Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
Eufrasia Arias era criolla y de ascendencia española, había nacido en la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XIX y siendo muy jóven decidió migrar al lejano sur. Contratada como cocinera por la Subdelegación Marítima elaboraba alimentos con productos de caza, obtenidos por un cazador contratado, quien proveía de carne de guanaco, picana de ñandúes, martinetas y moluscos, mejillones y cholgas que se recolectaba o intercambiaban con los pueblos originarios de la zona del río Deseado.
Debido a que la provisión de víveres provistos por los barcos que llegaban desde Buenos Aires era exigua, productos como las papas, el azúcar, la yerba y los fideos debían racionarse para un consumo más eficaz y duradero. La Subdelegación creada en 1879 que funcionaba en Puerto Jenkins, permitió habilitar puertos en la costa Atlántica para auxiliar a los buques de las banderas extranjeras que explotaban recursos naturales de la zona.
La historia de Eufrasia tiene viajes y regresos, adioses y bienvenidas. Se estableció como colona en 1884. El propio presidente Roca firmó la instalación de una colonia rural en Puerto Deseado para veinte familias pobladoras de las cuales finalmente ocho, aceptaron el desafío de embarcarse con rumbo desconocido en el vapor Loire inclusive alejándose de manera temporal en las antiguas ruinas españolas.
Eufrasia Arias contrajo matrimonio con José Páiz el 11 de enero de 1887 en la sede de la Subprefectura, en lo que se constituyó como el primer casamiento del pueblo.
No obstante el hundimiento del vapor “Magallanes” que traía las bodegas cargadas de víveres para las familias, determinó que el presidente Juárez Celman firmara un decreto para disolver la colonia “Puerto Deseado” exigiendo a los colonos la entrega de las 250 ovejas, 6 vacas, 2 cerdos, 1 yegua, 2 caballos y algunas aves de corral que les habían dado.
Recién una propuesta del gobernador Ramón Lista hizo que se eximiera a los colonos de hacer la devolución de los bienes entregados por el gobierno. Las familias sobrevivieron por sus propios medios generando recursos que permitieron el desarrollo poblacional y económico del lugar.
Eufrasia, enviudó en 1888 y ya había fundado “El Pajonal”, un lote pastoril ubicado a veinte kilómetros del actual Puerto Deseado que se “bautizó” con ese nombre por la existencia de un manantial que recibía en el verano a aves de diferentes especies que anidaban en los árboles allí plantados. Eufrasia debió hacerse cargo sola de todas las tareas que requería el campo hasta que en 1900 adoptó a Gabriel Ramírez, de tres años, hijo biológico de la jóven colona Elvira Viricat que también había quedado viuda con tres hijos en Buenos Aires.
Como amiga le propuso criarlo y educarlo por lo cual lo envió al Colegio Salesiano de Río Gallegos para que pudiera realizar su primaria. A inicios del siglo XX conoció al tucumano José Clerici, un hombre muy diferente a José, de porte distinguido y conquistador, con quien se casó en 1908.
Aunque no tuvieron hijos en común, Eufrasia crió a Gabriel como suyo y a su vez, José tenía una hija nacida en 1900 en Tucumán llamada Isolina a quien invitó a venir al sur. Eufrasia, que volvió a enviudar en 1934 luego de que Clérici sufriera un accidente automovilístico, vivió junto a su hijo, su nuera (la propia Isolina) y sus nietos José, Jorge, Eufrasia, puesto como homenaje a ella, Isolina, Adelaida y Carlos. Falleció un 1 de septiembre de 1950 a los 95 años de edad.
Su nieta Adelaida la recordaba como una mujer de cabellos largos siempre recogidos, cariñosa, conformista, extremadamente religiosa; en semana santa largos siempre recogidos, toda su vida usó pollera larga, muy tradicional para vestirse, con botas de cuero en invierno. “Usó su ropa del 1.900 durante 95 años”, resumió. De temperamento firme pero amable; con vestidos largos de corte sencillo e infaltable pañuelo atado al cuello.
De las mujeres bravas, que hicieron historia y que amaron la Patagonia desde el sentido más profundo. Una valiente que desafió los tiempos, le ganó a las distancias y que construyó su vida misma, a la par de una ciudad que siempre la recuerda como la primer mujer “blanca” en tiempos donde las comunidades aborígenes tenían una fuerte presencia territorial. La calle donde se ubica el Museo Ferroviario de Puerto Deseado, en la antigua estación del Ferrocarril Patagónico, la honra con su nombre.


Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
Eufrasia Arias era criolla y de ascendencia española, había nacido en la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XIX y siendo muy jóven decidió migrar al lejano sur. Contratada como cocinera por la Subdelegación Marítima elaboraba alimentos con productos de caza, obtenidos por un cazador contratado, quien proveía de carne de guanaco, picana de ñandúes, martinetas y moluscos, mejillones y cholgas que se recolectaba o intercambiaban con los pueblos originarios de la zona del río Deseado.
Debido a que la provisión de víveres provistos por los barcos que llegaban desde Buenos Aires era exigua, productos como las papas, el azúcar, la yerba y los fideos debían racionarse para un consumo más eficaz y duradero. La Subdelegación creada en 1879 que funcionaba en Puerto Jenkins, permitió habilitar puertos en la costa Atlántica para auxiliar a los buques de las banderas extranjeras que explotaban recursos naturales de la zona.
La historia de Eufrasia tiene viajes y regresos, adioses y bienvenidas. Se estableció como colona en 1884. El propio presidente Roca firmó la instalación de una colonia rural en Puerto Deseado para veinte familias pobladoras de las cuales finalmente ocho, aceptaron el desafío de embarcarse con rumbo desconocido en el vapor Loire inclusive alejándose de manera temporal en las antiguas ruinas españolas.
Eufrasia Arias contrajo matrimonio con José Páiz el 11 de enero de 1887 en la sede de la Subprefectura, en lo que se constituyó como el primer casamiento del pueblo.
No obstante el hundimiento del vapor “Magallanes” que traía las bodegas cargadas de víveres para las familias, determinó que el presidente Juárez Celman firmara un decreto para disolver la colonia “Puerto Deseado” exigiendo a los colonos la entrega de las 250 ovejas, 6 vacas, 2 cerdos, 1 yegua, 2 caballos y algunas aves de corral que les habían dado.
Recién una propuesta del gobernador Ramón Lista hizo que se eximiera a los colonos de hacer la devolución de los bienes entregados por el gobierno. Las familias sobrevivieron por sus propios medios generando recursos que permitieron el desarrollo poblacional y económico del lugar.
Eufrasia, enviudó en 1888 y ya había fundado “El Pajonal”, un lote pastoril ubicado a veinte kilómetros del actual Puerto Deseado que se “bautizó” con ese nombre por la existencia de un manantial que recibía en el verano a aves de diferentes especies que anidaban en los árboles allí plantados. Eufrasia debió hacerse cargo sola de todas las tareas que requería el campo hasta que en 1900 adoptó a Gabriel Ramírez, de tres años, hijo biológico de la jóven colona Elvira Viricat que también había quedado viuda con tres hijos en Buenos Aires.
Como amiga le propuso criarlo y educarlo por lo cual lo envió al Colegio Salesiano de Río Gallegos para que pudiera realizar su primaria. A inicios del siglo XX conoció al tucumano José Clerici, un hombre muy diferente a José, de porte distinguido y conquistador, con quien se casó en 1908.
Aunque no tuvieron hijos en común, Eufrasia crió a Gabriel como suyo y a su vez, José tenía una hija nacida en 1900 en Tucumán llamada Isolina a quien invitó a venir al sur. Eufrasia, que volvió a enviudar en 1934 luego de que Clérici sufriera un accidente automovilístico, vivió junto a su hijo, su nuera (la propia Isolina) y sus nietos José, Jorge, Eufrasia, puesto como homenaje a ella, Isolina, Adelaida y Carlos. Falleció un 1 de septiembre de 1950 a los 95 años de edad.
Su nieta Adelaida la recordaba como una mujer de cabellos largos siempre recogidos, cariñosa, conformista, extremadamente religiosa; en semana santa largos siempre recogidos, toda su vida usó pollera larga, muy tradicional para vestirse, con botas de cuero en invierno. “Usó su ropa del 1.900 durante 95 años”, resumió. De temperamento firme pero amable; con vestidos largos de corte sencillo e infaltable pañuelo atado al cuello.
De las mujeres bravas, que hicieron historia y que amaron la Patagonia desde el sentido más profundo. Una valiente que desafió los tiempos, le ganó a las distancias y que construyó su vida misma, a la par de una ciudad que siempre la recuerda como la primer mujer “blanca” en tiempos donde las comunidades aborígenes tenían una fuerte presencia territorial. La calle donde se ubica el Museo Ferroviario de Puerto Deseado, en la antigua estación del Ferrocarril Patagónico, la honra con su nombre.
