Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
“La curiosidad puede ser el comienzo de una aventura inimaginable”. Una frase que le perteneció al aventurero santacruceño Marcos Oliva Day fue la consigna que movilizó a un grupo de jóvenes buzos y amantes del mar, a “ir más allá” y a desafiar la certeza de la misma historia.
El punto de partida fue la narración de un descendiente de un oficial a bordo de una corbeta británica en una biblioteca de Melbourne dando cuenta del episodio. Desde ahí, una referencia en una clase de secundario, despertó el interés de un grupo de jóvenes que en 1980 comenzó a investigar el paradero del barco que finalmente encontraron en 1982.
La Corbeta Swift salió del puerto Egmont (actuales Islas Malvinas) para realizar una exploración de la costa patagónica. Azotado por un fuerte temporal, encalló dos veces hasta hundirse a cincuenta metros de la costa. Los náufragos tenían que dar aviso de su situación para que alguien fuera a rescatarlos. Tenían dos opciones, caminar dos mil kilómetros hacia Buenos Aires o enviar un bote a Malvinas a través de un mar embravecido.

El camino hacia Buenos Aires era desconocido y como estaban las posibilidades de llegar con éxito eran remotas, decidieron correr el riesgo de equipar un bote rumbo a Puerto Egmont, también era arriesgado, pero conocían mejor el mar y el camino.
La corbeta de guerra Swift se identificaba con la referencia de “HMS” cuyo significado era “barco de su majestad” por pertenecer a la Real Armada británica. El comandante era George Farmer, un oficial de 37 años, quien por primera vez estaba al mando de una nave de guerra. La misión contemplaba tres años.
La tripulación estaba compuesta por 97 personas, con edades que iban desde los 11 hasta los 50 años. Vivían en dos cubiertas (tres pisos) y 28 metros de largo. Había nueve camarotes para los oficiales y un espacio común para alojamiento de los marineros. El lugar disponible era muy pequeño, tanto que para caminar en la cubierta inferior había que hacerlo agachado. A pesar de las jerarquías que diferenciaban a los tripulantes, cada uno de ellos representaba un eslabón fundamental para el normal desarrollo de la vida a bordo.

Solamente tres tripulantes murieron durante el accidente. Los sobrevivientes permanecieron un mes en la costa de la ría, hasta que lograron enviar un grupo de marineros hasta las Islas Malvinas para avisar de su situación. Finalmente, fueron rescatados por la “Favourite”, otro navío inglés, enviado desde las islas.
El hundimiento pareció quedar dormido en la historia hasta que un historiador rescatara aquel episodio de una carta de Erasmus Gower guardada por más de ciento cuarenta años.
Fue Patrick Gower, capitán de la Armada australiana y descendiente de quien escribiera la bitácora oficial del Swift, el que llegó a Puerto Deseado con escritos y referencias en busca de información. Ese fue el disparador que llamó a la curiosidad a un grupo de jóvenes que conformaron una comisión de búsqueda y rescate integrada por Marcos Oliva Day; Marcelo Rosas, Mario Brozoski; Mako Kelez, Rubén Puschel y Carlos Santi junto al club Náutico “Capitán Oneto” y el apoyo del Museo Naval de la Nación.

El 4 de febrero de 1982 dieron con los restos de la corbeta sobre la costa norte de la ría Deseado, a unos tres kilómetros de la desembocadura y a unos 100 metros del puerto. Muchas de las piezas que se lograron rescatar estaban asentadas sobre un fondo de rocas cubiertas por sedimentos de arena y barro, a unos 18 metros de profundidad.
El museo municipal “Mario Brozoski”, uno de los jóvenes exploradores –ya fallecido- se creó en 1983. La foto simbólica muestra al joven buzo deseadense saliendo del mar y exhibiendo una ánfora, quizás la pieza “estrella” que encabeza la muestra.
Se observan vasos de vidrio, cerámicos, cajones de madera, botellas, vajilla, balas de cañón; especieros, una bomba con la que se extraía agua; un reloj de arena debidamente resguardados como patrimonio histórico local cumpliendo con lo acordado para que “lo que se encuentre quede en Puerto Deseado”.
Inclusive se explica que muchos de estos elementos, algunos sin uso, formaban parte de la casa del comandante e inclusive que la vajilla del té contribuía a sostener su posición jerárquica y su identidad británica aún tan lejos de casa.

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
“La curiosidad puede ser el comienzo de una aventura inimaginable”. Una frase que le perteneció al aventurero santacruceño Marcos Oliva Day fue la consigna que movilizó a un grupo de jóvenes buzos y amantes del mar, a “ir más allá” y a desafiar la certeza de la misma historia.
El punto de partida fue la narración de un descendiente de un oficial a bordo de una corbeta británica en una biblioteca de Melbourne dando cuenta del episodio. Desde ahí, una referencia en una clase de secundario, despertó el interés de un grupo de jóvenes que en 1980 comenzó a investigar el paradero del barco que finalmente encontraron en 1982.
La Corbeta Swift salió del puerto Egmont (actuales Islas Malvinas) para realizar una exploración de la costa patagónica. Azotado por un fuerte temporal, encalló dos veces hasta hundirse a cincuenta metros de la costa. Los náufragos tenían que dar aviso de su situación para que alguien fuera a rescatarlos. Tenían dos opciones, caminar dos mil kilómetros hacia Buenos Aires o enviar un bote a Malvinas a través de un mar embravecido.

El camino hacia Buenos Aires era desconocido y como estaban las posibilidades de llegar con éxito eran remotas, decidieron correr el riesgo de equipar un bote rumbo a Puerto Egmont, también era arriesgado, pero conocían mejor el mar y el camino.
La corbeta de guerra Swift se identificaba con la referencia de “HMS” cuyo significado era “barco de su majestad” por pertenecer a la Real Armada británica. El comandante era George Farmer, un oficial de 37 años, quien por primera vez estaba al mando de una nave de guerra. La misión contemplaba tres años.
La tripulación estaba compuesta por 97 personas, con edades que iban desde los 11 hasta los 50 años. Vivían en dos cubiertas (tres pisos) y 28 metros de largo. Había nueve camarotes para los oficiales y un espacio común para alojamiento de los marineros. El lugar disponible era muy pequeño, tanto que para caminar en la cubierta inferior había que hacerlo agachado. A pesar de las jerarquías que diferenciaban a los tripulantes, cada uno de ellos representaba un eslabón fundamental para el normal desarrollo de la vida a bordo.

Solamente tres tripulantes murieron durante el accidente. Los sobrevivientes permanecieron un mes en la costa de la ría, hasta que lograron enviar un grupo de marineros hasta las Islas Malvinas para avisar de su situación. Finalmente, fueron rescatados por la “Favourite”, otro navío inglés, enviado desde las islas.
El hundimiento pareció quedar dormido en la historia hasta que un historiador rescatara aquel episodio de una carta de Erasmus Gower guardada por más de ciento cuarenta años.
Fue Patrick Gower, capitán de la Armada australiana y descendiente de quien escribiera la bitácora oficial del Swift, el que llegó a Puerto Deseado con escritos y referencias en busca de información. Ese fue el disparador que llamó a la curiosidad a un grupo de jóvenes que conformaron una comisión de búsqueda y rescate integrada por Marcos Oliva Day; Marcelo Rosas, Mario Brozoski; Mako Kelez, Rubén Puschel y Carlos Santi junto al club Náutico “Capitán Oneto” y el apoyo del Museo Naval de la Nación.

El 4 de febrero de 1982 dieron con los restos de la corbeta sobre la costa norte de la ría Deseado, a unos tres kilómetros de la desembocadura y a unos 100 metros del puerto. Muchas de las piezas que se lograron rescatar estaban asentadas sobre un fondo de rocas cubiertas por sedimentos de arena y barro, a unos 18 metros de profundidad.
El museo municipal “Mario Brozoski”, uno de los jóvenes exploradores –ya fallecido- se creó en 1983. La foto simbólica muestra al joven buzo deseadense saliendo del mar y exhibiendo una ánfora, quizás la pieza “estrella” que encabeza la muestra.
Se observan vasos de vidrio, cerámicos, cajones de madera, botellas, vajilla, balas de cañón; especieros, una bomba con la que se extraía agua; un reloj de arena debidamente resguardados como patrimonio histórico local cumpliendo con lo acordado para que “lo que se encuentre quede en Puerto Deseado”.
Inclusive se explica que muchos de estos elementos, algunos sin uso, formaban parte de la casa del comandante e inclusive que la vajilla del té contribuía a sostener su posición jerárquica y su identidad británica aún tan lejos de casa.