“La transición energética que crece fuerte es la de las renovables”

La directora de Estrategia del Hidrógeno y expositora en el Foro de Energía, Desarrollo y Soberanía, que se desarrolla en Puerto Madryn, analizó los cambios recientes en la agenda energética global. Señaló que la transición dejó de estar vinculada exclusivamente a la cuestión climática y pasó a incorporar objetivos industriales, económicos y de seguridad energética.


21 AGO 2026 - 12:57 | Actualizado 21 AGO 2026 - 13:04

La transición energética atraviesa una etapa de profundas transformaciones. Los objetivos vinculados al cambio climático continúan vigentes, pero en los últimos años se sumaron nuevas dimensiones que modificaron las prioridades de los Estados y las estrategias de desarrollo. Así lo planteó la doctora Verónica Robert, directora de Estrategia del Hidrógeno y expositora en el Foro de Energía, Desarrollo y Soberanía que se lleva adelante en Puerto Madryn.

Durante su exposición, Robert sostuvo que el escenario energético internacional puede analizarse a partir de los cambios que experimentó la narrativa sobre la transición. Según explicó, en un período relativamente corto se sucedieron tres enfoques diferentes, determinados por las transformaciones económicas, geopolíticas y energéticas a nivel global.

La primera etapa, que comenzó a consolidarse a partir de 2015, estuvo fuertemente vinculada con los desafíos climáticos y ambientales. La transición energética era presentada principalmente como una herramienta para reducir las emisiones y avanzar hacia modelos de generación menos dependientes de los combustibles fósiles.

“Esos desafíos no desaparecieron”, señaló Robert al referirse a esa primera perspectiva. Sin embargo, la especialista explicó que el escenario comenzó a modificarse después de la pandemia de coronavirus y, especialmente, a partir del conflicto entre Rusia y Ucrania.

En ese nuevo contexto, la transición energética comenzó a ser entendida también como una oportunidad para la reindustrialización. Las energías limpias pasaron a ser consideradas no solamente como una respuesta a la crisis climática, sino también como un espacio de acumulación de capital, valorización económica y generación de nuevas industrias.

Esta perspectiva dio lugar a las denominadas políticas industriales verdes, impulsadas principalmente por Europa y, durante la administración de Joe Biden, también por Estados Unidos. El objetivo comenzó a exceder la reducción de emisiones para incorporar la creación de capacidades productivas, tecnología, empleo e inversiones asociadas a la nueva economía energética.

El escenario volvió a cambiar con el regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense. Robert explicó que Estados Unidos se apartó de buena parte de esa agenda y que, en paralelo, los conflictos y tensiones de los mercados energéticos reforzaron otra prioridad: la autonomía y la seguridad energética.

En ese marco, las energías renovables mantienen un fuerte crecimiento a nivel mundial. Según la especialista, mientras el carbón y el gas también registran incrementos, lo hacen a un ritmo considerablemente menor. La energía nuclear, por su parte, permanece relativamente estable, mientras que otras fuentes fósiles tienen una participación cada vez más reducida en la generación eléctrica.

“Las renovables han crecido muchísimo”, remarcó Robert al analizar la evolución reciente de la matriz energética.

El crecimiento de las fuentes renovables también se observa en América Latina, aunque con importantes diferencias entre los países. La expansión de la capacidad solar instalada convive con brechas significativas entre las capacidades efectivamente incorporadas y los objetivos o potenciales disponibles.

Robert puso como ejemplos a distintos países de la región y destacó especialmente las diferencias observables entre los niveles de desarrollo de la energía solar. En algunos casos, como Chile y Argentina, las brechas son relativamente menores, mientras que en otros países, como Costa Rica, Colombia y Cuba, las diferencias resultan mucho más marcadas.
Para la especialista, estas disparidades no responden únicamente a la disponibilidad de recursos naturales. También están relacionadas con las capacidades económicas, productivas, institucionales y tecnológicas de cada país para transformar el potencial energético en infraestructura efectiva.

El escenario plantea así un desafío doble para la región: aprovechar el crecimiento global de las energías renovables y, al mismo tiempo, desarrollar las capacidades necesarias para que la transición energética se convierta en una herramienta de desarrollo productivo y soberanía.

En ese sentido, el debate sobre energía ya no se limita a definir qué fuentes reemplazarán a los combustibles fósiles. También involucra decisiones sobre industria, inversiones, tecnología, infraestructura y capacidad estatal. La transición energética se encuentra, de esta manera, atravesada por una agenda cada vez más amplia, en la que las cuestiones ambientales conviven con las estrategias de desarrollo y seguridad energética.

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21 AGO 2026 - 12:57

La transición energética atraviesa una etapa de profundas transformaciones. Los objetivos vinculados al cambio climático continúan vigentes, pero en los últimos años se sumaron nuevas dimensiones que modificaron las prioridades de los Estados y las estrategias de desarrollo. Así lo planteó la doctora Verónica Robert, directora de Estrategia del Hidrógeno y expositora en el Foro de Energía, Desarrollo y Soberanía que se lleva adelante en Puerto Madryn.

Durante su exposición, Robert sostuvo que el escenario energético internacional puede analizarse a partir de los cambios que experimentó la narrativa sobre la transición. Según explicó, en un período relativamente corto se sucedieron tres enfoques diferentes, determinados por las transformaciones económicas, geopolíticas y energéticas a nivel global.

La primera etapa, que comenzó a consolidarse a partir de 2015, estuvo fuertemente vinculada con los desafíos climáticos y ambientales. La transición energética era presentada principalmente como una herramienta para reducir las emisiones y avanzar hacia modelos de generación menos dependientes de los combustibles fósiles.

“Esos desafíos no desaparecieron”, señaló Robert al referirse a esa primera perspectiva. Sin embargo, la especialista explicó que el escenario comenzó a modificarse después de la pandemia de coronavirus y, especialmente, a partir del conflicto entre Rusia y Ucrania.

En ese nuevo contexto, la transición energética comenzó a ser entendida también como una oportunidad para la reindustrialización. Las energías limpias pasaron a ser consideradas no solamente como una respuesta a la crisis climática, sino también como un espacio de acumulación de capital, valorización económica y generación de nuevas industrias.

Esta perspectiva dio lugar a las denominadas políticas industriales verdes, impulsadas principalmente por Europa y, durante la administración de Joe Biden, también por Estados Unidos. El objetivo comenzó a exceder la reducción de emisiones para incorporar la creación de capacidades productivas, tecnología, empleo e inversiones asociadas a la nueva economía energética.

El escenario volvió a cambiar con el regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense. Robert explicó que Estados Unidos se apartó de buena parte de esa agenda y que, en paralelo, los conflictos y tensiones de los mercados energéticos reforzaron otra prioridad: la autonomía y la seguridad energética.

En ese marco, las energías renovables mantienen un fuerte crecimiento a nivel mundial. Según la especialista, mientras el carbón y el gas también registran incrementos, lo hacen a un ritmo considerablemente menor. La energía nuclear, por su parte, permanece relativamente estable, mientras que otras fuentes fósiles tienen una participación cada vez más reducida en la generación eléctrica.

“Las renovables han crecido muchísimo”, remarcó Robert al analizar la evolución reciente de la matriz energética.

El crecimiento de las fuentes renovables también se observa en América Latina, aunque con importantes diferencias entre los países. La expansión de la capacidad solar instalada convive con brechas significativas entre las capacidades efectivamente incorporadas y los objetivos o potenciales disponibles.

Robert puso como ejemplos a distintos países de la región y destacó especialmente las diferencias observables entre los niveles de desarrollo de la energía solar. En algunos casos, como Chile y Argentina, las brechas son relativamente menores, mientras que en otros países, como Costa Rica, Colombia y Cuba, las diferencias resultan mucho más marcadas.
Para la especialista, estas disparidades no responden únicamente a la disponibilidad de recursos naturales. También están relacionadas con las capacidades económicas, productivas, institucionales y tecnológicas de cada país para transformar el potencial energético en infraestructura efectiva.

El escenario plantea así un desafío doble para la región: aprovechar el crecimiento global de las energías renovables y, al mismo tiempo, desarrollar las capacidades necesarias para que la transición energética se convierta en una herramienta de desarrollo productivo y soberanía.

En ese sentido, el debate sobre energía ya no se limita a definir qué fuentes reemplazarán a los combustibles fósiles. También involucra decisiones sobre industria, inversiones, tecnología, infraestructura y capacidad estatal. La transición energética se encuentra, de esta manera, atravesada por una agenda cada vez más amplia, en la que las cuestiones ambientales conviven con las estrategias de desarrollo y seguridad energética.