Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
En un espacio reducido, casi improvisado dentro del Club Náutico Rada Tilly, comenzó a tomar forma una idea que hoy ya desafía al mar. No fue un proyecto individual, ni una obra aislada sino el resultado de un proceso colectivo que unió a socios, vecinos y amantes del mar con un objetivo común: construir un barco desde cero, desde sus mismos cimientos.
“Era una inquietud que venía de hace tiempo. Teníamos los planos, pero faltaba animarnos”, recordó el ingeniero Sebastián Ortega, uno de los impulsores del proyecto que tomó forma en una charla posterior a la tradicional regata “Del Marqués”. Era un grupo de soñadores, de gente con ganas de navegar distinto. Nos propusieron lanzar el taller y dijimos que sí”, relató por su parte Vilma Hernández, presidenta de la Subcomisión de Náutica del club. La convocatoria fue abierta y la respuesta superó todas las expectativas. Se sumaron personas de distintas edades, muchas de ellas sin experiencia previa. “Vino mucha gente, incluso personas que nunca habían tenido contacto con la náutica. Eso fue lo más rico del proceso”, destacó Hernández.
Durante más de un año, entre siete y doce participantes trabajaron de manera sostenida, con encuentros semanales que se convirtieron en un ritual. “Algunos venían siempre, otros cuando podían, pero el proyecto se sostuvo gracias a la voluntad de todos. De manera virtual nos acompañó el ingeniero y diseñador naval uruguayo Carlos Placitelli”, explicó Ortega.
El desafío no fue solo técnico. También hubo que adaptarse a las limitaciones del espacio. “Era un lugar muy chiquito, pero lo llamábamos “el espacio que alberga cosas grandes”, porque ahí pasó algo enorme”, bromeó la dirigente.
El barco construído es un modelo Pasia 400, diseñado por el arquitecto naval polaco Janusz Maderski. “El hijo Marek vive en El Bolsón y pude hacer un curso con él en el Náutico YPF. Fabricaron muchos barcos para Epuyén y Patriada y está terminando su propio Astillero”. Tiene cuatro metros de eslora, 1,56 de manga; puede cargar 250 kilos y fue realizado con la técnica “stitch and glue”, a partir de multilaminado fenólico de madera. “Es una técnica de cosido y pegado, que permite armar el casco con precisión y después rigidizarlo con resinas y fibra”, explicó Ortega quien agregó que el barco posee dos velas y permite navegar de a dos personas con hasta cuatro tripulantes. “Por diseño se puede tomar tres manos de rizo, es decir se puede reducir el paño de la vela para navegar con mayor capacidad de viento”.
El proceso incluyó la utilización de distintos materiales y el acompañamiento de especialistas. “No es solo armar un barco, es entender cómo tiene que comportarse en el agua, cómo responde estructuralmente”, agregó.
Más allá de los aspectos técnicos, el proyecto dejó una huella profunda en quienes participaron. “Es muy loco ver cómo algo que empieza siendo placas de madera termina flotando. Cuando el barco empieza a tomar forma, todos quedamos sorprendidos”, describió Ortega.
La experiencia no termina en la construcción. Navegar el barco es, para muchos, la culminación de un proceso único. “Después poder navegarlo es otra experiencia completamente distinta. Es loco construir con las manos en un mundo tan automatizado. Algo que flote y te lleve”.

“Asier”, un nuevo comienzo
El nombre del velero también surgió del trabajo colectivo. A través de una votación entre los participantes, se eligió “Asier” por sobre la alternativa de “Luisito” en honor a Piedrabuena. “Es un nombre de orígen vasco que significa ‘nuevo comienzo’. Y nos pareció perfecto para lo que estamos iniciando desde el club”, explicó Vilma Hernández. El nombre refleja no solo el nacimiento de la embarcación, sino que trasciende porque a partir de ésta experiencia, el Club Náutico Rada Tilly lanzará una escuela de vela náutica orientada a adultos, una propuesta poco habitual en la región que comenzará a la brevedad.
“Detectamos que muchos adultos hacen un curso, obtienen la habilitación y después quedan solos, sin práctica ni acompañamiento”, señaló Hernández. El programa incluirá unas 40 horas de navegación, combinando instancias con instructor y otras de mayor autonomía. “La idea es acompañarlos en ese proceso, que ganen confianza y experiencia real en el agua”, explicaron.
Sin detenerse. Ya se proyectan nuevas instancias de construcción, incluso con embarcaciones más pequeñas, para que cada participante pueda llevarse su propio casco. “Queremos que más gente se anime, que se sume, que construya su barco. Esto recién empieza. La idea es tomar al mar como propio. Y navegarlo”, afirmó Hernández.
Para Ortega, arquitecto de profesión, el valor del proyecto va más allá del resultado final. “Esto es fascinante. Demuestra que cuando hay compromiso, las cosas se pueden hacer. Y no solo se construye un barco: se construye comunidad”.

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
En un espacio reducido, casi improvisado dentro del Club Náutico Rada Tilly, comenzó a tomar forma una idea que hoy ya desafía al mar. No fue un proyecto individual, ni una obra aislada sino el resultado de un proceso colectivo que unió a socios, vecinos y amantes del mar con un objetivo común: construir un barco desde cero, desde sus mismos cimientos.
“Era una inquietud que venía de hace tiempo. Teníamos los planos, pero faltaba animarnos”, recordó el ingeniero Sebastián Ortega, uno de los impulsores del proyecto que tomó forma en una charla posterior a la tradicional regata “Del Marqués”. Era un grupo de soñadores, de gente con ganas de navegar distinto. Nos propusieron lanzar el taller y dijimos que sí”, relató por su parte Vilma Hernández, presidenta de la Subcomisión de Náutica del club. La convocatoria fue abierta y la respuesta superó todas las expectativas. Se sumaron personas de distintas edades, muchas de ellas sin experiencia previa. “Vino mucha gente, incluso personas que nunca habían tenido contacto con la náutica. Eso fue lo más rico del proceso”, destacó Hernández.
Durante más de un año, entre siete y doce participantes trabajaron de manera sostenida, con encuentros semanales que se convirtieron en un ritual. “Algunos venían siempre, otros cuando podían, pero el proyecto se sostuvo gracias a la voluntad de todos. De manera virtual nos acompañó el ingeniero y diseñador naval uruguayo Carlos Placitelli”, explicó Ortega.
El desafío no fue solo técnico. También hubo que adaptarse a las limitaciones del espacio. “Era un lugar muy chiquito, pero lo llamábamos “el espacio que alberga cosas grandes”, porque ahí pasó algo enorme”, bromeó la dirigente.
El barco construído es un modelo Pasia 400, diseñado por el arquitecto naval polaco Janusz Maderski. “El hijo Marek vive en El Bolsón y pude hacer un curso con él en el Náutico YPF. Fabricaron muchos barcos para Epuyén y Patriada y está terminando su propio Astillero”. Tiene cuatro metros de eslora, 1,56 de manga; puede cargar 250 kilos y fue realizado con la técnica “stitch and glue”, a partir de multilaminado fenólico de madera. “Es una técnica de cosido y pegado, que permite armar el casco con precisión y después rigidizarlo con resinas y fibra”, explicó Ortega quien agregó que el barco posee dos velas y permite navegar de a dos personas con hasta cuatro tripulantes. “Por diseño se puede tomar tres manos de rizo, es decir se puede reducir el paño de la vela para navegar con mayor capacidad de viento”.
El proceso incluyó la utilización de distintos materiales y el acompañamiento de especialistas. “No es solo armar un barco, es entender cómo tiene que comportarse en el agua, cómo responde estructuralmente”, agregó.
Más allá de los aspectos técnicos, el proyecto dejó una huella profunda en quienes participaron. “Es muy loco ver cómo algo que empieza siendo placas de madera termina flotando. Cuando el barco empieza a tomar forma, todos quedamos sorprendidos”, describió Ortega.
La experiencia no termina en la construcción. Navegar el barco es, para muchos, la culminación de un proceso único. “Después poder navegarlo es otra experiencia completamente distinta. Es loco construir con las manos en un mundo tan automatizado. Algo que flote y te lleve”.

“Asier”, un nuevo comienzo
El nombre del velero también surgió del trabajo colectivo. A través de una votación entre los participantes, se eligió “Asier” por sobre la alternativa de “Luisito” en honor a Piedrabuena. “Es un nombre de orígen vasco que significa ‘nuevo comienzo’. Y nos pareció perfecto para lo que estamos iniciando desde el club”, explicó Vilma Hernández. El nombre refleja no solo el nacimiento de la embarcación, sino que trasciende porque a partir de ésta experiencia, el Club Náutico Rada Tilly lanzará una escuela de vela náutica orientada a adultos, una propuesta poco habitual en la región que comenzará a la brevedad.
“Detectamos que muchos adultos hacen un curso, obtienen la habilitación y después quedan solos, sin práctica ni acompañamiento”, señaló Hernández. El programa incluirá unas 40 horas de navegación, combinando instancias con instructor y otras de mayor autonomía. “La idea es acompañarlos en ese proceso, que ganen confianza y experiencia real en el agua”, explicaron.
Sin detenerse. Ya se proyectan nuevas instancias de construcción, incluso con embarcaciones más pequeñas, para que cada participante pueda llevarse su propio casco. “Queremos que más gente se anime, que se sume, que construya su barco. Esto recién empieza. La idea es tomar al mar como propio. Y navegarlo”, afirmó Hernández.
Para Ortega, arquitecto de profesión, el valor del proyecto va más allá del resultado final. “Esto es fascinante. Demuestra que cuando hay compromiso, las cosas se pueden hacer. Y no solo se construye un barco: se construye comunidad”.