Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
El cartel de solidario se gana y no se compra. En el frente del local amarillo que identifica a las dos sucursales de la Panificadora del Pueblo, las personas que no pueden comprar diariamente el pan para compartir con sus familias disponen de unidades gratuitas en una góndola identificada como “pan solidario”. Y si por alguna razón, éste se agotara por la demanda, puede solicitar el mismo como cualquier otro cliente sin recibir preguntas ni explicaciones mediante una línea de discreción y respeto a la necesidad. Como cualquier usuario se llevará el pan del día, elaborado con un condimento extra y que no suele encontrarse en medio de éstos tiempos de mezquindades.
“Hay muchos clientes que nos compran y al vender, podemos tener mercadería de más para donar y ayudar a quienes lo necesitan. Sin ese acompañamiento de la gente esto sería imposible de hacer.
Quienes no pueden pagar la mercadería, se puede pedir a las chicas el pan solidario, se llevan la misma mercadería que tenemos la venta. Nunca hacemos ningún tipo de diferenciación del producto”, explica Víctor Cúneo, el empresario que enaltece el rol del comerciante comprometido.
Los precios del local apuntan en el mismo sentido: garantizar calidad pero sosteniendo un precio que sea razonable y esté al alcance del bolsillo del público laburante. “Ahora estamos haciendo un pan dulce bueno, rico y barato. Estamos vendiendo el pan dulce a 150 pesos. Es grande; que tiene chips, frutas y bañado en chocolate”.
“Más barato es imposible pero no porque no lo valga sino porque los insumos del pan dulce están carísimos. Nosotros queremos dar una mano; no ganamos, ni cambiamos la plata. El insumo solamente encarece el precio de venta”, cuenta sobre el que considera el mejor pan dulce del mercado. Y lejos de compararse con otras panaderías y precios que parecen ser exorbitantes, Cúneo reconoce: “Cada uno maneja sus precios, quizás sea caro pero la materia prima subió una locura en los últimos meses. No probé otros y yo no lo compraría a dos mil pesos, no digo que no lo valga pero quizás sea una locura para la economía y aún más en tiempos de pandemia”, insistió.
Para explicar su lógica comercial y la forma de interactuar con los clientes, sostiene que el negocio no necesariamente está en el dinero ni en lo que se recaude. “Yo en la pandemia decidí que si me queda algo de dinero mejor. No trato de ganar plata sino de mantenerme, tener precios bajos y darle un servicio a la comunidad. Cuando todo esto pase veremos si es necesario “tocar” los precios. Hoy mi prioridad es mantener los precios al alcance de la gente. Es mucho el público que nos compra, si nadie entrara al local obviamente no podría hacer ninguna acción solidaria ya que me superarían los costos”.
“Lo que se siente cuando das es una sensación impagable. No hay plata que lo valga, es una gran satisfacción saber que con tu trabajo, se puede ayudar a alguien. No pasa por lo comercial o lo estratégico”, resumió Cúneo quien elabora sus productos en sus locales del barrio Pueyrredón y Máximo Abásolo.
“Hay tenemos la maquinaria para la pastelería y la panificación. Contamos entre veinticinco y veintiocho empleados de los cuales rescato su enorme predisposición. Jamás se enferman, trabajan y yo les cumplo también. En la peor época de la pandemia, se cuidaron muchísimo y son muy responsables. Todos tienen puesta la camiseta”.
Y los clientes reconocen no solamente el costado solidario sino la calidad y los precios de la Panificadora. “Nos acompañaron desde el primer momento. Ven que usamos materia prima de primera y que nuestros precios son razonables. El público no compra solamente porque es barato sino porque nuestros productos no son malos”, describió Cúneo.
“Yo hago mis números y me manejo en base a eso, así trato de llegar a fin de mes. No soy de mirar precios de otras panaderías sino que tengo en cuenta mis costos, lo que compro; los gastos fijos y los sueldos. Me manejo por mi cuenta, cubro mis gastos y en base a eso, fijo los precios. El kilo de pan lo tenemos a 90 pesos y la docena de factura salen 130. No sé si se encuentran éstos productos a ese precio en otros lugares”.

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
El cartel de solidario se gana y no se compra. En el frente del local amarillo que identifica a las dos sucursales de la Panificadora del Pueblo, las personas que no pueden comprar diariamente el pan para compartir con sus familias disponen de unidades gratuitas en una góndola identificada como “pan solidario”. Y si por alguna razón, éste se agotara por la demanda, puede solicitar el mismo como cualquier otro cliente sin recibir preguntas ni explicaciones mediante una línea de discreción y respeto a la necesidad. Como cualquier usuario se llevará el pan del día, elaborado con un condimento extra y que no suele encontrarse en medio de éstos tiempos de mezquindades.
“Hay muchos clientes que nos compran y al vender, podemos tener mercadería de más para donar y ayudar a quienes lo necesitan. Sin ese acompañamiento de la gente esto sería imposible de hacer.
Quienes no pueden pagar la mercadería, se puede pedir a las chicas el pan solidario, se llevan la misma mercadería que tenemos la venta. Nunca hacemos ningún tipo de diferenciación del producto”, explica Víctor Cúneo, el empresario que enaltece el rol del comerciante comprometido.
Los precios del local apuntan en el mismo sentido: garantizar calidad pero sosteniendo un precio que sea razonable y esté al alcance del bolsillo del público laburante. “Ahora estamos haciendo un pan dulce bueno, rico y barato. Estamos vendiendo el pan dulce a 150 pesos. Es grande; que tiene chips, frutas y bañado en chocolate”.
“Más barato es imposible pero no porque no lo valga sino porque los insumos del pan dulce están carísimos. Nosotros queremos dar una mano; no ganamos, ni cambiamos la plata. El insumo solamente encarece el precio de venta”, cuenta sobre el que considera el mejor pan dulce del mercado. Y lejos de compararse con otras panaderías y precios que parecen ser exorbitantes, Cúneo reconoce: “Cada uno maneja sus precios, quizás sea caro pero la materia prima subió una locura en los últimos meses. No probé otros y yo no lo compraría a dos mil pesos, no digo que no lo valga pero quizás sea una locura para la economía y aún más en tiempos de pandemia”, insistió.
Para explicar su lógica comercial y la forma de interactuar con los clientes, sostiene que el negocio no necesariamente está en el dinero ni en lo que se recaude. “Yo en la pandemia decidí que si me queda algo de dinero mejor. No trato de ganar plata sino de mantenerme, tener precios bajos y darle un servicio a la comunidad. Cuando todo esto pase veremos si es necesario “tocar” los precios. Hoy mi prioridad es mantener los precios al alcance de la gente. Es mucho el público que nos compra, si nadie entrara al local obviamente no podría hacer ninguna acción solidaria ya que me superarían los costos”.
“Lo que se siente cuando das es una sensación impagable. No hay plata que lo valga, es una gran satisfacción saber que con tu trabajo, se puede ayudar a alguien. No pasa por lo comercial o lo estratégico”, resumió Cúneo quien elabora sus productos en sus locales del barrio Pueyrredón y Máximo Abásolo.
“Hay tenemos la maquinaria para la pastelería y la panificación. Contamos entre veinticinco y veintiocho empleados de los cuales rescato su enorme predisposición. Jamás se enferman, trabajan y yo les cumplo también. En la peor época de la pandemia, se cuidaron muchísimo y son muy responsables. Todos tienen puesta la camiseta”.
Y los clientes reconocen no solamente el costado solidario sino la calidad y los precios de la Panificadora. “Nos acompañaron desde el primer momento. Ven que usamos materia prima de primera y que nuestros precios son razonables. El público no compra solamente porque es barato sino porque nuestros productos no son malos”, describió Cúneo.
“Yo hago mis números y me manejo en base a eso, así trato de llegar a fin de mes. No soy de mirar precios de otras panaderías sino que tengo en cuenta mis costos, lo que compro; los gastos fijos y los sueldos. Me manejo por mi cuenta, cubro mis gastos y en base a eso, fijo los precios. El kilo de pan lo tenemos a 90 pesos y la docena de factura salen 130. No sé si se encuentran éstos productos a ese precio en otros lugares”.