Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
“Nunca tuve un plan B”. Javier Quinteros y Los Dragones representan una historia que no se explica desde un hit, una gira o en un escenario sino desde una decisión sostenida a pesar de las dificultades.
El creador; líder, autor y compositor de los temas de la banda asume: “Yo tuve un solo plan”. Y por eso el éxito hoy termina siendo una consecuencia, una parte de un proceso inspirador que ya lleva 18 discos y varios sellos en el pasaporte.
Desde Ushuaia hasta Bahía Blanca, en giras “gasoleras” llenas de ideas, con temas que se hicieron pegadizos hasta la piel y con un ritmo que dio paso a un estilo propio. “Yo soy de Buenos Aires pero llegué a Puerto Madryn a los trece años, siendo un adolescente y me instalé para toda la vida”, recuerda.

Y la música siempre estuvo, nunca como un hobby, siempre como una certeza. Inquebrantable. “Trabajé en comercio, hice pintura, construcción y trabajos físicos de todo tipo. Necesitaba sustentarme mientras buscaba esto”.
En 1998, ese camino tomó forma con la creación de la banda que no tuvo una estructura clásica. “No hubo estabilidad en los nombres ni en las formaciones. Han pasado no menos de 70 músicos por la banda”, explica. Y sin embargo, la identidad nunca se diluyó a partir de un eje. “Soy el autor, compositor de todas las obras y el fundador. No hay otros fundadores”, dice, con la claridad de quien sabe exactamente lo que construyó.
Con el tiempo, la banda empezó a definir su propio lenguaje. Una mezcla de estilos, influencias y experiencias que derivaron en lo que él mismo bautizó como “cumbia dragonera”, una fórmula exitosa y un sello distintivo. “Todos los temas son propios, no hay covers. Toda la música y las letras son originales”, remarca.
Ahí está la identidad, en el mismo territorio, en los kilómetros recorridos y en la esencia. “Nuestra música representa a la Patagonia. Cuando salimos al exterior, eso se percibe como algo novedoso”. Esa cumbia con sello sureño, nacida lejos de los circuitos tradicionales, encontró su lugar justamente por ser distinta.

El crecimiento de Los Dragones no tuvo grandes productores, ni inversiones millonarias. Tampoco estrategias de marketing sofisticadas. Fue, en gran medida, orgánico. “Los difusores eran las personas. El público fue mi mejor difusor”, resume.
Primero Patagonia; después otras provincias hasta cruzar fronteras. “El salto a México no estaba escrito en un plan maestro. Pero ocurrió. Y cuando ocurrió, fue contundente. La primera vez fue sorprendente, pero la segunda fue increíble”, recuerda.
La banda chubutense llegó a tocar en la Arena Monterrey, uno de los escenarios más importantes de la música en ese país. Y ahí, en ese punto exacto, se produjo uno de los momentos más íntimos de toda su carrera. “Estaba en el camarín, me miré al espejo y me hablé a mí mismo. Sentí un orgullo sano. Pensé en todo lo que había pasado. Me dije: lo lograste”.
Hoy, la realidad de la banda es muy distinta a aquellos comienzos. La agenda está prácticamente completa, se gira fuerte y se proyecta. “Tenemos una agenda nutrida hasta el 20 de diciembre. Todos los fines de semana estamos ocupados en nuestro circuito regular”, explica.
Y a eso se suman las giras internacionales: “Este año tenemos programaciones para México y Chile. Estamos viendo los tiempos y la cantidad de espectáculos”.
“Después de la pandemia –dijo Quinteros- entendimos que la industria iba a dar un giro radical”, dice. Y en función de eso, ajustaron su formato: menos músicos, más tecnología, más herramientas digitales. “Hoy tenemos un formato más adaptado a los tiempos, y nos va bien”, afirma.
A la hora de componer, Javier Quinteros tiene una mirada particular. Sus canciones no necesariamente parten de experiencias personales. “Me interesa que el público se vea reflejado en mis canciones. Puedo desarrollar distintas temáticas sin que tengan que ver conmigo. Lo importante es que la gente se identifique”. Esa amplitud temática también explica el alcance del proyecto: canciones románticas, bailables, intensas, cada una conectando con distintos momentos y emociones.
Si hay algo que define a la banda, es su público. No como número, sino como vínculo. “Tenemos un público generacional”, dice. Y detalla: “Personas que nos escuchaban hace veinte años hoy vienen con sus hijos o sus nietos. Se armó una comunidad y por eso el público dejó de ser público. Es una familia que converge en éste mundo que es Dragones”.
Después de casi treinta años de carrera, el mensaje para quienes empiezan no está centrado en el talento. “La característica más importante que tiene que tener un artista es la autocrítica y el sentido común”, sostiene. Y advierte: “He visto muchas personas perderlo todo, dinero, tiempo, familia, por no saber evaluar su propio proyecto”.
Para él, el profesionalismo pasa por saber detenerse, corregir y ajustar. “Hay que ser criterioso. Saber cuándo una canción está terminada. Saber cuándo algo no va”, explica.
Incluso en lo creativo, esa lógica aplica: “Yo abandonaba canciones. Porque podía seguir agregando cosas, pero entendía que ya estaban”.
A diferencia de otros artistas, Quinteros no separa su vida de su obra. “La música no es solo mi trabajo. Es mi vida entera”, afirma.
Y en esa frase se sintetiza todo: el esfuerzo, las decisiones, los riesgos como un camino hacia los logros. La clave es la convicción, el hilo conductor desde aquel adolescente que llegó al sur hasta el artista que hoy llena agendas, enciende bailes y llena estadios. “Se puede llegar, sí. Pero hay que hacer las cosas como tienen que hacerse”.

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
“Nunca tuve un plan B”. Javier Quinteros y Los Dragones representan una historia que no se explica desde un hit, una gira o en un escenario sino desde una decisión sostenida a pesar de las dificultades.
El creador; líder, autor y compositor de los temas de la banda asume: “Yo tuve un solo plan”. Y por eso el éxito hoy termina siendo una consecuencia, una parte de un proceso inspirador que ya lleva 18 discos y varios sellos en el pasaporte.
Desde Ushuaia hasta Bahía Blanca, en giras “gasoleras” llenas de ideas, con temas que se hicieron pegadizos hasta la piel y con un ritmo que dio paso a un estilo propio. “Yo soy de Buenos Aires pero llegué a Puerto Madryn a los trece años, siendo un adolescente y me instalé para toda la vida”, recuerda.

Y la música siempre estuvo, nunca como un hobby, siempre como una certeza. Inquebrantable. “Trabajé en comercio, hice pintura, construcción y trabajos físicos de todo tipo. Necesitaba sustentarme mientras buscaba esto”.
En 1998, ese camino tomó forma con la creación de la banda que no tuvo una estructura clásica. “No hubo estabilidad en los nombres ni en las formaciones. Han pasado no menos de 70 músicos por la banda”, explica. Y sin embargo, la identidad nunca se diluyó a partir de un eje. “Soy el autor, compositor de todas las obras y el fundador. No hay otros fundadores”, dice, con la claridad de quien sabe exactamente lo que construyó.
Con el tiempo, la banda empezó a definir su propio lenguaje. Una mezcla de estilos, influencias y experiencias que derivaron en lo que él mismo bautizó como “cumbia dragonera”, una fórmula exitosa y un sello distintivo. “Todos los temas son propios, no hay covers. Toda la música y las letras son originales”, remarca.
Ahí está la identidad, en el mismo territorio, en los kilómetros recorridos y en la esencia. “Nuestra música representa a la Patagonia. Cuando salimos al exterior, eso se percibe como algo novedoso”. Esa cumbia con sello sureño, nacida lejos de los circuitos tradicionales, encontró su lugar justamente por ser distinta.

El crecimiento de Los Dragones no tuvo grandes productores, ni inversiones millonarias. Tampoco estrategias de marketing sofisticadas. Fue, en gran medida, orgánico. “Los difusores eran las personas. El público fue mi mejor difusor”, resume.
Primero Patagonia; después otras provincias hasta cruzar fronteras. “El salto a México no estaba escrito en un plan maestro. Pero ocurrió. Y cuando ocurrió, fue contundente. La primera vez fue sorprendente, pero la segunda fue increíble”, recuerda.
La banda chubutense llegó a tocar en la Arena Monterrey, uno de los escenarios más importantes de la música en ese país. Y ahí, en ese punto exacto, se produjo uno de los momentos más íntimos de toda su carrera. “Estaba en el camarín, me miré al espejo y me hablé a mí mismo. Sentí un orgullo sano. Pensé en todo lo que había pasado. Me dije: lo lograste”.
Hoy, la realidad de la banda es muy distinta a aquellos comienzos. La agenda está prácticamente completa, se gira fuerte y se proyecta. “Tenemos una agenda nutrida hasta el 20 de diciembre. Todos los fines de semana estamos ocupados en nuestro circuito regular”, explica.
Y a eso se suman las giras internacionales: “Este año tenemos programaciones para México y Chile. Estamos viendo los tiempos y la cantidad de espectáculos”.
“Después de la pandemia –dijo Quinteros- entendimos que la industria iba a dar un giro radical”, dice. Y en función de eso, ajustaron su formato: menos músicos, más tecnología, más herramientas digitales. “Hoy tenemos un formato más adaptado a los tiempos, y nos va bien”, afirma.
A la hora de componer, Javier Quinteros tiene una mirada particular. Sus canciones no necesariamente parten de experiencias personales. “Me interesa que el público se vea reflejado en mis canciones. Puedo desarrollar distintas temáticas sin que tengan que ver conmigo. Lo importante es que la gente se identifique”. Esa amplitud temática también explica el alcance del proyecto: canciones románticas, bailables, intensas, cada una conectando con distintos momentos y emociones.
Si hay algo que define a la banda, es su público. No como número, sino como vínculo. “Tenemos un público generacional”, dice. Y detalla: “Personas que nos escuchaban hace veinte años hoy vienen con sus hijos o sus nietos. Se armó una comunidad y por eso el público dejó de ser público. Es una familia que converge en éste mundo que es Dragones”.
Después de casi treinta años de carrera, el mensaje para quienes empiezan no está centrado en el talento. “La característica más importante que tiene que tener un artista es la autocrítica y el sentido común”, sostiene. Y advierte: “He visto muchas personas perderlo todo, dinero, tiempo, familia, por no saber evaluar su propio proyecto”.
Para él, el profesionalismo pasa por saber detenerse, corregir y ajustar. “Hay que ser criterioso. Saber cuándo una canción está terminada. Saber cuándo algo no va”, explica.
Incluso en lo creativo, esa lógica aplica: “Yo abandonaba canciones. Porque podía seguir agregando cosas, pero entendía que ya estaban”.
A diferencia de otros artistas, Quinteros no separa su vida de su obra. “La música no es solo mi trabajo. Es mi vida entera”, afirma.
Y en esa frase se sintetiza todo: el esfuerzo, las decisiones, los riesgos como un camino hacia los logros. La clave es la convicción, el hilo conductor desde aquel adolescente que llegó al sur hasta el artista que hoy llena agendas, enciende bailes y llena estadios. “Se puede llegar, sí. Pero hay que hacer las cosas como tienen que hacerse”.