Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
Hay madres que acompañan a sus hijos desde una tribuna, otras que los esperan después de cada entrenamiento y también están aquellas que deciden ponerse a su lado para aprender, crecer y compartir una misma pasión.
Lorena Milagros Soto pertenece a este último grupo. Junto a su hijo Jonathan David Soto, de 24 años, encontró en el fútbol una manera de fortalecer el vínculo familiar y, al mismo tiempo, ayudar a los chicos de su barrio.

En Standard Norte, uno de los sectores de la zona norte de Comodoro Rivadavia, madre e hijo desarrollan una tarea que trasciende lo deportivo. Ambos son profesores de fútbol comunitario y trabajan con niños, adolescentes y jóvenes que encuentran en una cancha un espacio de encuentro, aprendizaje y pertenencia.
Pero hay algo que hace todavía más particular esta historia: desde hace dos años también comparten las clases de una escuela de arbitraje. Jonathan ya tuvo la posibilidad de debutar, mientras que Lorena continúa estudiando, incorporando conocimientos y disfrutando de los avances de su hijo.
En el Día de la Madre, su experiencia representa una forma diferente de entender la maternidad: acompañar sin imponer, enseñar sin dejar de aprender y estar presente en cada nuevo desafío.
La decisión de estudiar arbitraje surgió casi naturalmente, como una extensión del trabajo que ambos ya realizaban dentro del fútbol barrial.
"Él me dijo que quería estudiar arbitraje y yo le dije que, si quería anotarse, lo hacíamos. Y bueno, nos anotamos para seguir aprendiendo", recordó Lorena. Desde entonces, madre e hijo asisten a la Escuela de Árbitros de Zona Norte, donde reciben formación del profesor José Castro.
El aprendizaje tiene un significado especial para los dos. Jonathan comenzó a dar sus primeros pasos dentro de una cancha como árbitro, mientras que su mamá continúa preparándose, aunque reconoce que su verdadera vocación está vinculada con la conducción de equipos.
"Yo siempre digo que me siento más para dirigir un equipo que para estar haciendo línea. Pero el arbitraje lo estoy haciendo para ayudar también a los chicos, para que aprendan qué es un árbitro, qué es un línea y cómo se manejan las cosas dentro de la cancha", explicó.
Lorena tampoco descarta la posibilidad de dirigir algún partido cuando llegue el momento. Por ahora, disfruta del proceso y especialmente de ver cómo su hijo avanza en una actividad que eligió por vocación. "Me siento orgullosa y feliz de lo que él hace y de lo que a él le gusta", expresó con sencillez.
Casi 180 chicos en el barrio
La historia de Lorena y Jonathan tiene otro protagonista colectivo: el fútbol comunitario de Standard Norte. En el playón ubicado detrás de la asociación vecinal, cerca de la rotonda del barrio, ambos trabajan como profesores y comparten la responsabilidad de acompañar a numerosos chicos.
Jonathan está a cargo de las categorías de escuelita, con niños de hasta ocho años, mientras que Lorena se ocupa del fútbol femenino, la reserva y la primera división. Actualmente, el espacio reúne a 178 participantes, incluyendo las distintas categorías y los equipos femeninos. Compiten en torneos comunitarios de futsa y sostienen una actividad que requiere tiempo, compromiso y dedicación.
"Somos profes de un club de barrio. Lo hacemos más que nada para ayudar a los chicos, para que no anden en la calle, para sacarlos un poco de la tecnología y de todas esas cosas", explicó.
La tarea también implica estar atentos a las dificultades personales de quienes participan. No siempre se trata de enseñar a patear una pelota, organizar un entrenamiento o preparar un partido. "Por ahí ayudamos con la parte psicológica porque los chicos se frustran mucho. Entonces hay que tratar de hablar con ellos", señaló.
En ese acompañamiento cotidiano, madre e hijo encontraron una misión compartida. Conversan sobre lo que sucede en los entrenamientos, buscan alternativas para mejorar las actividades y piensan nuevas formas de ayudar. "Cada vez que hacemos algo o hablamos, compartimos y vemos qué podemos hacer más por los chicos, para seguir aprendiendo cada día", resumió.
Mamá con tiempo para todo
Detrás de esta historia también hay una familia numerosa y una rutina que exige organización. Lorena es mamá de seis hijos: cuatro varones y dos mujeres. Jonathan tiene 24 años; sus otros hijos tienen 22, 19 y 15 años, mientras que los más pequeños son gemelos que cumplirán 14 el próximo mes.
Aún con una casa llena de obligaciones, Lorena encuentra tiempo para enseñar fútbol, estudiar arbitraje y acompañar a Jonathan. Y aunque en la escuela de árbitros predominan los varones y muchas de las mujeres que asisten son adolescentes, asegura sentirse cómoda y plenamente integrada.
Su presencia también demuestra que no existe una edad determinada para comenzar a estudiar, asumir nuevos desafíos o animarse a ocupar otros espacios dentro del deporte.
Para ella, el aprendizaje no tiene que ver únicamente con conseguir un título o alcanzar una meta personal. Es también una manera de seguir creciendo junto a su hijo y transmitir conocimientos a quienes forman parte del fútbol barrial. "Hay que acompañarlos, no gritarles lo que tienen que hacer".
Cuando se le pregunta qué significa compartir tantas actividades con Jonathan, Lorena no necesita grandes definiciones. Su respuesta está en la naturalidad con la que ambos viven cada jornada. Ella lo acompaña en sus primeros pasos como árbitro y él comparte con su mamá el entusiasmo de seguir aprendiendo.
En esa relación aparece una enseñanza que Lorena considera fundamental para todas las familias: los hijos necesitan apoyo, confianza y libertad para elegir aquello que les apasiona.
"Está muy bueno acompañarlos en cada momento, en cada esfuerzo, en cada valor que tengan y en las ganas de aprender algo. Sea fútbol, sea taekwondo, sea lo que a ellos les guste", expresó. Y agregó una reflexión que resume su manera de entender el rol de una madre. “Siempre hay que estar ahí para apoyar dándoles fuerza y valor a los hijos".
Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
Hay madres que acompañan a sus hijos desde una tribuna, otras que los esperan después de cada entrenamiento y también están aquellas que deciden ponerse a su lado para aprender, crecer y compartir una misma pasión.
Lorena Milagros Soto pertenece a este último grupo. Junto a su hijo Jonathan David Soto, de 24 años, encontró en el fútbol una manera de fortalecer el vínculo familiar y, al mismo tiempo, ayudar a los chicos de su barrio.

En Standard Norte, uno de los sectores de la zona norte de Comodoro Rivadavia, madre e hijo desarrollan una tarea que trasciende lo deportivo. Ambos son profesores de fútbol comunitario y trabajan con niños, adolescentes y jóvenes que encuentran en una cancha un espacio de encuentro, aprendizaje y pertenencia.
Pero hay algo que hace todavía más particular esta historia: desde hace dos años también comparten las clases de una escuela de arbitraje. Jonathan ya tuvo la posibilidad de debutar, mientras que Lorena continúa estudiando, incorporando conocimientos y disfrutando de los avances de su hijo.
En el Día de la Madre, su experiencia representa una forma diferente de entender la maternidad: acompañar sin imponer, enseñar sin dejar de aprender y estar presente en cada nuevo desafío.
La decisión de estudiar arbitraje surgió casi naturalmente, como una extensión del trabajo que ambos ya realizaban dentro del fútbol barrial.
"Él me dijo que quería estudiar arbitraje y yo le dije que, si quería anotarse, lo hacíamos. Y bueno, nos anotamos para seguir aprendiendo", recordó Lorena. Desde entonces, madre e hijo asisten a la Escuela de Árbitros de Zona Norte, donde reciben formación del profesor José Castro.
El aprendizaje tiene un significado especial para los dos. Jonathan comenzó a dar sus primeros pasos dentro de una cancha como árbitro, mientras que su mamá continúa preparándose, aunque reconoce que su verdadera vocación está vinculada con la conducción de equipos.
"Yo siempre digo que me siento más para dirigir un equipo que para estar haciendo línea. Pero el arbitraje lo estoy haciendo para ayudar también a los chicos, para que aprendan qué es un árbitro, qué es un línea y cómo se manejan las cosas dentro de la cancha", explicó.
Lorena tampoco descarta la posibilidad de dirigir algún partido cuando llegue el momento. Por ahora, disfruta del proceso y especialmente de ver cómo su hijo avanza en una actividad que eligió por vocación. "Me siento orgullosa y feliz de lo que él hace y de lo que a él le gusta", expresó con sencillez.
Casi 180 chicos en el barrio
La historia de Lorena y Jonathan tiene otro protagonista colectivo: el fútbol comunitario de Standard Norte. En el playón ubicado detrás de la asociación vecinal, cerca de la rotonda del barrio, ambos trabajan como profesores y comparten la responsabilidad de acompañar a numerosos chicos.
Jonathan está a cargo de las categorías de escuelita, con niños de hasta ocho años, mientras que Lorena se ocupa del fútbol femenino, la reserva y la primera división. Actualmente, el espacio reúne a 178 participantes, incluyendo las distintas categorías y los equipos femeninos. Compiten en torneos comunitarios de futsa y sostienen una actividad que requiere tiempo, compromiso y dedicación.
"Somos profes de un club de barrio. Lo hacemos más que nada para ayudar a los chicos, para que no anden en la calle, para sacarlos un poco de la tecnología y de todas esas cosas", explicó.
La tarea también implica estar atentos a las dificultades personales de quienes participan. No siempre se trata de enseñar a patear una pelota, organizar un entrenamiento o preparar un partido. "Por ahí ayudamos con la parte psicológica porque los chicos se frustran mucho. Entonces hay que tratar de hablar con ellos", señaló.
En ese acompañamiento cotidiano, madre e hijo encontraron una misión compartida. Conversan sobre lo que sucede en los entrenamientos, buscan alternativas para mejorar las actividades y piensan nuevas formas de ayudar. "Cada vez que hacemos algo o hablamos, compartimos y vemos qué podemos hacer más por los chicos, para seguir aprendiendo cada día", resumió.
Mamá con tiempo para todo
Detrás de esta historia también hay una familia numerosa y una rutina que exige organización. Lorena es mamá de seis hijos: cuatro varones y dos mujeres. Jonathan tiene 24 años; sus otros hijos tienen 22, 19 y 15 años, mientras que los más pequeños son gemelos que cumplirán 14 el próximo mes.
Aún con una casa llena de obligaciones, Lorena encuentra tiempo para enseñar fútbol, estudiar arbitraje y acompañar a Jonathan. Y aunque en la escuela de árbitros predominan los varones y muchas de las mujeres que asisten son adolescentes, asegura sentirse cómoda y plenamente integrada.
Su presencia también demuestra que no existe una edad determinada para comenzar a estudiar, asumir nuevos desafíos o animarse a ocupar otros espacios dentro del deporte.
Para ella, el aprendizaje no tiene que ver únicamente con conseguir un título o alcanzar una meta personal. Es también una manera de seguir creciendo junto a su hijo y transmitir conocimientos a quienes forman parte del fútbol barrial. "Hay que acompañarlos, no gritarles lo que tienen que hacer".
Cuando se le pregunta qué significa compartir tantas actividades con Jonathan, Lorena no necesita grandes definiciones. Su respuesta está en la naturalidad con la que ambos viven cada jornada. Ella lo acompaña en sus primeros pasos como árbitro y él comparte con su mamá el entusiasmo de seguir aprendiendo.
En esa relación aparece una enseñanza que Lorena considera fundamental para todas las familias: los hijos necesitan apoyo, confianza y libertad para elegir aquello que les apasiona.
"Está muy bueno acompañarlos en cada momento, en cada esfuerzo, en cada valor que tengan y en las ganas de aprender algo. Sea fútbol, sea taekwondo, sea lo que a ellos les guste", expresó. Y agregó una reflexión que resume su manera de entender el rol de una madre. “Siempre hay que estar ahí para apoyar dándoles fuerza y valor a los hijos".