Por Juan Bigrevich / Redacción Jornada
Heroína 1
Flor del Alto Perú
Un 12 de julio de 1780, nacía la máxima heroína de la escena nacional. Había nacido rica. Murió en la miseria más absoluta y fue enterrada en una fosa común. Cien años después fue exhumada y reconocida. Criolla, mezcla de sangre española y aborigen peleó por los sin nombre y los sin tierra. Por los nadies. Y por la Patria; esa que aún busca su destino de grandeza a pesar de propios y ajenos.
De una familia acomodada del esquilmado Potosí quedó huérfana a los 7. Sus familiares la enviaron a un convento, ya sea por su rebeldía o por la codicia de estos. O por ambas. Las monjas la echaron a los 17 por sus ideas libertarias y porque quería tener sexo. Volvió a su finca y se enamoró de quién fuera el compañero de sus días y sus noches, Manuel Padilla con quién tuvo cinco hijos.
De piel cobre, esta amazona fue una experta en todo tipo de armas. Luchó junto a Belgrano en el Ejército del Norte y las pocas victorias de aquel fueron gran parte gracias a ella que condujo un ejército de diez mil hombres y mujeres a los que llamó “Leales”. Fue clave –también- en la organización del éxodo jujeño.
Por la liberación de la gran patria Latinoamericana, pagó un altísimo precio: la vida de su esposo y cuatro de sus hijos. Al primero lo fue a buscar -y lo recuperó- a sangre y fuego y al galope de su alazán cuando le cortaron la cabeza y a los últimos los enterró cavando sus tumbas con sus propias manos y en medio de gritos desgarradores.
Peleó en las montoneras junto a Guemes de quién se dice fue su amante y bajo la jerarquía de teniente coronel. El fallecimiento del salteño fue una herida de la que no se pudo recuperar. Traicionada, torturada, discriminada y sus tierras confiscadas, vivió la última etapa de su vida con una miserable pensión (a la que luego se la sacaron) de coronel de un ejército inexistente y olvidada por la historia oficial, y por la única hija que le quedaba viva que se la había dado a otra mujer para que no la asesinaran.
Con el último aliento declaró: “Sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución. (…) Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido e hijos sobre cuyas tumbas había jurado vengar sus muertes y seguir sus ejemplos; más el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de los pueblos oprimidos”.
Como confirmando que no hay casualidades, murió un 25 de mayo de 1862 en Sucre -un compañero de batallas- a los 82 años y por un siglo fue ignorada. Sus restos fueron buscados y hallados para pasar a la inmortalidad. Fue reconocida como mariscal del ejército boliviano y generala en el argentino.
Juana Azurduy.
Con un coraje extraordinario y con una historia trágica sin igual, vale un lugar común para ella: Perdón por tan poco y tanto olvido. Gracias por tanto. Flor del Alto Perú.
Heroína 2
Madre Patria
Hace 177 años, fallecía María Remedios del Valle. La Madre Patria, como la llamaron los malqueridos que la bienquerían. Escondida. Por pobre. Por negra. Por orillera. Por mujer. Convertida en una mendiga harapienta.
Considerada una "parda" en ese esquema de castas de las clases dominantes de nuestra bendita tierra (y de la tilingueria actual), fue enfermera, soldadera, expedicionaria y experta en fugas. Vejada y torturada una y cien veces, se erigió en capitana del Ejército del Norte por su valentía y determinación a pesar de la negativa inicial de Belgrano y fue adorada sin medias tintas por soldados y oficiales. Tuvo un marido y dos hijos que, al igual que la Juana del Altiplano, corrieron el mismo destino: la muerte en las batallas de gloria y cenizas por la independencia.
Ganó y perdió mil peleas. Estuvo siete veces a punto de ser fusilada; fue herida de bala seis veces y encarcelada por los realistas y ayudó a escapar a cientos de patriotas. Por ello, fue azotada nueve días seguidos en una plaza púbica que le dejaron huellas imborrables en su cuerpo, aunque no en su espíritu.
Se escapó por enésima vez de una cárcel del Alto Perú y a los 60 recaló en Buenos Aires. Herida, olvidada y maltratada por los propios se la pasó mendigando y vendiendo tortas fritas y pastelitos para sobrevivir y recibiendo las limosnas de las monjas y curas del lugar hasta que la rescató Viamonte que había peleado codo a codo con ella, allá, en el norte.
¡Es la Capitana! ¡Es la Madre Patria!, dicen que dijo -en plena calle- quién ya era un legislador porteño, y cuyos mayordomos la habían rajado del umbral de su casa -en el medio de desprecios e insultos- cuando lo había ido a ver. ¡Perdón! ¡Perdón!. ¡No sabía!, dicen que dijo luego.
Tardaron años en darle una miserable pensión que fue aumentada por Rosas y por ello, se cambió su apellido por el del Restaurador.
Se fue físicamente a los 80 sin decirle a nadie que se había rebelado contra un destino que parecía cantado para su vida. Al final, a esa niña de Ayohuma que cerraba heridas con sus manos santas, que había estado cuando las invasiones inglesas y peleado junto a Guemes y Arenales, le habían reconocido la jerarquía de sargento mayor en el Ejército.
Se había ganado para los soldados el de capitana. y para el pueblo el de La Madre Patria; esa que aún busca su destino de grandeza.
Si. Venimos del vientre y del corazón de una negra. Madre Patria. La verdadera. No la otra, en donde datos del parto no hay y sobran los testimonios de actos de robos y supresión de identidad.
Heroína 3
La maldita
Hace casi 196 años se produjo uno de los hechos heroicos de una mujer que, tal vez, hubiera cambiado la historia de la independencia Latinoamericana. En Bogotá, una mujer, hija de un solterón invicto y de una criolla y que se llamaba Manuela Sáenz se enfrentaba a sable y espada solita y sola a un grupo de conspiradores del asesinato de Simón Bolívar. Su coraje, permitió que el prócer se escapara y se abortara su homicidio.
A Manuelita le dijeron la libertadora del libertador. Amante de él en una historia con prólogo y epílogo tormentoso fue la única mujer con rango de oficial que participó de la batalla de Ayacucho donde finalizó el yugo español en el subcontinente.
También fue la operadora del famoso encuentro de Guayaquil entre Simón y San Martín. Junto a la amante del correntino, Rosa Campuzano, lograron lo que nadie. Unir a dos pavos reales y comenzar a liberar a los pueblos; camino que aún no terminó.
Maldecida, Manuelita Sáez, fue amada hasta la locura por Bolívar que declaró en su lecho de muerte que no había mujer mejor y que sin saber cómo, lo había domado.
Feminista de vanguardia, insolente, brava de toda bravura fue criticada, denigrada y desterrada. Murió a los 60 en el Perú. De difteria y su cuerpo fue incinerado como sus bienes para que nadie supiera quién era ella.
Muchos años después, un pedazo de la tierra de Palta, donde había quedado sus huesos quemados, recorrió cuatro países: Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela y fue depositado junto a los restos de su amado amante. Para la eternidad. Heroína de la independencia ocultada y maldecida. Manuela Sáenz. Ecuatoriana. Áspera. Muy. Con aquellos que ríen sin reír y respiran sin vivir. Madre de la Patria Grande. Pedazo de mujer.

Por Juan Bigrevich / Redacción Jornada
Heroína 1
Flor del Alto Perú
Un 12 de julio de 1780, nacía la máxima heroína de la escena nacional. Había nacido rica. Murió en la miseria más absoluta y fue enterrada en una fosa común. Cien años después fue exhumada y reconocida. Criolla, mezcla de sangre española y aborigen peleó por los sin nombre y los sin tierra. Por los nadies. Y por la Patria; esa que aún busca su destino de grandeza a pesar de propios y ajenos.
De una familia acomodada del esquilmado Potosí quedó huérfana a los 7. Sus familiares la enviaron a un convento, ya sea por su rebeldía o por la codicia de estos. O por ambas. Las monjas la echaron a los 17 por sus ideas libertarias y porque quería tener sexo. Volvió a su finca y se enamoró de quién fuera el compañero de sus días y sus noches, Manuel Padilla con quién tuvo cinco hijos.
De piel cobre, esta amazona fue una experta en todo tipo de armas. Luchó junto a Belgrano en el Ejército del Norte y las pocas victorias de aquel fueron gran parte gracias a ella que condujo un ejército de diez mil hombres y mujeres a los que llamó “Leales”. Fue clave –también- en la organización del éxodo jujeño.
Por la liberación de la gran patria Latinoamericana, pagó un altísimo precio: la vida de su esposo y cuatro de sus hijos. Al primero lo fue a buscar -y lo recuperó- a sangre y fuego y al galope de su alazán cuando le cortaron la cabeza y a los últimos los enterró cavando sus tumbas con sus propias manos y en medio de gritos desgarradores.
Peleó en las montoneras junto a Guemes de quién se dice fue su amante y bajo la jerarquía de teniente coronel. El fallecimiento del salteño fue una herida de la que no se pudo recuperar. Traicionada, torturada, discriminada y sus tierras confiscadas, vivió la última etapa de su vida con una miserable pensión (a la que luego se la sacaron) de coronel de un ejército inexistente y olvidada por la historia oficial, y por la única hija que le quedaba viva que se la había dado a otra mujer para que no la asesinaran.
Con el último aliento declaró: “Sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución. (…) Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido e hijos sobre cuyas tumbas había jurado vengar sus muertes y seguir sus ejemplos; más el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de los pueblos oprimidos”.
Como confirmando que no hay casualidades, murió un 25 de mayo de 1862 en Sucre -un compañero de batallas- a los 82 años y por un siglo fue ignorada. Sus restos fueron buscados y hallados para pasar a la inmortalidad. Fue reconocida como mariscal del ejército boliviano y generala en el argentino.
Juana Azurduy.
Con un coraje extraordinario y con una historia trágica sin igual, vale un lugar común para ella: Perdón por tan poco y tanto olvido. Gracias por tanto. Flor del Alto Perú.
Heroína 2
Madre Patria
Hace 177 años, fallecía María Remedios del Valle. La Madre Patria, como la llamaron los malqueridos que la bienquerían. Escondida. Por pobre. Por negra. Por orillera. Por mujer. Convertida en una mendiga harapienta.
Considerada una "parda" en ese esquema de castas de las clases dominantes de nuestra bendita tierra (y de la tilingueria actual), fue enfermera, soldadera, expedicionaria y experta en fugas. Vejada y torturada una y cien veces, se erigió en capitana del Ejército del Norte por su valentía y determinación a pesar de la negativa inicial de Belgrano y fue adorada sin medias tintas por soldados y oficiales. Tuvo un marido y dos hijos que, al igual que la Juana del Altiplano, corrieron el mismo destino: la muerte en las batallas de gloria y cenizas por la independencia.
Ganó y perdió mil peleas. Estuvo siete veces a punto de ser fusilada; fue herida de bala seis veces y encarcelada por los realistas y ayudó a escapar a cientos de patriotas. Por ello, fue azotada nueve días seguidos en una plaza púbica que le dejaron huellas imborrables en su cuerpo, aunque no en su espíritu.
Se escapó por enésima vez de una cárcel del Alto Perú y a los 60 recaló en Buenos Aires. Herida, olvidada y maltratada por los propios se la pasó mendigando y vendiendo tortas fritas y pastelitos para sobrevivir y recibiendo las limosnas de las monjas y curas del lugar hasta que la rescató Viamonte que había peleado codo a codo con ella, allá, en el norte.
¡Es la Capitana! ¡Es la Madre Patria!, dicen que dijo -en plena calle- quién ya era un legislador porteño, y cuyos mayordomos la habían rajado del umbral de su casa -en el medio de desprecios e insultos- cuando lo había ido a ver. ¡Perdón! ¡Perdón!. ¡No sabía!, dicen que dijo luego.
Tardaron años en darle una miserable pensión que fue aumentada por Rosas y por ello, se cambió su apellido por el del Restaurador.
Se fue físicamente a los 80 sin decirle a nadie que se había rebelado contra un destino que parecía cantado para su vida. Al final, a esa niña de Ayohuma que cerraba heridas con sus manos santas, que había estado cuando las invasiones inglesas y peleado junto a Guemes y Arenales, le habían reconocido la jerarquía de sargento mayor en el Ejército.
Se había ganado para los soldados el de capitana. y para el pueblo el de La Madre Patria; esa que aún busca su destino de grandeza.
Si. Venimos del vientre y del corazón de una negra. Madre Patria. La verdadera. No la otra, en donde datos del parto no hay y sobran los testimonios de actos de robos y supresión de identidad.
Heroína 3
La maldita
Hace casi 196 años se produjo uno de los hechos heroicos de una mujer que, tal vez, hubiera cambiado la historia de la independencia Latinoamericana. En Bogotá, una mujer, hija de un solterón invicto y de una criolla y que se llamaba Manuela Sáenz se enfrentaba a sable y espada solita y sola a un grupo de conspiradores del asesinato de Simón Bolívar. Su coraje, permitió que el prócer se escapara y se abortara su homicidio.
A Manuelita le dijeron la libertadora del libertador. Amante de él en una historia con prólogo y epílogo tormentoso fue la única mujer con rango de oficial que participó de la batalla de Ayacucho donde finalizó el yugo español en el subcontinente.
También fue la operadora del famoso encuentro de Guayaquil entre Simón y San Martín. Junto a la amante del correntino, Rosa Campuzano, lograron lo que nadie. Unir a dos pavos reales y comenzar a liberar a los pueblos; camino que aún no terminó.
Maldecida, Manuelita Sáez, fue amada hasta la locura por Bolívar que declaró en su lecho de muerte que no había mujer mejor y que sin saber cómo, lo había domado.
Feminista de vanguardia, insolente, brava de toda bravura fue criticada, denigrada y desterrada. Murió a los 60 en el Perú. De difteria y su cuerpo fue incinerado como sus bienes para que nadie supiera quién era ella.
Muchos años después, un pedazo de la tierra de Palta, donde había quedado sus huesos quemados, recorrió cuatro países: Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela y fue depositado junto a los restos de su amado amante. Para la eternidad. Heroína de la independencia ocultada y maldecida. Manuela Sáenz. Ecuatoriana. Áspera. Muy. Con aquellos que ríen sin reír y respiran sin vivir. Madre de la Patria Grande. Pedazo de mujer.