Por Daniel Schulman
Dale. Vení a mi casa a tomarte unos mates. Viene un conocido mío también, que me comentó que anda por la zona y tiene ganas de pasar a saludar. El tipo este es un viejo profesor mío, de hace mucho tiempo. Te va a caer bien”.
Asentí con un movimiento de cabeza y seguí en lo mío. La voz que me hablaba se fue por la puerta de entrada o salida (según se viera) y a la hora acordada me aparecí por su casa.
Ahí me abrió la puerta cuando al ingresar veo a un tipo entrado en años, sonriendo desde un sillón, quien al ver cómo avanzaba se puso de pie y extendió su mano para saludar. El apretón fue firme y miró adustamente a los ojos, aunque su voz y su sonrisa eran suaves. “Policía”, dije para mis adentros.
Y antes de sentarme y presentarme ante esa figura, le pregunté en qué fuerza había prestado servicios. Adiviné una mirada cómplice y sorprendida entre el tipo y mi amigo, y dijo que había sido oficial de la Policía Federal. “Pero nunca dejás de ser policía, ¿viste?”, terminó de decir con una sonrisa.
“Suelo leer tus crónicas. Están buenas. Me gustan. Yo solía escribir también hace mucho. Ahora hace rato que no lo hago. No sé si le perdí el gusto o ya no tengo tiempo. O veo que tengo muchas más cosas para leer que antes. Así que ya dejé el hábito de escribir. He publicado bastante. De hecho mis últimas funciones dentro de la Policía Federal fueron dentro de una de sus revistas…”.
“Nah… No me diga que Ud. es…”, y miré a mi amigo tratando de dar crédito a la leyenda que tenía enfrente. “Pero Comisario, no lo reconocí”. “Y menos mal que no me reconociste. Ya a esta altura uno no quiere más lola. Y yo ya estoy en tiempo adicional”.
Hubo un silencio. Tuve ganas de decirle que todavía le quedaba cuerda para rato pero se me iba a cagar de risa.
Mientras se tomaba un mate se dejó caer aún más en ese mullido sillón y comenzó a rememorar, adivinando mis intenciones, uno de esos casos en los que había laburado como investigador en sus años mozos.
“La cosa fue grotesca desde el primer momento. En aquella época los polis teníamos dependencias que hoy te pueden sonar raras. Yo me acuerdo que había una dependencia de la Policía que tenía que ver con el Orden político, otra que era de Moralidad… En fin. Cosas que servían para esa época pero que hoy han quedado totalmente obsoletas.
“Pero entre unas tantas dependencias, la mía era de investigaciones. Trabajábamos mezclados con los distintos tipos de delitos, y en una de esas ocasiones, llega una piba, jovencita, despeinada, la pilcha medio rasgada, en supuesto estado de shock, y las manos atadas por delante del cuerpo. La piba fue a denunciar que habían matado a su patrona. Que habían entrado dos tipos a la casa mientras ella estaba limpiando y que la ataron, la maniataron, la metieron en un baño, y mataron a su patrona y robaron varias cosas de valor.
“Te estoy hablando del año 55 o 56. Había mucho caldeo en la calle. Los peronistas y los antiperonistas se cagaban a tiros. Parecía que al general lo iban a volar cualquier día. Era vivir con la ansiedad y el miedo constantes.
“Pero bueno. La cuestión es que fuimos a la casa donde había sucedido el hecho. La casa era una casona estilo francés. La patrona de la piba, de hecho, era francesa. Una mujer cajetilla de unos 42, solterona y de muy buen vivir, refinada, gustos caros. Una aristócrata. Y estaba toda golpeada, magullada… Hecha bolsa. Le habían dado con mucha saña y se habían robado muchas pertenencias valiosas, principalmente joyas.
“Mientras inspeccionamos la casa, encontramos un papelito con una leyenda a mano, en letra cursiva, que decía que renunciaba porque la patrona la trataba mal. Cuando le preguntamos por esa notita, la piba dijo que eso lo había escrito la otra mucama, una mujer italiana de quien no sabía nada.
“Y bueno, mientras seguíamos inspeccionando la piba nos contaba que ella estaba pasando la aspiradora y suena el timbre de la casa, que va a atender, y que cuando abre la puerta dos tipos la agarran, la golpean, la atan, la maniatan, la encierran, y que de ahí no escuchó nada. Y que se enteró de qué había pasado cuando pudo salir del baño donde supuestamente la habían encerrado.
“Me acuerdo que le pedí que me mostrara cómo estaba pasando la aspiradora y sin que se diera cuenta le pedí a un subordinado que tocara repetidamente el timbre. No se escuchaba nada.
“Hasta ahí la historia de la piba no cerraba. Después fuimos encontrando más elementos. Por ejemplo, las vecinas de la difunta nos marcaron que la única mucama era una piba jovencita. Pero respecto de la italiana nadie sabía nada. Y pudimos determinar que a la nota la había escrito la piba. O sea, era su letra.
“Entonces la vigilamos un tiempo y cuando tuvimos la orden allanamos su casa y encontramos las joyas y otras cosas. Y quedó pegada hasta el cogote”.
“Muy buena, Comisario”, dije con una festiva sonrisa antes de tomar un mate. “¿Tiene alguna otra para compartir?”. “Sí, tengo varias más”, dijo con soltura. “Pero viste que a veces al testigo le tenés que dar cancha para que corra. Y otras veces le tenés que marcar la cancha para que responda sobre lo que vos querés que hable”.
“Parece un curso acelerado de entrevista”, le dije.
“Ah, ¡muy bien! Cambiale la yerba al mate y te cuento otra”, le dijo a mi amigo.
Pero claro, se me termina la tinta por hoy…
Por Daniel Schulman
Dale. Vení a mi casa a tomarte unos mates. Viene un conocido mío también, que me comentó que anda por la zona y tiene ganas de pasar a saludar. El tipo este es un viejo profesor mío, de hace mucho tiempo. Te va a caer bien”.
Asentí con un movimiento de cabeza y seguí en lo mío. La voz que me hablaba se fue por la puerta de entrada o salida (según se viera) y a la hora acordada me aparecí por su casa.
Ahí me abrió la puerta cuando al ingresar veo a un tipo entrado en años, sonriendo desde un sillón, quien al ver cómo avanzaba se puso de pie y extendió su mano para saludar. El apretón fue firme y miró adustamente a los ojos, aunque su voz y su sonrisa eran suaves. “Policía”, dije para mis adentros.
Y antes de sentarme y presentarme ante esa figura, le pregunté en qué fuerza había prestado servicios. Adiviné una mirada cómplice y sorprendida entre el tipo y mi amigo, y dijo que había sido oficial de la Policía Federal. “Pero nunca dejás de ser policía, ¿viste?”, terminó de decir con una sonrisa.
“Suelo leer tus crónicas. Están buenas. Me gustan. Yo solía escribir también hace mucho. Ahora hace rato que no lo hago. No sé si le perdí el gusto o ya no tengo tiempo. O veo que tengo muchas más cosas para leer que antes. Así que ya dejé el hábito de escribir. He publicado bastante. De hecho mis últimas funciones dentro de la Policía Federal fueron dentro de una de sus revistas…”.
“Nah… No me diga que Ud. es…”, y miré a mi amigo tratando de dar crédito a la leyenda que tenía enfrente. “Pero Comisario, no lo reconocí”. “Y menos mal que no me reconociste. Ya a esta altura uno no quiere más lola. Y yo ya estoy en tiempo adicional”.
Hubo un silencio. Tuve ganas de decirle que todavía le quedaba cuerda para rato pero se me iba a cagar de risa.
Mientras se tomaba un mate se dejó caer aún más en ese mullido sillón y comenzó a rememorar, adivinando mis intenciones, uno de esos casos en los que había laburado como investigador en sus años mozos.
“La cosa fue grotesca desde el primer momento. En aquella época los polis teníamos dependencias que hoy te pueden sonar raras. Yo me acuerdo que había una dependencia de la Policía que tenía que ver con el Orden político, otra que era de Moralidad… En fin. Cosas que servían para esa época pero que hoy han quedado totalmente obsoletas.
“Pero entre unas tantas dependencias, la mía era de investigaciones. Trabajábamos mezclados con los distintos tipos de delitos, y en una de esas ocasiones, llega una piba, jovencita, despeinada, la pilcha medio rasgada, en supuesto estado de shock, y las manos atadas por delante del cuerpo. La piba fue a denunciar que habían matado a su patrona. Que habían entrado dos tipos a la casa mientras ella estaba limpiando y que la ataron, la maniataron, la metieron en un baño, y mataron a su patrona y robaron varias cosas de valor.
“Te estoy hablando del año 55 o 56. Había mucho caldeo en la calle. Los peronistas y los antiperonistas se cagaban a tiros. Parecía que al general lo iban a volar cualquier día. Era vivir con la ansiedad y el miedo constantes.
“Pero bueno. La cuestión es que fuimos a la casa donde había sucedido el hecho. La casa era una casona estilo francés. La patrona de la piba, de hecho, era francesa. Una mujer cajetilla de unos 42, solterona y de muy buen vivir, refinada, gustos caros. Una aristócrata. Y estaba toda golpeada, magullada… Hecha bolsa. Le habían dado con mucha saña y se habían robado muchas pertenencias valiosas, principalmente joyas.
“Mientras inspeccionamos la casa, encontramos un papelito con una leyenda a mano, en letra cursiva, que decía que renunciaba porque la patrona la trataba mal. Cuando le preguntamos por esa notita, la piba dijo que eso lo había escrito la otra mucama, una mujer italiana de quien no sabía nada.
“Y bueno, mientras seguíamos inspeccionando la piba nos contaba que ella estaba pasando la aspiradora y suena el timbre de la casa, que va a atender, y que cuando abre la puerta dos tipos la agarran, la golpean, la atan, la maniatan, la encierran, y que de ahí no escuchó nada. Y que se enteró de qué había pasado cuando pudo salir del baño donde supuestamente la habían encerrado.
“Me acuerdo que le pedí que me mostrara cómo estaba pasando la aspiradora y sin que se diera cuenta le pedí a un subordinado que tocara repetidamente el timbre. No se escuchaba nada.
“Hasta ahí la historia de la piba no cerraba. Después fuimos encontrando más elementos. Por ejemplo, las vecinas de la difunta nos marcaron que la única mucama era una piba jovencita. Pero respecto de la italiana nadie sabía nada. Y pudimos determinar que a la nota la había escrito la piba. O sea, era su letra.
“Entonces la vigilamos un tiempo y cuando tuvimos la orden allanamos su casa y encontramos las joyas y otras cosas. Y quedó pegada hasta el cogote”.
“Muy buena, Comisario”, dije con una festiva sonrisa antes de tomar un mate. “¿Tiene alguna otra para compartir?”. “Sí, tengo varias más”, dijo con soltura. “Pero viste que a veces al testigo le tenés que dar cancha para que corra. Y otras veces le tenés que marcar la cancha para que responda sobre lo que vos querés que hable”.
“Parece un curso acelerado de entrevista”, le dije.
“Ah, ¡muy bien! Cambiale la yerba al mate y te cuento otra”, le dijo a mi amigo.
Pero claro, se me termina la tinta por hoy…