Si quieren chiches, vayan a una juguetería

Con uno de los presupuestos más modestos de la categoría, Germinal desafía las exigencias del Federal A desde la solidez, el sacrificio y la disciplina. Podrá gustar más o menos, pero mientras muchos reclaman espectáculo, el equipo de Andrés Iglesias sigue cumpliendo objetivos y demostrando que en el fútbol los puntos valen más que los aplausos.

Un muy buen punto de visitante ante Villa Mitre de Bahía Blanca.
Un muy buen punto de visitante ante Villa Mitre de Bahía Blanca.
15 JUN 2026 - 15:10 | Actualizado 15 JUN 2026 - 15:22

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

"Si quieren chiches, vayan a una juguetería".

La frase atraviesa el tiempo como una descarga eléctrica. Se la adjudican a Juan Carlos Lorenzo, aquel viejo zorro del fútbol argentino que entendía algo que hoy parece un pecado decir en voz alta. Ganar era más importante que agradar. El "Toto" construyó equipos que no pedían permiso ni disculpas. Equipos que no pretendían ser una obra de arte. Eran máquinas de competir. Y mientras los estetas torcían la nariz, Boca levantaba copas.

Cincuenta años después, la sentencia vuelve a tener sentido.

Porque en una época dominada por estadísticas huecas, resúmenes de treinta segundos y opiniones fabricadas para las redes sociales, pareciera que muchos olvidaron para qué se juega al fútbol.

Se juega para ganar.

No para decorar derrotas.

No para coleccionar elogios de quienes jamás pisan una cancha.

No para satisfacer el capricho de quienes exigen champagne jugando con presupuesto de agua mineral.

Y en ese contexto aparece Germinal.

Un equipo que no pretende ser lo que no es. Un equipo que no vende humo. Un equipo que no se disfraza. Un equipo que sale a la cancha con la honestidad brutal de quien conoce perfectamente sus limitaciones y también sus fortalezas.

Los números son irrefutables. Doce partidos.

Apenas medio gol convertido por encuentro. ¿Poco? Claro que es poco. Nadie lo niega. Pero también recibió apenas medio gol por partido.

Y ahí aparece la diferencia entre quienes observan el fútbol como una fotografía y quienes lo entienden como una película completa.

Porque mientras algunos sólo miran lo que falta, otros valoran lo que existe.

Y lo que existe en Germinal es una estructura sólida.

Una fortaleza. Una muralla construida con sacrificio. Un equipo que difícilmente se rompa. Un equipo que rara vez regale espacios. Un equipo que obliga al rival a transpirar sangre para encontrar una oportunidad.

Las fortalezas nunca fueron bellas. Las fortalezas fueron eficaces. Nadie construía castillos medievales para que fueran lindos. Los construían para resistir invasiones.

Y Germinal resiste. Resiste cada fecha. Resiste cada viaje. Resiste cada limitación económica. Resiste un torneo difícil en lo logístico, económico y financiero.

Porque mientras algunos analizan sistemas tácticos desde la comodidad de una pantalla, hay dirigentes, cuerpos técnicos y jugadores que deben enfrentar una realidad mucho más compleja.

Kilómetros interminables. Hoteles. Combustible. Comidas. Salarios. Logística. Costos que crecen. Recursos que escasean.

Y en medio de semejante escenario, Germinal sigue compitiendo. No desde la abundancia, sino desde el esfuerzo. No desde el privilegio; más bien desde el trabajo. No desde la billetera, sino desde la convicción.

Por eso resulta curioso escuchar ciertas críticas.

Porque muchas veces se juzga al Verde como si tuviera las herramientas de los grandes presupuestos de la categoría. Como si pudiera elegir entre decenas de futbolistas. Como si estuviera obligado a protagonizar festivales ofensivos todos los fines de semana. Como si la realidad económica no existiera. Como si Rawson fuera un mercado futbolístico capaz de sostener estructuras millonarias.

La realidad es otra.

Y frente a esa realidad, Andrés Iglesias eligió el camino más sensato.

No construyó un equipo para la tribuna. Construyó un equipo para competir. Un equipo que se parece a él. Serio, responsable, solidario, austero, disciplinado y consciente de sus recursos y de sus límites. Y orgulloso de ellos.

Porque existe una diferencia enorme entre ser humilde y ser resignado.

Germinal no es resignado. Todo lo contrario.

Es un equipo que pelea. Que incomoda. Que discute cada pelota. Que transforma cada partido en una batalla. Que jamás se entrega.

Y eso también tiene valor. Mucho valor.

Aunque no aparezca en los videos virales, aunque no genere titulares rimbombantes ni provoque aplausos de los especialistas de ocasión.

Porque el fútbol está lleno de equipos que juegan lindo durante veinte minutos y después terminan mirando la tabla desde abajo.

Y también está lleno de equipos como Germinal.

Equipos que tal vez no enamoren a primera vista, pero que llegan vivos a las instancias decisivas.

Equipos que entienden que los campeonatos largos se construyen como se construye una casa; empezando por los cimientos. No por los adornos.

Por eso el Verde hoy está donde quería estar. Entre los protagonistas. Entre los equipos que pelean. Entre aquellos que tienen posibilidades concretas de acceder a la siguiente fase. Cumpliendo exactamente el objetivo que se trazó desde el primer día.

Y lo hace sin disfraces. Sin relatos fantasiosos. Sin promesas imposibles.

Lo hace siendo fiel a su identidad.

Porque en un fútbol cada vez más contaminado por la apariencia, Germinal eligió la autenticidad. Y esta suele incomodar. Sobre todo a quienes confunden espectáculo con competitividad. A quienes creen que atacar es siempre jugar bien. A quienes suponen que defender es una especie de pecado táctico. A quienes olvidan que la historia del fútbol está llena de equipos ganadores que fueron más efectivos que vistosos.

La tabla de posiciones no premia la estética. Premia los puntos. Y los reglamentos no otorgan unidades por belleza, más bien por resultados.

Y mientras algunos siguen reclamando fuegos artificiales, Germinal continúa sumando ladrillos a su fortaleza.

Quizás no sea el equipo ideal para los amantes de los chiches.

Quizás no sea el conjunto que alimenta fantasías románticas.

Quizás no sea el cuadro que protagoniza carnavales futbolísticos.

Pero en una categoría dura, larga, desgastante y económicamente despiadada, el Verde entendió una verdad elemental que muchos parecen haber olvidado.
Antes de jugar lindo, hay que aprender a competir. Y Germinal compite. Con orden. Con carácter. Con sacrificio y con dignidad.

Si quieren chiches, vayan a una juguetería.

Pero si quieren entender cómo se pelea una guerra con recursos limitados y sin bajar jamás la bandera, miren a Germinal.

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Un muy buen punto de visitante ante Villa Mitre de Bahía Blanca.
Un muy buen punto de visitante ante Villa Mitre de Bahía Blanca.
15 JUN 2026 - 15:10

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

"Si quieren chiches, vayan a una juguetería".

La frase atraviesa el tiempo como una descarga eléctrica. Se la adjudican a Juan Carlos Lorenzo, aquel viejo zorro del fútbol argentino que entendía algo que hoy parece un pecado decir en voz alta. Ganar era más importante que agradar. El "Toto" construyó equipos que no pedían permiso ni disculpas. Equipos que no pretendían ser una obra de arte. Eran máquinas de competir. Y mientras los estetas torcían la nariz, Boca levantaba copas.

Cincuenta años después, la sentencia vuelve a tener sentido.

Porque en una época dominada por estadísticas huecas, resúmenes de treinta segundos y opiniones fabricadas para las redes sociales, pareciera que muchos olvidaron para qué se juega al fútbol.

Se juega para ganar.

No para decorar derrotas.

No para coleccionar elogios de quienes jamás pisan una cancha.

No para satisfacer el capricho de quienes exigen champagne jugando con presupuesto de agua mineral.

Y en ese contexto aparece Germinal.

Un equipo que no pretende ser lo que no es. Un equipo que no vende humo. Un equipo que no se disfraza. Un equipo que sale a la cancha con la honestidad brutal de quien conoce perfectamente sus limitaciones y también sus fortalezas.

Los números son irrefutables. Doce partidos.

Apenas medio gol convertido por encuentro. ¿Poco? Claro que es poco. Nadie lo niega. Pero también recibió apenas medio gol por partido.

Y ahí aparece la diferencia entre quienes observan el fútbol como una fotografía y quienes lo entienden como una película completa.

Porque mientras algunos sólo miran lo que falta, otros valoran lo que existe.

Y lo que existe en Germinal es una estructura sólida.

Una fortaleza. Una muralla construida con sacrificio. Un equipo que difícilmente se rompa. Un equipo que rara vez regale espacios. Un equipo que obliga al rival a transpirar sangre para encontrar una oportunidad.

Las fortalezas nunca fueron bellas. Las fortalezas fueron eficaces. Nadie construía castillos medievales para que fueran lindos. Los construían para resistir invasiones.

Y Germinal resiste. Resiste cada fecha. Resiste cada viaje. Resiste cada limitación económica. Resiste un torneo difícil en lo logístico, económico y financiero.

Porque mientras algunos analizan sistemas tácticos desde la comodidad de una pantalla, hay dirigentes, cuerpos técnicos y jugadores que deben enfrentar una realidad mucho más compleja.

Kilómetros interminables. Hoteles. Combustible. Comidas. Salarios. Logística. Costos que crecen. Recursos que escasean.

Y en medio de semejante escenario, Germinal sigue compitiendo. No desde la abundancia, sino desde el esfuerzo. No desde el privilegio; más bien desde el trabajo. No desde la billetera, sino desde la convicción.

Por eso resulta curioso escuchar ciertas críticas.

Porque muchas veces se juzga al Verde como si tuviera las herramientas de los grandes presupuestos de la categoría. Como si pudiera elegir entre decenas de futbolistas. Como si estuviera obligado a protagonizar festivales ofensivos todos los fines de semana. Como si la realidad económica no existiera. Como si Rawson fuera un mercado futbolístico capaz de sostener estructuras millonarias.

La realidad es otra.

Y frente a esa realidad, Andrés Iglesias eligió el camino más sensato.

No construyó un equipo para la tribuna. Construyó un equipo para competir. Un equipo que se parece a él. Serio, responsable, solidario, austero, disciplinado y consciente de sus recursos y de sus límites. Y orgulloso de ellos.

Porque existe una diferencia enorme entre ser humilde y ser resignado.

Germinal no es resignado. Todo lo contrario.

Es un equipo que pelea. Que incomoda. Que discute cada pelota. Que transforma cada partido en una batalla. Que jamás se entrega.

Y eso también tiene valor. Mucho valor.

Aunque no aparezca en los videos virales, aunque no genere titulares rimbombantes ni provoque aplausos de los especialistas de ocasión.

Porque el fútbol está lleno de equipos que juegan lindo durante veinte minutos y después terminan mirando la tabla desde abajo.

Y también está lleno de equipos como Germinal.

Equipos que tal vez no enamoren a primera vista, pero que llegan vivos a las instancias decisivas.

Equipos que entienden que los campeonatos largos se construyen como se construye una casa; empezando por los cimientos. No por los adornos.

Por eso el Verde hoy está donde quería estar. Entre los protagonistas. Entre los equipos que pelean. Entre aquellos que tienen posibilidades concretas de acceder a la siguiente fase. Cumpliendo exactamente el objetivo que se trazó desde el primer día.

Y lo hace sin disfraces. Sin relatos fantasiosos. Sin promesas imposibles.

Lo hace siendo fiel a su identidad.

Porque en un fútbol cada vez más contaminado por la apariencia, Germinal eligió la autenticidad. Y esta suele incomodar. Sobre todo a quienes confunden espectáculo con competitividad. A quienes creen que atacar es siempre jugar bien. A quienes suponen que defender es una especie de pecado táctico. A quienes olvidan que la historia del fútbol está llena de equipos ganadores que fueron más efectivos que vistosos.

La tabla de posiciones no premia la estética. Premia los puntos. Y los reglamentos no otorgan unidades por belleza, más bien por resultados.

Y mientras algunos siguen reclamando fuegos artificiales, Germinal continúa sumando ladrillos a su fortaleza.

Quizás no sea el equipo ideal para los amantes de los chiches.

Quizás no sea el conjunto que alimenta fantasías románticas.

Quizás no sea el cuadro que protagoniza carnavales futbolísticos.

Pero en una categoría dura, larga, desgastante y económicamente despiadada, el Verde entendió una verdad elemental que muchos parecen haber olvidado.
Antes de jugar lindo, hay que aprender a competir. Y Germinal compite. Con orden. Con carácter. Con sacrificio y con dignidad.

Si quieren chiches, vayan a una juguetería.

Pero si quieren entender cómo se pelea una guerra con recursos limitados y sin bajar jamás la bandera, miren a Germinal.