Es una de las pocas personas que conocen la receta de los tradicionales chorizos de Dolavon. La marca registrada de la familia Peruzotti y de la fábrica JACOL. Tiene 93 años y junto a su marido crearon un producto local que los hizo conocidos en toda la provincia.
“Mi marido trabajaba en Agua y Energía, en Gaiman. En un momento quiso dejar de ser empleado y surgió la idea de hacer chorizos. Yo me negaba, pero él ya lo había decidido”, recordó Enriqueta en JornadaPlay. Empezó con una máquina casera de hacer albóndigas y una balanza. Compró la carne, el condimento y probó. Mejoró la receta. Y gustó.
“Cuando empezamos el trabajo involucró a toda la familia. Cada uno con su tarea. Había que traer agua del pozo y funcionábamos con una cocina a leña”.

Doña Enriqueta abona cada día a la leyenda de una fórmula demasiado secreta como para presumirla. No obstante, a eso, ahora, ya retirada de la cocina, sin dar mayores detalles, señaló: “Solo hay que usar buena carne”.
“No extraño la fábrica”, agregó: “Cuando se terminó me llevaron a una psicóloga porque creían que me iba a sentir mal y no fue así”. Para Enriqueta, Dolavon es su lugar de origen. Lleva una vida reposada. Ocupa el tiempo en las plantas de su jardín, el tejido, la máquina de coser y una que otra visita a la casa de su cuñada.


Es una de las pocas personas que conocen la receta de los tradicionales chorizos de Dolavon. La marca registrada de la familia Peruzotti y de la fábrica JACOL. Tiene 93 años y junto a su marido crearon un producto local que los hizo conocidos en toda la provincia.
“Mi marido trabajaba en Agua y Energía, en Gaiman. En un momento quiso dejar de ser empleado y surgió la idea de hacer chorizos. Yo me negaba, pero él ya lo había decidido”, recordó Enriqueta en JornadaPlay. Empezó con una máquina casera de hacer albóndigas y una balanza. Compró la carne, el condimento y probó. Mejoró la receta. Y gustó.
“Cuando empezamos el trabajo involucró a toda la familia. Cada uno con su tarea. Había que traer agua del pozo y funcionábamos con una cocina a leña”.

Doña Enriqueta abona cada día a la leyenda de una fórmula demasiado secreta como para presumirla. No obstante, a eso, ahora, ya retirada de la cocina, sin dar mayores detalles, señaló: “Solo hay que usar buena carne”.
“No extraño la fábrica”, agregó: “Cuando se terminó me llevaron a una psicóloga porque creían que me iba a sentir mal y no fue así”. Para Enriqueta, Dolavon es su lugar de origen. Lleva una vida reposada. Ocupa el tiempo en las plantas de su jardín, el tejido, la máquina de coser y una que otra visita a la casa de su cuñada.
