Por Analía Künzli (*)
Especial para Jornada
Edición: Daniela Patricia Almirón
Frases como éstas: “Hoy te han dejado de niñera”. “Hoy ayudé en las tareas del hogar”. “¿Te ayudo?” “Dejame que vos no sabés” “A vos lo que te hace falta es un novio”, y otras del mismo tenor están presentes en la cotidianeidad de la vida de las mujeres. Refieren a conductas sutiles que constituyen estrategias de control y micro violencias que atentan contra su autonomía personal y que suelen ser invisibles o, incluso, estar perfectamente legitimadas por el entorno social.
Estos comportamientos son “micro – abusos” y son efectivos porque el orden social imperante los ratifica, porque se ejercen reiteradamente hasta llevar a una disminución importante de la autonomía de las mujeres y porque muchas veces son tan sutiles que pasan inadvertidos para quien los padece y hasta para quien los observa.
Estas conductas, definidas como micro machismos y localizadas en la base del iceberg, deben entenderse como maniobras interpersonales que realizan los varones para mantener, reafirmar, recuperar el dominio sobre las mujeres, o para resistirse al aumento de poder de ellas, o para aprovecharse de dicho poder.
El machismo y los micro machismos no son cosas diferentes, pero el término micro machismo se ha popularizado para referirse a los gestos de machismo cotidiano: pasan a menudo, todos los días, pero solemos justificarlos o despreciarlos e, incluso, ni siquiera nos damos cuenta de que están ahí.
Incluir "machismo" en el neologismo utilizado para definir estas prácticas, importa porque si bien no es un término claro (en tanto designa tanto la ideología de la dominación masculina como los comportamientos exagerados de dicha posición), alude, en el lenguaje popular, a una connotación negativa de los comportamientos de inferiorización hacia la mujer.
A pesar de lo acostumbrados que puede estarse y de que se les intente quitar importancia, que existan es sólo un síntoma de hasta qué punto la sociedad tiene interiorizadas muchas ideas machistas.
Como expuse en un artículo anterior, iniciático de este tema, muchos de estos comportamientos no suponen intencionalidad, mala voluntad ni planificación deliberada. No obstante, son dispositivos mentales, corporales y actitudinales incorporados y automatizados en el proceso de “hacerse hombres”, como hábitos de acción/reacción frente a las mujeres. Esto, aun así, no les quita el poder de desgastar a las mujeres y/o desnaturalizar su independencia y autonomía personal.
Otros en cambio sí son conscientes, y forman parte de las habilidades masculinas desarrolladas para ubicarse en un lugar preferencial de dominio y control que mantenga y reafirme los lugares que la cultura tradicional asigna a mujeres y varones.
Si imaginamos un iceberg, donde la parte visible puede ser apenas un 10% del total de esa masa de hielo flotante, en la parte visible están los hechos consumados de la violencia. En la parte no visible y que es la más voluminosa justamente, están las formas más sutiles de violencia.
Si bien los micromachismos se distinguen de la violencia física, que se ubica en la parte visible del iceberg, a la larga tienen los mismos objetivos. Y en esas formas llamadas sutiles, se encuentran estas modalidades de violencia, asociadas con actos de humillación, subestimación, descalificación, lenguaje inapropiado, por dar algunos ejemplos.
Estas actitudes cotidianas, dada su casi invisibilidad, van produciendo un daño sordo y sostenido que se agrava en el tiempo, sin poder establecer estrategias de resistencia por desconocer su existencia. Generan sentimientos de incapacidad, impotencia o derrota, con el consecuente deterioro de la autoestima y aumento de la desmoralización y la inseguridad. La mujer comienza a descreer de sí misma, comienza a dudar de sus intenciones y hasta de sus derechos.
Por eso considero que es imprescindible develar estos mecanismos. Permitir que muchas mujeres se puedan identificar en algunas situaciones y usarlas para nombrar y contar vivencias que quizás antes no se discutía abierta y públicamente.
Visibilizarlos es un primer paso para intentar neutralizarlos, preservar la integridad física y emocional de la mujer, y no aprobarlos ni aceptarlos.
(*)Analía Künzli. Abogada Adjunta de la Asesoría de Familia de Puerto Madryn.
Por Analía Künzli (*)
Especial para Jornada
Edición: Daniela Patricia Almirón
Frases como éstas: “Hoy te han dejado de niñera”. “Hoy ayudé en las tareas del hogar”. “¿Te ayudo?” “Dejame que vos no sabés” “A vos lo que te hace falta es un novio”, y otras del mismo tenor están presentes en la cotidianeidad de la vida de las mujeres. Refieren a conductas sutiles que constituyen estrategias de control y micro violencias que atentan contra su autonomía personal y que suelen ser invisibles o, incluso, estar perfectamente legitimadas por el entorno social.
Estos comportamientos son “micro – abusos” y son efectivos porque el orden social imperante los ratifica, porque se ejercen reiteradamente hasta llevar a una disminución importante de la autonomía de las mujeres y porque muchas veces son tan sutiles que pasan inadvertidos para quien los padece y hasta para quien los observa.
Estas conductas, definidas como micro machismos y localizadas en la base del iceberg, deben entenderse como maniobras interpersonales que realizan los varones para mantener, reafirmar, recuperar el dominio sobre las mujeres, o para resistirse al aumento de poder de ellas, o para aprovecharse de dicho poder.
El machismo y los micro machismos no son cosas diferentes, pero el término micro machismo se ha popularizado para referirse a los gestos de machismo cotidiano: pasan a menudo, todos los días, pero solemos justificarlos o despreciarlos e, incluso, ni siquiera nos damos cuenta de que están ahí.
Incluir "machismo" en el neologismo utilizado para definir estas prácticas, importa porque si bien no es un término claro (en tanto designa tanto la ideología de la dominación masculina como los comportamientos exagerados de dicha posición), alude, en el lenguaje popular, a una connotación negativa de los comportamientos de inferiorización hacia la mujer.
A pesar de lo acostumbrados que puede estarse y de que se les intente quitar importancia, que existan es sólo un síntoma de hasta qué punto la sociedad tiene interiorizadas muchas ideas machistas.
Como expuse en un artículo anterior, iniciático de este tema, muchos de estos comportamientos no suponen intencionalidad, mala voluntad ni planificación deliberada. No obstante, son dispositivos mentales, corporales y actitudinales incorporados y automatizados en el proceso de “hacerse hombres”, como hábitos de acción/reacción frente a las mujeres. Esto, aun así, no les quita el poder de desgastar a las mujeres y/o desnaturalizar su independencia y autonomía personal.
Otros en cambio sí son conscientes, y forman parte de las habilidades masculinas desarrolladas para ubicarse en un lugar preferencial de dominio y control que mantenga y reafirme los lugares que la cultura tradicional asigna a mujeres y varones.
Si imaginamos un iceberg, donde la parte visible puede ser apenas un 10% del total de esa masa de hielo flotante, en la parte visible están los hechos consumados de la violencia. En la parte no visible y que es la más voluminosa justamente, están las formas más sutiles de violencia.
Si bien los micromachismos se distinguen de la violencia física, que se ubica en la parte visible del iceberg, a la larga tienen los mismos objetivos. Y en esas formas llamadas sutiles, se encuentran estas modalidades de violencia, asociadas con actos de humillación, subestimación, descalificación, lenguaje inapropiado, por dar algunos ejemplos.
Estas actitudes cotidianas, dada su casi invisibilidad, van produciendo un daño sordo y sostenido que se agrava en el tiempo, sin poder establecer estrategias de resistencia por desconocer su existencia. Generan sentimientos de incapacidad, impotencia o derrota, con el consecuente deterioro de la autoestima y aumento de la desmoralización y la inseguridad. La mujer comienza a descreer de sí misma, comienza a dudar de sus intenciones y hasta de sus derechos.
Por eso considero que es imprescindible develar estos mecanismos. Permitir que muchas mujeres se puedan identificar en algunas situaciones y usarlas para nombrar y contar vivencias que quizás antes no se discutía abierta y públicamente.
Visibilizarlos es un primer paso para intentar neutralizarlos, preservar la integridad física y emocional de la mujer, y no aprobarlos ni aceptarlos.
(*)Analía Künzli. Abogada Adjunta de la Asesoría de Familia de Puerto Madryn.