Por Juan Miguel Bigrevich / Redaccón Jornada
Hace 64 años, la democracia chubutense recibió su primer mazazo.
El 24 de abril de 1962 no cayó solo un gobernador: cayó, bajo el peso de los uniformes y la prepotencia centralista, el primer gobierno constitucional de la joven provincia del Chubut.
El doctor Jorge Galina fue desalojado del poder cuando desde Buenos Aires se decidió intervenir varias provincias para borrar del mapa electoral la voluntad popular expresada el 18 de marzo. El pecado había sido imperdonable para el régimen de entonces. El peronismo, proscripto pero vivo, había encontrado caminos alternativos para triunfar en las urnas. También en Chubut, donde el “Partido Provincial” de Raúl Riobóo y Hebe Corchuelo Blasco había vencido con el perfume inconfundible del movimiento prohibido.
Con el país cercado por el Plan Conintes, el Plan Larkin y la tutela militar sobre el gobierno civil, Arturo Frondizi fue empujado al abismo, obligado a anular elecciones y finalmente expulsado de la Casa Rosada para dejar su lugar al dócil José María Guido.
La onda expansiva llegó al sur como una orden marcial.
Un mes y seis días después, Galina —abogado entrerriano-platense afincado en Trelew, arquitecto político de la capitalidad de Rawson y protagonista central del nacimiento institucional chubutense— debía abandonar el cargo. Frente a él, como símbolo brutal de la época, estaba el general de Brigada Fernando Elizondo, interventor designado para consumar el despojo y que sería reemplazado en mayo por Pedro Priani.
Mientras en el valle se levantaban las paredes del Dique Florentino Ameghino, obra monumental del desarrollo patagónico, en Rawson se demolía a martillazos la primera experiencia democrática de la provincia. Se construía hormigón para contener al río, mientras se dinamitaban las instituciones para contener al pueblo.
A las 17:15, en la vieja casona de Fontana 50, Galina firmó su dimisión. Lo hizo bajo protesta. Lo hizo denunciando “un avasallamiento a la autonomía provincial manifestada en los comicios del 18 de marzo último”. Lo hizo con setenta infantes de marina vigilando la escena y empleados públicos despidiéndolo con una ovación que retumbó más fuerte que cualquier orden castrense.
Le faltaban apenas seis días para terminar su mandato.
Se prometieron nuevas elecciones en una semana. Nunca llegaron.
Como tantas veces en la historia argentina, las promesas del poder de facto tuvieron la consistencia del humo. Los diarios de la época también erraban el rumbo del mundo: anunciaban la caída de Fidel Castro que no ocurrió y negaban la independencia de Argelia que ya galopaba hacia la libertad. Pero hubo algo que sí sucedió, irrefutable y brutal: en Chubut, la democracia naciente fue degollada antes de aprender a caminar.
La caída de Galina no fue solo la destitución de un gobernador.
Fue el bautismo de fuego de una provincia que aprendió demasiado pronto que en la Argentina de entonces el voto popular podía ser papel mojado cuando chocaba contra los intereses del poder real.
Aquel 24 de abril de 1962 quedó escrito como una advertencia en la memoria patagónica. Que las democracias no siempre mueren con estruendo; a veces también las asesinan en oficinas, con decretos, uniformes y aviones que llegan tarde.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redaccón Jornada
Hace 64 años, la democracia chubutense recibió su primer mazazo.
El 24 de abril de 1962 no cayó solo un gobernador: cayó, bajo el peso de los uniformes y la prepotencia centralista, el primer gobierno constitucional de la joven provincia del Chubut.
El doctor Jorge Galina fue desalojado del poder cuando desde Buenos Aires se decidió intervenir varias provincias para borrar del mapa electoral la voluntad popular expresada el 18 de marzo. El pecado había sido imperdonable para el régimen de entonces. El peronismo, proscripto pero vivo, había encontrado caminos alternativos para triunfar en las urnas. También en Chubut, donde el “Partido Provincial” de Raúl Riobóo y Hebe Corchuelo Blasco había vencido con el perfume inconfundible del movimiento prohibido.
Con el país cercado por el Plan Conintes, el Plan Larkin y la tutela militar sobre el gobierno civil, Arturo Frondizi fue empujado al abismo, obligado a anular elecciones y finalmente expulsado de la Casa Rosada para dejar su lugar al dócil José María Guido.
La onda expansiva llegó al sur como una orden marcial.
Un mes y seis días después, Galina —abogado entrerriano-platense afincado en Trelew, arquitecto político de la capitalidad de Rawson y protagonista central del nacimiento institucional chubutense— debía abandonar el cargo. Frente a él, como símbolo brutal de la época, estaba el general de Brigada Fernando Elizondo, interventor designado para consumar el despojo y que sería reemplazado en mayo por Pedro Priani.
Mientras en el valle se levantaban las paredes del Dique Florentino Ameghino, obra monumental del desarrollo patagónico, en Rawson se demolía a martillazos la primera experiencia democrática de la provincia. Se construía hormigón para contener al río, mientras se dinamitaban las instituciones para contener al pueblo.
A las 17:15, en la vieja casona de Fontana 50, Galina firmó su dimisión. Lo hizo bajo protesta. Lo hizo denunciando “un avasallamiento a la autonomía provincial manifestada en los comicios del 18 de marzo último”. Lo hizo con setenta infantes de marina vigilando la escena y empleados públicos despidiéndolo con una ovación que retumbó más fuerte que cualquier orden castrense.
Le faltaban apenas seis días para terminar su mandato.
Se prometieron nuevas elecciones en una semana. Nunca llegaron.
Como tantas veces en la historia argentina, las promesas del poder de facto tuvieron la consistencia del humo. Los diarios de la época también erraban el rumbo del mundo: anunciaban la caída de Fidel Castro que no ocurrió y negaban la independencia de Argelia que ya galopaba hacia la libertad. Pero hubo algo que sí sucedió, irrefutable y brutal: en Chubut, la democracia naciente fue degollada antes de aprender a caminar.
La caída de Galina no fue solo la destitución de un gobernador.
Fue el bautismo de fuego de una provincia que aprendió demasiado pronto que en la Argentina de entonces el voto popular podía ser papel mojado cuando chocaba contra los intereses del poder real.
Aquel 24 de abril de 1962 quedó escrito como una advertencia en la memoria patagónica. Que las democracias no siempre mueren con estruendo; a veces también las asesinan en oficinas, con decretos, uniformes y aviones que llegan tarde.