Por Juan Miguel Bigrevich
Hoy, 26 de agosto, nuestro Hospital Sub Zonal Santa Teresita de Rawson cumple 81 años de vida.
Ochenta y un años no caben en una placa, en una fotografía ni en una estadística. Caben, en cambio, en la memoria de un pueblo. En miles de historias. En el primer llanto de un recién nacido, en la mano que sostuvo a un enfermo, en la mirada de una familia que esperó noticias detrás de una puerta. Caben en una palabra que parece sencilla, pero que lo dice todo. Vida.
El Hospital Común Regional Santa Teresita fue inaugurado el 26 de agosto de 1945. Tenía entonces 28 camas y ofrecía atención de partos, cirugías y clínica médica. Para aquella época fue una obra monumental. La construcción sanitaria más importante del territorio y, también, una institución equipada con la tecnología médica más moderna disponible.
Pero las grandes obras no nacen solamente de ladrillos, planos y cemento. Nacen de los sueños de quienes se niegan a aceptar que las cosas deban seguir siendo como son.
La historia cuenta que aquella inquietud surgió de María Ester Indiana Fernández, esposa del gobernador José Manuel Baños, quien consiguió los planos y los primeros fondos para levantar el hospital. El resto de la obra fue financiado con donaciones reunidas por las damas de beneficencia de la comunidad y con el trabajo incansable del Dr. Fernando Rossi.
Fue, entonces, una obra levantada por la voluntad colectiva.
Porque antes del Santa Teresita, la asistencia pública estaba a cargo del Hospital Salesiano Buen Pastor, que había cerrado sus puertas en 1941, después de cuatro décadas de servicio. En la zona apenas existían salas de primeros auxilios en Trelew y Gaiman.
Y entonces Rawson tuvo su hospital.
Desde aquel día, sus paredes comenzaron a guardar historias. Historias felices y tragedias. Esperanzas, despedidas, milagros cotidianos y batallas silenciosas. Allí nacieron generaciones enteras de chubutenses. Allí fueron atendidos nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hijos.
Allí trabajaron médicos, enfermeros, administrativos, camilleros, mucamas, técnicos y tantos otros trabajadores que hicieron del hospital mucho más que un edificio. Incluso, parte de mis querencias.
Sería imposible enumerarlos a todos.
Y quizás tampoco sea necesario.
Porque cada uno dejó una huella.
Algunos fueron extraordinarios. Otros no tanto. Hubo buenos, malos y más o menos profesionales. Como en cualquier lugar donde trabajan seres humanos.
Porque no son ángeles; son personas. Pero hubo —y seguramente todavía hay— quienes parecían haber elegido una profesión para hacer algo más que cumplir una tarea.
Porque un hospital no cura solamente cuerpos.
También cura miedos, acompaña soledades y sostiene familias.
Devuelve esperanza cuando parece haberse apagado.
Y a veces, simplemente, ofrece una mano, una palabra o una presencia cuando todo lo demás parece insuficiente.
Por eso el Santa Teresita pertenece a Rawson tanto como sus calles, su río y su historia. Es parte de la memoria colectiva de una comunidad que durante 81 años entró por sus puertas buscando salud y salió llevando consigo una historia para contar.
Ochenta y un años después, el hospital sigue de pie.
Ha atravesado décadas, crisis, cambios políticos, transformaciones sociales y avances enormes de la medicina. Ha visto crecer a Rawson y ha acompañado el crecimiento de toda la provincia.
Pero hay una deuda que todavía permanece.
Rawson es la capital del Chubut.
Y su hospital merece estar a la altura de esa condición.
Por eso, además de celebrar su historia, hay que defender su futuro. Hay que reclamar que algún día deje de ser subzonal y alcance la categoría que la comunidad necesita y merece. No como un privilegio, sino como reconocimiento a su importancia y como respuesta a las necesidades sanitarias de una ciudad que es capital provincial.
No se trata solamente de cambiar un nombre en un papel.
Se trata de jerarquizar la salud pública. De invertir. De ampliar capacidades. De reconocer a sus trabajadores y de garantizar que quienes viven en Rawson puedan acceder a una atención acorde con la ciudad que habitan.
Porque los pueblos que olvidan sus hospitales olvidan una parte de sí mismos.
Y nosotros no queremos olvidar.
Queremos recordar a quienes estuvieron. A quienes curaron. A quienes acompañaron. A quienes nacieron allí. A quienes se fueron dejando un silencio. A quienes todavía luchan y a quienes, cada día, vuelven a ponerse el guardapolvo, el uniforme o la ropa de trabajo y abren nuevamente las puertas de este gigante de nuestra memoria.
Feliz cumpleaños, Hospital Santa Teresita.
81 años de historia.
81 años de lucha.
81 años de vidas que comenzaron, se salvaron, se acompañaron y también se despidieron entre tus paredes y en donde me crie entre sus calles.
Que vengan muchos años más.
Pero que también venga el reconocimiento que Rawson y su gente te deben.
Porque un hospital no es solamente un edificio.
Es el corazón de una comunidad cuando la vida está en juego.
Y el corazón del Santa Teresita todavía late.
Fuerte. Orgulloso. Y reclamando su lugar.
Por Juan Miguel Bigrevich
Hoy, 26 de agosto, nuestro Hospital Sub Zonal Santa Teresita de Rawson cumple 81 años de vida.
Ochenta y un años no caben en una placa, en una fotografía ni en una estadística. Caben, en cambio, en la memoria de un pueblo. En miles de historias. En el primer llanto de un recién nacido, en la mano que sostuvo a un enfermo, en la mirada de una familia que esperó noticias detrás de una puerta. Caben en una palabra que parece sencilla, pero que lo dice todo. Vida.
El Hospital Común Regional Santa Teresita fue inaugurado el 26 de agosto de 1945. Tenía entonces 28 camas y ofrecía atención de partos, cirugías y clínica médica. Para aquella época fue una obra monumental. La construcción sanitaria más importante del territorio y, también, una institución equipada con la tecnología médica más moderna disponible.
Pero las grandes obras no nacen solamente de ladrillos, planos y cemento. Nacen de los sueños de quienes se niegan a aceptar que las cosas deban seguir siendo como son.
La historia cuenta que aquella inquietud surgió de María Ester Indiana Fernández, esposa del gobernador José Manuel Baños, quien consiguió los planos y los primeros fondos para levantar el hospital. El resto de la obra fue financiado con donaciones reunidas por las damas de beneficencia de la comunidad y con el trabajo incansable del Dr. Fernando Rossi.
Fue, entonces, una obra levantada por la voluntad colectiva.
Porque antes del Santa Teresita, la asistencia pública estaba a cargo del Hospital Salesiano Buen Pastor, que había cerrado sus puertas en 1941, después de cuatro décadas de servicio. En la zona apenas existían salas de primeros auxilios en Trelew y Gaiman.
Y entonces Rawson tuvo su hospital.
Desde aquel día, sus paredes comenzaron a guardar historias. Historias felices y tragedias. Esperanzas, despedidas, milagros cotidianos y batallas silenciosas. Allí nacieron generaciones enteras de chubutenses. Allí fueron atendidos nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hijos.
Allí trabajaron médicos, enfermeros, administrativos, camilleros, mucamas, técnicos y tantos otros trabajadores que hicieron del hospital mucho más que un edificio. Incluso, parte de mis querencias.
Sería imposible enumerarlos a todos.
Y quizás tampoco sea necesario.
Porque cada uno dejó una huella.
Algunos fueron extraordinarios. Otros no tanto. Hubo buenos, malos y más o menos profesionales. Como en cualquier lugar donde trabajan seres humanos.
Porque no son ángeles; son personas. Pero hubo —y seguramente todavía hay— quienes parecían haber elegido una profesión para hacer algo más que cumplir una tarea.
Porque un hospital no cura solamente cuerpos.
También cura miedos, acompaña soledades y sostiene familias.
Devuelve esperanza cuando parece haberse apagado.
Y a veces, simplemente, ofrece una mano, una palabra o una presencia cuando todo lo demás parece insuficiente.
Por eso el Santa Teresita pertenece a Rawson tanto como sus calles, su río y su historia. Es parte de la memoria colectiva de una comunidad que durante 81 años entró por sus puertas buscando salud y salió llevando consigo una historia para contar.
Ochenta y un años después, el hospital sigue de pie.
Ha atravesado décadas, crisis, cambios políticos, transformaciones sociales y avances enormes de la medicina. Ha visto crecer a Rawson y ha acompañado el crecimiento de toda la provincia.
Pero hay una deuda que todavía permanece.
Rawson es la capital del Chubut.
Y su hospital merece estar a la altura de esa condición.
Por eso, además de celebrar su historia, hay que defender su futuro. Hay que reclamar que algún día deje de ser subzonal y alcance la categoría que la comunidad necesita y merece. No como un privilegio, sino como reconocimiento a su importancia y como respuesta a las necesidades sanitarias de una ciudad que es capital provincial.
No se trata solamente de cambiar un nombre en un papel.
Se trata de jerarquizar la salud pública. De invertir. De ampliar capacidades. De reconocer a sus trabajadores y de garantizar que quienes viven en Rawson puedan acceder a una atención acorde con la ciudad que habitan.
Porque los pueblos que olvidan sus hospitales olvidan una parte de sí mismos.
Y nosotros no queremos olvidar.
Queremos recordar a quienes estuvieron. A quienes curaron. A quienes acompañaron. A quienes nacieron allí. A quienes se fueron dejando un silencio. A quienes todavía luchan y a quienes, cada día, vuelven a ponerse el guardapolvo, el uniforme o la ropa de trabajo y abren nuevamente las puertas de este gigante de nuestra memoria.
Feliz cumpleaños, Hospital Santa Teresita.
81 años de historia.
81 años de lucha.
81 años de vidas que comenzaron, se salvaron, se acompañaron y también se despidieron entre tus paredes y en donde me crie entre sus calles.
Que vengan muchos años más.
Pero que también venga el reconocimiento que Rawson y su gente te deben.
Porque un hospital no es solamente un edificio.
Es el corazón de una comunidad cuando la vida está en juego.
Y el corazón del Santa Teresita todavía late.
Fuerte. Orgulloso. Y reclamando su lugar.