Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
La pasión por los autos y el automovilismo acompañó a Enrique Verde (65) durante toda su vida. Después de décadas de competir en distintas categorías y de reunir vehículos y recuerdos vinculados al mundo “fierrero”, decidió darle forma a un proyecto que imaginó desde hace años: crear un espacio propio donde conservar su propia historia y compartirla “entre amigos” o en medio de asados.
Autos de colección, verdaderos clásicos; trofeos, buzos de carrera, cascos, gorras y distintos objetos ligados al ambiente automovilístico se distribuyen estratégicamente en el espacio. “Esto hace mucho tiempo que yo venía con ganas de hacerlo. Tengo un montón de autos que fui juntando con el tiempo, autos de colección que por ahí cuesta conseguir”, explicó.
Efectivamente. Muchos de éstos vehículos originales y de antiguos modelos, resultan difíciles de encontrar en el mercado. Y todos, mantienen sus componentes y elementos en perfecto estado de conservación. “Por ahí es más fácil comprar un auto cero kilómetro que encontrar una camioneta Ford ’80 con cuarenta mil kilómetros o un 128 con veintiséis mil kilómetros”, señaló. Con el paso de los años, la colección fue creciendo. Amigos y conocidos, sabedores de su pasión comenzaron a ofrecerle autos cuando aparecían oportunidades en el mercado.
Actualmente el espacio reúne 32 autos, aunque varios más permanecen guardados por haberse agotado la capacidad del lugar. De variadas marcas y antigüedades. Cada uno con su propia historia y valor afectivo.
Uno de los más especiales es un Viper que conserva casi como una auténtica joya. “Es un auto que lo compré en el año ’95 y tiene un valor afectivo tremendo, porque en esa época era prácticamente imposible comprar uno. Era un auto que de cero a cien hacía cuatro segundos y medio”, recordó. Otro de los vehículos que ocupa un lugar especial dentro de la colección es un BMW que le regaló su padre, una pieza que mantiene un enorme valor sentimental. O una Chevy amarilla que pertenecía a su amigo Raúl Arrese, con quien compartió gran parte de su niñez en Las Heras. “Cuando él falleció, su familia me regaló la Coupé Chevy. Tiene un sentimiento muy especial para mí”, relató.
Entre las joyas del minimuseo también se encuentra una camioneta Ford 1952 obsequiada por su primo Jorge Galarza. “Yo sabía que él la había hecho con mucho sacrificio. Un día fui a comprársela y me dijo: ‘si es para vos te la regalo’. Para mí tiene un valor enorme”, contó.
Dentro del museo también hay un rincón dedicado a la figura de su padre, Cipriano Enrique, quien fue una persona clave en su vida y en su carrera deportiva. “Mi viejo siempre fue el que me apoyó. Al principio no quería que corriera porque era chico, pero después me dio una mano”, recordó.
En el espacio se exhiben piezas históricas vinculadas a la estación de servicio familiar como el primer surtidor manual a manija o el primer surtidor eléctrico. “Por supuesto que el nombre del viejo está dentro de éste lugar, porque para mí es algo muy preciado”, afirmó.
Además de los autos, el lugar incluye sectores recreativos vinculados al automovilismo. Uno de los más llamativos es una pista de Scalextric, el clásico juego de autos eléctricos que marcó la infancia de muchos fanáticos junto a simuladores de carreras, además de espacios para ver carreras o simplemente disfrutar del ambiente rodeado de autos.
El lugar que identifica en cuerpo y alma, a su mentor, también reúne trofeos, buzos y cascos obtenidos durante su trayectoria deportiva. A lo largo de su carrera logró diez campeonatos, una marca que refleja su regularidad en distintas categorías. “Ganar una carrera no se complica tanto, pero ganar un campeonato exige ser muy regular durante todo el año”, sostuvo quien ganara siete campeonatos en el TC Comodorense o Fuerza Limitada, además de títulos en el clásico Hot-Rod y el TC Patagónico llegando a competir en el TC Pista y el mismo Turismo Carretera.
Compartir la pasión
Aunque el lugar podría pensarse como un museo privado, Verde asegura que su intención nunca fue guardarlo sólo para sí. “La idea es disfrutarlo con gente amiga. Venimos, comemos un asado, tomamos unos mates o un café, vemos carreras y charlamos”, explicó.
El proyecto demandó entre cuatro y cinco años de trabajo, desde la construcción del galpón hasta la organización final de los autos y los recuerdos. Aunque hace dos temporadas que no compite y ya lleva tres sin iniciar un campeonato, el automovilismo sigue siendo parte central de su vida. “Por ahora no tengo el incentivo para volver a correr, pero si algún día me dan ganas, volveremos a subirnos”, admitió. “Me encanta entrar a este lugar, sentir el olor a nafta de los autos y poder verlos y disfrutarlos”.
Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
La pasión por los autos y el automovilismo acompañó a Enrique Verde (65) durante toda su vida. Después de décadas de competir en distintas categorías y de reunir vehículos y recuerdos vinculados al mundo “fierrero”, decidió darle forma a un proyecto que imaginó desde hace años: crear un espacio propio donde conservar su propia historia y compartirla “entre amigos” o en medio de asados.
Autos de colección, verdaderos clásicos; trofeos, buzos de carrera, cascos, gorras y distintos objetos ligados al ambiente automovilístico se distribuyen estratégicamente en el espacio. “Esto hace mucho tiempo que yo venía con ganas de hacerlo. Tengo un montón de autos que fui juntando con el tiempo, autos de colección que por ahí cuesta conseguir”, explicó.
Efectivamente. Muchos de éstos vehículos originales y de antiguos modelos, resultan difíciles de encontrar en el mercado. Y todos, mantienen sus componentes y elementos en perfecto estado de conservación. “Por ahí es más fácil comprar un auto cero kilómetro que encontrar una camioneta Ford ’80 con cuarenta mil kilómetros o un 128 con veintiséis mil kilómetros”, señaló. Con el paso de los años, la colección fue creciendo. Amigos y conocidos, sabedores de su pasión comenzaron a ofrecerle autos cuando aparecían oportunidades en el mercado.
Actualmente el espacio reúne 32 autos, aunque varios más permanecen guardados por haberse agotado la capacidad del lugar. De variadas marcas y antigüedades. Cada uno con su propia historia y valor afectivo.
Uno de los más especiales es un Viper que conserva casi como una auténtica joya. “Es un auto que lo compré en el año ’95 y tiene un valor afectivo tremendo, porque en esa época era prácticamente imposible comprar uno. Era un auto que de cero a cien hacía cuatro segundos y medio”, recordó. Otro de los vehículos que ocupa un lugar especial dentro de la colección es un BMW que le regaló su padre, una pieza que mantiene un enorme valor sentimental. O una Chevy amarilla que pertenecía a su amigo Raúl Arrese, con quien compartió gran parte de su niñez en Las Heras. “Cuando él falleció, su familia me regaló la Coupé Chevy. Tiene un sentimiento muy especial para mí”, relató.
Entre las joyas del minimuseo también se encuentra una camioneta Ford 1952 obsequiada por su primo Jorge Galarza. “Yo sabía que él la había hecho con mucho sacrificio. Un día fui a comprársela y me dijo: ‘si es para vos te la regalo’. Para mí tiene un valor enorme”, contó.
Dentro del museo también hay un rincón dedicado a la figura de su padre, Cipriano Enrique, quien fue una persona clave en su vida y en su carrera deportiva. “Mi viejo siempre fue el que me apoyó. Al principio no quería que corriera porque era chico, pero después me dio una mano”, recordó.
En el espacio se exhiben piezas históricas vinculadas a la estación de servicio familiar como el primer surtidor manual a manija o el primer surtidor eléctrico. “Por supuesto que el nombre del viejo está dentro de éste lugar, porque para mí es algo muy preciado”, afirmó.
Además de los autos, el lugar incluye sectores recreativos vinculados al automovilismo. Uno de los más llamativos es una pista de Scalextric, el clásico juego de autos eléctricos que marcó la infancia de muchos fanáticos junto a simuladores de carreras, además de espacios para ver carreras o simplemente disfrutar del ambiente rodeado de autos.
El lugar que identifica en cuerpo y alma, a su mentor, también reúne trofeos, buzos y cascos obtenidos durante su trayectoria deportiva. A lo largo de su carrera logró diez campeonatos, una marca que refleja su regularidad en distintas categorías. “Ganar una carrera no se complica tanto, pero ganar un campeonato exige ser muy regular durante todo el año”, sostuvo quien ganara siete campeonatos en el TC Comodorense o Fuerza Limitada, además de títulos en el clásico Hot-Rod y el TC Patagónico llegando a competir en el TC Pista y el mismo Turismo Carretera.
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Aunque el lugar podría pensarse como un museo privado, Verde asegura que su intención nunca fue guardarlo sólo para sí. “La idea es disfrutarlo con gente amiga. Venimos, comemos un asado, tomamos unos mates o un café, vemos carreras y charlamos”, explicó.
El proyecto demandó entre cuatro y cinco años de trabajo, desde la construcción del galpón hasta la organización final de los autos y los recuerdos. Aunque hace dos temporadas que no compite y ya lleva tres sin iniciar un campeonato, el automovilismo sigue siendo parte central de su vida. “Por ahora no tengo el incentivo para volver a correr, pero si algún día me dan ganas, volveremos a subirnos”, admitió. “Me encanta entrar a este lugar, sentir el olor a nafta de los autos y poder verlos y disfrutarlos”.