Alejandro Álvarez; la lealtad como forma de vida

El Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia despide y recuerda a un compañero de lucha permanente. Alejandro Álvarez, estará en la memoria de todos los trabajadores de la energía.


08 OCT 2026 - 17:07 | Actualizado 08 OCT 2026 - 17:13

Hay hombres que pasan por una organización.

Y hay otros que se quedan para siempre.

Se quedan en las luchas que dieron, en los derechos que defendieron y en las obras que ayudaron a levantar. Se quedan en la lealtad sostenida a través de los años, en el tiempo que le entregaron a la institución y en cada ausencia familiar que aceptaron para estar junto a los compañeros.

Se quedan en la memoria de quienes caminaron a su lado y en esos lugares donde su trabajo continúa hablando, aun cuando ellos ya no están.

Alejandro Alvarez fue uno de esos hombres.

Ingresó como trabajador a la Cooperativa de Puerto Madryn y se afilió al Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia el 1° de abril de 1982. Desde 1987 integró la Comisión Directiva y, a partir de entonces, caminó junto a Héctor González durante casi cuatro décadas.

No estuvo solamente cuando el camino era sencillo. Estuvo, sobre todo, cuando había que elegir un rumbo, sostener una decisión o poner el cuerpo para que el Sindicato siguiera avanzando.

Porque la lealtad no se anuncia.

La lealtad se demuestra permaneciendo.

Alejandro asumió distintas responsabilidades, entre ellas la Secretaría de Hacienda y la Secretaría de Vivienda y Obras. También fue durante muchos años tesorero de la obra social.

En 2007, cuando nuestra organización decidió desafiliarse de la Federación nacional y comenzar a transitar un camino de autonomía, Alejandro fue parte de aquella decisión histórica. Ese mismo año nació la Obra Social de Luz y Fuerza de la Patagonia, una herramienta construida por los trabajadores para cuidar a los trabajadores y a sus familias.

Alejandro entendía que la autonomía no significaba caminar solos. Significaba aprender a sostenernos entre nosotros.

Si había algo que llevaba consigo a cada pueblo era la defensa del Convenio Colectivo de Trabajo. Sabía que detrás de cada artículo había una historia; detrás de cada derecho, una lucha; y detrás de cada conquista, compañeros que alguna vez se animaron a decir que la dignidad no se negocia.

Por eso hablaba del Convenio allí donde iba. Lo defendía porque conocía su valor. Porque sabía que los derechos que no se cuidan pueden perderse y que ninguna conquista está a salvo si no existe una organización dispuesta a defenderla.

Pero fue en la construcción de las seccionales donde su presencia quedó grabada para siempre en el territorio.

Héctor González impulsó desde la Secretaría General una idea tan sencilla como inmensa: que los trabajadores tuvieran una casa sindical en cada pueblo.

Entre 2018 y 2025, esa decisión dio lugar a la etapa de construcción de seccionales más importante desde la fundación del Sindicato, en 1961. Alejandro ayudó a convertir aquella idea en paredes, techos y puertas abiertas.

Estuvo en cada obra. Recorrió localidades de Chubut y Santa Cruz, acompañó a los compañeros y siguió los trabajos de cerca. Cuando aparecía una dificultad, no esperaba que se resolviera desde lejos. Iba. Preguntaba. Escuchaba. Se involucraba. Y buscaba la manera de seguir adelante.

Porque Alejandro sabía que una seccional nunca es solamente un edificio.

Es el lugar donde un trabajador encuentra a otro trabajador.

Es una puerta que se abre cuando todas las demás parecen cerrarse.

Es una mesa alrededor de la cual los problemas dejan de ser individuales y empiezan a encontrar una respuesta colectiva.

Para un compañero de una localidad pequeña, tener allí la casa del Sindicato significaba algo profundo: saber que la distancia no era olvido y que, por más lejos que estuviera, nunca estaba solo.

Por eso cuesta tanto despedir a Alejandro.

Porque cuando miramos su recorrido no vemos una lista de cargos. Vemos al compañero de confianza. Al defensor firme de nuestros derechos. Al hombre que permaneció junto a Héctor desde los primeros años de su conducción. Vemos los viajes, las conversaciones con los afiliados, los problemas que ayudó a resolver y las obras que hoy continúan en pie.

Vemos también el tiempo que le entregó a esta institución. Horas, días y años de su vida puestos al servicio de una construcción colectiva. Tiempo que muchas veces significó postergar lo propio, alejarse de su hogar y restarle momentos a su familia para acompañar a los compañeros que lo necesitaban.

Por eso acompañamos con todo nuestro cariño a su familia y a sus hijos, Carolina, Gabriela y Adrian. A ellos también les pertenece una parte de esta historia. Fueron quienes compartieron a Alejandro con nuestro Sindicato y sostuvieron, desde otro lugar, su compromiso de tantos años.

Abrazamos también a cada compañero que trabajó, militó y recorrió la Patagonia junto a él.

Alejandro, gracias por haber estado siempre.

Dicen que nadie se va del todo mientras algo suyo permanezca entre nosotros.

Vos vas a permanecer en cada seccional que ayudaste a levantar. En cada compañero que encuentre allí una mano tendida. En cada vez que defendamos nuestro Convenio. En cada familia que sea cuidada por nuestra obra social. Y en cada puerta del Sindicato que continúe abierta en algún pueblo de la Patagonia.

Porque una vida no se mide solamente por los años vividos.

También se mide por el tiempo que se entregó a los demás, por la lealtad con la que se sostuvo una causa y por las huellas que se dejaron en el camino.

Y las tuyas, compañero, quedaron marcadas para siempre en esta organización.

Hasta siempre, Alejandro.

Tu Sindicato no te va a olvidar.


08 OCT 2026 - 17:07

Hay hombres que pasan por una organización.

Y hay otros que se quedan para siempre.

Se quedan en las luchas que dieron, en los derechos que defendieron y en las obras que ayudaron a levantar. Se quedan en la lealtad sostenida a través de los años, en el tiempo que le entregaron a la institución y en cada ausencia familiar que aceptaron para estar junto a los compañeros.

Se quedan en la memoria de quienes caminaron a su lado y en esos lugares donde su trabajo continúa hablando, aun cuando ellos ya no están.

Alejandro Alvarez fue uno de esos hombres.

Ingresó como trabajador a la Cooperativa de Puerto Madryn y se afilió al Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia el 1° de abril de 1982. Desde 1987 integró la Comisión Directiva y, a partir de entonces, caminó junto a Héctor González durante casi cuatro décadas.

No estuvo solamente cuando el camino era sencillo. Estuvo, sobre todo, cuando había que elegir un rumbo, sostener una decisión o poner el cuerpo para que el Sindicato siguiera avanzando.

Porque la lealtad no se anuncia.

La lealtad se demuestra permaneciendo.

Alejandro asumió distintas responsabilidades, entre ellas la Secretaría de Hacienda y la Secretaría de Vivienda y Obras. También fue durante muchos años tesorero de la obra social.

En 2007, cuando nuestra organización decidió desafiliarse de la Federación nacional y comenzar a transitar un camino de autonomía, Alejandro fue parte de aquella decisión histórica. Ese mismo año nació la Obra Social de Luz y Fuerza de la Patagonia, una herramienta construida por los trabajadores para cuidar a los trabajadores y a sus familias.

Alejandro entendía que la autonomía no significaba caminar solos. Significaba aprender a sostenernos entre nosotros.

Si había algo que llevaba consigo a cada pueblo era la defensa del Convenio Colectivo de Trabajo. Sabía que detrás de cada artículo había una historia; detrás de cada derecho, una lucha; y detrás de cada conquista, compañeros que alguna vez se animaron a decir que la dignidad no se negocia.

Por eso hablaba del Convenio allí donde iba. Lo defendía porque conocía su valor. Porque sabía que los derechos que no se cuidan pueden perderse y que ninguna conquista está a salvo si no existe una organización dispuesta a defenderla.

Pero fue en la construcción de las seccionales donde su presencia quedó grabada para siempre en el territorio.

Héctor González impulsó desde la Secretaría General una idea tan sencilla como inmensa: que los trabajadores tuvieran una casa sindical en cada pueblo.

Entre 2018 y 2025, esa decisión dio lugar a la etapa de construcción de seccionales más importante desde la fundación del Sindicato, en 1961. Alejandro ayudó a convertir aquella idea en paredes, techos y puertas abiertas.

Estuvo en cada obra. Recorrió localidades de Chubut y Santa Cruz, acompañó a los compañeros y siguió los trabajos de cerca. Cuando aparecía una dificultad, no esperaba que se resolviera desde lejos. Iba. Preguntaba. Escuchaba. Se involucraba. Y buscaba la manera de seguir adelante.

Porque Alejandro sabía que una seccional nunca es solamente un edificio.

Es el lugar donde un trabajador encuentra a otro trabajador.

Es una puerta que se abre cuando todas las demás parecen cerrarse.

Es una mesa alrededor de la cual los problemas dejan de ser individuales y empiezan a encontrar una respuesta colectiva.

Para un compañero de una localidad pequeña, tener allí la casa del Sindicato significaba algo profundo: saber que la distancia no era olvido y que, por más lejos que estuviera, nunca estaba solo.

Por eso cuesta tanto despedir a Alejandro.

Porque cuando miramos su recorrido no vemos una lista de cargos. Vemos al compañero de confianza. Al defensor firme de nuestros derechos. Al hombre que permaneció junto a Héctor desde los primeros años de su conducción. Vemos los viajes, las conversaciones con los afiliados, los problemas que ayudó a resolver y las obras que hoy continúan en pie.

Vemos también el tiempo que le entregó a esta institución. Horas, días y años de su vida puestos al servicio de una construcción colectiva. Tiempo que muchas veces significó postergar lo propio, alejarse de su hogar y restarle momentos a su familia para acompañar a los compañeros que lo necesitaban.

Por eso acompañamos con todo nuestro cariño a su familia y a sus hijos, Carolina, Gabriela y Adrian. A ellos también les pertenece una parte de esta historia. Fueron quienes compartieron a Alejandro con nuestro Sindicato y sostuvieron, desde otro lugar, su compromiso de tantos años.

Abrazamos también a cada compañero que trabajó, militó y recorrió la Patagonia junto a él.

Alejandro, gracias por haber estado siempre.

Dicen que nadie se va del todo mientras algo suyo permanezca entre nosotros.

Vos vas a permanecer en cada seccional que ayudaste a levantar. En cada compañero que encuentre allí una mano tendida. En cada vez que defendamos nuestro Convenio. En cada familia que sea cuidada por nuestra obra social. Y en cada puerta del Sindicato que continúe abierta en algún pueblo de la Patagonia.

Porque una vida no se mide solamente por los años vividos.

También se mide por el tiempo que se entregó a los demás, por la lealtad con la que se sostuvo una causa y por las huellas que se dejaron en el camino.

Y las tuyas, compañero, quedaron marcadas para siempre en esta organización.

Hasta siempre, Alejandro.

Tu Sindicato no te va a olvidar.