"Inventando a Anna": todo lo que no cuenta la serie del momento

Se estrenó hace pocos días y ya es un éxito en Netflix. Los orígenes y motivaciones de la joven que estafó a las élites de Nueva York y cuánto le costó a la plataforma de streeming esta fabulosa historia basada en el caso real de Anna Sorokin, alias "Anna Delvey".

Realidad y ficción. La verdadera Anna (izq.) y el personaje encarnado por Julia Garner.
15 FEB 2022 - 20:58

¿Cuál es el precio de hacerse pasar en Nueva York por una rica heredera, a base de estafas y engaños, cuando en realidad eres la hija de un camionero ruso que emigró a Alemania en busca de un futuro mejor?: la cárcel, el pago millonario a los damnificados, la deportación y, lo peor para un perfil de narcisismo enfermizo, ser desenmascarado. Esta es la historia real de Anna Sorokin, alias Anna Delvey, que Netflix acaba de estrenar bajo el título "Inventando a Anna" (Inventig Anna), en formato miniserie de seis capítulos, después de una ardua batalla legal por conseguir los derechos en exclusiva. Porque sabemos que te has obsesionado como nosotros con la serie y te has preguntadodónde está Anna ahora. Y lo mismo hasta qué piensa la propia Anna Sorokin de la versión televisiva de Anna Delvey en la serie de Netflix.

La dirige Shonda Rhimes (Scandal, Anatomía de Grey) y está protagonizada por Julia Garner (Ozark, The Assistant) y Anna Chlumsky (My Girl), aunque lo único que te vamos a contar sobre cuestiones cinéfilas, por el momento, es que se trata de un producto súper adictivo. Nuestro objetivo es revelarte quién es en realidad esta timadora de las altas finanzas, cómo se las apañó para engañar a las mentes más brillantes de Manhattan, a los tiburones de Wall Street, a la alta cultura del Soho y dónde se encuentra en estos momentos. Saber todos los datos te permitirá saborear este bocado de realidad versionada desde otra perspectiva mucho más morbosa. ¡Ah!, y si por el camino te preguntas si ella también está viendo la serie, ya te digo que no. “No pienso ver "Inventando a Anna". Aunque pudiera mover algunos hilos y conseguir acceso, no me atrae nada ver una versión ficcionada de mí misma en este lugar demencial y criminal”, ha dicho la joven desde la cárcel de Rikers Island, en Nueva York, donde permanece a la espera de ser deportada, sin sus ‘chaneles’ y sus ‘pradas’ porque ahora no le queda más remedio que lucir un bonito conjunto carcelario con el número de presa 19G0366.

Una familia pobre que emigró a un pueblo de Alemania

Anna Sorokin nació en 1991 en el seno de una familia rusa sin recursos que emigró en 2007 a Eschweiler, una pequeña ciudad a las afueras de Colonia (Alemania). La niña Anna no consiguió integrarse en su nueva vida. Era retraída, tenía dificultades con el idioma y no soportaba ser la pobre de la clase. En cuanto pudo, gracias al esfuerzo de sus padres –él trabajaba montando calefacciones y la madre, en una tienda de barrio–, se mudó a Londres para estudiar la carrera de Arte en la escuela Central Saint Martins, pero tiró la toalla enseguida y se trasladó a París, donde había conseguido una plaza en prácticas para la revista de moda Purple. Fue ahí donde cambio de apellido y empezó a presentarse como Anna Delvey. Un viaje a Nueva York para asistir a la Semana de la Moda como flamante becaria despertó en ella su debilidad por el dinero y el lujo. La ciudad de los rascacielos la obnubiló y su mente brillante comenzó a trabajar. Convenció a la revista para que la dejara allí como corresponsal y a los pocos meses abandonó su puesto.

Lo que le esperaba era mucho más emocionante. Comenzó a codearse con la élite neoyorquina (fiestas, viajes, exposiciones, hoteles 5 estrellas, restaurantes Michelin), haciéndose pasar por una rica heredera alemana que colgaba en sus redes toda esa vidorra de lujo y glamour. Decía a todos que poseía una fortuna de 60 millones de dólares en un fondo fiduciario que de momento no podía tocar. Esa era la clave. Dárselas de niña rica y talentosa en busca de financiación para crear un club exclusivo de arte contemporáneo que llamaría Fundación Anna Delvey (ADF). Incluso había elegido ya una sede, el histórico edificio Church Missions House, en alquiler, en la esquina de Park Avenue con la calle 22. Para ello necesitaba 40 millones de dólares y casi los consiguió. El primero que cayó en su redes fue Gabriel Calatrava, ingeniero y arquitecto como su famoso padre, que hizo de cicerone para la enigmática y manipuladora delincuente. El magnate inmobiliario Aby Rosen, el actor Macaulay Culkin y el chef Daniel Rose de Le Cou Cou, fueron otras de sus víctimas que se tragaron la bola.

Consiguió engañar a la alta sociedad de Nueva York

Tuvo el tupé de solicitar créditos en el City National Bank y el Fortress por la cantidad de 22 millones de dólares. Los documentos falsos que ella misma elaboraba empezaron a despertar sospechas, aunque consiguió 100.000 dólares de la primera entidad. Pero sus mentiras crecían como una bola de nieve, y como dejaba cuentas sin pagar en hoteles, tiendas de lujo, restaurantes y a amigos, muchos presentaron demandas. Por poner un ejemplo, a su amiga Rachel DeLoache Williams, editora de fotografía de Vanity Fair USA, la invitó a Marrakech, al exclusivo hotel La Mamounia, con todos los gastos pagados y al final fue esta la que tuvo que saldar una cuenta que ascendía a 62.000 dólares.

Fue arrestada en Malibú el 3 de octubre de 2017 por defraudar 275.000 dólares a unos y a otros. Fue condenada entre 4 y 12 años de cárcel por estafa. Se comió tres años de cárcel en Rikers y obtuvo la libertad condicional en febrero de 2021. Entonces se dedicó a cacarear por las redes sociales que estaba de vuelta, pero un mes después el Servicio de Inmigración norteamericano la detuvo por tener la visa caducada. Por eso ha vuelto a la cárcel y se encuentra a la espera de ser deportada. Hasta los listos comenten errores.

La batalla de Netflix por los derechos exclusivos

Aún así, Anna no se puede quejar de cómo le está salido la jugada. Todo este fascinante asunto lo reveló al mundo la periodista Jessica Pressler en un reportaje en la revista The Cut, que desde luego le costó lo suyo. Fue en mayo de 2018, después de tocar miles de puertas y entrevistarse con Anna en la cárcel en varias ocasiones. Tras su publicación, fue la sexta historia más leído del mundo ese año. Pero once días después la brillante estafadora ya había recibido por parte de Netflix un pago de 30.000 dólares como anticipo para contar su descomunal hazaña delictiva. Unos meses después, la plataforma de streaming le transfirió otros 320.000 dólares. Pensarán: “¡Menuda operación rentable, ¿no?!” Pues tampoco tanto, porque por primera vez en 20 años se activó una controvertida ley de Nueva York, la llamada ‘Hijo de Sam’, por la que un convicto no puede beneficiarse de su delito, o por lo menos no en su totalidad. El caso es que ese dinero a día de hoy está retenido para solventar las demandas de los damnificados. Netflix, además, le ha pagado un dineral a la periodista autora del artículo, que participa en la serie como guionista. Y ha firmado con las partes un contrato de derechos de vida para que nadie, sobre todo Anna, pueda contar a la competencia sus batallitas pasados tres años de la emisión del último capítulo de "Inventando a Anna".

Conclusión: si vas a cometer un delito, que sea a lo grande y contenga todos los ingredientes de un thriller dramático susceptible de ver en pantalla. Ya ves que las plataformas están al acecho de nuevos contenidos.

(Fuente: Esquire)

Realidad y ficción. La verdadera Anna (izq.) y el personaje encarnado por Julia Garner.
15 FEB 2022 - 20:58

¿Cuál es el precio de hacerse pasar en Nueva York por una rica heredera, a base de estafas y engaños, cuando en realidad eres la hija de un camionero ruso que emigró a Alemania en busca de un futuro mejor?: la cárcel, el pago millonario a los damnificados, la deportación y, lo peor para un perfil de narcisismo enfermizo, ser desenmascarado. Esta es la historia real de Anna Sorokin, alias Anna Delvey, que Netflix acaba de estrenar bajo el título "Inventando a Anna" (Inventig Anna), en formato miniserie de seis capítulos, después de una ardua batalla legal por conseguir los derechos en exclusiva. Porque sabemos que te has obsesionado como nosotros con la serie y te has preguntadodónde está Anna ahora. Y lo mismo hasta qué piensa la propia Anna Sorokin de la versión televisiva de Anna Delvey en la serie de Netflix.

La dirige Shonda Rhimes (Scandal, Anatomía de Grey) y está protagonizada por Julia Garner (Ozark, The Assistant) y Anna Chlumsky (My Girl), aunque lo único que te vamos a contar sobre cuestiones cinéfilas, por el momento, es que se trata de un producto súper adictivo. Nuestro objetivo es revelarte quién es en realidad esta timadora de las altas finanzas, cómo se las apañó para engañar a las mentes más brillantes de Manhattan, a los tiburones de Wall Street, a la alta cultura del Soho y dónde se encuentra en estos momentos. Saber todos los datos te permitirá saborear este bocado de realidad versionada desde otra perspectiva mucho más morbosa. ¡Ah!, y si por el camino te preguntas si ella también está viendo la serie, ya te digo que no. “No pienso ver "Inventando a Anna". Aunque pudiera mover algunos hilos y conseguir acceso, no me atrae nada ver una versión ficcionada de mí misma en este lugar demencial y criminal”, ha dicho la joven desde la cárcel de Rikers Island, en Nueva York, donde permanece a la espera de ser deportada, sin sus ‘chaneles’ y sus ‘pradas’ porque ahora no le queda más remedio que lucir un bonito conjunto carcelario con el número de presa 19G0366.

Una familia pobre que emigró a un pueblo de Alemania

Anna Sorokin nació en 1991 en el seno de una familia rusa sin recursos que emigró en 2007 a Eschweiler, una pequeña ciudad a las afueras de Colonia (Alemania). La niña Anna no consiguió integrarse en su nueva vida. Era retraída, tenía dificultades con el idioma y no soportaba ser la pobre de la clase. En cuanto pudo, gracias al esfuerzo de sus padres –él trabajaba montando calefacciones y la madre, en una tienda de barrio–, se mudó a Londres para estudiar la carrera de Arte en la escuela Central Saint Martins, pero tiró la toalla enseguida y se trasladó a París, donde había conseguido una plaza en prácticas para la revista de moda Purple. Fue ahí donde cambio de apellido y empezó a presentarse como Anna Delvey. Un viaje a Nueva York para asistir a la Semana de la Moda como flamante becaria despertó en ella su debilidad por el dinero y el lujo. La ciudad de los rascacielos la obnubiló y su mente brillante comenzó a trabajar. Convenció a la revista para que la dejara allí como corresponsal y a los pocos meses abandonó su puesto.

Lo que le esperaba era mucho más emocionante. Comenzó a codearse con la élite neoyorquina (fiestas, viajes, exposiciones, hoteles 5 estrellas, restaurantes Michelin), haciéndose pasar por una rica heredera alemana que colgaba en sus redes toda esa vidorra de lujo y glamour. Decía a todos que poseía una fortuna de 60 millones de dólares en un fondo fiduciario que de momento no podía tocar. Esa era la clave. Dárselas de niña rica y talentosa en busca de financiación para crear un club exclusivo de arte contemporáneo que llamaría Fundación Anna Delvey (ADF). Incluso había elegido ya una sede, el histórico edificio Church Missions House, en alquiler, en la esquina de Park Avenue con la calle 22. Para ello necesitaba 40 millones de dólares y casi los consiguió. El primero que cayó en su redes fue Gabriel Calatrava, ingeniero y arquitecto como su famoso padre, que hizo de cicerone para la enigmática y manipuladora delincuente. El magnate inmobiliario Aby Rosen, el actor Macaulay Culkin y el chef Daniel Rose de Le Cou Cou, fueron otras de sus víctimas que se tragaron la bola.

Consiguió engañar a la alta sociedad de Nueva York

Tuvo el tupé de solicitar créditos en el City National Bank y el Fortress por la cantidad de 22 millones de dólares. Los documentos falsos que ella misma elaboraba empezaron a despertar sospechas, aunque consiguió 100.000 dólares de la primera entidad. Pero sus mentiras crecían como una bola de nieve, y como dejaba cuentas sin pagar en hoteles, tiendas de lujo, restaurantes y a amigos, muchos presentaron demandas. Por poner un ejemplo, a su amiga Rachel DeLoache Williams, editora de fotografía de Vanity Fair USA, la invitó a Marrakech, al exclusivo hotel La Mamounia, con todos los gastos pagados y al final fue esta la que tuvo que saldar una cuenta que ascendía a 62.000 dólares.

Fue arrestada en Malibú el 3 de octubre de 2017 por defraudar 275.000 dólares a unos y a otros. Fue condenada entre 4 y 12 años de cárcel por estafa. Se comió tres años de cárcel en Rikers y obtuvo la libertad condicional en febrero de 2021. Entonces se dedicó a cacarear por las redes sociales que estaba de vuelta, pero un mes después el Servicio de Inmigración norteamericano la detuvo por tener la visa caducada. Por eso ha vuelto a la cárcel y se encuentra a la espera de ser deportada. Hasta los listos comenten errores.

La batalla de Netflix por los derechos exclusivos

Aún así, Anna no se puede quejar de cómo le está salido la jugada. Todo este fascinante asunto lo reveló al mundo la periodista Jessica Pressler en un reportaje en la revista The Cut, que desde luego le costó lo suyo. Fue en mayo de 2018, después de tocar miles de puertas y entrevistarse con Anna en la cárcel en varias ocasiones. Tras su publicación, fue la sexta historia más leído del mundo ese año. Pero once días después la brillante estafadora ya había recibido por parte de Netflix un pago de 30.000 dólares como anticipo para contar su descomunal hazaña delictiva. Unos meses después, la plataforma de streaming le transfirió otros 320.000 dólares. Pensarán: “¡Menuda operación rentable, ¿no?!” Pues tampoco tanto, porque por primera vez en 20 años se activó una controvertida ley de Nueva York, la llamada ‘Hijo de Sam’, por la que un convicto no puede beneficiarse de su delito, o por lo menos no en su totalidad. El caso es que ese dinero a día de hoy está retenido para solventar las demandas de los damnificados. Netflix, además, le ha pagado un dineral a la periodista autora del artículo, que participa en la serie como guionista. Y ha firmado con las partes un contrato de derechos de vida para que nadie, sobre todo Anna, pueda contar a la competencia sus batallitas pasados tres años de la emisión del último capítulo de "Inventando a Anna".

Conclusión: si vas a cometer un delito, que sea a lo grande y contenga todos los ingredientes de un thriller dramático susceptible de ver en pantalla. Ya ves que las plataformas están al acecho de nuevos contenidos.

(Fuente: Esquire)


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