Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
El mismo lugar, la misma foto. El tiempo parecía no haber alterado la barra, la cafetera desbordada de sabor ni mucho menos la esencia de un espacio de culto para ciertos bohemios que ni siquiera pintan canas.
El local Uno de la galería El Águila, en el corazón mismo de la calle San Martín y a metros de la vieja pista de bowling albergaba el Kennedy Garden, inaugurado en 1965 cuya vigencia, le daba un toque clásico que lo llevaba al “Comodoro de antes” en un mágico deja vú. Había un contraste: de los trajes con camisas almidonadas que parecían escaparse de las fotos en blanco y negro a una informalidad más propia de estos tiempos.
Lo único que parecía convertirse en un puente es la exhibidora con los productos característicos del local: el sándwich de milanesa, hecho con una receta “secreta” y mayonesa casera y el especial de pavita con tomate y huevo, una exquisitez que parecía sobrevivir únicamente en este petit café de largas banquetas y mesas dispuestas a lo largo de una galería comercial.
Mozos
Jorge y Luis no eran mozos comunes, llevaban años prestando servicio y manteniendo vivo este espacio. Ambos coincidían en su origen humilde; haciendo mandados a cambio del sándwich de rigor. Y adjetivan por igual a Ismael Millán, el propietario del Kennedy, como un “trabajador” que les dio todo y les enseñó, con generosidad, los secretos del oficio.

Ambos hacían honor a la tradición del lugar: vestían camisa y corbata sin importar la época del año y, serviciales, atendían los pedidos de los clientes y llevaban adelante el comercio, comprando los insumos y la mercadería.
Aceptaban que ellos eran “lo que trabajaban” y que la tradición se mantenía más allá de las jubilaciones o las circunstancias. Luciano, el tercer mozo, ya llevaba un par de décadas trabajando con la misma consigna; había que tomar aquella posta gastronómica.
Millán, chileno pero instalado en la ciudad, era mozo del Grand Hotel y concesionario del Bowling hasta que se hizo cargo del café “de la galería” que llegó a trabajar las 24 horas en su época de esplendor y que contaba con un altillo que solía hacer las veces de “Triángulo de las Bermudas” para adolescentes “rateados” del colegio o para maridos infieles que se resguardaban allí de miradas indiscretas.
Detalles
El Kennedy respondía a un supuesto homenaje al asesinado presidente de los Estados Unidos y el Garden (o “Jardín”) fue un anexo que conformó el nombre ideal. Se servía buseca o guiso de lentejas como plato del día aunque lo más pedido siguen siendo los sándwiches, en sus dos principales variantes ya expuestas.
“Llegamos a vender de 300 a 400 por día. A la milanesa de nalga la preparamos nosotros mismos aunque con un toque especial que por supuesto no voy a develar”, dice con un halo de misterio Jorge Velásquez, quien comenzó como lava copas en el 67 ganando un sueldo que multiplicaba varias veces sus ingresos como lustrabotas. “La única vez que había agarrado tanta plata fue cuando le lustré los zapatos a Sandro y me pagó con un billete que después se convirtió en una carretilla con comida para mi familia”.
Luis Ayala, exatleta y taekwondista, reconoce que el contacto con la gente de los más variados niveles sociales terminó formándolo en la vida tras una infancia complicada. “Vendía diarios y paraba palos en el bowling, solía subir la Rivadavia para buscar hielo a cambio de comida. Desde que Millán me ofreció trabajar acá, cambió mi vida. Venía siempre antes de mi horario y me iba más tarde, nunca supe lo que era una boleta médica”, dice recordando con nobleza al dueño del café, ya fallecido.
Vida de trabajo
Millán hizo profesionales a sus dos hijos con el sudor del esfuerzo. Se levantaba a las 5 y media para preparar la mercadería y tras un breve corte a la hora de la siesta, volvía para quedarse hasta la noche. “Era muy estricto pero a la vez un patrón fenomenal. Nos ayudó en muchas cuestiones personales y solía darnos plata por afuera del sueldo cuando teníamos buenas semanas de venta”.
Sus herederos –arquitecto y odontólogo- decidieron mantener el negocio familiar hasta donde pudieron aunque los tiempos no fueran los mejores, la pandemia los dejara entre las cuerdas y los hábitos de los comodorenses ya cambiaron.
Era tanta la convocatoria que se formaban largas colas en la barra; se comía cómo se podía, incluso sentándose en las escaleras del entrepiso. Y la recaudación era tal que cuando la caja registradora no daba abasto se guardaba el dinero en bolsas de nylon. No faltaban la grapa y las espirituosas; el jugo de ananá enlatado y el siempre vigente Gancia batido hecho con hielo picado, limón, soda y un “touch” de yema de huevo para darle estética y consistencia.
Recuerdan que durante la Guerra de Malvinas se atendía iluminándose sólo con pantallas de gas, ya que los oscurecimientos y los simulacros de ataques aéreos eran una constante.
Visitantes ilustres
El Kennedy Garden recibió a figuras de toda época, algunos muy populares como el inolvidable Horacio Guarany, quien regaló largos vinos y cortos chistes durante una visita; los tangueros Jorge Valdéz y Chiqui Pereyra; el actor comodorense Lito Cruz, el empresario Cristóbal López, el boxeador Jorge “Roña” Castro y los humoristas Turco Ayame y el fallecido Gran Sandi, aquel calvo gigante boliviano que alojado en el hotel Colón solía brillar en las marquesinas de los cabarets de la época.
La lista incluye a Luis Costa, integrante del mítico Grupo Uno y hasta el actor Roly Serrano quien inclusive grabó escenas de una película en el local ubicado al 372 de calle San Martín.
Los futbolistas de Huracán del ’70 también eran habitués y consumidores del especial de milanesa porque la esencia –y los sabores- nunca se pierden.
Las mesas vacías, las sillas apiladas y el cartel de cierre evidencian la tristeza del tiempo pasado que no volverá.

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
El mismo lugar, la misma foto. El tiempo parecía no haber alterado la barra, la cafetera desbordada de sabor ni mucho menos la esencia de un espacio de culto para ciertos bohemios que ni siquiera pintan canas.
El local Uno de la galería El Águila, en el corazón mismo de la calle San Martín y a metros de la vieja pista de bowling albergaba el Kennedy Garden, inaugurado en 1965 cuya vigencia, le daba un toque clásico que lo llevaba al “Comodoro de antes” en un mágico deja vú. Había un contraste: de los trajes con camisas almidonadas que parecían escaparse de las fotos en blanco y negro a una informalidad más propia de estos tiempos.
Lo único que parecía convertirse en un puente es la exhibidora con los productos característicos del local: el sándwich de milanesa, hecho con una receta “secreta” y mayonesa casera y el especial de pavita con tomate y huevo, una exquisitez que parecía sobrevivir únicamente en este petit café de largas banquetas y mesas dispuestas a lo largo de una galería comercial.
Mozos
Jorge y Luis no eran mozos comunes, llevaban años prestando servicio y manteniendo vivo este espacio. Ambos coincidían en su origen humilde; haciendo mandados a cambio del sándwich de rigor. Y adjetivan por igual a Ismael Millán, el propietario del Kennedy, como un “trabajador” que les dio todo y les enseñó, con generosidad, los secretos del oficio.

Ambos hacían honor a la tradición del lugar: vestían camisa y corbata sin importar la época del año y, serviciales, atendían los pedidos de los clientes y llevaban adelante el comercio, comprando los insumos y la mercadería.
Aceptaban que ellos eran “lo que trabajaban” y que la tradición se mantenía más allá de las jubilaciones o las circunstancias. Luciano, el tercer mozo, ya llevaba un par de décadas trabajando con la misma consigna; había que tomar aquella posta gastronómica.
Millán, chileno pero instalado en la ciudad, era mozo del Grand Hotel y concesionario del Bowling hasta que se hizo cargo del café “de la galería” que llegó a trabajar las 24 horas en su época de esplendor y que contaba con un altillo que solía hacer las veces de “Triángulo de las Bermudas” para adolescentes “rateados” del colegio o para maridos infieles que se resguardaban allí de miradas indiscretas.
Detalles
El Kennedy respondía a un supuesto homenaje al asesinado presidente de los Estados Unidos y el Garden (o “Jardín”) fue un anexo que conformó el nombre ideal. Se servía buseca o guiso de lentejas como plato del día aunque lo más pedido siguen siendo los sándwiches, en sus dos principales variantes ya expuestas.
“Llegamos a vender de 300 a 400 por día. A la milanesa de nalga la preparamos nosotros mismos aunque con un toque especial que por supuesto no voy a develar”, dice con un halo de misterio Jorge Velásquez, quien comenzó como lava copas en el 67 ganando un sueldo que multiplicaba varias veces sus ingresos como lustrabotas. “La única vez que había agarrado tanta plata fue cuando le lustré los zapatos a Sandro y me pagó con un billete que después se convirtió en una carretilla con comida para mi familia”.
Luis Ayala, exatleta y taekwondista, reconoce que el contacto con la gente de los más variados niveles sociales terminó formándolo en la vida tras una infancia complicada. “Vendía diarios y paraba palos en el bowling, solía subir la Rivadavia para buscar hielo a cambio de comida. Desde que Millán me ofreció trabajar acá, cambió mi vida. Venía siempre antes de mi horario y me iba más tarde, nunca supe lo que era una boleta médica”, dice recordando con nobleza al dueño del café, ya fallecido.
Vida de trabajo
Millán hizo profesionales a sus dos hijos con el sudor del esfuerzo. Se levantaba a las 5 y media para preparar la mercadería y tras un breve corte a la hora de la siesta, volvía para quedarse hasta la noche. “Era muy estricto pero a la vez un patrón fenomenal. Nos ayudó en muchas cuestiones personales y solía darnos plata por afuera del sueldo cuando teníamos buenas semanas de venta”.
Sus herederos –arquitecto y odontólogo- decidieron mantener el negocio familiar hasta donde pudieron aunque los tiempos no fueran los mejores, la pandemia los dejara entre las cuerdas y los hábitos de los comodorenses ya cambiaron.
Era tanta la convocatoria que se formaban largas colas en la barra; se comía cómo se podía, incluso sentándose en las escaleras del entrepiso. Y la recaudación era tal que cuando la caja registradora no daba abasto se guardaba el dinero en bolsas de nylon. No faltaban la grapa y las espirituosas; el jugo de ananá enlatado y el siempre vigente Gancia batido hecho con hielo picado, limón, soda y un “touch” de yema de huevo para darle estética y consistencia.
Recuerdan que durante la Guerra de Malvinas se atendía iluminándose sólo con pantallas de gas, ya que los oscurecimientos y los simulacros de ataques aéreos eran una constante.
Visitantes ilustres
El Kennedy Garden recibió a figuras de toda época, algunos muy populares como el inolvidable Horacio Guarany, quien regaló largos vinos y cortos chistes durante una visita; los tangueros Jorge Valdéz y Chiqui Pereyra; el actor comodorense Lito Cruz, el empresario Cristóbal López, el boxeador Jorge “Roña” Castro y los humoristas Turco Ayame y el fallecido Gran Sandi, aquel calvo gigante boliviano que alojado en el hotel Colón solía brillar en las marquesinas de los cabarets de la época.
La lista incluye a Luis Costa, integrante del mítico Grupo Uno y hasta el actor Roly Serrano quien inclusive grabó escenas de una película en el local ubicado al 372 de calle San Martín.
Los futbolistas de Huracán del ’70 también eran habitués y consumidores del especial de milanesa porque la esencia –y los sabores- nunca se pierden.
Las mesas vacías, las sillas apiladas y el cartel de cierre evidencian la tristeza del tiempo pasado que no volverá.