El adiós al Roña, un ídolo “bravucón” pero querible

14 OCT 2026 - 10:34 | Actualizado 14 OCT 2026 - 10:40

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada

“Locomotora”; El “Roña” o simplemente el “Negro Peronista” como él mismo se describía, falleció durante esta madrugada a los 59 años.

Acostumbrado a lidiar con la parca; esta vez el máximo ídolo boxístico que dio la Patagonia se despidió acaso en un lugar cercano a su vida casi tanto como el ring: el Bingo, una sala de juego y esparcimiento.

Su batalla no muy conocida contra la diabetes que lo llevaba a realizarse a aplicaciones de insulina terminó logrando lo que más de cien boxeadores no pudieron. Y así en una madrugada gris –el momento del día que hubiera querido- se fue el pibe que se convirtió en campeón; el que no elegía rivales, ni tampoco medía riesgos. El que dejó huella.

El “Negro” bostero que paraba en el corazón de “La Doce”; el padre de un equipo de fútbol –con suplentes incluídos- de hijos y el que a las piñas, le terminó torciendo el brazo a su destino se fue sin dar el último abrazo.

Podía verse como un tipo tan ganador que hasta parecía soberbio. Nunca lo fue. Se lo quería o se lo odiaba. Generaba tanta admiración que terminó metiéndose en el corazón de la gente.

Con las anécdotas reales y con las otras, que solía agigantar en la medida que el tiempo transcurría y los interlocutores se renovaban, Castro fue siempre, un personaje en sí mismo. Nunca pasaba desapercibido y solía descontracturar cualquier ambiente, solo con un chiste o una picardía.

El “Roña” fue el hombre y la superación. El adolescente rebelde que no le temía al mundo, todo lo contrario.

Cuando descubrió el gimnasio de boxeo en el subsuelo del Complejo Deportivo “Ingeniero Knudsen” su vida dio un vuelco. De hecho, hizo su primera pelea con un permiso firmado por una vecina debido a la negativa de su madre que se enteró de la “travesura” de su hijo, cuando ya había empezado a acumular nocauts.

Aquel pibe de piernas flacas y pelo ensortijado no tenía el cuerpo de un atleta. Pero peleaba y derribaba como castillos de naipes a rivales que lo doblaban en edad. Primero “Roña” pero siempre “Locomotora". Nadie lo decía pero su nombre en las carteleras de la época, garantizaban una taquilla que superaba a las peleas de fondo profesionales.

Aniquilaba a todos los que lo desafiaban y a otros, los hacía sufrir. Los demolía lentamente para noquearlos en la revancha. Por más plata. Pelear con Castro era para muchos, terminar en la guardia de enfermería pero con el orgullo de haberlo enfrentado.

La vida lo llevó por un montón de lugares. Algunos llenos de lujo como el Palacio Bercy de París donde tuvo su primera chance mundialista ante Terry Norris con sus amigos de Caleta Olivia alojados en su habitación.

Myriam, su casamiento “maradoniano”, una vida sin mañanas (nunca se despertaba antes del mediodía) pero una noche llena de amigos. La verborragia y el marketing que aprendió solo, sabiéndose vender estratégicamente y haciendo que todos hablen de su coherente locura.

Son incontables sus tapas en El Gráfico. Y sus nocauts “a pedido” de los fotógrafos, eligiendo el lugar más adecuado para la caída de sus rivales. Por ser como fue, las oportunidades quizás le llegaron un poco tarde. En éstos tiempos de títulos fáciles y campeones medio pelo, facturaría el doble y aumentaría lo que desde hoy, es su leyenda.

No se puede medir lo que el boxeo le dio al “Roña” Castro como tampoco lo que éste le devolvió. En esa sociedad imperfecta nunca hubo traiciones. Y sobraron las lealtades.

Tampoco puede medirse el dolor que la partida del “Negro” genera entre los fanáticos del boxeo. Porque no habrá ninguno como él. Es inimitable.

Por la esencia del barrio que nunca perdió, el guiño detrás de la picardía y la sensación de sentirse indestructible. Inmortal, como él, y su “Mano de Dios”.

Enterate de las noticias de DEPORTES a través de nuestro newsletter

Anotate para recibir las noticias más importantes de esta sección.

Te podés dar de baja en cualquier momento con un solo clic.

14 OCT 2026 - 10:34

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada

“Locomotora”; El “Roña” o simplemente el “Negro Peronista” como él mismo se describía, falleció durante esta madrugada a los 59 años.

Acostumbrado a lidiar con la parca; esta vez el máximo ídolo boxístico que dio la Patagonia se despidió acaso en un lugar cercano a su vida casi tanto como el ring: el Bingo, una sala de juego y esparcimiento.

Su batalla no muy conocida contra la diabetes que lo llevaba a realizarse a aplicaciones de insulina terminó logrando lo que más de cien boxeadores no pudieron. Y así en una madrugada gris –el momento del día que hubiera querido- se fue el pibe que se convirtió en campeón; el que no elegía rivales, ni tampoco medía riesgos. El que dejó huella.

El “Negro” bostero que paraba en el corazón de “La Doce”; el padre de un equipo de fútbol –con suplentes incluídos- de hijos y el que a las piñas, le terminó torciendo el brazo a su destino se fue sin dar el último abrazo.

Podía verse como un tipo tan ganador que hasta parecía soberbio. Nunca lo fue. Se lo quería o se lo odiaba. Generaba tanta admiración que terminó metiéndose en el corazón de la gente.

Con las anécdotas reales y con las otras, que solía agigantar en la medida que el tiempo transcurría y los interlocutores se renovaban, Castro fue siempre, un personaje en sí mismo. Nunca pasaba desapercibido y solía descontracturar cualquier ambiente, solo con un chiste o una picardía.

El “Roña” fue el hombre y la superación. El adolescente rebelde que no le temía al mundo, todo lo contrario.

Cuando descubrió el gimnasio de boxeo en el subsuelo del Complejo Deportivo “Ingeniero Knudsen” su vida dio un vuelco. De hecho, hizo su primera pelea con un permiso firmado por una vecina debido a la negativa de su madre que se enteró de la “travesura” de su hijo, cuando ya había empezado a acumular nocauts.

Aquel pibe de piernas flacas y pelo ensortijado no tenía el cuerpo de un atleta. Pero peleaba y derribaba como castillos de naipes a rivales que lo doblaban en edad. Primero “Roña” pero siempre “Locomotora". Nadie lo decía pero su nombre en las carteleras de la época, garantizaban una taquilla que superaba a las peleas de fondo profesionales.

Aniquilaba a todos los que lo desafiaban y a otros, los hacía sufrir. Los demolía lentamente para noquearlos en la revancha. Por más plata. Pelear con Castro era para muchos, terminar en la guardia de enfermería pero con el orgullo de haberlo enfrentado.

La vida lo llevó por un montón de lugares. Algunos llenos de lujo como el Palacio Bercy de París donde tuvo su primera chance mundialista ante Terry Norris con sus amigos de Caleta Olivia alojados en su habitación.

Myriam, su casamiento “maradoniano”, una vida sin mañanas (nunca se despertaba antes del mediodía) pero una noche llena de amigos. La verborragia y el marketing que aprendió solo, sabiéndose vender estratégicamente y haciendo que todos hablen de su coherente locura.

Son incontables sus tapas en El Gráfico. Y sus nocauts “a pedido” de los fotógrafos, eligiendo el lugar más adecuado para la caída de sus rivales. Por ser como fue, las oportunidades quizás le llegaron un poco tarde. En éstos tiempos de títulos fáciles y campeones medio pelo, facturaría el doble y aumentaría lo que desde hoy, es su leyenda.

No se puede medir lo que el boxeo le dio al “Roña” Castro como tampoco lo que éste le devolvió. En esa sociedad imperfecta nunca hubo traiciones. Y sobraron las lealtades.

Tampoco puede medirse el dolor que la partida del “Negro” genera entre los fanáticos del boxeo. Porque no habrá ninguno como él. Es inimitable.

Por la esencia del barrio que nunca perdió, el guiño detrás de la picardía y la sensación de sentirse indestructible. Inmortal, como él, y su “Mano de Dios”.