Una capilla en el campo y un sueño de familia construído con ladrillos de fe

Sobre Ruta 37, un espacio de fe se erige imponente. Es la capilla María del Rosario de San Nicolás, construida en la Estancia Del Sol, ya se celebraron dos misas con la presencia del Obispo y hasta un bautismo de campo.

29 MAR 2026 - 20:18 | Actualizado 29 MAR 2026 - 22:52

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada

A veces la fe suele quedar lejos. Y es necesario encontrar los caminos correctos para llegar a ese refugio espiritual. Una familia comodorense encontró esa paz en un rincón inhóspito del interior profundo, ahí donde el paisaje parece resistirse a todo. Rubén Hernán Córdoba y su familia encontraron algo más que una parcela de tierra: el verdadero sentido de las cosas. A unos 80 kilómetros de Comodoro Rivadavia entre asfalto y camino de ripio, levantó junto a su familia un espacio que hoy se transformó en punto de encuentro, fe y gratitud.

Hace poco más de cuatro años, adquirió un campo abandonado, sin caminos, ni infraestructura. “Recién al mes y medio o dos meses pudimos hacer un camino para llegar a la casa, que era del año 1920, de piedra y barro, sin techo. Empezamos de a poquito a restaurarla”, recordó . Lo que empezó como un proyecto productivo vinculado a la obtención de materia prima para su empresa de áridos, fue tomando otro rumbo. En ese mismo lugar, donde “muchos no se quedarían ni regalado”, Córdoba asegura haber encontrado algo distinto: “Lo que hay es paz, un lugar de encuentro donde la gente puede relajarse”.

Para llegar a la Estancia del Sol, es necesario tomar Ruta 3 hasta el desvío hacia Río Pico por Ruta 27. Desde el famoso puente de madera que caracteriza la zona, se deben sortear treinta y seis kilómetros adicionales para llegar a la entrada del establecimiento. Iluminada en medio de la nada luce imponente la capilla María del Rosario de San Nicolás.

“Nosotros compramos una parte de la Estancia porque en realidad el dueño anterior la dividió en partes y fue vendiendo por lote. Después empezamos a soñar con querer hacer algo en el, porque transformamos la casa y empezaron a visitarnos. De a poquito se fueron dando las cosas; sumamos actividades y estamos en una experiencia, aprendiendo”, resaltó.

La construcción no estaba en los planes iniciales. Surgió desde una necesidad íntima, atravesada por la historia personal y la relación con su madre. “Después de que falleció mi papá, me di cuenta que siempre priorizaba el trabajo y no compartía con mi mamá. Entonces pensé en hacer algo que nos una más”, relató .


La obra avanzó casi de manera inesperada, con ayuda de personas que se sumaron con compromiso y dedicación. “Se dio todo muy rápido, como cosas divinas”, describió.

Hoy, ese templo no es una simple estructura de materiales y cemento. No solo está en pie: está vivo. Ya se celebraron dos misas, participó el obispo y hasta hubo un bautismo en pleno invierno, en medio del campo. “La capilla está siempre abierta, no se cierra. La gente va, se queda, comparte”, contó Córdoba quien destacó la energía y la emoción de quienes viajaron, solamente para abrazarse en la fe. Lejos de lo económico, Córdoba insiste en que no hay un fin comercial. “No lo hacemos por negocio. Lo hacemos porque sentimos que hay que hacerlo”, explicó. Y reconoce que el impacto es real: cientos de personas llegaron al lugar, algunas convocadas por celebraciones religiosas, otras simplemente en busca de tranquilidad. “Fueron más de 700 personas en una misa. Eso te hace pensar”, dijo.

El crecimiento es lento, a pulmón, con recursos propios. Bancos, servicios, mantenimiento: todo se construye paso a paso. Y el próximo desafío es generar espacios para que quienes llegan puedan pernoctar y disfrutar del entorno natural.

Más allá de la estructura, lo que se consolidó es otra cosa: un espacio de encuentro familiar y comunitario. Un verdadero refugio para el alma. “Lo positivo es que nos juntamos por algo. Mis hijas, mi esposa, mi mamá, todos participamos. Hay días previos de trabajo, de limpiar, de preparar todo. Eso también nos une más como familia”, expresó .

En un entorno hostil, reconoce que “el campo es malo para producir”, aunque Córdoba logró sembrar semillas espirituales: pertenencia y comunidad. Una capilla se levanta como un templo, entre ladrillos de los que creen y el esfuerzo que tiene mucho de celestial, de construir una “casa” con aura propia.

“La capilla está siempre abierta, no la cerramos. Tiene sus baños, su lugar, y la gente puede ir y quedarse. A mí me causa admiración ver cuánta gente cree, cuánto se moviliza. Yo no lo sabía”, remarcó.

29 MAR 2026 - 20:18

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada

A veces la fe suele quedar lejos. Y es necesario encontrar los caminos correctos para llegar a ese refugio espiritual. Una familia comodorense encontró esa paz en un rincón inhóspito del interior profundo, ahí donde el paisaje parece resistirse a todo. Rubén Hernán Córdoba y su familia encontraron algo más que una parcela de tierra: el verdadero sentido de las cosas. A unos 80 kilómetros de Comodoro Rivadavia entre asfalto y camino de ripio, levantó junto a su familia un espacio que hoy se transformó en punto de encuentro, fe y gratitud.

Hace poco más de cuatro años, adquirió un campo abandonado, sin caminos, ni infraestructura. “Recién al mes y medio o dos meses pudimos hacer un camino para llegar a la casa, que era del año 1920, de piedra y barro, sin techo. Empezamos de a poquito a restaurarla”, recordó . Lo que empezó como un proyecto productivo vinculado a la obtención de materia prima para su empresa de áridos, fue tomando otro rumbo. En ese mismo lugar, donde “muchos no se quedarían ni regalado”, Córdoba asegura haber encontrado algo distinto: “Lo que hay es paz, un lugar de encuentro donde la gente puede relajarse”.

Para llegar a la Estancia del Sol, es necesario tomar Ruta 3 hasta el desvío hacia Río Pico por Ruta 27. Desde el famoso puente de madera que caracteriza la zona, se deben sortear treinta y seis kilómetros adicionales para llegar a la entrada del establecimiento. Iluminada en medio de la nada luce imponente la capilla María del Rosario de San Nicolás.

“Nosotros compramos una parte de la Estancia porque en realidad el dueño anterior la dividió en partes y fue vendiendo por lote. Después empezamos a soñar con querer hacer algo en el, porque transformamos la casa y empezaron a visitarnos. De a poquito se fueron dando las cosas; sumamos actividades y estamos en una experiencia, aprendiendo”, resaltó.

La construcción no estaba en los planes iniciales. Surgió desde una necesidad íntima, atravesada por la historia personal y la relación con su madre. “Después de que falleció mi papá, me di cuenta que siempre priorizaba el trabajo y no compartía con mi mamá. Entonces pensé en hacer algo que nos una más”, relató .


La obra avanzó casi de manera inesperada, con ayuda de personas que se sumaron con compromiso y dedicación. “Se dio todo muy rápido, como cosas divinas”, describió.

Hoy, ese templo no es una simple estructura de materiales y cemento. No solo está en pie: está vivo. Ya se celebraron dos misas, participó el obispo y hasta hubo un bautismo en pleno invierno, en medio del campo. “La capilla está siempre abierta, no se cierra. La gente va, se queda, comparte”, contó Córdoba quien destacó la energía y la emoción de quienes viajaron, solamente para abrazarse en la fe. Lejos de lo económico, Córdoba insiste en que no hay un fin comercial. “No lo hacemos por negocio. Lo hacemos porque sentimos que hay que hacerlo”, explicó. Y reconoce que el impacto es real: cientos de personas llegaron al lugar, algunas convocadas por celebraciones religiosas, otras simplemente en busca de tranquilidad. “Fueron más de 700 personas en una misa. Eso te hace pensar”, dijo.

El crecimiento es lento, a pulmón, con recursos propios. Bancos, servicios, mantenimiento: todo se construye paso a paso. Y el próximo desafío es generar espacios para que quienes llegan puedan pernoctar y disfrutar del entorno natural.

Más allá de la estructura, lo que se consolidó es otra cosa: un espacio de encuentro familiar y comunitario. Un verdadero refugio para el alma. “Lo positivo es que nos juntamos por algo. Mis hijas, mi esposa, mi mamá, todos participamos. Hay días previos de trabajo, de limpiar, de preparar todo. Eso también nos une más como familia”, expresó .

En un entorno hostil, reconoce que “el campo es malo para producir”, aunque Córdoba logró sembrar semillas espirituales: pertenencia y comunidad. Una capilla se levanta como un templo, entre ladrillos de los que creen y el esfuerzo que tiene mucho de celestial, de construir una “casa” con aura propia.

“La capilla está siempre abierta, no la cerramos. Tiene sus baños, su lugar, y la gente puede ir y quedarse. A mí me causa admiración ver cuánta gente cree, cuánto se moviliza. Yo no lo sabía”, remarcó.