Por Lorena Leeming / Redacción Jornada
"Pero al final, hay recompensa". Esa frase fue bandera, fue consuelo y fue promesa para millones de mujeres en la Argentina. Durante años fueron las calles, el sudor, el cuerpo puesto y hasta la vida lo que se jugó para conquistar derechos.
Derechos que hoy se miran con angustia, casi con pánico, ante la posibilidad concreta de que sean desmantelados. Y sí, se están desmantelando. El escenario que encuentra este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, a la Argentina.

Hasta la figura legal que nombra lo innombrable: el femicidio, está bajo discusión, como si cambiar la palabra pudiera borrar la sangre.
Los bancos rojos lo recuerdan en cada plaza: mujeres que “murieron en manos de quienes decían amarlas”.
En lo que va de 2026, ya hubo 43 víctimas fatales. Un femicidio cada 34 horas. No es una consigna. Es una cuenta regresiva permanente.
Las cifras de las áreas de Género de la Justicia y del Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven, relevadas entre el 1 de enero y el 27 de febrero, estremecen: 35 femicidios directos, 5 vinculados, 2 instigaciones al suicidio y un travesticidio.

Pero lo más alarmante no es solo el número. Es la invisibilización. El silencio. El desmantelamiento de oficinas, la falta de personal, de líneas de atención, la ausencia de políticas que incentiven la denuncia y garanticen refugio.
Porque además de los crímenes consumados, hubo 72 intentos de femicidio: uno cada 21 horas. Solo el 19% había sido denunciado. La mayoría, perpetrados por parejas o ex parejas. El 44% ocurrió en la vivienda de la víctima. El 23%, en un hogar compartido con el agresor. El lugar que debería ser refugio convertido en trampa.

¿Y qué deja todo esto? Familias devastadas. Economías quebradas. Infancias atravesadas por una ausencia irreparable. En apenas dos meses, 23 niños se quedaron sin su mamá. Veintitrés historias truncadas. Veintitrés futuros marcados por una violencia que no eligieron.
Todo sucede mientras el Estado Nacional se repliega de obligaciones esenciales. Desde el Observatorio lo advierten con crudeza: las vidas de las mujeres siguen expuestas a las formas más extremas de violencia. “Nos matan por el solo hecho de ser mujeres, nos culpabilizan y descreen de nuestras denuncias”. La frase no es retórica: es diagnóstico.

Y en paralelo, se profundiza la precarización. Las mujeres y personas LGTBIQ+ son las más afectadas por las medidas regresivas de la llamada reforma laboral votada en el Congreso. Una reforma que no incorpora perspectiva de género ni de cuidados, que consolida desigualdades estructurales preexistentes.
Sectores altamente feminizados-como el trabajo en casas particulares- quedan más expuestos a la flexibilización sin garantías reales. Trayectorias laborales fragmentadas, informalidad, salarios más bajos: jubilaciones más bajas.
Un sesgo histórico que no se corrige, sino que se perpetúa.
Este tiempo impone reflexión. Y también perplejidad.
Asistimos a decisiones políticas que inquietan, que retroceden casilleros que parecían definitivamente conquistados. Desde lo social hasta lo judicial, se desanda un camino que costó décadas de lucha colectiva. Una vez más, la mujer vuelve a ser el hilo más fino: el primero que se corta, el que más tensión soporta.
Mientras los dirigentes de turno compiten por ver quién empuña con mayor firmeza la “motosierra”, hay miles de familias atravesadas por el dolor. Familias que lloran a sus hijas, a sus madres, a sus hermanas. Nombres propios que no son estadísticas. Ausencias que no admiten metáforas ni discursos grandilocuentes.


Por Lorena Leeming / Redacción Jornada
"Pero al final, hay recompensa". Esa frase fue bandera, fue consuelo y fue promesa para millones de mujeres en la Argentina. Durante años fueron las calles, el sudor, el cuerpo puesto y hasta la vida lo que se jugó para conquistar derechos.
Derechos que hoy se miran con angustia, casi con pánico, ante la posibilidad concreta de que sean desmantelados. Y sí, se están desmantelando. El escenario que encuentra este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, a la Argentina.

Hasta la figura legal que nombra lo innombrable: el femicidio, está bajo discusión, como si cambiar la palabra pudiera borrar la sangre.
Los bancos rojos lo recuerdan en cada plaza: mujeres que “murieron en manos de quienes decían amarlas”.
En lo que va de 2026, ya hubo 43 víctimas fatales. Un femicidio cada 34 horas. No es una consigna. Es una cuenta regresiva permanente.
Las cifras de las áreas de Género de la Justicia y del Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven, relevadas entre el 1 de enero y el 27 de febrero, estremecen: 35 femicidios directos, 5 vinculados, 2 instigaciones al suicidio y un travesticidio.

Pero lo más alarmante no es solo el número. Es la invisibilización. El silencio. El desmantelamiento de oficinas, la falta de personal, de líneas de atención, la ausencia de políticas que incentiven la denuncia y garanticen refugio.
Porque además de los crímenes consumados, hubo 72 intentos de femicidio: uno cada 21 horas. Solo el 19% había sido denunciado. La mayoría, perpetrados por parejas o ex parejas. El 44% ocurrió en la vivienda de la víctima. El 23%, en un hogar compartido con el agresor. El lugar que debería ser refugio convertido en trampa.

¿Y qué deja todo esto? Familias devastadas. Economías quebradas. Infancias atravesadas por una ausencia irreparable. En apenas dos meses, 23 niños se quedaron sin su mamá. Veintitrés historias truncadas. Veintitrés futuros marcados por una violencia que no eligieron.
Todo sucede mientras el Estado Nacional se repliega de obligaciones esenciales. Desde el Observatorio lo advierten con crudeza: las vidas de las mujeres siguen expuestas a las formas más extremas de violencia. “Nos matan por el solo hecho de ser mujeres, nos culpabilizan y descreen de nuestras denuncias”. La frase no es retórica: es diagnóstico.

Y en paralelo, se profundiza la precarización. Las mujeres y personas LGTBIQ+ son las más afectadas por las medidas regresivas de la llamada reforma laboral votada en el Congreso. Una reforma que no incorpora perspectiva de género ni de cuidados, que consolida desigualdades estructurales preexistentes.
Sectores altamente feminizados-como el trabajo en casas particulares- quedan más expuestos a la flexibilización sin garantías reales. Trayectorias laborales fragmentadas, informalidad, salarios más bajos: jubilaciones más bajas.
Un sesgo histórico que no se corrige, sino que se perpetúa.
Este tiempo impone reflexión. Y también perplejidad.
Asistimos a decisiones políticas que inquietan, que retroceden casilleros que parecían definitivamente conquistados. Desde lo social hasta lo judicial, se desanda un camino que costó décadas de lucha colectiva. Una vez más, la mujer vuelve a ser el hilo más fino: el primero que se corta, el que más tensión soporta.
Mientras los dirigentes de turno compiten por ver quién empuña con mayor firmeza la “motosierra”, hay miles de familias atravesadas por el dolor. Familias que lloran a sus hijas, a sus madres, a sus hermanas. Nombres propios que no son estadísticas. Ausencias que no admiten metáforas ni discursos grandilocuentes.
