Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hubo un tiempo —no tan lejano y sin embargo remoto— en que Rawson creyó que el cielo podía tocarse con los pies. No era una ilusión ingenua: era una convicción colectiva. Un murmullo que creció como crecen las mareas, sin pedir permiso, sin prometer regreso. El verano del 84 llegó cargado de un presagio extraño, de esos que no se explican pero se sienten. Germinal estaba en carrera. Germinal estaba ahí. Y cuando un pueblo siente que está ahí, no hay estadística que alcance para medirlo.
El Torneo Regional fue una larga travesía patagónica, áspera y hermosa como el viento del sur. Kilómetros de ruta, canchas hostiles, arbitrajes dudosos, tribunas improvisadas y la certeza de que ser visitante, en aquellos tiempos, era casi una condena anticipada. Pero Germinal avanzó igual. Avanzó con juego, con carácter, con una fe que no figuraba en las planillas. Fue demoliendo nombres y geografías: Huracán de Comodoro, Estrella del Norte de Caleta Olivia, San Lorenzo de Río Gallegos, los Fierro del oeste, la resistencia fría del sur profundo. Sólo cayó cuando ya estaba clasificado, como si incluso la derrota hubiera decidido esperar.
Cada partido fue una página escrita con transpiración. Cada viaje, una prueba. Y cada regreso, una celebración silenciosa que no necesitaba títulos. El Verde había armado algo más grande que un equipo: había armado una expectativa. Y las expectativas, cuando se hacen cuerpo, pesan.
Entonces llegó Ferro de General Pico. El pampeano. El último escalón antes del Nacional. El espejo inevitable de una historia que ya tenía antecedentes: otra vez un equipo de la Liga enfrentando a La Pampa. Otra vez el eco del 72 flotando en el aire, como un recuerdo que no pedía permiso para compararse. Parecido, pero distinto. Igual, pero no.
El 22 de enero de 1984 amaneció distinto. No fue un día cualquiera. Rawson se levantó antes, como si temiera llegar tarde a su propia cita con la historia. El Cayetano Castro se fue llenando de a poco, hasta desbordar. No era sólo gente: era una multitud emocional. Familias enteras, viejos con memoria larga, pibes que todavía no sabían que ese día se les iba a quedar pegado para siempre.
La cancha no alcanzaba. El aliento no alcanzaba. Nada parecía suficiente para contener lo que estaba pasando.
Pero el fútbol no se deja intimidar por el deseo.

Ferro golpeó primero. Y golpeó bien. D’Alessandro a los 18 minutos clavó el primer puñal. Germinal sintió el impacto, buscó recomponerse, quiso imponer su juego, pero antes del descanso llegó el segundo mazazo, como si el destino hubiera decidido no esperar: Cepeda, a los 46, estiró la ventaja y dejó el silencio suspendido en el aire. No era un silencio absoluto: era un silencio incrédulo.
El descuento de Juancito Montero, ya en el segundo tiempo, fue un grito tardío. Un intento noble, valiente, desesperado. Pero no alcanzó. El 2 a 1 quedó escrito como una advertencia. No como una sentencia definitiva, pero sí como una carga.
Se habló después de camisetas. De la blanca Puma que reemplazó los bastones sagrados. De la mudanza de escenario, del salto desde Huracán a Racing buscando recaudar un poco más, atraer un poco más, forzar un poco más a la historia. Se habló de cábalas rotas, de decisiones discutibles, de detalles mínimos. Como siempre.
Pero los detalles, cuando se suman, hacen montaña.
La revancha fue otra cosa. Otro clima. Otro fútbol. En General Pico, el empate fue una trampa lenta. Un 0 a 0 trabajado, cerrado, espeso. Ferro jugó con el reglamento no escrito del Regional: defender, esperar, hacer del tiempo un aliado. Germinal empujó con lo que le quedaba, pero ya no era impulso, era desgaste. La puerta estaba ahí, visible, pero cerrada con llave.
“Estuvimos a un gol”, se dijo durante años. Mentira piadosa. No. Estuvimos a dos. Y no llegaron.
El paraíso quedó suspendido como una imagen borrosa. Visible, pero inalcanzable.
Esa tarde del 22, sin embargo, pasó algo más profundo. Las cinco mil personas que colmaron el estadio entendieron —tal vez sin decirlo— que no siempre se gana cuando se asciende. Que hay derrotas que fundan pertenencia. Que hay partidos que no se olvidan porque no quieren ser olvidados.
Ahí estaban los nombres, que hoy suenan como una letanía: Feulliet; de Hernández, Rodríguez, Papaiani, Sepúlveda; Murúa, Ovelar, Rodríguez; Montero, Villar, Tornett. Los cambios. Los pampeanos. Los goles. Las estadísticas. Todo eso que queda en el papel.

Pero también estaba el contexto. Una democracia recién nacida, un gobernador estrenando cargo en la tribuna, un país que creía que ahora sí, que esta vez sí. Mientras Ferro avanzaba al Nacional y se medía con Boca, Newell’s y Talleres, rescatando apenas dos empates y poco más que anécdotas, Germinal quedaba con algo menos visible y más duradero: una herida compartida.
Pero también, Germinal siguió siendo eso que no se compra ni se asciende: pertenencia. Anarquismo fundacional. Peronismo tribunero. Voces orgullosas que no negocian la memoria.
El corazón —dicen— se cansa antes que el cuerpo porque siente de más. Germinal sintió demasiado. Llegó al puente, vio el otro lado, olió la gloria. No cruzó. Pero dejó huella.
La imaginación vuelve como un rayo: banderas, gritos, polvo, sol bajo, y una pregunta que no envejece. ¿Y si…? Pero el fútbol no vive de condicionales. Vive de cicatrices.
La memoria —dicen— es el único paraíso del que no nos pueden expulsar. Y ahí está Germinal 84, intacto. Ardiendo. Como una llama que no alumbra trofeos pero calienta el alma. Tan cerca. Tan lejos. Metido en la profundidad de esas cosas que no se olvidan nunca, porque no quieren ser olvidadas.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hubo un tiempo —no tan lejano y sin embargo remoto— en que Rawson creyó que el cielo podía tocarse con los pies. No era una ilusión ingenua: era una convicción colectiva. Un murmullo que creció como crecen las mareas, sin pedir permiso, sin prometer regreso. El verano del 84 llegó cargado de un presagio extraño, de esos que no se explican pero se sienten. Germinal estaba en carrera. Germinal estaba ahí. Y cuando un pueblo siente que está ahí, no hay estadística que alcance para medirlo.
El Torneo Regional fue una larga travesía patagónica, áspera y hermosa como el viento del sur. Kilómetros de ruta, canchas hostiles, arbitrajes dudosos, tribunas improvisadas y la certeza de que ser visitante, en aquellos tiempos, era casi una condena anticipada. Pero Germinal avanzó igual. Avanzó con juego, con carácter, con una fe que no figuraba en las planillas. Fue demoliendo nombres y geografías: Huracán de Comodoro, Estrella del Norte de Caleta Olivia, San Lorenzo de Río Gallegos, los Fierro del oeste, la resistencia fría del sur profundo. Sólo cayó cuando ya estaba clasificado, como si incluso la derrota hubiera decidido esperar.
Cada partido fue una página escrita con transpiración. Cada viaje, una prueba. Y cada regreso, una celebración silenciosa que no necesitaba títulos. El Verde había armado algo más grande que un equipo: había armado una expectativa. Y las expectativas, cuando se hacen cuerpo, pesan.
Entonces llegó Ferro de General Pico. El pampeano. El último escalón antes del Nacional. El espejo inevitable de una historia que ya tenía antecedentes: otra vez un equipo de la Liga enfrentando a La Pampa. Otra vez el eco del 72 flotando en el aire, como un recuerdo que no pedía permiso para compararse. Parecido, pero distinto. Igual, pero no.
El 22 de enero de 1984 amaneció distinto. No fue un día cualquiera. Rawson se levantó antes, como si temiera llegar tarde a su propia cita con la historia. El Cayetano Castro se fue llenando de a poco, hasta desbordar. No era sólo gente: era una multitud emocional. Familias enteras, viejos con memoria larga, pibes que todavía no sabían que ese día se les iba a quedar pegado para siempre.
La cancha no alcanzaba. El aliento no alcanzaba. Nada parecía suficiente para contener lo que estaba pasando.
Pero el fútbol no se deja intimidar por el deseo.

Ferro golpeó primero. Y golpeó bien. D’Alessandro a los 18 minutos clavó el primer puñal. Germinal sintió el impacto, buscó recomponerse, quiso imponer su juego, pero antes del descanso llegó el segundo mazazo, como si el destino hubiera decidido no esperar: Cepeda, a los 46, estiró la ventaja y dejó el silencio suspendido en el aire. No era un silencio absoluto: era un silencio incrédulo.
El descuento de Juancito Montero, ya en el segundo tiempo, fue un grito tardío. Un intento noble, valiente, desesperado. Pero no alcanzó. El 2 a 1 quedó escrito como una advertencia. No como una sentencia definitiva, pero sí como una carga.
Se habló después de camisetas. De la blanca Puma que reemplazó los bastones sagrados. De la mudanza de escenario, del salto desde Huracán a Racing buscando recaudar un poco más, atraer un poco más, forzar un poco más a la historia. Se habló de cábalas rotas, de decisiones discutibles, de detalles mínimos. Como siempre.
Pero los detalles, cuando se suman, hacen montaña.
La revancha fue otra cosa. Otro clima. Otro fútbol. En General Pico, el empate fue una trampa lenta. Un 0 a 0 trabajado, cerrado, espeso. Ferro jugó con el reglamento no escrito del Regional: defender, esperar, hacer del tiempo un aliado. Germinal empujó con lo que le quedaba, pero ya no era impulso, era desgaste. La puerta estaba ahí, visible, pero cerrada con llave.
“Estuvimos a un gol”, se dijo durante años. Mentira piadosa. No. Estuvimos a dos. Y no llegaron.
El paraíso quedó suspendido como una imagen borrosa. Visible, pero inalcanzable.
Esa tarde del 22, sin embargo, pasó algo más profundo. Las cinco mil personas que colmaron el estadio entendieron —tal vez sin decirlo— que no siempre se gana cuando se asciende. Que hay derrotas que fundan pertenencia. Que hay partidos que no se olvidan porque no quieren ser olvidados.
Ahí estaban los nombres, que hoy suenan como una letanía: Feulliet; de Hernández, Rodríguez, Papaiani, Sepúlveda; Murúa, Ovelar, Rodríguez; Montero, Villar, Tornett. Los cambios. Los pampeanos. Los goles. Las estadísticas. Todo eso que queda en el papel.

Pero también estaba el contexto. Una democracia recién nacida, un gobernador estrenando cargo en la tribuna, un país que creía que ahora sí, que esta vez sí. Mientras Ferro avanzaba al Nacional y se medía con Boca, Newell’s y Talleres, rescatando apenas dos empates y poco más que anécdotas, Germinal quedaba con algo menos visible y más duradero: una herida compartida.
Pero también, Germinal siguió siendo eso que no se compra ni se asciende: pertenencia. Anarquismo fundacional. Peronismo tribunero. Voces orgullosas que no negocian la memoria.
El corazón —dicen— se cansa antes que el cuerpo porque siente de más. Germinal sintió demasiado. Llegó al puente, vio el otro lado, olió la gloria. No cruzó. Pero dejó huella.
La imaginación vuelve como un rayo: banderas, gritos, polvo, sol bajo, y una pregunta que no envejece. ¿Y si…? Pero el fútbol no vive de condicionales. Vive de cicatrices.
La memoria —dicen— es el único paraíso del que no nos pueden expulsar. Y ahí está Germinal 84, intacto. Ardiendo. Como una llama que no alumbra trofeos pero calienta el alma. Tan cerca. Tan lejos. Metido en la profundidad de esas cosas que no se olvidan nunca, porque no quieren ser olvidadas.