Por Esteban Gallo
Javier Milei ha hecho de la confrontación, la agresión y el insulto una herramienta sistemática de gobierno. Es una manera de ejercer el poder y de relacionarse con quienes piensan distinto. Lo más preocupante es la virulencia con que lo hace, apelando a una ordinariez y una bajeza que degrada la investidura presidencial.
Esta vez el blanco elegido fue el periodista del Grupo Clarín, Marcelo Bonelli, cuyo pecado fue escribir una columna que reflexionaba sobre la situación económica de la Argentina y las internas existentes en el gobierno libertario sobre el rumbo a seguir.
Las palabras elegidas por Milei para atacar al comunicador a través de la red social X fueron las siguientes:
“Para sorpresa de casi nadie la mierda humana mal cagada Marcelo Bonelli mintiendo. Parece que a esta mierda humana no le alcanzó haber mentido cerca de 40 veces respecto a que echaría a Toto (por Caputo) sino que también inventó un día una pelea en el que uno terminó en la ambulancia. Aclaro que este rumor lo hizo correr cada vez que Toto tenia que participar en reuniones por demás importantes para el país. Más sorete no se consigue. Evidentemente es una de esas mierdas humanas que apuestan a que el país le vaya mal”.
Si a cualquier ciudadano del mundo le contaran que el presidente de un país insulta públicamente a un periodista y lo califica de “mierda humana” simplemente porque publicó algo que le molestó, pensaría que se trata de una exageración o de una ficción. Pero no es ni una hipérbole ni un relato imaginario. Es un presidente real, totalmente desbocado, que ataca a un periodista por el simple hecho de mostrar una realidad diferente al que él pretende instalar.
Hoy es Bonelli, ayer Tenembaum, antes Nelson Castro, como alguna vez lo fueron Victor Hugo Morales, María ODonell o Gustavo Silvestre, porque en la lógica del presidente el periodista que incomoda, sin importar donde esté parado ideológicamente, es una mierda humana mal cagada.
Javier Milei actúa como un desquiciado y sobre su salud mental no podemos intervenir, pero hay un riesgo al que nos enfrentamos como sociedad que debería interpelarnos y movernos a actuar.
El verdadero peligro consiste en naturalizar los insultos del presidente y acostumbrarnos dócilmente a los atropellos como si fueran parte inevitable de la política. No lo son. No lo podemos permitir. Las instituciones de la democracia, los partidos políticos, las asociaciones que nuclean al periodismo y los comunicadores tenemos la obligación de reaccionar, repudiar y condenar esos comportamientos.
El periodismo es una herramienta de defensa de la democracia. Sin periodistas independientes la democracia se vuelve endeble y vulnerable. El periodismo no está para endulzar los oídos del presidente. Está para preguntar, para cuestionar, para debatir. Esa es su razón de ser.
No podemos minimizar que la violencia más extrema provenga de quien debería ser garante de la libertad de prensa y custodio de las instituciones democráticas. Es una señal de alarma que una sociedad madura no debería ignorar.
Todos debemos reaccionar porque cuando se ataca sistemáticamente al periodismo que cumple con su deber, el problema deja de ser de los periodistas y pasa a ser de todos.
Si dejamos de defender a los periodistas que incomodan al poder, llámense como se llamen, empezaremos a perder la democracia que esas personas ayudan a cuidar.
Al final, los gobernantes pasan, los loquitos con poder también pasan, pero las instituciones quedan; y eso es lo que tenemos que defender todos los días y con todo nuestro ser.
Por Esteban Gallo
Javier Milei ha hecho de la confrontación, la agresión y el insulto una herramienta sistemática de gobierno. Es una manera de ejercer el poder y de relacionarse con quienes piensan distinto. Lo más preocupante es la virulencia con que lo hace, apelando a una ordinariez y una bajeza que degrada la investidura presidencial.
Esta vez el blanco elegido fue el periodista del Grupo Clarín, Marcelo Bonelli, cuyo pecado fue escribir una columna que reflexionaba sobre la situación económica de la Argentina y las internas existentes en el gobierno libertario sobre el rumbo a seguir.
Las palabras elegidas por Milei para atacar al comunicador a través de la red social X fueron las siguientes:
“Para sorpresa de casi nadie la mierda humana mal cagada Marcelo Bonelli mintiendo. Parece que a esta mierda humana no le alcanzó haber mentido cerca de 40 veces respecto a que echaría a Toto (por Caputo) sino que también inventó un día una pelea en el que uno terminó en la ambulancia. Aclaro que este rumor lo hizo correr cada vez que Toto tenia que participar en reuniones por demás importantes para el país. Más sorete no se consigue. Evidentemente es una de esas mierdas humanas que apuestan a que el país le vaya mal”.
Si a cualquier ciudadano del mundo le contaran que el presidente de un país insulta públicamente a un periodista y lo califica de “mierda humana” simplemente porque publicó algo que le molestó, pensaría que se trata de una exageración o de una ficción. Pero no es ni una hipérbole ni un relato imaginario. Es un presidente real, totalmente desbocado, que ataca a un periodista por el simple hecho de mostrar una realidad diferente al que él pretende instalar.
Hoy es Bonelli, ayer Tenembaum, antes Nelson Castro, como alguna vez lo fueron Victor Hugo Morales, María ODonell o Gustavo Silvestre, porque en la lógica del presidente el periodista que incomoda, sin importar donde esté parado ideológicamente, es una mierda humana mal cagada.
Javier Milei actúa como un desquiciado y sobre su salud mental no podemos intervenir, pero hay un riesgo al que nos enfrentamos como sociedad que debería interpelarnos y movernos a actuar.
El verdadero peligro consiste en naturalizar los insultos del presidente y acostumbrarnos dócilmente a los atropellos como si fueran parte inevitable de la política. No lo son. No lo podemos permitir. Las instituciones de la democracia, los partidos políticos, las asociaciones que nuclean al periodismo y los comunicadores tenemos la obligación de reaccionar, repudiar y condenar esos comportamientos.
El periodismo es una herramienta de defensa de la democracia. Sin periodistas independientes la democracia se vuelve endeble y vulnerable. El periodismo no está para endulzar los oídos del presidente. Está para preguntar, para cuestionar, para debatir. Esa es su razón de ser.
No podemos minimizar que la violencia más extrema provenga de quien debería ser garante de la libertad de prensa y custodio de las instituciones democráticas. Es una señal de alarma que una sociedad madura no debería ignorar.
Todos debemos reaccionar porque cuando se ataca sistemáticamente al periodismo que cumple con su deber, el problema deja de ser de los periodistas y pasa a ser de todos.
Si dejamos de defender a los periodistas que incomodan al poder, llámense como se llamen, empezaremos a perder la democracia que esas personas ayudan a cuidar.
Al final, los gobernantes pasan, los loquitos con poder también pasan, pero las instituciones quedan; y eso es lo que tenemos que defender todos los días y con todo nuestro ser.