La historia de Oliver Thomas, el niño que se llevó la oscuridad

Era el año 1909 en Gales, cuando el joven de 11 años salió a buscar agua de un pozo en medio de la noche. Su familia celebraba la Noche Buena cuando escucharon sus desgarradores alaridos. Oliver alcanzó a gritar que algo lo llevaba hacia el cielo. Una teoría hablaba de un ave gigante voladora.

25 DIC 2011 - 21:01 | Actualizado

<strong>Por Jorge Aquino</strong><br /><br />El hombre sabe que podrá aguardar a Dios en la luz, pero solo Dios sabe quién aguarda al hombre en la oscuridad”, Santo Tomás de Aquino, 1268.<br /><br />Con esta frase, el teólogo y filósofo italiano del medioevo expresaba el temor y respeto que ya en esas épocas se le tenía a lo desconocido, a la noche, a la oscuridad misma.<br /><br />El caso del niño Oliver Thomas, acaecido en Gales, se puede enmarcar en uno de esos eventos en donde la oscuridad de la noche fue cómplice en una de las desapariciones más inexplicables del Siglo XX. Algo o alguien, amparado en la noche, se llevó al pequeño Oliver de en frente de las narices de su propia familia y sin dejar rastro alguno, solo el eco de su pedido de auxilio retumbando en la oscuridad.<br /><br />Esperando la Navidad<br /><br />El 24 de diciembre de 1909 la familia Thomas se preparaba para disfrutar un año más de una entrañable celebración. Durante todo el día los miembros de esta familia de granjeros del pequeño pueblo de Brecon, situado en Gales, habían estado preparando la gran fiesta que, como cada año, reuniría a la familia y a varios amigos y vecinos. Todo parecía ideal para disfrutar de una noche de alegría en la que el espíritu de la Navidad lo impregnaba todo. Incluso el clima parecía querer unirse a la celebración, pues acababa de nevar y el campo estaba cubierto con una capa de nieve que convertía el paisaje en una postal. Al comenzar la cena todo era perfecto.<br /><br />El guiso de la señora Thomas impregnaba el ambiente con un olor apetitoso, demostrando una vez más que era una excelente cocinera. Los niños jugaban y esperaban el momento de los regalos y los mayores conversaban animadamente. Nada hacía presagiar que algo acechaba en la noche a aquella gente, que el misterio se iba a materializar de forma trágica para aquella familia galesa.<br /><br />Gritos en la oscuridad<br /><br />La velada fue avanzando en medio de una conversación agradable. El jefe de familia, Owen Thomas, era un excelente anfitrión, como había demostrado en anteriores ocasiones, y de su hospitalidad disfrutaban esa noche el comisario del pueblo, el veterinario y el pastor de una localidad vecina, todos acompañados de sus familias. En total eran quince personas. La fiesta avanzaba y la señora Thomas se percató de que se estaba acabando el agua. No había problema, a apenas unos metros de distancia de la casa tenían un pozo y solo había que ir con un balde a sacar un poco de agua, un trabajo sencillo y que no acarreaba problemas. Como los mayores estaban en medio de una agradable charla, decidió pedir a su hijo Oliver que saliese un momento a buscar agua al pozo. Una decisión que la pobre mujer lamentaría el resto de su vida. Oliver, un niño vivaz y muy servicial, tenía once años y había ido en multitud de ocasiones a buscar agua al pozo y no le importaba demasiado dejar durante unos instantes el cálido ambiente que proporcionaba el fogón encendido. Afuera hacía frío, acababa de nevar y se veían ya las primeras estrellas. El niño se calzó unas pesadas botas y, protegido con una bufanda que le había colocado su madre, salió sin problemas con un balde en la mano. Solo habían pasado unos instantes –después dirían los que se quedaron en la casa que apenas fueron diez segundos– cuando todos se estremecieron al oír un alarido del pequeño. Fue un grito penetrante, más que nada de sorpresa, que inmediatamente después fue seguido por llamadas de auxilio.<br /><br />“¡Socorro, algo me lleva!”, llegó a gritar Oliver. Todos los presentes salieron corriendo hacia la puerta. Su padre, Owen Thomas tomó su viejo fusil, que colgaba de la chimenea, mientras exclamaba: “¡Un lobo!”, temiendo sin saber que su hijo era atacado por una de esas fieras. Pero, ¿era posible que ese gran depredador hubiese atacado al muchacho? En tanto, el veterinario, el pastor, y otro granjero invitado, todos salieron como tromba llevando armas, palos y una linterna. Pero en el exterior no encontraron al pequeño, no había nadie. En la oscuridad pudieron seguir el rastro que el niño había dejado en la nieve: unas pisadas que se interrumpían bruscamente antes de llegar al pozo, como si hubiese desaparecido sin dejar rastro o algo lo hubiese alzado por los hombros para llevárselo volando. Durante unos segundos, que parecieron eternos para el grupo, cundió el desconcierto, pero aún quedaba algo que les helaría la sangre. Todos pudieron escuchar claramente de nuevo los gritos de Oliver, que, para sorpresa general, venían de encima de sus cabezas: “¡Socorro, me llevan! ¡Socorro, padre!”, le oyeron gritar. Todos los que lo estaban buscando quedaron anonadados. Miraban hacia el negro cielo, pero no eran capaces de ver nada. Ninguna pista, ningún indicio que les mostrase dónde se encontraba el niño y qué era lo que le estaba llevando hacia el cielo. A los gritos, pidieron al chico que les indicase dónde estaba, pero el pequeño Oliver ya no decía nada coherente, solo chillaba de forma desgarradora. Fueron gritos de terror que pudieron oír durante casi un minuto los desesperados familiares y amigos, un tiempo eterno de impotencia en el que, para su desconsuelo, la voz del pequeño se fue volviendo cada vez más tenue, como si fuese subiendo y estuviese cada vez más lejos. Algo incomprensible y aterrador había sucedido. Alguien o algo había arrancado a Oliver del suelo y se lo había llevado volando. Aun después de la desaparición, y en medio del desconcierto y el llanto de los presentes, varios de los asistentes siguieron buscando con la lámpara alguna pista. Pudieron comprobar que las huellas del muchacho sobre la nieve parecían normales, pero se interrumpían bruscamente a unos 20 m de la casa. A 2 m de las últimas huellas se encontraba el balde, enterrado en la nieve, como si el niño lo hubiese soltado desde una cierta altura. El resto de la noche, siguieron dando vueltas, llamándolo, intentando descubrir entre las tinieblas alguna pista que explicase el suceso.<br /><br />Hipótesis descartadas<br /><br />Al amanecer llegaron unos policías de Brecon, que registraron con detalle toda la casa, los alrededores y el pozo, al que bajaron. Pero no encontraron ninguna pista, nada que pudiese explicar qué le había pasado Oliver y, sobre todo, dónde estaba. La única explicación, aunque difícil de digerir, era que algo se lo había llevado volando. Pero aquí residía el misterio: ¿qué ave hay en el País de Gales capaz de levantar el vuelo con un niño de 11 años entre sus garras y en plena noche? Ninguna, ni la mayor águila podría hacerlo. Los aviones también quedan descartados, pues en 1909 la aviación todavía estaba en pañales y poco desarrollada y, sobre todo, el ruido de un motor sería claramente reconocible. Un globo habría sido difícil de maniobrar y, además, habría sido visto a la luz de las estrellas que brillaban en el firmamento esa noche.<br /><br />El caso del pequeño Oliver, secuestrado por algo que bajó del cielo en la Nochebuena de 1909, quedó finalmente archivado, pendiente de solución. Es uno más de los que están a la espera de ser resueltos junto a otras inexplicables desapariciones, algo en lo que más de un siglo después parece imposible. La gran cantidad de testigos, entre los que se encontraban personas de reconocida reputación, permitió descartar que la extraña historia de Oliver Thomas fuese algún tipo de engaño, una mentira urdida para ocultar tal vez algún crimen. <br /><br />¿Un ave gigante?<br /><br />Durante más de cien años han sido muchos los intentos de explicar lo que le ocurrió a Oliver Thomas. Desde un primer momento se barajó la posibilidad de que lo haya capturado algún tipo de pájaro. En 1977 muchos se acordaron de este misterio después de que se conociese el ataque de dos enormes aves negras a un niño de diez años llamado Marlon Lowe. El suceso tuvo lugar en Michigan (EE.UU.) y no acabó trágicamente porque su madre intervino rápidamente y arrebató a su hijo de las garras de las aves cuando ya se estaban llevando por el aire al pequeño. Casos similares han ocurrido en diversos lugares del mundo y en buena parte continúan siendo un misterio, pues según los testigos no se trata de aves conocidas. En ocasiones se ha especulado que podría tratarse de algún superviviente de los teratórnidos (aves gigantes), unos parientes del cóndor de los Andes que vivieron hasta hace unos 10.000 años en América del Sur. Argentavis magnificens, el ave voladora más grande que jamás haya existido, tenía la envergadura de una pequeña avioneta, pero esa especie no se conoce en Europa y que haya sobrevivido, es casi imposible. Hay relatos de soldados durante la Guerra de Secesión de capturas de gigantescas aves en lugares remotos de las Rocallosas. A veces las descripciones que daban de estas criaturas eran aún más extrañas, pues parecían reptiles alados como los que vivían en la época de los dinosaurios. Otra hipótesis, una más supersticiosa, recuerda que, según diversas tradiciones, durante momentos determinados del año, como la víspera de Navidad, de Todos los Santos o de San Juan, los límites de nuestro mundo parecen quedar más difusos, siendo posible que salten hasta nuestra realidad entidades malignas que normalmente no viven entre nosotros. Entidades que forman parte del mundo de lo desconocido como el chupacabras, el diablo de Jersey o el demonio de Dover y que se afirma, han sido vistas en diversas ocasiones y lugares.<br /><br />Santo Tomás de Aquino lo dijo: “El hombre sabe que podrá aguardar a Dios en la luz, pero solo Dios sabe quien aguarda al hombre en la oscuridad”, y tal vez sea así. Y será mejor, por ahora, no saber quién aguarda por nosotros en la noche. #<br /><br />

25 DIC 2011 - 21:01

<strong>Por Jorge Aquino</strong><br /><br />El hombre sabe que podrá aguardar a Dios en la luz, pero solo Dios sabe quién aguarda al hombre en la oscuridad”, Santo Tomás de Aquino, 1268.<br /><br />Con esta frase, el teólogo y filósofo italiano del medioevo expresaba el temor y respeto que ya en esas épocas se le tenía a lo desconocido, a la noche, a la oscuridad misma.<br /><br />El caso del niño Oliver Thomas, acaecido en Gales, se puede enmarcar en uno de esos eventos en donde la oscuridad de la noche fue cómplice en una de las desapariciones más inexplicables del Siglo XX. Algo o alguien, amparado en la noche, se llevó al pequeño Oliver de en frente de las narices de su propia familia y sin dejar rastro alguno, solo el eco de su pedido de auxilio retumbando en la oscuridad.<br /><br />Esperando la Navidad<br /><br />El 24 de diciembre de 1909 la familia Thomas se preparaba para disfrutar un año más de una entrañable celebración. Durante todo el día los miembros de esta familia de granjeros del pequeño pueblo de Brecon, situado en Gales, habían estado preparando la gran fiesta que, como cada año, reuniría a la familia y a varios amigos y vecinos. Todo parecía ideal para disfrutar de una noche de alegría en la que el espíritu de la Navidad lo impregnaba todo. Incluso el clima parecía querer unirse a la celebración, pues acababa de nevar y el campo estaba cubierto con una capa de nieve que convertía el paisaje en una postal. Al comenzar la cena todo era perfecto.<br /><br />El guiso de la señora Thomas impregnaba el ambiente con un olor apetitoso, demostrando una vez más que era una excelente cocinera. Los niños jugaban y esperaban el momento de los regalos y los mayores conversaban animadamente. Nada hacía presagiar que algo acechaba en la noche a aquella gente, que el misterio se iba a materializar de forma trágica para aquella familia galesa.<br /><br />Gritos en la oscuridad<br /><br />La velada fue avanzando en medio de una conversación agradable. El jefe de familia, Owen Thomas, era un excelente anfitrión, como había demostrado en anteriores ocasiones, y de su hospitalidad disfrutaban esa noche el comisario del pueblo, el veterinario y el pastor de una localidad vecina, todos acompañados de sus familias. En total eran quince personas. La fiesta avanzaba y la señora Thomas se percató de que se estaba acabando el agua. No había problema, a apenas unos metros de distancia de la casa tenían un pozo y solo había que ir con un balde a sacar un poco de agua, un trabajo sencillo y que no acarreaba problemas. Como los mayores estaban en medio de una agradable charla, decidió pedir a su hijo Oliver que saliese un momento a buscar agua al pozo. Una decisión que la pobre mujer lamentaría el resto de su vida. Oliver, un niño vivaz y muy servicial, tenía once años y había ido en multitud de ocasiones a buscar agua al pozo y no le importaba demasiado dejar durante unos instantes el cálido ambiente que proporcionaba el fogón encendido. Afuera hacía frío, acababa de nevar y se veían ya las primeras estrellas. El niño se calzó unas pesadas botas y, protegido con una bufanda que le había colocado su madre, salió sin problemas con un balde en la mano. Solo habían pasado unos instantes –después dirían los que se quedaron en la casa que apenas fueron diez segundos– cuando todos se estremecieron al oír un alarido del pequeño. Fue un grito penetrante, más que nada de sorpresa, que inmediatamente después fue seguido por llamadas de auxilio.<br /><br />“¡Socorro, algo me lleva!”, llegó a gritar Oliver. Todos los presentes salieron corriendo hacia la puerta. Su padre, Owen Thomas tomó su viejo fusil, que colgaba de la chimenea, mientras exclamaba: “¡Un lobo!”, temiendo sin saber que su hijo era atacado por una de esas fieras. Pero, ¿era posible que ese gran depredador hubiese atacado al muchacho? En tanto, el veterinario, el pastor, y otro granjero invitado, todos salieron como tromba llevando armas, palos y una linterna. Pero en el exterior no encontraron al pequeño, no había nadie. En la oscuridad pudieron seguir el rastro que el niño había dejado en la nieve: unas pisadas que se interrumpían bruscamente antes de llegar al pozo, como si hubiese desaparecido sin dejar rastro o algo lo hubiese alzado por los hombros para llevárselo volando. Durante unos segundos, que parecieron eternos para el grupo, cundió el desconcierto, pero aún quedaba algo que les helaría la sangre. Todos pudieron escuchar claramente de nuevo los gritos de Oliver, que, para sorpresa general, venían de encima de sus cabezas: “¡Socorro, me llevan! ¡Socorro, padre!”, le oyeron gritar. Todos los que lo estaban buscando quedaron anonadados. Miraban hacia el negro cielo, pero no eran capaces de ver nada. Ninguna pista, ningún indicio que les mostrase dónde se encontraba el niño y qué era lo que le estaba llevando hacia el cielo. A los gritos, pidieron al chico que les indicase dónde estaba, pero el pequeño Oliver ya no decía nada coherente, solo chillaba de forma desgarradora. Fueron gritos de terror que pudieron oír durante casi un minuto los desesperados familiares y amigos, un tiempo eterno de impotencia en el que, para su desconsuelo, la voz del pequeño se fue volviendo cada vez más tenue, como si fuese subiendo y estuviese cada vez más lejos. Algo incomprensible y aterrador había sucedido. Alguien o algo había arrancado a Oliver del suelo y se lo había llevado volando. Aun después de la desaparición, y en medio del desconcierto y el llanto de los presentes, varios de los asistentes siguieron buscando con la lámpara alguna pista. Pudieron comprobar que las huellas del muchacho sobre la nieve parecían normales, pero se interrumpían bruscamente a unos 20 m de la casa. A 2 m de las últimas huellas se encontraba el balde, enterrado en la nieve, como si el niño lo hubiese soltado desde una cierta altura. El resto de la noche, siguieron dando vueltas, llamándolo, intentando descubrir entre las tinieblas alguna pista que explicase el suceso.<br /><br />Hipótesis descartadas<br /><br />Al amanecer llegaron unos policías de Brecon, que registraron con detalle toda la casa, los alrededores y el pozo, al que bajaron. Pero no encontraron ninguna pista, nada que pudiese explicar qué le había pasado Oliver y, sobre todo, dónde estaba. La única explicación, aunque difícil de digerir, era que algo se lo había llevado volando. Pero aquí residía el misterio: ¿qué ave hay en el País de Gales capaz de levantar el vuelo con un niño de 11 años entre sus garras y en plena noche? Ninguna, ni la mayor águila podría hacerlo. Los aviones también quedan descartados, pues en 1909 la aviación todavía estaba en pañales y poco desarrollada y, sobre todo, el ruido de un motor sería claramente reconocible. Un globo habría sido difícil de maniobrar y, además, habría sido visto a la luz de las estrellas que brillaban en el firmamento esa noche.<br /><br />El caso del pequeño Oliver, secuestrado por algo que bajó del cielo en la Nochebuena de 1909, quedó finalmente archivado, pendiente de solución. Es uno más de los que están a la espera de ser resueltos junto a otras inexplicables desapariciones, algo en lo que más de un siglo después parece imposible. La gran cantidad de testigos, entre los que se encontraban personas de reconocida reputación, permitió descartar que la extraña historia de Oliver Thomas fuese algún tipo de engaño, una mentira urdida para ocultar tal vez algún crimen. <br /><br />¿Un ave gigante?<br /><br />Durante más de cien años han sido muchos los intentos de explicar lo que le ocurrió a Oliver Thomas. Desde un primer momento se barajó la posibilidad de que lo haya capturado algún tipo de pájaro. En 1977 muchos se acordaron de este misterio después de que se conociese el ataque de dos enormes aves negras a un niño de diez años llamado Marlon Lowe. El suceso tuvo lugar en Michigan (EE.UU.) y no acabó trágicamente porque su madre intervino rápidamente y arrebató a su hijo de las garras de las aves cuando ya se estaban llevando por el aire al pequeño. Casos similares han ocurrido en diversos lugares del mundo y en buena parte continúan siendo un misterio, pues según los testigos no se trata de aves conocidas. En ocasiones se ha especulado que podría tratarse de algún superviviente de los teratórnidos (aves gigantes), unos parientes del cóndor de los Andes que vivieron hasta hace unos 10.000 años en América del Sur. Argentavis magnificens, el ave voladora más grande que jamás haya existido, tenía la envergadura de una pequeña avioneta, pero esa especie no se conoce en Europa y que haya sobrevivido, es casi imposible. Hay relatos de soldados durante la Guerra de Secesión de capturas de gigantescas aves en lugares remotos de las Rocallosas. A veces las descripciones que daban de estas criaturas eran aún más extrañas, pues parecían reptiles alados como los que vivían en la época de los dinosaurios. Otra hipótesis, una más supersticiosa, recuerda que, según diversas tradiciones, durante momentos determinados del año, como la víspera de Navidad, de Todos los Santos o de San Juan, los límites de nuestro mundo parecen quedar más difusos, siendo posible que salten hasta nuestra realidad entidades malignas que normalmente no viven entre nosotros. Entidades que forman parte del mundo de lo desconocido como el chupacabras, el diablo de Jersey o el demonio de Dover y que se afirma, han sido vistas en diversas ocasiones y lugares.<br /><br />Santo Tomás de Aquino lo dijo: “El hombre sabe que podrá aguardar a Dios en la luz, pero solo Dios sabe quien aguarda al hombre en la oscuridad”, y tal vez sea así. Y será mejor, por ahora, no saber quién aguarda por nosotros en la noche. #<br /><br />