PROVINCIA

Editorial / No es con quién, sino cómo y para qué

Leé La Columna del Domingo, el tradicional análisis de la edición impresa de Jornada.

05/07/2020 02:00

Arcioni junto a Federico Massoni, otra vez en el centro de la escena.

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El gobernador Mariano Arcioni escuchó atento el viernes una larga exposición sobre el “mapa del delito”. Después de la tormenta en su Gabinete, fue hasta la Sala de Situación de la Policía del Chubut y le dejó el centro de la escena al pescador que sacó mejor tajada del río revuelto: el ministro de Seguridad Federico Massoni, que venía siendo vapuleado por sectores de la oposición y hasta del Gobierno nacional, y de repente se volvió a convertir en el mascarón de proa de una gestión que parece haber puesto el guiño a la derecha para tomar el camino que cala hondo en algunos sectores, como lo es el “combate contra la delincuencia”.

Es cierto que la delincuencia enquistada en los barrios pobres de Chubut es un gran problema. Pero nunca puede ser más importante combatir a la delincuencia que a la pobreza generada por la desidia de los gobernantes de turno. Primero se genera la marginalidad social y de ese caldo nace la delincuencia. En este tema hay que tener claro cuál es el huevo y cuál la gallina.

Gol en contra

La salida de Andrés Meiszner después de apenas 34 días en el cargo de secretario general de Gobierno fue más lamentada afuera que adentro. El abogado quilmeño había tendido en apenas cinco semanas todo tipo de puentes hacia sectores de la oposición y el gremialismo.

Arcioni no echó a Meiszner, como dicen algunos en los pasillos de Fontana 50. Ni siquiera a Cecilia Torres Otarola, a la que curiosamente quería proteger. Meiszner se fue solo porque es de otra escuela, en la que los jefes políticos piden tomar decisiones y respaldan a los suyos hasta las últimas consecuencias. Le pidieron que despida a Torres Otarola y lo hizo. Lo que pasó después ya es historia conocida.

El día después del cisma causado en el seno de su propio equipo de gobierno, el gobernador habló otra vez –y van- de las supuestas “operaciones periodísticas” en su contra. No pareció ser la mejor salida para describir lo que había pasado.

Los audios de WhatsApp de Ariel Molina, el exintendente de Corcovado que ahora podría quedarse con el lugar de Meiszner, diciendo que la oferta del gobernador para suceder a Torres Otarola ya estaba hecha y que sólo restaba que se fuera la ministra denunciada por irregularidades, circularon por los celulares de los periodistas como pan caliente.

Las cosas hay que ponerlas en su lugar.

Topes y límites

El viernes, además, el gobernador se puso del lado de los empleados públicos que menos ganan. Habló de los policías que cobran 36.000 pesos de bolsillo y los comparó con los que tienen la suerte de cobrar cinco veces más y, sin embargo –según él -, no ponen lo que hay que poner.

“No tengo problema en que me insulten, que digan lo que carajo quieran de mí, pero prefiero pagar tarde los sueldos a dejar a un trabajador en la calle”, dijo para salir al cruce de los que le proponen eliminar 7.000 sueldos públicos para equilibrar el déficit fiscal.

En ese escenario, el gobernador tiró arriba de la mesa un proyecto para poner topes salariales en el Estado. Algo así como que nadie cobre más de los 243.000 pesos que cobra él. Un idea que han tenido muchos antes pero que a estas alturas parece impracticable para un gobierno al que no le sobra nada, no sólo en términos económicos.

Hay que leer todas las semanas el Boletín Oficial para asistir al festival de designaciones políticas que se vienen haciendo desde que se comenzó a hablar de “ajustar el gasto”. No hay que echar empleados públicos, hay que eliminar el gasto salarial superfluo. Ser o parecer no es un dilema para esta etapa de crisis casi terminal de Chubut. Hay que ser y parecer.

Además, para ajustar niveles salariales al ras sin medir la importancia de cada sector del Estado, se necesitan manos en la Legislatura y consensos en el Poder Judicial, dos lugares en donde el Gobierno tiene menos amigos que Adán.

Un plan de salida

Hace pocos días se conocieron los detalles de un encuentro cumbre que ocurrió lejos de Chubut pero podría ser un ejemplo de lo que hay que hacer y no se hace.

La cena –según detalló el portal Infobae- ocurrió hace más de dos semanas en la residencia de zona norte del banquero Jorge Brito (dueño del Banco Macro), y a la cita acudieron media docena de empresarios de primera línea. A la mesa se sentaron, además, Sergio Massa, Máximo Kirchner y Eduardo ‘Wado’ de Pedro, tres patas de la mesa chica del oficialismo que charlaron con el sector empresario de un plan de ayuda para la “post-pandemia”.

Dos veces por semana el dúo Massa-Kirchner se sienta a conversar con representantes de distintos sectores sociales y económicos. Desde el dirigente social Juan Grabois hasta CEO’s de multinacionales; desde la cúpula de la CGT y la CTA, hasta científicos y cooperativistas.

Massa y Máximo, las dos espadas que eligió Alberto Fernández para construir poder en medio de la pandemia pero, sobre todo, para cuando todo vuelva a una relativa “nueva normalidad”, también están preocupados por lo que pasa en Chubut. Uno porque es amigo personal de Arcioni. El otro, porque cree que la crisis de Chubut afecta los planes del Gobierno de fortalecerse en el Congreso el año próximo tras las elecciones parlamentarias.

Ambos se preocupan porque, además, en Chubut nadie construye poder y el PJ es un circo a contramano. Construir poder con todos los sectores posibles, inclusive con aquellos que están en las antípodas, es clave, piensan Massa y el hijo de Néstor.

No se puede hace política con caras de enojados ni bajando pulgares a ciertos interlocutores; tampoco levantando la voz para simular autoridad; o incumpliendo acuerdos. Nadie puede esperar encontrar una salida sin diálogo ni acuerdos.

El problema no es con quién acordar, aunque deberían ser muchos y de todos los sectores, sino cómo y para qué. Si no hay un plan más o menos preciso, la salida quedará cada vez más lejos.#