Por Juan Miguel BIgrevich / Redacción Jornada
Hay un dicho tan repetido como falso: el pasado, pasado está. Pero el pasado no pasa nunca. Permanece. Respira debajo de las cosas, se esconde en los pliegues de una camiseta, vuelve en una fotografía amarillenta, en una tribuna que ruge o en la voz de un viejo que pronuncia un nombre y, de pronto, recupera la juventud. Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos; sin responsabilidad, quizá no merezcamos existir.
José Saramago, el Nobel portugués, lo explicó con la lucidez de quien sabe que los pueblos, como las personas, están hechos de recuerdos, heridas y promesas. Quizá no haya una definición más apropiada para entender lo que significa Huracán. Porque hay clubes que se fundan, juegan, ganan, pierden y envejecen. Y hay otros que se convierten en una parte inseparable de la vida de su gente. Huracán pertenece a estos últimos.
Hoy, 12 de octubre, el Globo de Trelew cumple 81 años. Ochenta y un años de fútbol, de básquet, de bailes y de amores. De pertenencia, de gloria y de cicatrices. Ochenta y un años de una historia que comenzó a escribirse en el antiguo bar Verdi, aquel 12 de octubre de 1945, cuando dos equipos de barrio, Newell's Old Boys y El Huracán, decidieron unir sus destinos para darle nacimiento a un nuevo club.
Hasta el nombre tuvo que ganarse en la cancha. Un partido entre los dos pretendientes resolvió la cuestión. Ganó El Huracán por 4 a 2. No podía ser de otra manera. El Globo había llegado para quedarse, aunque todavía nadie supiera cuántas generaciones necesitarían pasar para comprender lo que aquella tarde estaba naciendo.
En el Verdi no se fundaba solamente una institución deportiva. Sin saberlo, aquellos hombres estaban poniendo la primera piedra de una patria pequeña, blanca y roja, que con el tiempo tendría sus héroes, sus derrotas, sus leyendas y sus propias maneras de desafiar al olvido.
Porque Huracán es mucho más que un escudo. Es una forma de mirar el mundo. Una manera de entender que pertenecer no es llevar una camiseta cuando se gana, sino seguir abrazado a ella cuando la vida golpea.

¿Qué es Huracán?
Es Atilio. Son los hermanos Gallo. Es la trilogía del 50, las páginas doradas de una historia que se cuenta de generación en generación. Es la primera cancha de césped, aquella conquista que para muchos podía parecer apenas una mejora deportiva, pero que para el pueblo huracanense significaba levantar un pedazo de futuro sobre la tierra.
Es también el equipo de mi tío Primo, que llevaba las apuestas del Flaco Lualdi; el de mi vieja, Alfiera; y el de mi viejo, que no quiso correr en bicicleta junto a Pastén y Olivieri, a pesar de la generosa oferta del doctor. Porque los clubes también se construyen con esas historias mínimas, aparentemente insignificantes, que terminan siendo monumentos privados de una familia y memoria colectiva de una ciudad.
Es la camiseta parecida a la de su hermano de Parque Patricios, aunque la Nanque, con aquel globo enorme en el pecho del Huracán trelewense, siempre haya sido más linda. No por una cuestión de diseño, sino porque hay colores que uno no elige: los recibe como una herencia y los defiende como si en ellos estuviera escrito su apellido.
Y es, claro, el fútbol. El de Marcelo Pérez Álvarez, el Beto Barreiro y el Mono Gallardo, tres jugadores enormes para esta miopía futbolera y estas limitaciones de observador. Tipos capaces de hacer que una pelota dejara de ser una pelota para convertirse en una promesa. Porque el fútbol, cuando sucede de verdad, tiene algo de milagro: durante noventa minutos consigue que la felicidad parezca una cosa sencilla.
Huracán es Carlitos Baulde y su hermano, mirando los pelotazos que el uruguayo De los Santos estrellaba en el travesaño cuando River visitaba Trelew. Es su viejo, peleándose con el Pelado Abba y el flaco Spizirri para que nadie pisara el césped que tanto cuidaba. Es el viejo Tomás Mazza y su hijo, los dos presidentes, unidos por una misma pasión que no entendió de relevos generacionales porque nunca necesitó retirarse.
Es el Tutti Perrozzi y también su padre. Es esa memoria prodigiosa que el Tutti lleva en la cabeza, capaz de recuperar nombres, fechas y episodios como si tuviera un archivo secreto de la historia huracanense. Y es esa camiseta retro, con el globito en el pecho, que lleva a todas partes como quien transporta una bandera, un documento de identidad y una declaración de principios.
Porque para algunos la historia está en los libros. Para otros, en los museos. En Huracán, muchas veces, la historia camina por la calle, se sienta a tomar un café, discute una formación y aparece un domingo con la camiseta puesta.

¿Qué es Huracán?
Es un domingo con sol. Los abuelos sonrientes y los niños felices. Es el ruido de la pelota, el olor del césped y esa ansiedad que comienza varias horas antes del partido, cuando todavía falta demasiado para que el árbitro dé la orden de empezar.
Es Darwin, Nelson y Ricky Williams sentados junto a la línea de cal, insultando hasta en arameo. Es esa liturgia irrepetible de la cancha, donde el entrenador siempre se equivoca, el árbitro jamás tiene razón y cada hincha está convencido de que, si lo pusieran a dirigir, el equipo sería campeón antes del próximo domingo.
Es la risa, la discusión, el abrazo y la puteada. Es la vida misma, con sus miserias y sus grandezas, sin filtros ni discursos preparados.
Pero sería injusto contar esta historia solamente desde la alegría. Huracán también es un animal herido. Una criatura de blanco y rojo que ha conocido el dolor, que lleva cicatrices que todavía sangran y que, aun así, se niega a entregar el corazón.
Porque hay instituciones que atraviesan una crisis y otras que conocen el abismo. Huracán sabe lo que significa perder, reconstruirse y volver a empezar. Sabe que algunas heridas no se cierran con una asamblea ni con una nueva comisión directiva; que hay pérdidas que dejan una marca indeleble y que la memoria, cuando es verdadera, también duele.
Pero allí, precisamente allí, reside su fuerza.
En su gente. En los que se quedaron cuando parecía que no había nada que salvar. En quienes juntaron los pedazos, levantaron la cabeza y comprendieron que un club no se abandona porque la historia se vuelva difícil. Se lo defiende, sobre todo, cuando defenderlo cuesta.
Allí están los Gargini, los Stagnitta, los Teixeira y el Chino Resnik, entre tantos héroes anónimos que no necesitaron estatuas para dejar su huella. Están la familia Das Neves, el Beto Yauhar y el Chamaco Sastre, nombres que también forman parte de esa trama de personas, esfuerzos y voluntades sin la cual ningún club consigue atravesar las décadas.
Nombrarlos es hacer justicia con la memoria. Porque el olvido también puede ser una forma de injusticia. Borra los esfuerzos, empareja las historias y termina haciendo creer que las instituciones se sostienen solas, como si los clubes tuvieran la capacidad de levantarse cada mañana sin que alguien les abra la puerta, corte el pasto, arregle una pared, consiga una camiseta o ponga el cuerpo cuando llegan las horas más oscuras.
Huracán no llegó hasta aquí por obra de ningún milagro administrativo. Llegó porque hubo gente que creyó. Y porque hubo gente que, aun cuando dejó de creer, siguió trabajando.
¿Qué es Huracán?
Es una historia de amor. Simple, desmesurada, a veces irracional. Como debe ser el amor cuando no está dispuesto a negociar su existencia.
Es una pasión que no pide permiso, que no necesita explicaciones y que no se mide en campeonatos. Aunque los campeonatos importen, aunque las copas se levanten y aunque los goles y los dobles se griten hasta quedarse sin voz. Porque ganar es hermoso, pero pertenecer es otra cosa; es saber que, incluso después de la derrota, hay un lugar al que uno quiere volver.
Por eso hay que marcar este día en colorado en el calendario. No solamente para celebrar un aniversario, sino para renovar una responsabilidad. La de cuidar lo recibido, defender la identidad y entender que la historia no es una propiedad privada de quienes la cuentan. Es un patrimonio de todos los que la hicieron posible.
Huracán es el Verdi, donde todo empezó. Es la vieja sede, el nuevo gimnasio y aquella cancha próxima al Santa Mónica, tan cercana en la geografía y tan lejana en el tiempo. Es la suma de lugares que ya no son los mismos, pero que siguen vivos porque alguien los recuerda. Son las voces anónimas, las conversaciones interminables, las noches secretas del amor y las mañanas en que la esperanza parecía una exageración.
Y, por encima de todo, es el grito del domingo.
Ese grito será siempre el mismo, aunque cambien las gargantas. Cambiarán los nombres, las camisetas, los dirigentes, los entrenadores y hasta la manera de jugar. Cambiará el mundo. Pero habrá un instante, cuando la pelota empiece a rodar, en que el tiempo se detendrá y los que estuvieron volverán a estar.
Entonces temblará el nuevo estadio con la magia de otro Silvera. Aparecerá la cintura de otro Gargini, el alma de otro Margusino y la capacidad goleadora de otro Marcelo. Otro Monti se arrojará para atajar un penal imposible. Otro Rómulo levantará una copa mientras sus compañeros lo abrazan. Los fuegos artificiales anunciarán nuevas vueltas olímpicas y, en algún rincón de la memoria, alguien pronunciará el nombre de Maranguello como una oración. Y otro Fly volverá a dirigir, porque las leyendas nunca se retiran del todo. Esperan su oportunidad en la memoria de los que vienen.
El grito bajará por la tribuna del León. Saltarán los que están, los que estuvieron y los que todavía no llegaron. Saltarán los padres con sus hijos, los abuelos con sus nietos y los muchachos que alguna vez juraron que nunca abandonarían la cancha, aunque la vida terminara llevándolos lejos.
Porque un club es también eso. Una conversación entre los vivos y los muertos, entre quienes dejaron sus huellas y quienes todavía tienen que escribir las propias.
Ochenta y un años después, Huracán sigue ahí. Con sus glorias y sus heridas, con sus deudas y sus sueños, con sus recuerdos y sus cuentas pendientes. No es una historia terminada ni un álbum de fotografías para mirar con nostalgia. Es una historia en movimiento. Una bandera que todavía necesita brazos. Una llama que no puede alimentarse solamente de lo que fue, sino también de todo lo que todavía está por ser.
Y ésa es la verdadera obligación de un aniversario cual es recordar el pasado sin convertirlo en una excusa para no construir el futuro.
Vendrán otros fines de semana y otras generaciones. Otros jugadores que aprenderán a besar el escudo y otros chicos que descubrirán, quizá sin saber por qué, que el blanco y rojo puede convertirse en una manera de querer. Habrá nuevas derrotas, nuevas alegrías y nuevos nombres que terminarán escritos en las paredes invisibles de la memoria.
Pasarán otros ochenta y un años. Tal vez más. Las voces serán diferentes, las tribunas tendrán otras caras y los viejos protagonistas serán apenas fotografías en las paredes. Pero alguien volverá a contar la historia del Verdi, del 4 a 2, de los primeros equipos y de aquellos hombres que, sin imaginarlo, fundaron algo que iba a sobrevivirlos.
Y cuando ese alguien termine de hablar, un chico se pondrá la camiseta, saldrá a la cancha y echará a rodar la pelota.
Entonces comprenderemos que la historia nunca termina. Que la memoria no es un cementerio, sino una usina. Que el pasado no es una carga, sino una raíz. Y que la identidad no consiste en vivir mirando hacia atrás, sino en saber desde dónde se empieza a caminar.
Porque Huracán no es solamente lo que fue.
Huracán es todo lo que todavía puede ser.
Feliz cumpleaños, Globo querido.

Ochenta y un años después, que nadie se atreva a confundir tus cicatrices con una derrota definitiva. Que nadie crea que tus viejas glorias son apenas recuerdos ni que tu futuro está escrito por las dificultades del presente.
Mientras haya alguien dispuesto a defender tus colores, mientras un abuelo le enseñe a su nieto a reconocerte, mientras una pelota ruede sobre tu césped y una tribuna vuelva a pronunciar tu nombre, habrá Huracán.
Y si alguna vez el viento golpea demasiado fuerte, que encuentre al Globo de pie. Porque naciste en una ciudad de río y viento, en una tierra donde las cosas importantes nunca fueron fáciles y donde la gente aprendió a resistir sin pedirle permiso a nadie.
El 12 de octubre de 1945 nació un club. Ochenta y un años después, sigue latiendo un pueblo.
Que se escuche el grito. Que tiemble la tribuna y que el blanco y rojo vuelva a encenderse en el pecho de todos los que alguna vez fueron felices con una pelota y una camiseta.
Porque hay amores que envejecen. Hay pasiones que se apagan. Y hay historias que terminan.
La de Huracán, no.
¡Feliz cumpleaños, Globo querido!
¡Por los que fueron, por los que están y por todos los que vendrán!
¡Por otros ochenta y un años de memoria, de lucha y de gloria!
Por Juan Miguel BIgrevich / Redacción Jornada
Hay un dicho tan repetido como falso: el pasado, pasado está. Pero el pasado no pasa nunca. Permanece. Respira debajo de las cosas, se esconde en los pliegues de una camiseta, vuelve en una fotografía amarillenta, en una tribuna que ruge o en la voz de un viejo que pronuncia un nombre y, de pronto, recupera la juventud. Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos; sin responsabilidad, quizá no merezcamos existir.
José Saramago, el Nobel portugués, lo explicó con la lucidez de quien sabe que los pueblos, como las personas, están hechos de recuerdos, heridas y promesas. Quizá no haya una definición más apropiada para entender lo que significa Huracán. Porque hay clubes que se fundan, juegan, ganan, pierden y envejecen. Y hay otros que se convierten en una parte inseparable de la vida de su gente. Huracán pertenece a estos últimos.
Hoy, 12 de octubre, el Globo de Trelew cumple 81 años. Ochenta y un años de fútbol, de básquet, de bailes y de amores. De pertenencia, de gloria y de cicatrices. Ochenta y un años de una historia que comenzó a escribirse en el antiguo bar Verdi, aquel 12 de octubre de 1945, cuando dos equipos de barrio, Newell's Old Boys y El Huracán, decidieron unir sus destinos para darle nacimiento a un nuevo club.
Hasta el nombre tuvo que ganarse en la cancha. Un partido entre los dos pretendientes resolvió la cuestión. Ganó El Huracán por 4 a 2. No podía ser de otra manera. El Globo había llegado para quedarse, aunque todavía nadie supiera cuántas generaciones necesitarían pasar para comprender lo que aquella tarde estaba naciendo.
En el Verdi no se fundaba solamente una institución deportiva. Sin saberlo, aquellos hombres estaban poniendo la primera piedra de una patria pequeña, blanca y roja, que con el tiempo tendría sus héroes, sus derrotas, sus leyendas y sus propias maneras de desafiar al olvido.
Porque Huracán es mucho más que un escudo. Es una forma de mirar el mundo. Una manera de entender que pertenecer no es llevar una camiseta cuando se gana, sino seguir abrazado a ella cuando la vida golpea.

¿Qué es Huracán?
Es Atilio. Son los hermanos Gallo. Es la trilogía del 50, las páginas doradas de una historia que se cuenta de generación en generación. Es la primera cancha de césped, aquella conquista que para muchos podía parecer apenas una mejora deportiva, pero que para el pueblo huracanense significaba levantar un pedazo de futuro sobre la tierra.
Es también el equipo de mi tío Primo, que llevaba las apuestas del Flaco Lualdi; el de mi vieja, Alfiera; y el de mi viejo, que no quiso correr en bicicleta junto a Pastén y Olivieri, a pesar de la generosa oferta del doctor. Porque los clubes también se construyen con esas historias mínimas, aparentemente insignificantes, que terminan siendo monumentos privados de una familia y memoria colectiva de una ciudad.
Es la camiseta parecida a la de su hermano de Parque Patricios, aunque la Nanque, con aquel globo enorme en el pecho del Huracán trelewense, siempre haya sido más linda. No por una cuestión de diseño, sino porque hay colores que uno no elige: los recibe como una herencia y los defiende como si en ellos estuviera escrito su apellido.
Y es, claro, el fútbol. El de Marcelo Pérez Álvarez, el Beto Barreiro y el Mono Gallardo, tres jugadores enormes para esta miopía futbolera y estas limitaciones de observador. Tipos capaces de hacer que una pelota dejara de ser una pelota para convertirse en una promesa. Porque el fútbol, cuando sucede de verdad, tiene algo de milagro: durante noventa minutos consigue que la felicidad parezca una cosa sencilla.
Huracán es Carlitos Baulde y su hermano, mirando los pelotazos que el uruguayo De los Santos estrellaba en el travesaño cuando River visitaba Trelew. Es su viejo, peleándose con el Pelado Abba y el flaco Spizirri para que nadie pisara el césped que tanto cuidaba. Es el viejo Tomás Mazza y su hijo, los dos presidentes, unidos por una misma pasión que no entendió de relevos generacionales porque nunca necesitó retirarse.
Es el Tutti Perrozzi y también su padre. Es esa memoria prodigiosa que el Tutti lleva en la cabeza, capaz de recuperar nombres, fechas y episodios como si tuviera un archivo secreto de la historia huracanense. Y es esa camiseta retro, con el globito en el pecho, que lleva a todas partes como quien transporta una bandera, un documento de identidad y una declaración de principios.
Porque para algunos la historia está en los libros. Para otros, en los museos. En Huracán, muchas veces, la historia camina por la calle, se sienta a tomar un café, discute una formación y aparece un domingo con la camiseta puesta.

¿Qué es Huracán?
Es un domingo con sol. Los abuelos sonrientes y los niños felices. Es el ruido de la pelota, el olor del césped y esa ansiedad que comienza varias horas antes del partido, cuando todavía falta demasiado para que el árbitro dé la orden de empezar.
Es Darwin, Nelson y Ricky Williams sentados junto a la línea de cal, insultando hasta en arameo. Es esa liturgia irrepetible de la cancha, donde el entrenador siempre se equivoca, el árbitro jamás tiene razón y cada hincha está convencido de que, si lo pusieran a dirigir, el equipo sería campeón antes del próximo domingo.
Es la risa, la discusión, el abrazo y la puteada. Es la vida misma, con sus miserias y sus grandezas, sin filtros ni discursos preparados.
Pero sería injusto contar esta historia solamente desde la alegría. Huracán también es un animal herido. Una criatura de blanco y rojo que ha conocido el dolor, que lleva cicatrices que todavía sangran y que, aun así, se niega a entregar el corazón.
Porque hay instituciones que atraviesan una crisis y otras que conocen el abismo. Huracán sabe lo que significa perder, reconstruirse y volver a empezar. Sabe que algunas heridas no se cierran con una asamblea ni con una nueva comisión directiva; que hay pérdidas que dejan una marca indeleble y que la memoria, cuando es verdadera, también duele.
Pero allí, precisamente allí, reside su fuerza.
En su gente. En los que se quedaron cuando parecía que no había nada que salvar. En quienes juntaron los pedazos, levantaron la cabeza y comprendieron que un club no se abandona porque la historia se vuelva difícil. Se lo defiende, sobre todo, cuando defenderlo cuesta.
Allí están los Gargini, los Stagnitta, los Teixeira y el Chino Resnik, entre tantos héroes anónimos que no necesitaron estatuas para dejar su huella. Están la familia Das Neves, el Beto Yauhar y el Chamaco Sastre, nombres que también forman parte de esa trama de personas, esfuerzos y voluntades sin la cual ningún club consigue atravesar las décadas.
Nombrarlos es hacer justicia con la memoria. Porque el olvido también puede ser una forma de injusticia. Borra los esfuerzos, empareja las historias y termina haciendo creer que las instituciones se sostienen solas, como si los clubes tuvieran la capacidad de levantarse cada mañana sin que alguien les abra la puerta, corte el pasto, arregle una pared, consiga una camiseta o ponga el cuerpo cuando llegan las horas más oscuras.
Huracán no llegó hasta aquí por obra de ningún milagro administrativo. Llegó porque hubo gente que creyó. Y porque hubo gente que, aun cuando dejó de creer, siguió trabajando.
¿Qué es Huracán?
Es una historia de amor. Simple, desmesurada, a veces irracional. Como debe ser el amor cuando no está dispuesto a negociar su existencia.
Es una pasión que no pide permiso, que no necesita explicaciones y que no se mide en campeonatos. Aunque los campeonatos importen, aunque las copas se levanten y aunque los goles y los dobles se griten hasta quedarse sin voz. Porque ganar es hermoso, pero pertenecer es otra cosa; es saber que, incluso después de la derrota, hay un lugar al que uno quiere volver.
Por eso hay que marcar este día en colorado en el calendario. No solamente para celebrar un aniversario, sino para renovar una responsabilidad. La de cuidar lo recibido, defender la identidad y entender que la historia no es una propiedad privada de quienes la cuentan. Es un patrimonio de todos los que la hicieron posible.
Huracán es el Verdi, donde todo empezó. Es la vieja sede, el nuevo gimnasio y aquella cancha próxima al Santa Mónica, tan cercana en la geografía y tan lejana en el tiempo. Es la suma de lugares que ya no son los mismos, pero que siguen vivos porque alguien los recuerda. Son las voces anónimas, las conversaciones interminables, las noches secretas del amor y las mañanas en que la esperanza parecía una exageración.
Y, por encima de todo, es el grito del domingo.
Ese grito será siempre el mismo, aunque cambien las gargantas. Cambiarán los nombres, las camisetas, los dirigentes, los entrenadores y hasta la manera de jugar. Cambiará el mundo. Pero habrá un instante, cuando la pelota empiece a rodar, en que el tiempo se detendrá y los que estuvieron volverán a estar.
Entonces temblará el nuevo estadio con la magia de otro Silvera. Aparecerá la cintura de otro Gargini, el alma de otro Margusino y la capacidad goleadora de otro Marcelo. Otro Monti se arrojará para atajar un penal imposible. Otro Rómulo levantará una copa mientras sus compañeros lo abrazan. Los fuegos artificiales anunciarán nuevas vueltas olímpicas y, en algún rincón de la memoria, alguien pronunciará el nombre de Maranguello como una oración. Y otro Fly volverá a dirigir, porque las leyendas nunca se retiran del todo. Esperan su oportunidad en la memoria de los que vienen.
El grito bajará por la tribuna del León. Saltarán los que están, los que estuvieron y los que todavía no llegaron. Saltarán los padres con sus hijos, los abuelos con sus nietos y los muchachos que alguna vez juraron que nunca abandonarían la cancha, aunque la vida terminara llevándolos lejos.
Porque un club es también eso. Una conversación entre los vivos y los muertos, entre quienes dejaron sus huellas y quienes todavía tienen que escribir las propias.
Ochenta y un años después, Huracán sigue ahí. Con sus glorias y sus heridas, con sus deudas y sus sueños, con sus recuerdos y sus cuentas pendientes. No es una historia terminada ni un álbum de fotografías para mirar con nostalgia. Es una historia en movimiento. Una bandera que todavía necesita brazos. Una llama que no puede alimentarse solamente de lo que fue, sino también de todo lo que todavía está por ser.
Y ésa es la verdadera obligación de un aniversario cual es recordar el pasado sin convertirlo en una excusa para no construir el futuro.
Vendrán otros fines de semana y otras generaciones. Otros jugadores que aprenderán a besar el escudo y otros chicos que descubrirán, quizá sin saber por qué, que el blanco y rojo puede convertirse en una manera de querer. Habrá nuevas derrotas, nuevas alegrías y nuevos nombres que terminarán escritos en las paredes invisibles de la memoria.
Pasarán otros ochenta y un años. Tal vez más. Las voces serán diferentes, las tribunas tendrán otras caras y los viejos protagonistas serán apenas fotografías en las paredes. Pero alguien volverá a contar la historia del Verdi, del 4 a 2, de los primeros equipos y de aquellos hombres que, sin imaginarlo, fundaron algo que iba a sobrevivirlos.
Y cuando ese alguien termine de hablar, un chico se pondrá la camiseta, saldrá a la cancha y echará a rodar la pelota.
Entonces comprenderemos que la historia nunca termina. Que la memoria no es un cementerio, sino una usina. Que el pasado no es una carga, sino una raíz. Y que la identidad no consiste en vivir mirando hacia atrás, sino en saber desde dónde se empieza a caminar.
Porque Huracán no es solamente lo que fue.
Huracán es todo lo que todavía puede ser.
Feliz cumpleaños, Globo querido.

Ochenta y un años después, que nadie se atreva a confundir tus cicatrices con una derrota definitiva. Que nadie crea que tus viejas glorias son apenas recuerdos ni que tu futuro está escrito por las dificultades del presente.
Mientras haya alguien dispuesto a defender tus colores, mientras un abuelo le enseñe a su nieto a reconocerte, mientras una pelota ruede sobre tu césped y una tribuna vuelva a pronunciar tu nombre, habrá Huracán.
Y si alguna vez el viento golpea demasiado fuerte, que encuentre al Globo de pie. Porque naciste en una ciudad de río y viento, en una tierra donde las cosas importantes nunca fueron fáciles y donde la gente aprendió a resistir sin pedirle permiso a nadie.
El 12 de octubre de 1945 nació un club. Ochenta y un años después, sigue latiendo un pueblo.
Que se escuche el grito. Que tiemble la tribuna y que el blanco y rojo vuelva a encenderse en el pecho de todos los que alguna vez fueron felices con una pelota y una camiseta.
Porque hay amores que envejecen. Hay pasiones que se apagan. Y hay historias que terminan.
La de Huracán, no.
¡Feliz cumpleaños, Globo querido!
¡Por los que fueron, por los que están y por todos los que vendrán!
¡Por otros ochenta y un años de memoria, de lucha y de gloria!