Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hay quienes todavía se escandalizan cuando se afirma que el fútbol es misógino.
Como si señalarlo fuese una exageración. Como si el problema estuviera en la denuncia y no en la estructura que la vuelve necesaria.
Pero para discutirlo con honestidad primero hay que nombrar las cosas por su nombre.
¿Qué es la misoginia?
La misoginia no es solamente odio hacia las mujeres. No se limita al insulto brutal ni al gesto grosero. La misoginia es algo más profundo, más sofisticado y más perverso. Es el conjunto de prejuicios, prácticas, normas y conductas que relegan a las mujeres a un lugar subordinado en la sociedad y naturalizan que ocupen menos espacio, tengan menos poder, menos voz y menos reconocimiento.
Es la arquitectura invisible de una desigualdad que se repite tanto en los grandes actos como en los pequeños gestos cotidianos.
Es un sistema de poder. Una cultura.
Y el deporte, particularmente el fútbol, ha sido uno de sus escenarios más fértiles.
Porque el fútbol no nació misógino, pero fue moldeado por siglos de cultura patriarcal hasta convertirse en uno de los bastiones simbólicos de la masculinidad.
Un territorio donde se enseñó que la fuerza, la competencia, el liderazgo y la gloria pertenecían al varón; y donde a las mujeres se les reservó, en el mejor de los casos, el papel de espectadoras.
Sin embargo, la historia real contradice ese relato excluyente.
Las mujeres jugaron al fútbol desde el comienzo mismo de este deporte. Ya en 1881 existe registro de partidos internacionales femeninos en Edimburgo (Escocia), cuando el fútbol moderno apenas empezaba a tomar forma.
Nunca faltaron mujeres que quisieran jugar. Lo que sobró fue un sistema decidido a impedirlo.
Durante buena parte del siglo XX, en países como Inglaterra, Alemania y Brasil, las mujeres fueron directamente prohibidas de jugar al fútbol. No por falta de capacidad. No por ausencia de público ni tampoco por cuestiones deportivas. Se las expulsó porque se consideraba que el fútbol era “inapropiado” para ellas.
Porque correr, disputar, transpirar, chocar y competir amenazaba una idea profundamente arraigada; que la mujer debía ser delicada, moderada, ornamental.
Que debía agradar, no confrontar. Que debía acompañar y no protagonizar.
Esa prohibición no fue otra cosa que misoginia institucionalizada.
Y aunque las prohibiciones formales cayeron hace décadas, la cultura que las sostuvo sigue respirando bajo nuevas formas.
Hoy el fútbol femenino ya no está vedado, pero continúa siendo tratado como un invitado incómodo en una casa construida para otros.
Menos del 5% de las 211 federaciones miembro de la FIFA son presididas por mujeres.
Casi la mitad de las futbolistas profesionales no percibe salario.
La enorme mayoría abandona antes de los 25 años porque la pasión no paga alquiler ni llena la heladera.
Se les exige profesionalismo mientras se las condena al amateurismo estructural.
Cada avance del fútbol femenino fue conquistado a patadas contra la historia.
El Mundial llegó 61 años después que el masculino.
Los Juegos Olímpicos, 96 años más tarde.
Ese es el rostro contemporáneo de la misoginia. No prohibir, sino permitir a medias. No expulsar, sino tolerar sin invertir. No callar abiertamente, sino invisibilizar.
Durante décadas se sostuvo que el fútbol femenino “no interesaba”. Que no convocaba. Que no vendía. Que no generaba espectáculo.
Era mentira.
El Mundial de 2019 demolió esa excusa con la violencia de una tribuna colmada. Más de mil millones de espectadores siguieron el torneo. El de 2023 pulverizó aún más los prejuicios.
Quedó demostrado lo que muchas ya sabían. Cuando al fútbol femenino se le da pantalla, difusión, estructura e inversión, el público responde. Ni hablar de lo que será el de Brasil el año que viene.
El problema nunca fue la falta de interés.
El problema fue la falta de voluntad.
Porque la misoginia en el fútbol no opera solo en las oficinas donde se reparten presupuestos. También vive en el comentario burlón de quien dice que “juegan lento”. Y a veces entra disfrazada de chiste. De comentario “inocente”.
En el dirigente que prefiere gastar en un cuarto refuerzo suplente antes que profesionalizar un plantel femenino.
En el medio que sexualiza futbolistas en lugar de analizarlas.
En la transmisión que trata una final femenina como curiosidad y no como acontecimiento.
En el hincha que exige excelencia a jugadoras que entrenan con menos recursos, menos apoyo y menos tiempo de preparación.
La misoginia es eso. Medir con la misma vara mientras se construyen condiciones radicalmente desiguales. Exigir frutos mientras se niega el agua.
Y cuando una mujer rompe esa barrera, cuando llega a competir, a destacarse, a liderar, a ocupar espacios históricamente vedados, la misoginia muta.
Ya no la excluye frontalmente, sino que la ridiculiza, la cuestiona, la sexualiza, la hostiga.
Le recuerda que puede estar, pero nunca demasiado cómoda. Que puede participar, pero no disputar el poder.
Por eso el beso no consentido a la española Jenni Hermoso no fue un hecho aislado. Fue la expresión obscena de una cultura que todavía cree que el cuerpo de una futbolista puede ser invadido incluso en el instante máximo de su gloria. Fue el síntoma de una enfermedad estructural.
Combatir la misoginia en el fútbol no significa solo mejorar salarios o televisar más partidos. Significa desmontar una cultura entera. Una cultura que enseñó durante generaciones que la pelota era patrimonio masculino.
Que el potrero tenía dueños. Que la épica, la gambeta, el barro, la furia y la gloria eran atributos de hombres.
Pero ese engaño ya no resiste.
Cada niña que hoy entra a una cancha está desafiando más de un siglo de exclusión.
Cada futbolista que exige contrato, respeto y condiciones dignas está pateando contra una estructura que durante demasiado tiempo la quiso ornamental, amateur y agradecida.
Cada mujer que dirige un club, arbitra una final o preside una federación abre una grieta en una fortaleza que se creía inexpugnable.

Deuda
El fútbol tiene una deuda histórica con las mujeres.
No alcanza con admitirlas en la cancha. Debe devolverles el tiempo robado, las décadas de prohibición, los sueños amputados y las carreras que nunca pudieron existir.
Porque durante demasiado tiempo el deporte más popular del planeta se construyó sobre una injusticia básica cual fue hacerle creer a la mitad de la humanidad que ese juego no era para ellas.
Y sin embargo jugaron igual. Jugaron en silencio, en potreros prestados, sin contratos. Sin cámaras. Sin estadios y sin permiso.
Por eso el ascenso del fútbol femenino no es una moda ni una concesión. Es una reparación histórica.
El fútbol no será verdaderamente universal hasta que deje de administrar privilegios con camiseta de tradición.
Hasta que arranque de raíz la misoginia que lo atravesó desde su nacimiento moderno y hasta que comprenda, de una vez y para siempre, que la pelota nunca tuvo género.
Lo que sí tuvo —y aún tiene— son dueños que se resisten a compartir el juego. Tuvo y tiene guardianes. Hombres e instituciones que se arrogaban el derecho de decidir quién podía jugar, quién podía mandar y quién debía conformarse con mirar desde afuera.
Y cuando el fútbol finalmente deje de ser un club exclusivo administrado por la nostalgia machista de sus dueños históricos, recién entonces podrá llamarse verdaderamente el deporte de todos.
Hasta que eso ocurra, cada partido femenino seguirá siendo mucho más que noventa minutos. Será una batalla contra una historia que todavía se resiste a perder sus privilegios.
Por eso, el fútbol deberá asumir, tarde o temprano, una verdad que durante décadas se empeñó en ocultar detrás de himnos, tribunas y romanticismos. No fue neutral, no fue inocente, no fue solamente un juego. Fue también una maquinaria de exclusión que la convirtió en costumbre, en reglamento no escrito, en tradición disfrazada de cultura deportiva. Y es hora que ese tiempo se termine.
Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hay quienes todavía se escandalizan cuando se afirma que el fútbol es misógino.
Como si señalarlo fuese una exageración. Como si el problema estuviera en la denuncia y no en la estructura que la vuelve necesaria.
Pero para discutirlo con honestidad primero hay que nombrar las cosas por su nombre.
¿Qué es la misoginia?
La misoginia no es solamente odio hacia las mujeres. No se limita al insulto brutal ni al gesto grosero. La misoginia es algo más profundo, más sofisticado y más perverso. Es el conjunto de prejuicios, prácticas, normas y conductas que relegan a las mujeres a un lugar subordinado en la sociedad y naturalizan que ocupen menos espacio, tengan menos poder, menos voz y menos reconocimiento.
Es la arquitectura invisible de una desigualdad que se repite tanto en los grandes actos como en los pequeños gestos cotidianos.
Es un sistema de poder. Una cultura.
Y el deporte, particularmente el fútbol, ha sido uno de sus escenarios más fértiles.
Porque el fútbol no nació misógino, pero fue moldeado por siglos de cultura patriarcal hasta convertirse en uno de los bastiones simbólicos de la masculinidad.
Un territorio donde se enseñó que la fuerza, la competencia, el liderazgo y la gloria pertenecían al varón; y donde a las mujeres se les reservó, en el mejor de los casos, el papel de espectadoras.
Sin embargo, la historia real contradice ese relato excluyente.
Las mujeres jugaron al fútbol desde el comienzo mismo de este deporte. Ya en 1881 existe registro de partidos internacionales femeninos en Edimburgo (Escocia), cuando el fútbol moderno apenas empezaba a tomar forma.
Nunca faltaron mujeres que quisieran jugar. Lo que sobró fue un sistema decidido a impedirlo.
Durante buena parte del siglo XX, en países como Inglaterra, Alemania y Brasil, las mujeres fueron directamente prohibidas de jugar al fútbol. No por falta de capacidad. No por ausencia de público ni tampoco por cuestiones deportivas. Se las expulsó porque se consideraba que el fútbol era “inapropiado” para ellas.
Porque correr, disputar, transpirar, chocar y competir amenazaba una idea profundamente arraigada; que la mujer debía ser delicada, moderada, ornamental.
Que debía agradar, no confrontar. Que debía acompañar y no protagonizar.
Esa prohibición no fue otra cosa que misoginia institucionalizada.
Y aunque las prohibiciones formales cayeron hace décadas, la cultura que las sostuvo sigue respirando bajo nuevas formas.
Hoy el fútbol femenino ya no está vedado, pero continúa siendo tratado como un invitado incómodo en una casa construida para otros.
Menos del 5% de las 211 federaciones miembro de la FIFA son presididas por mujeres.
Casi la mitad de las futbolistas profesionales no percibe salario.
La enorme mayoría abandona antes de los 25 años porque la pasión no paga alquiler ni llena la heladera.
Se les exige profesionalismo mientras se las condena al amateurismo estructural.
Cada avance del fútbol femenino fue conquistado a patadas contra la historia.
El Mundial llegó 61 años después que el masculino.
Los Juegos Olímpicos, 96 años más tarde.
Ese es el rostro contemporáneo de la misoginia. No prohibir, sino permitir a medias. No expulsar, sino tolerar sin invertir. No callar abiertamente, sino invisibilizar.
Durante décadas se sostuvo que el fútbol femenino “no interesaba”. Que no convocaba. Que no vendía. Que no generaba espectáculo.
Era mentira.
El Mundial de 2019 demolió esa excusa con la violencia de una tribuna colmada. Más de mil millones de espectadores siguieron el torneo. El de 2023 pulverizó aún más los prejuicios.
Quedó demostrado lo que muchas ya sabían. Cuando al fútbol femenino se le da pantalla, difusión, estructura e inversión, el público responde. Ni hablar de lo que será el de Brasil el año que viene.
El problema nunca fue la falta de interés.
El problema fue la falta de voluntad.
Porque la misoginia en el fútbol no opera solo en las oficinas donde se reparten presupuestos. También vive en el comentario burlón de quien dice que “juegan lento”. Y a veces entra disfrazada de chiste. De comentario “inocente”.
En el dirigente que prefiere gastar en un cuarto refuerzo suplente antes que profesionalizar un plantel femenino.
En el medio que sexualiza futbolistas en lugar de analizarlas.
En la transmisión que trata una final femenina como curiosidad y no como acontecimiento.
En el hincha que exige excelencia a jugadoras que entrenan con menos recursos, menos apoyo y menos tiempo de preparación.
La misoginia es eso. Medir con la misma vara mientras se construyen condiciones radicalmente desiguales. Exigir frutos mientras se niega el agua.
Y cuando una mujer rompe esa barrera, cuando llega a competir, a destacarse, a liderar, a ocupar espacios históricamente vedados, la misoginia muta.
Ya no la excluye frontalmente, sino que la ridiculiza, la cuestiona, la sexualiza, la hostiga.
Le recuerda que puede estar, pero nunca demasiado cómoda. Que puede participar, pero no disputar el poder.
Por eso el beso no consentido a la española Jenni Hermoso no fue un hecho aislado. Fue la expresión obscena de una cultura que todavía cree que el cuerpo de una futbolista puede ser invadido incluso en el instante máximo de su gloria. Fue el síntoma de una enfermedad estructural.
Combatir la misoginia en el fútbol no significa solo mejorar salarios o televisar más partidos. Significa desmontar una cultura entera. Una cultura que enseñó durante generaciones que la pelota era patrimonio masculino.
Que el potrero tenía dueños. Que la épica, la gambeta, el barro, la furia y la gloria eran atributos de hombres.
Pero ese engaño ya no resiste.
Cada niña que hoy entra a una cancha está desafiando más de un siglo de exclusión.
Cada futbolista que exige contrato, respeto y condiciones dignas está pateando contra una estructura que durante demasiado tiempo la quiso ornamental, amateur y agradecida.
Cada mujer que dirige un club, arbitra una final o preside una federación abre una grieta en una fortaleza que se creía inexpugnable.

Deuda
El fútbol tiene una deuda histórica con las mujeres.
No alcanza con admitirlas en la cancha. Debe devolverles el tiempo robado, las décadas de prohibición, los sueños amputados y las carreras que nunca pudieron existir.
Porque durante demasiado tiempo el deporte más popular del planeta se construyó sobre una injusticia básica cual fue hacerle creer a la mitad de la humanidad que ese juego no era para ellas.
Y sin embargo jugaron igual. Jugaron en silencio, en potreros prestados, sin contratos. Sin cámaras. Sin estadios y sin permiso.
Por eso el ascenso del fútbol femenino no es una moda ni una concesión. Es una reparación histórica.
El fútbol no será verdaderamente universal hasta que deje de administrar privilegios con camiseta de tradición.
Hasta que arranque de raíz la misoginia que lo atravesó desde su nacimiento moderno y hasta que comprenda, de una vez y para siempre, que la pelota nunca tuvo género.
Lo que sí tuvo —y aún tiene— son dueños que se resisten a compartir el juego. Tuvo y tiene guardianes. Hombres e instituciones que se arrogaban el derecho de decidir quién podía jugar, quién podía mandar y quién debía conformarse con mirar desde afuera.
Y cuando el fútbol finalmente deje de ser un club exclusivo administrado por la nostalgia machista de sus dueños históricos, recién entonces podrá llamarse verdaderamente el deporte de todos.
Hasta que eso ocurra, cada partido femenino seguirá siendo mucho más que noventa minutos. Será una batalla contra una historia que todavía se resiste a perder sus privilegios.
Por eso, el fútbol deberá asumir, tarde o temprano, una verdad que durante décadas se empeñó en ocultar detrás de himnos, tribunas y romanticismos. No fue neutral, no fue inocente, no fue solamente un juego. Fue también una maquinaria de exclusión que la convirtió en costumbre, en reglamento no escrito, en tradición disfrazada de cultura deportiva. Y es hora que ese tiempo se termine.