Un asalto que aún vive en el cuerpo: “Nos mandaron a matar”

Luis Alberto “Pancho” Toledo era jefe de Transporte y Movimientos del Banco del Chubut cuando, el 3 de octubre de 1995, un grupo armado atacó el camión de caudales en plena Ruta 25. Los delincuentes dispararon con fusiles FAL, destrozaron una rueda e intentaron incendiar el vehículo. El blindaje resistió. “Con otro rodado nos hubieran matado a todos”, recuerda.


02 OCT 2026 - 11:57 | Actualizado 03 OCT 2026 - 9:48

“Me trae malos recuerdos… porque a nosotros nos mandaron a matar”.

La frase de Luis Alberto “Pancho” Toledo no necesita demasiadas explicaciones. Tiene el peso de una sentencia y la memoria intacta de quien estuvo frente a la muerte y consiguió volver.

Treinta y un años después, Luis Alberto “Pancho” Toledo todavía pronuncia aquella frase con la contundencia de quien no está contando una historia ajena. Está hablando de su propia vida.

El 3 de octubre de 1995, Toledo era jefe de Transporte y Movimientos del Banco del Chubut. Aquella mañana debía viajar a la Cordillera a bordo de un camión de caudales para trasladar una suma extraordinaria de dinero, cercana al medio millón de pesos/dólares.

Una decisión de último momento terminó cambiando la historia.

“Si no hubiese cambiado de vehículo y de custodia, estaríamos todos muertos. Estarían todos muertos”, recuerda.

El blindado elegido era un Mercedes Benz modelo 1995, fabricado por Mugliolu y Consentino. Era su primer viaje. Y, sin que nadie pudiera saberlo entonces, también sería el vehículo que se interpondría entre cuatro hombres y una ráfaga de fusiles FAL.


Un viaje que no era como los demás

Toledo recuerda que aquel traslado tenía características poco habituales.

“Fuimos en un vehículo que no estaba habilitado y ese adicional de pago, -cerca de medio millón de pesos/dólares-, no era habitual. Los pagos no se preparaban para esa fecha.
Generalmente los pagos para la Cordillera se hacían a fin de mes y el dinero salía de Trelew, no de la Casa Matriz”.

El contexto tampoco era tranquilizador.

Habían ocurrido robos en Río Gallegos y Caleta Olivia y existía la posibilidad de que una banda con base en Las Heras pudiera desplazarse hacia Chubut. Hubo una reunión con el jefe de Seguridad del banco y se analizaron los riesgos.

Se habló de una posible salidera, de un ataque al momento de bajar del vehículo.

Pero nadie imaginó lo que finalmente sucedería.

El golpe no sería en una esquina ni frente a una sucursal.

Sería en plena ruta.

"Pancho" Toledo ya había recibido llamados y advertencias.

“Había tenido llamados sospechosos y avisos de que me andaban buscando. No sé quién o quiénes. Evidentemente hubo un gran trabajo de inteligencia. Tenía precaución. Incluso no pude dormir toda la noche”.

La ruta comenzó a revelar sus primeras señales.

Toledo y una experiencia imborrable.

La radio y la primera alarma

Salieron temprano.

Entre Gaiman y Dolavon llegó la primera alerta.

Por la frecuencia de la radio del vehículo comenzó a escucharse una canción inesperada. La coplera del prisionero, de Horacio Guarany.

Toledo entendió inmediatamente que algo no estaba bien.

“Me asusté. Habían ingresado a nuestra frecuencia y nos intervenían. Evidentemente nos seguían”.

En Dolavon ajustaron las antenas y Toledo colocó trabas adicionales en el vehículo.

La precaución parecía exagerada.

No lo era.

Llegaron a un desvío de la Ruta 25. El chofer, Tito Pugh, advirtió que se acercaba una ambulancia.

Toledo le pidió que no la dejara pasar.

Entonces apareció el automóvil. Se cruzó delante del blindado y bajaron varios hombres.

Y comenzó el infierno.

Los delincuentes abrieron fuego con fusiles FAL.

El primer impacto alcanzó a Toledo, que viajaba como acompañante.

“Me lastimó la mano”.

Pero las balas no lograron atravesar el blindaje.

La diferencia entre vivir y morir estuvo, literalmente, en unos centímetros de acero.

“Se sorprenden porque nos tiran con FAL y las balas no pasan porque el camión tenía un muy buen blindaje. Con otro rodado nos hubieran matado a todos”.

Una batalla sobre la ruta

El ataque fue brutal.

Los delincuentes alcanzaron una de las ruedas del blindado. El vehículo quedó prácticamente inmovilizado.

Incluso intentaron arrojar una bomba molotov debajo.

Pero la custodia respondió.

Los disparos comenzaron a cruzarse en la ruta.

Uno de los atacantes cayó mortalmente herido y otros resultaron heridos. Sus compañeros lo retiraron hacia el automóvil de ellos.

El blindado consiguió avanzar algunos metros.

Después llegó otro momento de tensión.

Debían reparar la rueda reventada del lado izquierdo. Lo hicieron mientras la custodia permanecía junto al vehículo.

Entonces apareció una camioneta. Le dispararon. Retrocedió.

Y, casi como una escena perdida dentro del caos, apareció una pareja procedente del oeste.

“Siempre me pareció extraño”, cuenta Toledo. Llevaban bolsas. También huyeron.

Demasiadas coincidencias para una mañana que ya había dejado de ser un simple traslado de dinero.

El camino hacia el Dique

Desde allí tomaron la traza nueva hacia el Dique Ameghino, una vía que por entonces estaba en construcción.

“Estábamos a diez kilómetros de Las Chapas”, recuerda Toledo.

En el camino observaron un camión estacionado que, según su reconstrucción, podía pertenecer a los delincuentes.

Más adelante se cruzaron con un móvil policial que regresaba de atender otro accidente.

La escena resultó desconcertante.

“En vez de perseguir a los delincuentes se quedaron con nosotros, observando el blindado”.

Los atacantes habían logrado incluso bajar las antenas del vehículo. Lo habían hecho con una precisión que Toledo todavía destaca.

Desde el Dique Ameghino finalmente fueron trasladados hacia Rawson.

El dinero permanecía intacto. El blindado había resistido. Ellos estaban vivos.

Pero algo había quedado roto para siempre.

"Pancho" admite que aún quedan secuelas.

“Nos mandaron a matar”

Cuando llegó a Rawson, Toledo encontró a varias personas reunidas.

El hecho ya era noticia nacional.

Pero él no quería reuniones. No quería explicaciones. Quería saber por qué habían sobrevivido.

“Me niego a ir a esa reunión y los insulto: ‘Son unos hijos de puta… nos mandaron a matar’”.

Habían pasado minutos, pero para quienes viajaban en aquel blindado parecía haber transcurrido una vida entera.

“Estábamos shockeados, pensando en nuestra familia, nuestros hijos. Nos habían querido matar y zafamos. Y viene uno y nos pregunta si estaba la plata, sin consultar cómo estábamos nosotros”.

Aquella frase resume una de las marcas más profundas que dejó el episodio. Para los atacantes, el objetivo era el dinero. Para quienes iban dentro del blindado, el verdadero botín que estuvo en juego era la vida.

El cuerpo también recuerda

Los delincuentes fueron detenidos. Ya estaban bajo vigilancia y la información obtenida durante el ataque resultó clave para las investigaciones. Hubo trabajo de delincuentes locales, apoyo, datos, logística, sospechosos.

Toledo recuerda especialmente a los jueces de la causa, los doctores Di Nardo y Basílico, y destaca el trato recibido y la mejora posterior en las condiciones de seguridad de los traslados.

Pero apenas dos días después del ataque ocurrió algo que, visto con el tiempo, parece incomprensible.

Toledo volvió a viajar a la Cordillera.

Llegando a Tecka se quedó sin voz y en Esquel tuvo que recibir atención médica.

El cuerpo hablaba cuando las palabras ya no alcanzaban.

Después vendría el tratamiento psiquiátrico. “Eso no lo hablé nunca”, admite. Y agrega, “pero no te olvidás más”.

Cincuenta años de ruta y una memoria intacta

La vida siguió.

Toledo no tuvo una buena salida del Banco del Chubut, aunque conserva un profundo afecto por la institución a la que dedicó buena parte de su vida. Entró como ordenanza y llegó a ocupar la jefatura de Transporte y Movimientos.

Después continuó ligado a las rutas a través de una empresa familiar de turismo.

Cincuenta años de caminos. Cincuenta años viendo pasar pueblos, paisajes, estaciones, rutas y generaciones.

Pero hay un camino que nunca terminó de quedar atrás.

Es aquel tramo de la Ruta 25. El sonido de la radio. La canción inesperada. El automóvil cruzándose, los hombres bajando; los FAL disparando y el blindaje resistiendo. La rueda destrozada, la custodia respondiendo y cuatro hombres entendiendo, en apenas unos minutos, que podían no volver a sus casas.

Han pasado 31 años.

El tiempo pudo cambiar los vehículos, las rutas y las circunstancias.

Pero no pudo borrar aquel 3 de octubre.

Porque algunas historias no desaparecen cuando termina el tiroteo. Quedan guardadas en las retinas. En la memoria. Y también en el cuerpo.

Porque hay momentos en los que la vida queda suspendida durante unos minutos.

Y después continúa.

Pero nunca vuelve a ser exactamente la misma.

“Uno no se olvida nunca de lo vivido”.

Luis Alberto "Pancho" Toledo lo sabe mejor que nadie. Él estuvo allí. Y sobrevivió para contarlo.

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02 OCT 2026 - 11:57

“Me trae malos recuerdos… porque a nosotros nos mandaron a matar”.

La frase de Luis Alberto “Pancho” Toledo no necesita demasiadas explicaciones. Tiene el peso de una sentencia y la memoria intacta de quien estuvo frente a la muerte y consiguió volver.

Treinta y un años después, Luis Alberto “Pancho” Toledo todavía pronuncia aquella frase con la contundencia de quien no está contando una historia ajena. Está hablando de su propia vida.

El 3 de octubre de 1995, Toledo era jefe de Transporte y Movimientos del Banco del Chubut. Aquella mañana debía viajar a la Cordillera a bordo de un camión de caudales para trasladar una suma extraordinaria de dinero, cercana al medio millón de pesos/dólares.

Una decisión de último momento terminó cambiando la historia.

“Si no hubiese cambiado de vehículo y de custodia, estaríamos todos muertos. Estarían todos muertos”, recuerda.

El blindado elegido era un Mercedes Benz modelo 1995, fabricado por Mugliolu y Consentino. Era su primer viaje. Y, sin que nadie pudiera saberlo entonces, también sería el vehículo que se interpondría entre cuatro hombres y una ráfaga de fusiles FAL.


Un viaje que no era como los demás

Toledo recuerda que aquel traslado tenía características poco habituales.

“Fuimos en un vehículo que no estaba habilitado y ese adicional de pago, -cerca de medio millón de pesos/dólares-, no era habitual. Los pagos no se preparaban para esa fecha.
Generalmente los pagos para la Cordillera se hacían a fin de mes y el dinero salía de Trelew, no de la Casa Matriz”.

El contexto tampoco era tranquilizador.

Habían ocurrido robos en Río Gallegos y Caleta Olivia y existía la posibilidad de que una banda con base en Las Heras pudiera desplazarse hacia Chubut. Hubo una reunión con el jefe de Seguridad del banco y se analizaron los riesgos.

Se habló de una posible salidera, de un ataque al momento de bajar del vehículo.

Pero nadie imaginó lo que finalmente sucedería.

El golpe no sería en una esquina ni frente a una sucursal.

Sería en plena ruta.

"Pancho" Toledo ya había recibido llamados y advertencias.

“Había tenido llamados sospechosos y avisos de que me andaban buscando. No sé quién o quiénes. Evidentemente hubo un gran trabajo de inteligencia. Tenía precaución. Incluso no pude dormir toda la noche”.

La ruta comenzó a revelar sus primeras señales.

Toledo y una experiencia imborrable.

La radio y la primera alarma

Salieron temprano.

Entre Gaiman y Dolavon llegó la primera alerta.

Por la frecuencia de la radio del vehículo comenzó a escucharse una canción inesperada. La coplera del prisionero, de Horacio Guarany.

Toledo entendió inmediatamente que algo no estaba bien.

“Me asusté. Habían ingresado a nuestra frecuencia y nos intervenían. Evidentemente nos seguían”.

En Dolavon ajustaron las antenas y Toledo colocó trabas adicionales en el vehículo.

La precaución parecía exagerada.

No lo era.

Llegaron a un desvío de la Ruta 25. El chofer, Tito Pugh, advirtió que se acercaba una ambulancia.

Toledo le pidió que no la dejara pasar.

Entonces apareció el automóvil. Se cruzó delante del blindado y bajaron varios hombres.

Y comenzó el infierno.

Los delincuentes abrieron fuego con fusiles FAL.

El primer impacto alcanzó a Toledo, que viajaba como acompañante.

“Me lastimó la mano”.

Pero las balas no lograron atravesar el blindaje.

La diferencia entre vivir y morir estuvo, literalmente, en unos centímetros de acero.

“Se sorprenden porque nos tiran con FAL y las balas no pasan porque el camión tenía un muy buen blindaje. Con otro rodado nos hubieran matado a todos”.

Una batalla sobre la ruta

El ataque fue brutal.

Los delincuentes alcanzaron una de las ruedas del blindado. El vehículo quedó prácticamente inmovilizado.

Incluso intentaron arrojar una bomba molotov debajo.

Pero la custodia respondió.

Los disparos comenzaron a cruzarse en la ruta.

Uno de los atacantes cayó mortalmente herido y otros resultaron heridos. Sus compañeros lo retiraron hacia el automóvil de ellos.

El blindado consiguió avanzar algunos metros.

Después llegó otro momento de tensión.

Debían reparar la rueda reventada del lado izquierdo. Lo hicieron mientras la custodia permanecía junto al vehículo.

Entonces apareció una camioneta. Le dispararon. Retrocedió.

Y, casi como una escena perdida dentro del caos, apareció una pareja procedente del oeste.

“Siempre me pareció extraño”, cuenta Toledo. Llevaban bolsas. También huyeron.

Demasiadas coincidencias para una mañana que ya había dejado de ser un simple traslado de dinero.

El camino hacia el Dique

Desde allí tomaron la traza nueva hacia el Dique Ameghino, una vía que por entonces estaba en construcción.

“Estábamos a diez kilómetros de Las Chapas”, recuerda Toledo.

En el camino observaron un camión estacionado que, según su reconstrucción, podía pertenecer a los delincuentes.

Más adelante se cruzaron con un móvil policial que regresaba de atender otro accidente.

La escena resultó desconcertante.

“En vez de perseguir a los delincuentes se quedaron con nosotros, observando el blindado”.

Los atacantes habían logrado incluso bajar las antenas del vehículo. Lo habían hecho con una precisión que Toledo todavía destaca.

Desde el Dique Ameghino finalmente fueron trasladados hacia Rawson.

El dinero permanecía intacto. El blindado había resistido. Ellos estaban vivos.

Pero algo había quedado roto para siempre.

"Pancho" admite que aún quedan secuelas.

“Nos mandaron a matar”

Cuando llegó a Rawson, Toledo encontró a varias personas reunidas.

El hecho ya era noticia nacional.

Pero él no quería reuniones. No quería explicaciones. Quería saber por qué habían sobrevivido.

“Me niego a ir a esa reunión y los insulto: ‘Son unos hijos de puta… nos mandaron a matar’”.

Habían pasado minutos, pero para quienes viajaban en aquel blindado parecía haber transcurrido una vida entera.

“Estábamos shockeados, pensando en nuestra familia, nuestros hijos. Nos habían querido matar y zafamos. Y viene uno y nos pregunta si estaba la plata, sin consultar cómo estábamos nosotros”.

Aquella frase resume una de las marcas más profundas que dejó el episodio. Para los atacantes, el objetivo era el dinero. Para quienes iban dentro del blindado, el verdadero botín que estuvo en juego era la vida.

El cuerpo también recuerda

Los delincuentes fueron detenidos. Ya estaban bajo vigilancia y la información obtenida durante el ataque resultó clave para las investigaciones. Hubo trabajo de delincuentes locales, apoyo, datos, logística, sospechosos.

Toledo recuerda especialmente a los jueces de la causa, los doctores Di Nardo y Basílico, y destaca el trato recibido y la mejora posterior en las condiciones de seguridad de los traslados.

Pero apenas dos días después del ataque ocurrió algo que, visto con el tiempo, parece incomprensible.

Toledo volvió a viajar a la Cordillera.

Llegando a Tecka se quedó sin voz y en Esquel tuvo que recibir atención médica.

El cuerpo hablaba cuando las palabras ya no alcanzaban.

Después vendría el tratamiento psiquiátrico. “Eso no lo hablé nunca”, admite. Y agrega, “pero no te olvidás más”.

Cincuenta años de ruta y una memoria intacta

La vida siguió.

Toledo no tuvo una buena salida del Banco del Chubut, aunque conserva un profundo afecto por la institución a la que dedicó buena parte de su vida. Entró como ordenanza y llegó a ocupar la jefatura de Transporte y Movimientos.

Después continuó ligado a las rutas a través de una empresa familiar de turismo.

Cincuenta años de caminos. Cincuenta años viendo pasar pueblos, paisajes, estaciones, rutas y generaciones.

Pero hay un camino que nunca terminó de quedar atrás.

Es aquel tramo de la Ruta 25. El sonido de la radio. La canción inesperada. El automóvil cruzándose, los hombres bajando; los FAL disparando y el blindaje resistiendo. La rueda destrozada, la custodia respondiendo y cuatro hombres entendiendo, en apenas unos minutos, que podían no volver a sus casas.

Han pasado 31 años.

El tiempo pudo cambiar los vehículos, las rutas y las circunstancias.

Pero no pudo borrar aquel 3 de octubre.

Porque algunas historias no desaparecen cuando termina el tiroteo. Quedan guardadas en las retinas. En la memoria. Y también en el cuerpo.

Porque hay momentos en los que la vida queda suspendida durante unos minutos.

Y después continúa.

Pero nunca vuelve a ser exactamente la misma.

“Uno no se olvida nunca de lo vivido”.

Luis Alberto "Pancho" Toledo lo sabe mejor que nadie. Él estuvo allí. Y sobrevivió para contarlo.