Trelew, la ciudad que se quedó esperando el baile

El 10 de octubre de 1971, Norma Fontenla, José Neglia y otros siete integrantes del Ballet Estable del Teatro Colón murieron al caer la avioneta en la que viajaban hacia Trelew. Debían presentarse en el Teatro Español en una función a beneficio. Nunca llegaron. A 55 años de aquella tragedia, la ciudad patagónica sigue ligada a una de las páginas más dolorosas de la cultura argentina.


10 OCT 2026 - 15:05 | Actualizado 10 OCT 2026 - 15:12

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay ciudades que ingresan en la historia por sus victorias, otras por sus tragedias. Y hay algunas que quedan unidas para siempre a una historia que no eligieron, pero que terminan llevando como parte de su propia identidad.
Trelew es una de ellas.

El 10 de octubre de 1971, la ciudad esperaba al Ballet Estable del Teatro Colón. Nueve bailarines, encabezados por las grandes figuras Norma Fontenla y José Neglia, viajaban desde Buenos Aires para presentarse en el Teatro Español, en una función a beneficio. No venían a conquistar un escenario desconocido; venían a compartir el arte, a acercar la danza a la Patagonia, a demostrar que la belleza no debía ser patrimonio exclusivo de las grandes capitales.

Trelew los esperaba. El teatro estaba destinado a convertirse en el punto de encuentro entre una de las expresiones más altas de la cultura nacional y una comunidad patagónica dispuesta a recibirla.

Pero aquella función nunca comenzó.

La avioneta cayó en el Río de la Plata pocos minutos después de despegar del Aeroparque. El viaje terminó antes de que la Patagonia pudiera recibirlos. Nueve vidas quedaron truncadas y una ciudad entera, aunque todavía no lo supiera, acababa de quedar ligada para siempre a uno de los episodios más dolorosos de la historia cultural argentina.

Trelew no fue el lugar de la tragedia, pero sí el destino que la tragedia dejó vacío.

En esa diferencia está la dimensión humana de esta historia. El accidente ocurrió lejos de sus calles, de sus casas y del teatro donde debían actuar. Sin embargo, la muerte también llegó a Trelew en forma de noticia, de incredulidad, de una espera que perdió su sentido. Llegó como llegan las noticias que dividen la vida en un antes y un después: de golpe, sin pedir permiso, dejando preguntas que ninguna explicación puede responder del todo.

La ciudad que aguardaba el arte recibió, en cambio, el anuncio de la muerte.

Y el Teatro Español, preparado para una noche de danza, quedó asociado a una función que jamás pudo ofrecerse. Allí donde debían elevarse los cuerpos, desplegarse la música y estallar los aplausos, quedó suspendida la posibilidad de un encuentro.
Porque también existe una manera de perder aquello que nunca se tuvo entre las manos: perder la oportunidad de verlo, de escucharlo, de compartirlo. Trelew perdió esa función antes de que pudiera comenzar.

Memoria patagónica

La historia suele contarse desde Buenos Aires, desde el Aeroparque, desde el Teatro Colón y desde los nombres ilustres de sus protagonistas. Es comprensible. Allí estaban el punto de partida, la compañía y algunas de las figuras más importantes de la danza argentina.

Pero la historia tiene otro extremo. Tiene un destino. Tiene una ciudad patagónica que también forma parte de ella.
Trelew debe ocupar ese lugar en el relato, porque aquellos nueve bailarines no estaban realizando un viaje abstracto. Tenían un compromiso concreto, una función prevista y un público que los esperaba. Su presencia en la Patagonia respondía a una idea profundamente cultural como era llevar el arte más allá de los límites habituales de los grandes centros urbanos.

En 1971, como tantas veces, la distancia entre Buenos Aires y la Patagonia era también una distancia de oportunidades. Las giras permitían acercar espectáculos de primer nivel a públicos que no siempre podían acceder a ellos. El viaje de los bailarines tenía, por eso, un significado que excedía una presentación artística.

Iban a bailar para Trelew.

Y esa frase, sencilla en apariencia, contiene toda la tragedia. Iban a bailar, pero nunca llegaron.

La ciudad quedó unida a Norma Fontenla, a José Neglia y a sus siete compañeros -Antonio Zambrana. Carlos Schiaffino. Margarita Fernández. Carlos Santamarina. Rubén Stanga. Sara Bochousky. Marta Raspanti - por una función ausente, por un encuentro frustrado, por ese escenario que no llegó a recibirlos. No es necesario inventar recuerdos ni atribuir sentimientos que no podamos documentar para comprender la fuerza de ese vínculo. Alcanza con saber que Trelew era su destino y que allí los esperaba el público al que iban a ofrecer su arte.

Hay ausencias que también construyen memoria. Hay escenarios que se vuelven parte de una historia por aquello que no ocurrió sobre sus tablas.

El Teatro Español de Trelew forma parte de esa geografía del recuerdo.

El día en que la danza no llegó a la Patagonia

Cada 10 de octubre, cuando la Argentina recuerda a las víctimas de aquella tragedia y celebra el Día Nacional de la Danza, también debería mirar hacia el sur. Porque la memoria no puede detenerse en el lugar donde cayó el avión: debe alcanzar también el lugar al que se dirigía.

Trelew es parte de esa historia.

No porque el accidente haya ocurrido en su territorio, sino porque allí debía continuar la vida artística de aquellos nueve bailarines.

Porque el viaje tenía un sentido y ese sentido era encontrarse con otros, compartir una obra, llevar la danza a una comunidad.

La tragedia interrumpió ese propósito. El río se interpuso entre los artistas y el público. La muerte canceló una función, pero dejó una pregunta que sigue vigente. ¿Cuántas veces la cultura de las grandes ciudades llega a la periferia como un acontecimiento excepcional, cuando debería ser un derecho compartido?

Aquel viaje representaba, a su manera, una respuesta a esa desigualdad. Auspiciado por Pepsi, el ballet salía de su escenario habitual y se dirigía a la Patagonia. La tragedia impidió que ese encuentro sucediera, pero no anuló su significado.

Cincuenta y cinco años después, Trelew no debería ser apenas una línea en la cronología del accidente. Debe ser reconocida como el destino de aquella última gira, como parte de la memoria cultural de Chubut y como una ciudad que quedó vinculada a nueve artistas por una función que el tiempo jamás podrá recuperar.

Porque la historia no se escribe solamente donde suceden los hechos. También se escribe donde algo debía suceder y ya no pudo suceder nunca.

Quizá la forma más profunda de honrar aquella memoria sea volver a mirar el vínculo entre la danza argentina y la Patagonia. Recuperar la historia de aquella presentación prevista en el Teatro Español, investigar cómo recibió la ciudad la noticia, reconstruir la dimensión local de la tragedia y transmitirla a las nuevas generaciones.

No para apropiarse del dolor ajeno, sino para reconocer una pertenencia histórica.

Porque Norma Fontenla, José Neglia y sus compañeros pertenecen a la historia de la danza nacional. Y su viaje inconcluso pertenece también a la historia de Trelew.

Aquel 10 de octubre, nueve bailarines no llegaron a la ciudad que los esperaba. No hubo función, ni saludo final, ni aplausos. El telón no se levantó para ellos.

Pero la memoria puede hacer lo que la tragedia impidió: volver a reunir, aunque sea simbólicamente, a los artistas con el público que aguardaba su llegada.

Cincuenta y cinco años después, Trelew sigue siendo el destino de aquel viaje inconcluso.

Y hay una deuda que ninguna fecha conmemorativa puede saldar por sí sola: lograr que esa historia no permanezca encerrada en los archivos de Buenos Aires, sino que también viva en la memoria patagónica.

Porque aquella avioneta cayó en el Río de la Plata, pero una parte de la historia que llevaba a bordo también tenía como destino Trelew.


10 OCT 2026 - 15:05

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay ciudades que ingresan en la historia por sus victorias, otras por sus tragedias. Y hay algunas que quedan unidas para siempre a una historia que no eligieron, pero que terminan llevando como parte de su propia identidad.
Trelew es una de ellas.

El 10 de octubre de 1971, la ciudad esperaba al Ballet Estable del Teatro Colón. Nueve bailarines, encabezados por las grandes figuras Norma Fontenla y José Neglia, viajaban desde Buenos Aires para presentarse en el Teatro Español, en una función a beneficio. No venían a conquistar un escenario desconocido; venían a compartir el arte, a acercar la danza a la Patagonia, a demostrar que la belleza no debía ser patrimonio exclusivo de las grandes capitales.

Trelew los esperaba. El teatro estaba destinado a convertirse en el punto de encuentro entre una de las expresiones más altas de la cultura nacional y una comunidad patagónica dispuesta a recibirla.

Pero aquella función nunca comenzó.

La avioneta cayó en el Río de la Plata pocos minutos después de despegar del Aeroparque. El viaje terminó antes de que la Patagonia pudiera recibirlos. Nueve vidas quedaron truncadas y una ciudad entera, aunque todavía no lo supiera, acababa de quedar ligada para siempre a uno de los episodios más dolorosos de la historia cultural argentina.

Trelew no fue el lugar de la tragedia, pero sí el destino que la tragedia dejó vacío.

En esa diferencia está la dimensión humana de esta historia. El accidente ocurrió lejos de sus calles, de sus casas y del teatro donde debían actuar. Sin embargo, la muerte también llegó a Trelew en forma de noticia, de incredulidad, de una espera que perdió su sentido. Llegó como llegan las noticias que dividen la vida en un antes y un después: de golpe, sin pedir permiso, dejando preguntas que ninguna explicación puede responder del todo.

La ciudad que aguardaba el arte recibió, en cambio, el anuncio de la muerte.

Y el Teatro Español, preparado para una noche de danza, quedó asociado a una función que jamás pudo ofrecerse. Allí donde debían elevarse los cuerpos, desplegarse la música y estallar los aplausos, quedó suspendida la posibilidad de un encuentro.
Porque también existe una manera de perder aquello que nunca se tuvo entre las manos: perder la oportunidad de verlo, de escucharlo, de compartirlo. Trelew perdió esa función antes de que pudiera comenzar.

Memoria patagónica

La historia suele contarse desde Buenos Aires, desde el Aeroparque, desde el Teatro Colón y desde los nombres ilustres de sus protagonistas. Es comprensible. Allí estaban el punto de partida, la compañía y algunas de las figuras más importantes de la danza argentina.

Pero la historia tiene otro extremo. Tiene un destino. Tiene una ciudad patagónica que también forma parte de ella.
Trelew debe ocupar ese lugar en el relato, porque aquellos nueve bailarines no estaban realizando un viaje abstracto. Tenían un compromiso concreto, una función prevista y un público que los esperaba. Su presencia en la Patagonia respondía a una idea profundamente cultural como era llevar el arte más allá de los límites habituales de los grandes centros urbanos.

En 1971, como tantas veces, la distancia entre Buenos Aires y la Patagonia era también una distancia de oportunidades. Las giras permitían acercar espectáculos de primer nivel a públicos que no siempre podían acceder a ellos. El viaje de los bailarines tenía, por eso, un significado que excedía una presentación artística.

Iban a bailar para Trelew.

Y esa frase, sencilla en apariencia, contiene toda la tragedia. Iban a bailar, pero nunca llegaron.

La ciudad quedó unida a Norma Fontenla, a José Neglia y a sus siete compañeros -Antonio Zambrana. Carlos Schiaffino. Margarita Fernández. Carlos Santamarina. Rubén Stanga. Sara Bochousky. Marta Raspanti - por una función ausente, por un encuentro frustrado, por ese escenario que no llegó a recibirlos. No es necesario inventar recuerdos ni atribuir sentimientos que no podamos documentar para comprender la fuerza de ese vínculo. Alcanza con saber que Trelew era su destino y que allí los esperaba el público al que iban a ofrecer su arte.

Hay ausencias que también construyen memoria. Hay escenarios que se vuelven parte de una historia por aquello que no ocurrió sobre sus tablas.

El Teatro Español de Trelew forma parte de esa geografía del recuerdo.

El día en que la danza no llegó a la Patagonia

Cada 10 de octubre, cuando la Argentina recuerda a las víctimas de aquella tragedia y celebra el Día Nacional de la Danza, también debería mirar hacia el sur. Porque la memoria no puede detenerse en el lugar donde cayó el avión: debe alcanzar también el lugar al que se dirigía.

Trelew es parte de esa historia.

No porque el accidente haya ocurrido en su territorio, sino porque allí debía continuar la vida artística de aquellos nueve bailarines.

Porque el viaje tenía un sentido y ese sentido era encontrarse con otros, compartir una obra, llevar la danza a una comunidad.

La tragedia interrumpió ese propósito. El río se interpuso entre los artistas y el público. La muerte canceló una función, pero dejó una pregunta que sigue vigente. ¿Cuántas veces la cultura de las grandes ciudades llega a la periferia como un acontecimiento excepcional, cuando debería ser un derecho compartido?

Aquel viaje representaba, a su manera, una respuesta a esa desigualdad. Auspiciado por Pepsi, el ballet salía de su escenario habitual y se dirigía a la Patagonia. La tragedia impidió que ese encuentro sucediera, pero no anuló su significado.

Cincuenta y cinco años después, Trelew no debería ser apenas una línea en la cronología del accidente. Debe ser reconocida como el destino de aquella última gira, como parte de la memoria cultural de Chubut y como una ciudad que quedó vinculada a nueve artistas por una función que el tiempo jamás podrá recuperar.

Porque la historia no se escribe solamente donde suceden los hechos. También se escribe donde algo debía suceder y ya no pudo suceder nunca.

Quizá la forma más profunda de honrar aquella memoria sea volver a mirar el vínculo entre la danza argentina y la Patagonia. Recuperar la historia de aquella presentación prevista en el Teatro Español, investigar cómo recibió la ciudad la noticia, reconstruir la dimensión local de la tragedia y transmitirla a las nuevas generaciones.

No para apropiarse del dolor ajeno, sino para reconocer una pertenencia histórica.

Porque Norma Fontenla, José Neglia y sus compañeros pertenecen a la historia de la danza nacional. Y su viaje inconcluso pertenece también a la historia de Trelew.

Aquel 10 de octubre, nueve bailarines no llegaron a la ciudad que los esperaba. No hubo función, ni saludo final, ni aplausos. El telón no se levantó para ellos.

Pero la memoria puede hacer lo que la tragedia impidió: volver a reunir, aunque sea simbólicamente, a los artistas con el público que aguardaba su llegada.

Cincuenta y cinco años después, Trelew sigue siendo el destino de aquel viaje inconcluso.

Y hay una deuda que ninguna fecha conmemorativa puede saldar por sí sola: lograr que esa historia no permanezca encerrada en los archivos de Buenos Aires, sino que también viva en la memoria patagónica.

Porque aquella avioneta cayó en el Río de la Plata, pero una parte de la historia que llevaba a bordo también tenía como destino Trelew.