¿Nos verán igual?

Fue hace 52 años, épocas de los llamados Torneos Nacionales de Fútbol. Huracán de Comodoro Rivadavia recibía a Independiente de Avellaneda. Su viejo campo de juego y el clima eran duramente calificados.


23 AGO 2026 - 10:05 | Actualizado 23 AGO 2026 - 10:18

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hace 52 años, desde esa Buenos Aires que tantas veces se miró a sí misma como si fuera el centro del universo, una revista que durante décadas fue casi una religión futbolera contó cómo Independiente de Avellaneda visitó Comodoro Rivadavia.

La crónica de El Gráfico describió el partido entre Huracán de Comodoro e Independiente por la quinta fecha del Torneo Nacional de 1974 jugado un 18 de agosto de ese año. El Rojo ganó 5 a 1. Hasta ahí, nada extraordinario: una goleada, un grande que impone su jerarquía y un equipo del interior que pierde en su propia casa.

Pero alcanza con leer entre líneas —y, sobre todo, con detenerse en las palabras— para descubrir que aquella crónica no solamente hablaba de fútbol. También hablaba de una época. Y, quizás sin proponérselo, retrataba una mirada.

El campo de juego era “paupérrimo”. Había viento. Volaba arena. La pelota picaba mal. El partido fue calificado como malo, pese a los seis goles. El relato podía haberse quedado allí, en la descripción objetiva de las condiciones. Pero no.

Porque detrás de aquella descripción parece asomar algo mucho más profundo. La vieja costumbre de mirar al interior desde la comodidad de Buenos Aires como quien mira por la ventanilla de un tren y descubre, durante unos segundos, que el país continúa existiendo después de la General Paz.

Comodoro Rivadavia no era simplemente una ciudad donde se jugaba al fútbol. Era —y es— una ciudad levantada contra el viento, contra la distancia y contra una geografía que nunca regaló nada. Una ciudad petrolera, patagónica, obrera, construida con esfuerzo, sacrificio y persistencia. Allí donde para algunos había apenas arena volando y un “campo paupérrimo”, había gente haciendo posible que el fútbol existiera a más de 1.700 kilómetros de Buenos Aires.

Y eso, tal vez, sea lo que más incomoda cuando uno vuelve a leer aquella crónica medio siglo después.

Porque resulta fascinante que la revista que convirtió al fútbol argentino en literatura y haya encontrado poesía en tantos estadios, pero pareciera haber encontrado solamente pobreza cuando llegó al sur.

El partido, mientras tanto, siguió su curso.

En el primer tiempo, el viento en contra y las condiciones del terreno complicaron a Independiente. La defensa del Rojo respondió con firmeza. Huracán resistió. Y en el segundo tiempo aparecieron los goles.

A los 53 minutos, centro de Saggioratto, toque de Bochini y cabezazo de Francisco Sá para el 1-0. A los 64, Marcelino Britapaja aprovechó un error defensivo y el mal pique para empatar.

Un minuto después, Ricardo Pavoni lanzó un pelotazo hacia Bochini. El “Bocha” amagó, dejó pasar la pelota y el pique volvió a jugar su partido. El arquero falló y la pelota terminó adentro.

Después llegó la palomita de Luis Giribet. Luego, a los 83, Pavoni armó una pared con Balbuena y sacó un cañonazo al ángulo. Y a los 89, otra vez Giribet, para sellar el 5-1.
Independiente ganó claramente. Y, según aquella misma crónica, pudo haber hecho varios goles más.

El equipo dirigido por Roberto “Pipo” Ferreiro formó con Carlos Gay; Eduardo Commisso, Miguel López, Francisco Sá y Ricardo Pavoni; Rubén Galván, Miguel Raimondo y Hugo Saggioratto; Agustín Balbuena, Ricardo Bochini y Daniel Bertoni.

Un equipo extraordinario.

Un equipo que en aquellos meses también estaba jugando la Copa Libertadores, que finalmente ganó. Un equipo que terminó segundo en su zona del Nacional y que luego llegó a la ronda final, aunque no pudo coronarse campeón, título que quedó en manos de San Lorenzo.

Es decir; Independiente era, efectivamente, un gigante.

Pero Huracán de Comodoro también era mucho más que el decorado de una goleada.

Y ahí está el verdadero asunto.

No se trata de discutir si el campo estaba bueno o malo. Probablemente estaba lejos de ser un billar. Tampoco se trata de negar el viento patagónico, la arena o las dificultades reales que existían para jugar allí.

El problema es otro.

Es la mirada.

Es esa manera de narrar el interior como una anomalía, como un territorio inhóspito donde la pelota parece haber llegado por equivocación.

Porque desde Buenos Aires, en 1974, el país parecía terminar donde terminaban los grandes estadios, las redacciones importantes y los clubes de Primera.
Más allá, empezaba “el interior”.

Como si fuera otro país.

Como si los jugadores, los dirigentes, los hinchas, las ciudades y las canchas que estaban lejos de la Capital fueran una especie de versión artesanal de la Argentina verdadera.
Y quizás por eso hoy aquella crónica tiene un valor involuntariamente extraordinario.

Porque El Gráfico quiso contar un partido. Y terminó contando una mentalidad.

Una mentalidad que miraba desde arriba. Que confundía distancia con atraso. Que podía viajar miles de kilómetros para hablar de fútbol, pero que parecía incapaz de comprender el país que había detrás de esos kilómetros.

Pasaba lo mismo con Cuyo, con los mediterráneos, con el norte. No había exclusividad.

Mientras tanto, allá abajo, en ese supuesto confín, había gente llenando una cancha.

Había jugadores entrenando. Había chicos soñando con ser Bochini. Había clubes sosteniendo el fútbol a pulmón. Había dirigentes poniendo el hombro. Había familias. Había barrios. Había una ciudad.

Había país.

Mucho país.

Quizás hoy la pregunta no sea solamente cómo nos veían hace 52 años.

La pregunta es ¿Nos verán igual?

Porque algunas cosas cambiaron. El fútbol del interior abrió puertas, produjo jugadores, construyó clubes, llenó estadios y dejó de pedir permiso para existir. La Patagonia ya no necesita demostrar que forma parte de la Argentina. "El interior", en general, dejó de aceptar silenciosamente que otros le expliquen quién es.

Pero ciertas miradas sobreviven.

A veces cambian las palabras.

El desprecio se vuelve condescendencia, la burla se disfraza de análisis; la distancia se convierte en exotismo y "el interior" sigue apareciendo, para algunos, como ese lugar pintoresco que queda después de que termina el país que conocen.

Por eso vale la pena volver a aquella vieja crónica.

No para indignarnos con un periodista de hace medio siglo. Sino para preguntarnos cuánto de aquella mirada todavía llevamos encima.

Porque aquel día, en una cancha “paupérrima”, con viento y arena, jugaron al fútbol e hicieron seis goles.

El Bocha estuvo ahí. Pavoni también. Balbuena fue elegido como el mejor jugador de la jornada sin marcar ninguno de los cinco goles.

Huracán perdió, sí. Pero Comodoro Rivadavia no perdió su derecho a ser contado con dignidad.

Quizás el verdadero papelón no haya estado en el estado del campo de juego.

Quizás haya estado en creer que el estado de una cancha permite medir el valor de la gente que la pisa.

Hace 52 años nos miraron desde arriba. Hoy, tal vez, haya llegado la hora de devolver la mirada.

No desde el resentimiento.

Desde la memoria.

Desde el orgullo.

Desde ese lugar donde el viento sigue soplando, la arena sigue volando y, pese a todo, la pelota sigue rodando.

Y rueda, vaya si rueda.

Porque "el interior" nunca necesitó que Buenos Aires le concediera permiso para existir.

Existió igual.

Y quizá esa sea la pequeña gran ironía que aquella legendaria revista no alcanzó a ver.

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23 AGO 2026 - 10:05

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hace 52 años, desde esa Buenos Aires que tantas veces se miró a sí misma como si fuera el centro del universo, una revista que durante décadas fue casi una religión futbolera contó cómo Independiente de Avellaneda visitó Comodoro Rivadavia.

La crónica de El Gráfico describió el partido entre Huracán de Comodoro e Independiente por la quinta fecha del Torneo Nacional de 1974 jugado un 18 de agosto de ese año. El Rojo ganó 5 a 1. Hasta ahí, nada extraordinario: una goleada, un grande que impone su jerarquía y un equipo del interior que pierde en su propia casa.

Pero alcanza con leer entre líneas —y, sobre todo, con detenerse en las palabras— para descubrir que aquella crónica no solamente hablaba de fútbol. También hablaba de una época. Y, quizás sin proponérselo, retrataba una mirada.

El campo de juego era “paupérrimo”. Había viento. Volaba arena. La pelota picaba mal. El partido fue calificado como malo, pese a los seis goles. El relato podía haberse quedado allí, en la descripción objetiva de las condiciones. Pero no.

Porque detrás de aquella descripción parece asomar algo mucho más profundo. La vieja costumbre de mirar al interior desde la comodidad de Buenos Aires como quien mira por la ventanilla de un tren y descubre, durante unos segundos, que el país continúa existiendo después de la General Paz.

Comodoro Rivadavia no era simplemente una ciudad donde se jugaba al fútbol. Era —y es— una ciudad levantada contra el viento, contra la distancia y contra una geografía que nunca regaló nada. Una ciudad petrolera, patagónica, obrera, construida con esfuerzo, sacrificio y persistencia. Allí donde para algunos había apenas arena volando y un “campo paupérrimo”, había gente haciendo posible que el fútbol existiera a más de 1.700 kilómetros de Buenos Aires.

Y eso, tal vez, sea lo que más incomoda cuando uno vuelve a leer aquella crónica medio siglo después.

Porque resulta fascinante que la revista que convirtió al fútbol argentino en literatura y haya encontrado poesía en tantos estadios, pero pareciera haber encontrado solamente pobreza cuando llegó al sur.

El partido, mientras tanto, siguió su curso.

En el primer tiempo, el viento en contra y las condiciones del terreno complicaron a Independiente. La defensa del Rojo respondió con firmeza. Huracán resistió. Y en el segundo tiempo aparecieron los goles.

A los 53 minutos, centro de Saggioratto, toque de Bochini y cabezazo de Francisco Sá para el 1-0. A los 64, Marcelino Britapaja aprovechó un error defensivo y el mal pique para empatar.

Un minuto después, Ricardo Pavoni lanzó un pelotazo hacia Bochini. El “Bocha” amagó, dejó pasar la pelota y el pique volvió a jugar su partido. El arquero falló y la pelota terminó adentro.

Después llegó la palomita de Luis Giribet. Luego, a los 83, Pavoni armó una pared con Balbuena y sacó un cañonazo al ángulo. Y a los 89, otra vez Giribet, para sellar el 5-1.
Independiente ganó claramente. Y, según aquella misma crónica, pudo haber hecho varios goles más.

El equipo dirigido por Roberto “Pipo” Ferreiro formó con Carlos Gay; Eduardo Commisso, Miguel López, Francisco Sá y Ricardo Pavoni; Rubén Galván, Miguel Raimondo y Hugo Saggioratto; Agustín Balbuena, Ricardo Bochini y Daniel Bertoni.

Un equipo extraordinario.

Un equipo que en aquellos meses también estaba jugando la Copa Libertadores, que finalmente ganó. Un equipo que terminó segundo en su zona del Nacional y que luego llegó a la ronda final, aunque no pudo coronarse campeón, título que quedó en manos de San Lorenzo.

Es decir; Independiente era, efectivamente, un gigante.

Pero Huracán de Comodoro también era mucho más que el decorado de una goleada.

Y ahí está el verdadero asunto.

No se trata de discutir si el campo estaba bueno o malo. Probablemente estaba lejos de ser un billar. Tampoco se trata de negar el viento patagónico, la arena o las dificultades reales que existían para jugar allí.

El problema es otro.

Es la mirada.

Es esa manera de narrar el interior como una anomalía, como un territorio inhóspito donde la pelota parece haber llegado por equivocación.

Porque desde Buenos Aires, en 1974, el país parecía terminar donde terminaban los grandes estadios, las redacciones importantes y los clubes de Primera.
Más allá, empezaba “el interior”.

Como si fuera otro país.

Como si los jugadores, los dirigentes, los hinchas, las ciudades y las canchas que estaban lejos de la Capital fueran una especie de versión artesanal de la Argentina verdadera.
Y quizás por eso hoy aquella crónica tiene un valor involuntariamente extraordinario.

Porque El Gráfico quiso contar un partido. Y terminó contando una mentalidad.

Una mentalidad que miraba desde arriba. Que confundía distancia con atraso. Que podía viajar miles de kilómetros para hablar de fútbol, pero que parecía incapaz de comprender el país que había detrás de esos kilómetros.

Pasaba lo mismo con Cuyo, con los mediterráneos, con el norte. No había exclusividad.

Mientras tanto, allá abajo, en ese supuesto confín, había gente llenando una cancha.

Había jugadores entrenando. Había chicos soñando con ser Bochini. Había clubes sosteniendo el fútbol a pulmón. Había dirigentes poniendo el hombro. Había familias. Había barrios. Había una ciudad.

Había país.

Mucho país.

Quizás hoy la pregunta no sea solamente cómo nos veían hace 52 años.

La pregunta es ¿Nos verán igual?

Porque algunas cosas cambiaron. El fútbol del interior abrió puertas, produjo jugadores, construyó clubes, llenó estadios y dejó de pedir permiso para existir. La Patagonia ya no necesita demostrar que forma parte de la Argentina. "El interior", en general, dejó de aceptar silenciosamente que otros le expliquen quién es.

Pero ciertas miradas sobreviven.

A veces cambian las palabras.

El desprecio se vuelve condescendencia, la burla se disfraza de análisis; la distancia se convierte en exotismo y "el interior" sigue apareciendo, para algunos, como ese lugar pintoresco que queda después de que termina el país que conocen.

Por eso vale la pena volver a aquella vieja crónica.

No para indignarnos con un periodista de hace medio siglo. Sino para preguntarnos cuánto de aquella mirada todavía llevamos encima.

Porque aquel día, en una cancha “paupérrima”, con viento y arena, jugaron al fútbol e hicieron seis goles.

El Bocha estuvo ahí. Pavoni también. Balbuena fue elegido como el mejor jugador de la jornada sin marcar ninguno de los cinco goles.

Huracán perdió, sí. Pero Comodoro Rivadavia no perdió su derecho a ser contado con dignidad.

Quizás el verdadero papelón no haya estado en el estado del campo de juego.

Quizás haya estado en creer que el estado de una cancha permite medir el valor de la gente que la pisa.

Hace 52 años nos miraron desde arriba. Hoy, tal vez, haya llegado la hora de devolver la mirada.

No desde el resentimiento.

Desde la memoria.

Desde el orgullo.

Desde ese lugar donde el viento sigue soplando, la arena sigue volando y, pese a todo, la pelota sigue rodando.

Y rueda, vaya si rueda.

Porque "el interior" nunca necesitó que Buenos Aires le concediera permiso para existir.

Existió igual.

Y quizá esa sea la pequeña gran ironía que aquella legendaria revista no alcanzó a ver.