Por Ismael Tebes
No es Saldivia, es el sistema. Las irrealidades que vive un boxeo subdesarrollado que no levanta cabeza. Para ganar en el exterior se necesita copiar lo bueno, leer y captar de qué se trata el negocio: no hay que tenerle miedo a los cambios y por supuesto hacer el click que este difícil momento requiere. La distancia con el primer mundo es cada vez mayor. No alcanza ya con la voluntad, ni siquiera con los sponsors de barrio ni lo que puedan aportar los “amigos del campeón”. Las chances radican en lo que se opera más en la mesa de café que en un gimnasio.
Héctor Saldivia es un producto genuino del boxeo comodorense, un raro caso de un NyC que jamás bajó la guardia e hizo del entrenamiento casi una religión. Ahí no está el problema. Tampoco en la cantidad de abdominales; los kilómetros corridos o la cantidad de rounds guanteados. Es decir invertir en el gimnasio para no llegar a fin de mes.
Argentina lamentablemente queda lejos. Demasiado. Y ni hablar de la Patagonia que con su sola mención, suena a lejanía. No debe obviarse que el “Tigre” es campeón argentino, nada menos que el mejor del país en su categoría. Y que con lo que tiene, construyó más de lo que hubiera soñado. Pero la realidad termina diluyéndose antes de tiempo. En sus tres compromisos en el exterior no pasó el filtro, dejó escapar una y otra vez los trenes que lo podían llevar a la cima. Por inexperiencia en algún caso, por un manejo erróneo de carrera y ahora quizás por el implacable paso del tiempo, repitiendo una misma fórmula equivocada. El salto de categoría en este de exigencia le pasó factura. Saldivia perdió potencia, no daña como en welter y hasta resignó una dosis de la velocidad que caracterizaba sus feroces ataques por línea interna. El problema mayor está en su cada vez más débil asimilación de castigo. Michel Soro lo puso en evidencia sin ser un pegador explosivo, de una sola mano como si existiera un “ablande” o un proceso de desgaste en su mentón.
Sin este plus, “jugarse” en los cruces parece ser doblemente arriesgado. Y en Le Cannet, el afrofrancés supo capitalizar esas vacilaciones. Le cortó los caminos, tiró con puntería al objetivo y se sirvió de un mesa casi servida. Si hubo estrategia o plan, nunca pudo ejecutarlo ante un oponente que no se le permitió. No dio ni para la heroica. Fueron dos rounds y medio. Y pudieron ser menos si Soro se lo proponía.
Saldivia viajó solamente acompañado por Robinson Zamora, técnico-hacedor-suegro, y por Mario Margossian quien le gestionó esta pelea sin mantener ningún tipo de vínculo contractual. Su futuro hoy es incierto. Y deberá resolver sus opciones a los 32 años, con un pasaporte semiarchivado y un panorama desmotivador en el horizonte: no hay mucho para hacer en el país. Se gana quizás con menos esfuerzo pero con bolsas modestas y hasta puede decirse que la desmotivación es mayor. Resetearse para bien será la cuestión. No valen los lamentos, las excusas y los errores no asumidos. El boxeo (la vida) a veces, es así de cruel…

Por Ismael Tebes
No es Saldivia, es el sistema. Las irrealidades que vive un boxeo subdesarrollado que no levanta cabeza. Para ganar en el exterior se necesita copiar lo bueno, leer y captar de qué se trata el negocio: no hay que tenerle miedo a los cambios y por supuesto hacer el click que este difícil momento requiere. La distancia con el primer mundo es cada vez mayor. No alcanza ya con la voluntad, ni siquiera con los sponsors de barrio ni lo que puedan aportar los “amigos del campeón”. Las chances radican en lo que se opera más en la mesa de café que en un gimnasio.
Héctor Saldivia es un producto genuino del boxeo comodorense, un raro caso de un NyC que jamás bajó la guardia e hizo del entrenamiento casi una religión. Ahí no está el problema. Tampoco en la cantidad de abdominales; los kilómetros corridos o la cantidad de rounds guanteados. Es decir invertir en el gimnasio para no llegar a fin de mes.
Argentina lamentablemente queda lejos. Demasiado. Y ni hablar de la Patagonia que con su sola mención, suena a lejanía. No debe obviarse que el “Tigre” es campeón argentino, nada menos que el mejor del país en su categoría. Y que con lo que tiene, construyó más de lo que hubiera soñado. Pero la realidad termina diluyéndose antes de tiempo. En sus tres compromisos en el exterior no pasó el filtro, dejó escapar una y otra vez los trenes que lo podían llevar a la cima. Por inexperiencia en algún caso, por un manejo erróneo de carrera y ahora quizás por el implacable paso del tiempo, repitiendo una misma fórmula equivocada. El salto de categoría en este de exigencia le pasó factura. Saldivia perdió potencia, no daña como en welter y hasta resignó una dosis de la velocidad que caracterizaba sus feroces ataques por línea interna. El problema mayor está en su cada vez más débil asimilación de castigo. Michel Soro lo puso en evidencia sin ser un pegador explosivo, de una sola mano como si existiera un “ablande” o un proceso de desgaste en su mentón.
Sin este plus, “jugarse” en los cruces parece ser doblemente arriesgado. Y en Le Cannet, el afrofrancés supo capitalizar esas vacilaciones. Le cortó los caminos, tiró con puntería al objetivo y se sirvió de un mesa casi servida. Si hubo estrategia o plan, nunca pudo ejecutarlo ante un oponente que no se le permitió. No dio ni para la heroica. Fueron dos rounds y medio. Y pudieron ser menos si Soro se lo proponía.
Saldivia viajó solamente acompañado por Robinson Zamora, técnico-hacedor-suegro, y por Mario Margossian quien le gestionó esta pelea sin mantener ningún tipo de vínculo contractual. Su futuro hoy es incierto. Y deberá resolver sus opciones a los 32 años, con un pasaporte semiarchivado y un panorama desmotivador en el horizonte: no hay mucho para hacer en el país. Se gana quizás con menos esfuerzo pero con bolsas modestas y hasta puede decirse que la desmotivación es mayor. Resetearse para bien será la cuestión. No valen los lamentos, las excusas y los errores no asumidos. El boxeo (la vida) a veces, es así de cruel…