mismos”, en mayor o en menor medida. A veces una acción que tenemos que llevar adelante implica cierta reflexión de nuestra parte y esa reflexión tiene que ver con esta cuestión de charlarnos en nuestro foro íntimo. Eso no es para nada patológico. Hablarnos es algo que de alguna manera nos convierte en sujetos más o menos reflexivos en algunos temas.

Pero claro, también puede pasar que esa conversación con uno mismo se convierta en algo patológico.

Hay quienes afirman que pueden hablar con los muertos.

Y también hay quienes pueden hablar con los vivos. Pero con una categoría de “vivos” un tanto extraña: unos vivos que no existen.

Así le pasaba al fulano protagonista de esta crónica: hablaba con sujetos inexistentes en la vida objetiva, pero muy reales para su vida subjetiva.

El fulano tenía 28 o 29 años, hermano mayor de 8 hermanos. Su padre no lo había reconocido. La mamá al momento de comentarle la novedad del embarazo fue abandonada, por lo que tuvo a su hijo en soltería, hasta que volvió a formar pareja. No obstante, al pobre flaco le hacía mella saber que su padre no se había querido hacer cargo de él. Su padrastro ocupaba muy bien ese lugar y rol, pero al flaco le hacía mal saber que quien debiera haberse puesto las pilas, nunca lo hizo. Eso lo tuvo mal toda su pubertad, hasta que empezó a mostrar los primeros síntomas de comportamiento extraño.

Entrada al adolescencia el flaco ya era intratable. Tanto su madre como su padrastro no podían encarrilarlo. El flaco se rajaba de la casa, faltaba a la escuela, consumía alcohol y drogas, era grosero con los vecinos, agresivo con su familia. Ya se estaba convirtiendo en una especie de antisocial, sumado al comportamiento raro, irascible, irritable, y a las contestaciones al silencio que hacía.

Frente a esta cuestión, la mamá lo llevó a ver un grupo de especialistas, quienes diagnosticaron que presentaba síntomas paranoicos y esquizofrénicos. Le recetaron una medicación, y le dijeron a la madre que si la cosa seguía, lo internarían.

Ya para esto tenía 16 años y el flaco, que se estaba convirtiendo en loco pero no en boludo, se rajó de la casa. Un buen día no volvió más.

Denuncia policial, búsqueda en hospitales, rastrillaje. Toda la bola. No aparecía por ningún lado.

La ansiedad de la familia menguó mucho cuando una hermana de la madre, tía del flaco, la llamó a un mes de la desaparición, para avisarle que el pibe se encontraba con ella. Claro que la casa de la tía y del flaco estaban separadas por cerca de 700 km. ¿Cómo hizo para llegar? Al día de hoy es un misterio.

Pero la tía lo acogió bien en su domicilio y el fulano se mostraba a gusto. El marido de la tía tenía taller mecánico y lo tomó como aprendiz, y el flaco se desempeñaba muy bien. También tenía buena mano para la plomería y aprendió los rudimentos del oficio.

Al menos el pibe estaba comenzando a laburar, ocupaba su tiempo en cosas productivas, y se lo observaba muy contento con esto de sentirse útil.

Así pasó unos cuatro o cinco meses con sus tíos. Su madre viajó un par de veces y más tarde, en el juicio, dijo que en ese momento lo había encontrado muy bien. Que tal vez la culpa había sido de ella.

Y la madre insistió para que el pibe volviera con ella. Insistió tanto que el pibe volvió. Y al principio anduvo todo bien, pero después derrapó todo a la mierda: el flaco se mostraba angustiado, retraído, hablaba solo… Estaba más raro que antes.

Y como andaba al pedo, volvió a consumir sustancias tóxicas con más frecuencia y en mayor cantidad que antes.

A la casa caía cada dos días, todo hecho mierda, después de una caravana larga, sin recordar dónde ni con quién había estado. La madre, angustiada, llamó a su hermana para que lo recibiera de nuevo. Y así fue. El flaco volvió con sus tíos, pero volvió enojadísimo con la vieja: otra vez, quien debiera haberse puesto las pilas, no lo hizo.

Así que a la primera de cambio que tuvo, se rajó también de la casa de los tíos. Y apareció como a los dos meses en su casa, todo destruido. Su estado físico y mental estaban por demás deteriorados. Parecía un vagabundo, su olor era insoportable, y su mirada se encontraba perdida. Parecía estar viendo algo que nadie podía y hablaba solo y se irritaba por esa conversación unipersonal.

Empezó un tratamiento psicoterapéutico y farmacológico. Los profesionales dijeron que iba a andar bien, pero iba a llevar tiempo. Y que no hacía falta internarlo.

Pero, vueltas de la vida, un día hablaba consigo mismo y sus voces se quejaban de su olor y su aspecto. Le reprochaban que siempre anduviera sucio y desaliñado. Y él a los gritos les respondía que no le importaba. Y así siguió unos minutos, cuando su madre lo invitó a ayudarla a limpiar el patio.

Le dio un machete para cortar las ramas de una planta, mientras él seguía su conversación unipersonal, cuando vio pasar a una piba que iba en la suya, y las voces, según pudo contarle luego a los peritos, le dijeron que era ella quien se quejaba en realidad de todos esos reproches. Que era ella la se quejaba de esas cosas, y por eso esas voces lo molestaban.

Casi como un rayo lo vio su madre avanzar hasta la piba que no se inmutó al verlo llegar, y le descargó cerca de 50 machetazos en toda su humanidad.

Fue declarado inimputable.

Al día de hoy sigue internado en la unidad de salud mental de un servicio penitenciario.