A 31 años del día en que las balas frenaron al blindado

El frustrado asalto al blindado del Banco del Chubut que terminó con un delincuente muerto por sus propios cómplices


02 OCT 2026 - 12:42 | Actualizado 03 OCT 2026 - 7:00

Hay rutas que parecen no conducir a ninguna parte.

Kilómetros y kilómetros de soledad, mesetas interminables, el viento golpeando la chapa y el silencio de una Patagonia que puede ser hermosa y, al mismo tiempo, convertirse en el escenario perfecto para una emboscada.

El 3 de octubre de 1995, la Ruta 25 fue exactamente eso. Un escenario.

Y allí, en medio de la nada, un blindado del Banco del Chubut quedó atrapado en una lluvia de balas.

Han pasado 31 años y aquel mediodía todavía tiene algo de película. Pero no fue ficción. No hubo dobles ni hubo actores. Las balas eran verdaderas y el miedo también.

El blindado llevaba caudales rumbo a Esquel. A bordo viajaban los empleados bancarios Jesús Tito Pugh y Luis Pancho Toledo. La custodia estaba a cargo de dos policías del Grupo Especial de Operaciones Policiales (GEOP), Humberto Bulacios y Sergio Aguerre.

Del otro lado de la ruta esperaba una banda que sabía lo que hacía.

La encabezaba Julián “El Conejo” Molinari, uno de los delincuentes más célebres de la Patagonia. A su lado estaban Juan “El Turco” Muracioli, Juan Ramón Pereyra y otros integrantes que aguardaban en vehículos de apoyo.

El golpe había sido pensado como una operación quirúrgica.

Pero la Patagonia también sabe cambiar los guiones.

Una emboscada en el desierto

El blindado avanzaba con dificultad porque la Ruta 25 estaba en reparación.

Entonces apareció un Renault 21. Lo pasó a toda velocidad. Y se cruzó delante.

La tranquilidad se rompió de golpe.

Un hombre con peluca bajó del automóvil armado con una Itaka y comenzó a disparar. Otros, con FAL.

Primero contra el parabrisas y después contra las puertas.

Los otros integrantes de la banda rodearon el vehículo. Una bala destrozó una de las ruedas delanteras. Otra buscó inutilizar las antenas de comunicación ubicadas en el techo.

El mensaje era claro. Nadie salía. El blindado, sin embargo, resistió.

Y adentro había dos policías que sabían que aquel vehículo no era solamente una caja fuerte con ruedas. Era un refugio. Era la última línea.
Aguerre tomó su FAL y disparó.

Uno de los proyectiles atravesó una mirilla y alcanzó a Muracioli en el páncreas.

El “Turco” cayó gravemente herido.

“Quise tirarle solo para herirlo”, explicaría Aguerre después.

Pero la violencia tiene una característica. Una vez que comienza, casi nunca acepta obedecer los planes de nadie.

El golpe que se convirtió en derrota

La respuesta policial continuó. Bulacios abrió fuego. Aguerre intentó contenerlo porque las municiones comenzaban a escasear.

Los disparos alcanzaron a Pereyra en el hombro y Molinari recibió otro impacto en un glúteo.

Entonces ocurrió lo que ninguna banda quiere admitir en medio de un golpe que era que habían perdido.

El blindado seguía en pie. Los custodios resistían y los delincuentes estaban heridos. El asalto había fracasado.

Como pudieron, levantaron a Muracioli y lo cargaron en el Renault 21 y la banda escapó.

A pocos kilómetros los esperaban dos vehículos de apoyo. En uno estaba Susana “La Negra” Barrenti, pareja de Molinari. En el otro, un utilitario conducido por José “Chiquito” Alesanco.

Saltaron alambrados, tomaron caminos vecinales e intentaron desaparecer en esa geografía donde una persona puede convertirse rápidamente en un punto perdido en el horizonte.

Pero esta vez no hubo fuga. Todos terminaron detenidos.

Muracioli muerto y personal policial en el lugar.


El juicio y las condenas

En 1996 llegó el juicio. Molinari y Pereyra recibieron siete años de prisión. Barrenti fue condenada a seis. Alesanco, a cinco y José Catafi, considerado encubridor del hecho, recibió dos años.

Para algunos aquella condena parecía el final, pero para Molinari, apenas sería otra estación.

“El Conejo” todavía protagonizaría fugas de película y nuevos episodios delictivos que terminarían de construir una leyenda negra alrededor de su nombre.

Pero para Muracioli no habría otra oportunidad. Ni otra fuga. Ni otro golpe.

El último viaje del “Turco”

Juan “El Turco” Muracioli tenía 76 años y había pasado más tiempo entre cárceles que en una vida convencional. La prensa lo había bautizado de distintas maneras: “el delincuente de la tercera edad”, “el que no quiso jubilarse”.

Él parecía aceptar que aquella era su profesión. No sabía hacer otra cosa. Pero aquella tarde la carrera terminó.

Según la versión que durante años circuló como leyenda urbana, sus propios cómplices, desesperados por escapar y viendo que estaba gravemente herido y había perdido mucha sangre, decidieron rematarlo durante la huida para evitar que sufriera o que su presencia los retrasara.

La historia quedó suspendida entre el expediente judicial y el relato popular.

Lo concreto es que Muracioli murió y su cuerpo terminó en la morgue del cementerio de Trelew. Durante un largo tiempo nadie lo reclamó. Nadie llegó a buscarlo. Nadie apareció para despedirlo.

El hombre que había pasado buena parte de su vida entrando y saliendo de cárceles terminó esperando en una cámara fría, solo, sin que nadie reclamara sus restos.

Hay finales que parecen escritos por un novelista demasiado cruel y este fue uno de ellos.

Finalmente, la Justicia decidió darle sepultura. Tres empleados del cementerio fueron los encargados de hacerlo. Cavaron una fosa en los fondos. Y allí, en un cajón de madera barata, terminó la historia del viejo ladrón. No hubo familiares ni ceremonia. No hubo multitud. Sólo tres hombres, una pala y la tierra. La tierra que en Chubut parece tragarse todo. Hasta las leyendas.

Toledo y Pugh y el blindado asaltado.


Los hombres que quedaron del otro lado de las balas

Para los policías y los empleados bancarios, aquella jornada tampoco terminó cuando dejaron atrás la Ruta 25.

Hay episodios que se guardan para siempre en algún rincón de la memoria.

Aguerre y Bulacios fueron reconocidos por su actuación y con el tiempo dejaron la fuerza.

Aguerre se convirtió en gasista matriculado y Bulacios regresó a Catamarca, su provincia natal, donde desarrolló un emprendimiento de embotellamiento de agua mineral.

En alguna oportunidad ambos contaron aquella experiencia en charlas; quizás porque algunas historias necesitan ser contadas para poder acomodarse en la memoria.

Los caminos de los empleados bancarios también fueron distintos.

Jesús Pugh continuó trabajando en el Banco del Chubut y, luego, se jubiló; con los años, encontró en las largas caminatas por Playa Unión una manera de mantenerse en forma.
Luis “Pancho” Toledo se retiró de la entidad y luego tuvo una empresa de turismo.

Todos siguieron viviendo. Todos siguieron sus caminos.

Pero aquel 3 de octubre quedó detrás de ellos como una sombra larga.

Una historia que todavía dispara

Han pasado 31 años. La Ruta 25 cambió, los vehículos y la tecnología cambiaron.

Los protagonistas envejecieron, se retiraron o ya no están; pero la historia permanece. Porque hay hechos que se convierten en memoria colectiva no por su duración, sino por la intensidad de lo ocurrido.

Aquel mediodía hubo una banda que creyó que podía detener un blindado a fuerza de balas.

Hubo dos policías que entendieron que retroceder podía significar una tragedia.

Hubo dos empleados bancarios encerrados dentro de un vehículo mientras afuera el plomo golpeaba la chapa.

Hubo un delincuente de 76 años herido de muerte y una fuga desesperada.

Hubo detenciones y condenas y hubo un muerto que nadie reclamó.

Todo ocurrió en unas horas.

Pero algunas horas pesan como décadas.

La Ruta 25 fue testigo de una batalla diminuta en medio de una geografía gigantesca.

Un puñado de hombres, un blindado, dos FAL, una Itaka, un Renault 21 y cientos de kilómetros de Patagonia como único testigo.

El golpe que pretendía convertirse en el gran asalto terminó convertido en otra cosa. En una historia. En una cicatriz. En una de esas historias que el tiempo intenta borrar y que, sin embargo, regresan cada vez que alguien pregunta qué pasó aquel 3 de octubre de 1995.

Porque las balas se pierden, los autos se oxidan, las rutas cambian y las personas se van. Pero algunas historias quedan. Y ésta todavía viaja por la Ruta 25.

Como un eco. Como una advertencia.

Como el ruido lejano de aquellos disparos que, hace 31 años, hicieron temblar la tranquilidad de la Patagonia y frenaron, a fuerza de plomo, al blindado del Banco del Chubut.

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02 OCT 2026 - 12:42

Hay rutas que parecen no conducir a ninguna parte.

Kilómetros y kilómetros de soledad, mesetas interminables, el viento golpeando la chapa y el silencio de una Patagonia que puede ser hermosa y, al mismo tiempo, convertirse en el escenario perfecto para una emboscada.

El 3 de octubre de 1995, la Ruta 25 fue exactamente eso. Un escenario.

Y allí, en medio de la nada, un blindado del Banco del Chubut quedó atrapado en una lluvia de balas.

Han pasado 31 años y aquel mediodía todavía tiene algo de película. Pero no fue ficción. No hubo dobles ni hubo actores. Las balas eran verdaderas y el miedo también.

El blindado llevaba caudales rumbo a Esquel. A bordo viajaban los empleados bancarios Jesús Tito Pugh y Luis Pancho Toledo. La custodia estaba a cargo de dos policías del Grupo Especial de Operaciones Policiales (GEOP), Humberto Bulacios y Sergio Aguerre.

Del otro lado de la ruta esperaba una banda que sabía lo que hacía.

La encabezaba Julián “El Conejo” Molinari, uno de los delincuentes más célebres de la Patagonia. A su lado estaban Juan “El Turco” Muracioli, Juan Ramón Pereyra y otros integrantes que aguardaban en vehículos de apoyo.

El golpe había sido pensado como una operación quirúrgica.

Pero la Patagonia también sabe cambiar los guiones.

Una emboscada en el desierto

El blindado avanzaba con dificultad porque la Ruta 25 estaba en reparación.

Entonces apareció un Renault 21. Lo pasó a toda velocidad. Y se cruzó delante.

La tranquilidad se rompió de golpe.

Un hombre con peluca bajó del automóvil armado con una Itaka y comenzó a disparar. Otros, con FAL.

Primero contra el parabrisas y después contra las puertas.

Los otros integrantes de la banda rodearon el vehículo. Una bala destrozó una de las ruedas delanteras. Otra buscó inutilizar las antenas de comunicación ubicadas en el techo.

El mensaje era claro. Nadie salía. El blindado, sin embargo, resistió.

Y adentro había dos policías que sabían que aquel vehículo no era solamente una caja fuerte con ruedas. Era un refugio. Era la última línea.
Aguerre tomó su FAL y disparó.

Uno de los proyectiles atravesó una mirilla y alcanzó a Muracioli en el páncreas.

El “Turco” cayó gravemente herido.

“Quise tirarle solo para herirlo”, explicaría Aguerre después.

Pero la violencia tiene una característica. Una vez que comienza, casi nunca acepta obedecer los planes de nadie.

El golpe que se convirtió en derrota

La respuesta policial continuó. Bulacios abrió fuego. Aguerre intentó contenerlo porque las municiones comenzaban a escasear.

Los disparos alcanzaron a Pereyra en el hombro y Molinari recibió otro impacto en un glúteo.

Entonces ocurrió lo que ninguna banda quiere admitir en medio de un golpe que era que habían perdido.

El blindado seguía en pie. Los custodios resistían y los delincuentes estaban heridos. El asalto había fracasado.

Como pudieron, levantaron a Muracioli y lo cargaron en el Renault 21 y la banda escapó.

A pocos kilómetros los esperaban dos vehículos de apoyo. En uno estaba Susana “La Negra” Barrenti, pareja de Molinari. En el otro, un utilitario conducido por José “Chiquito” Alesanco.

Saltaron alambrados, tomaron caminos vecinales e intentaron desaparecer en esa geografía donde una persona puede convertirse rápidamente en un punto perdido en el horizonte.

Pero esta vez no hubo fuga. Todos terminaron detenidos.

Muracioli muerto y personal policial en el lugar.


El juicio y las condenas

En 1996 llegó el juicio. Molinari y Pereyra recibieron siete años de prisión. Barrenti fue condenada a seis. Alesanco, a cinco y José Catafi, considerado encubridor del hecho, recibió dos años.

Para algunos aquella condena parecía el final, pero para Molinari, apenas sería otra estación.

“El Conejo” todavía protagonizaría fugas de película y nuevos episodios delictivos que terminarían de construir una leyenda negra alrededor de su nombre.

Pero para Muracioli no habría otra oportunidad. Ni otra fuga. Ni otro golpe.

El último viaje del “Turco”

Juan “El Turco” Muracioli tenía 76 años y había pasado más tiempo entre cárceles que en una vida convencional. La prensa lo había bautizado de distintas maneras: “el delincuente de la tercera edad”, “el que no quiso jubilarse”.

Él parecía aceptar que aquella era su profesión. No sabía hacer otra cosa. Pero aquella tarde la carrera terminó.

Según la versión que durante años circuló como leyenda urbana, sus propios cómplices, desesperados por escapar y viendo que estaba gravemente herido y había perdido mucha sangre, decidieron rematarlo durante la huida para evitar que sufriera o que su presencia los retrasara.

La historia quedó suspendida entre el expediente judicial y el relato popular.

Lo concreto es que Muracioli murió y su cuerpo terminó en la morgue del cementerio de Trelew. Durante un largo tiempo nadie lo reclamó. Nadie llegó a buscarlo. Nadie apareció para despedirlo.

El hombre que había pasado buena parte de su vida entrando y saliendo de cárceles terminó esperando en una cámara fría, solo, sin que nadie reclamara sus restos.

Hay finales que parecen escritos por un novelista demasiado cruel y este fue uno de ellos.

Finalmente, la Justicia decidió darle sepultura. Tres empleados del cementerio fueron los encargados de hacerlo. Cavaron una fosa en los fondos. Y allí, en un cajón de madera barata, terminó la historia del viejo ladrón. No hubo familiares ni ceremonia. No hubo multitud. Sólo tres hombres, una pala y la tierra. La tierra que en Chubut parece tragarse todo. Hasta las leyendas.

Toledo y Pugh y el blindado asaltado.


Los hombres que quedaron del otro lado de las balas

Para los policías y los empleados bancarios, aquella jornada tampoco terminó cuando dejaron atrás la Ruta 25.

Hay episodios que se guardan para siempre en algún rincón de la memoria.

Aguerre y Bulacios fueron reconocidos por su actuación y con el tiempo dejaron la fuerza.

Aguerre se convirtió en gasista matriculado y Bulacios regresó a Catamarca, su provincia natal, donde desarrolló un emprendimiento de embotellamiento de agua mineral.

En alguna oportunidad ambos contaron aquella experiencia en charlas; quizás porque algunas historias necesitan ser contadas para poder acomodarse en la memoria.

Los caminos de los empleados bancarios también fueron distintos.

Jesús Pugh continuó trabajando en el Banco del Chubut y, luego, se jubiló; con los años, encontró en las largas caminatas por Playa Unión una manera de mantenerse en forma.
Luis “Pancho” Toledo se retiró de la entidad y luego tuvo una empresa de turismo.

Todos siguieron viviendo. Todos siguieron sus caminos.

Pero aquel 3 de octubre quedó detrás de ellos como una sombra larga.

Una historia que todavía dispara

Han pasado 31 años. La Ruta 25 cambió, los vehículos y la tecnología cambiaron.

Los protagonistas envejecieron, se retiraron o ya no están; pero la historia permanece. Porque hay hechos que se convierten en memoria colectiva no por su duración, sino por la intensidad de lo ocurrido.

Aquel mediodía hubo una banda que creyó que podía detener un blindado a fuerza de balas.

Hubo dos policías que entendieron que retroceder podía significar una tragedia.

Hubo dos empleados bancarios encerrados dentro de un vehículo mientras afuera el plomo golpeaba la chapa.

Hubo un delincuente de 76 años herido de muerte y una fuga desesperada.

Hubo detenciones y condenas y hubo un muerto que nadie reclamó.

Todo ocurrió en unas horas.

Pero algunas horas pesan como décadas.

La Ruta 25 fue testigo de una batalla diminuta en medio de una geografía gigantesca.

Un puñado de hombres, un blindado, dos FAL, una Itaka, un Renault 21 y cientos de kilómetros de Patagonia como único testigo.

El golpe que pretendía convertirse en el gran asalto terminó convertido en otra cosa. En una historia. En una cicatriz. En una de esas historias que el tiempo intenta borrar y que, sin embargo, regresan cada vez que alguien pregunta qué pasó aquel 3 de octubre de 1995.

Porque las balas se pierden, los autos se oxidan, las rutas cambian y las personas se van. Pero algunas historias quedan. Y ésta todavía viaja por la Ruta 25.

Como un eco. Como una advertencia.

Como el ruido lejano de aquellos disparos que, hace 31 años, hicieron temblar la tranquilidad de la Patagonia y frenaron, a fuerza de plomo, al blindado del Banco del Chubut.