Prende un cigarro y hace un anillo de colección”; esta imagen memorable la escribió Daniel Salzano para que Jairo la cante en el tema “Milagro en el Bar Unión”. Y como de bares se trata esta historia, consulté a algunos amigos para averiguar qué significaba para ellos; al cabo de un rato no había como pararlos. La memoria emotiva al parecer los tomó por sorpresa con una Doble Nelson porque se les disparó y puso a mi disposición una montaña de frases, recuerdos, anécdotas y diálogos riquísimos que yo veía circular con la clara marca del hechizo. Sucede que un bar es un universo en sí mismo; sus códigos nos revelan la potencia de una liturgia particular que construye el hábito, le entra por la piel hasta el fondo; su entidad atrapa tanto a la bombacha de gaucho como al traje y la corbata, al jean y al pulóver peruano como a la alpargata, el mocasín o la zapatilla deportiva. Ninguno de nosotros estamos exentos de sus labios.
Este artículo, a decir verdad, ha sido armado a partir de esas voces nobles, con los fragmentos que los amigos han ido largando; hilos sueltos que al aparecer los puso en evidencia, que en realidad, a todos nos pone en evidencia al evocar un concepto o una imagen sobre ese reducto inigualable que de alguna manera nos trabaja sobre un costado sensible. Esto vale al menos, para todos aquellos que disfrutamos del tiempo que transcurre en el interior de ese mundo singular.
En Rawson, a comienzos de la década del 20 del siglo pasado, hubo un bar que ya es mítico; hablo del Rosselli, cuya energía fue tan desmesurada que se tuvo que desdoblar en un cine. Tupi Amado decía que en el año 46 la batería completa del vermuth tenía una perla, inhallable en cualquier otro lugar del mundo; incluía platitos con ¡langostinos! Una finura de película. No había nadie del pueblo que no pasara por ahí. Todavía anda penando en su esquina, envuelto en su vieja gloria y a la espera.
Ojalá hubiese muchos más en nuestra ciudad; de esos en los que el cubilete está bien sobado para la generala; o de los otros pero que haya muchos y para elegir a gusto: para leer, para soñar, para mirar por la ventana y detener la vida, para mirarnos a los ojos y quedar colgados, para conspirar y reírnos un rato de los que mandan, para desarmar el país y volver a armarlo cuando nos vamos, para que nuestros sueños e ilusiones no siempre sean un despilfarro, para trabajar, para llorar, para lo que sea; todo lo admite y lo cobija el bar.
Hay ciudades que están orgullosas de los suyos; algunos hasta han sido declarados monumentos históricos (no los voy a mencionar porque me voy a extender demasiado y en el diario me van a matar porque siempre ando excediéndome con el espacio) Así y todo, también cabe agregar que hay grandes obras de la literatura universal que han nacido al amparo de esa atmósfera especial que presentan algunos bares.
En Trelew habita el decano de todos los bares, el chamán de la tribu, es decir el Touring. Durante un tiempo, Alejandro Dolina desarrolló su programa de radio en el sótano de otro muy famoso, el Tortoni, al que Eladia Blázquez le escribió una bellísima canción.
Uno de los mejores espectáculos que Joaquín Sabina presentó en nuestro país tenía por escenografía un bar con barra de estaño y todo; una canción, una copita y otra canción; incorregible y auténtico.
Un amigo me decía el otro día: “en el bar hay un tiempo mágico, a veces las horas parecen segundos”. Es otra noción, una percepción distinta. A mí me sucede con el bar de la terminal de ómnibus, el del Mono Coronel (sin dudas un capitán de barco detrás de mostrador); los domingos a la mañana enfilo derecho y sin más trámite a buscar lugar para leer poesía y fumar tranquilo, aunque no se pueda, yo me imagino que lo hago.
“Bares, una mesa de truco quemada por sus bordes en pequeños hoyos oscuros, depositarios de penas y traiciones, un antiguo billar, una barra en donde uno se acomoda con un trago de ginebra para levantar la baja presión mañanera”. Impecable crónica de otro amigo, sin dudas evocando para remover las capas más duras que nos recubren. “Compás de espera antes de una cita amorosa”, me dijo otro a lo que agregó, “ahí está la experiencia de vida; yo los prefiero con buenas ventanas para conmoverme los días de lluvia”. Irrefutable.
En otro orden, nuestras lecturas públicas de poesía, las que llevamos adelante durante tres años por toda la ciudad con Stella Maris Batisttotti y otros compañeros del arte capitalino nacieron justamente en un bar, el que está frente a la plaza Rawson.
Pero finalmente, los bares son algo así como la famosa ecuación de Einstein pero en términos reales, cercanos, a tiro de necesidad, cuando precisamos detener el tiempo, congelar la locura por un rato para luego continuar, más allá de que nada cambie.
Prende un cigarro y hace un anillo de colección”; esta imagen memorable la escribió Daniel Salzano para que Jairo la cante en el tema “Milagro en el Bar Unión”. Y como de bares se trata esta historia, consulté a algunos amigos para averiguar qué significaba para ellos; al cabo de un rato no había como pararlos. La memoria emotiva al parecer los tomó por sorpresa con una Doble Nelson porque se les disparó y puso a mi disposición una montaña de frases, recuerdos, anécdotas y diálogos riquísimos que yo veía circular con la clara marca del hechizo. Sucede que un bar es un universo en sí mismo; sus códigos nos revelan la potencia de una liturgia particular que construye el hábito, le entra por la piel hasta el fondo; su entidad atrapa tanto a la bombacha de gaucho como al traje y la corbata, al jean y al pulóver peruano como a la alpargata, el mocasín o la zapatilla deportiva. Ninguno de nosotros estamos exentos de sus labios.
Este artículo, a decir verdad, ha sido armado a partir de esas voces nobles, con los fragmentos que los amigos han ido largando; hilos sueltos que al aparecer los puso en evidencia, que en realidad, a todos nos pone en evidencia al evocar un concepto o una imagen sobre ese reducto inigualable que de alguna manera nos trabaja sobre un costado sensible. Esto vale al menos, para todos aquellos que disfrutamos del tiempo que transcurre en el interior de ese mundo singular.
En Rawson, a comienzos de la década del 20 del siglo pasado, hubo un bar que ya es mítico; hablo del Rosselli, cuya energía fue tan desmesurada que se tuvo que desdoblar en un cine. Tupi Amado decía que en el año 46 la batería completa del vermuth tenía una perla, inhallable en cualquier otro lugar del mundo; incluía platitos con ¡langostinos! Una finura de película. No había nadie del pueblo que no pasara por ahí. Todavía anda penando en su esquina, envuelto en su vieja gloria y a la espera.
Ojalá hubiese muchos más en nuestra ciudad; de esos en los que el cubilete está bien sobado para la generala; o de los otros pero que haya muchos y para elegir a gusto: para leer, para soñar, para mirar por la ventana y detener la vida, para mirarnos a los ojos y quedar colgados, para conspirar y reírnos un rato de los que mandan, para desarmar el país y volver a armarlo cuando nos vamos, para que nuestros sueños e ilusiones no siempre sean un despilfarro, para trabajar, para llorar, para lo que sea; todo lo admite y lo cobija el bar.
Hay ciudades que están orgullosas de los suyos; algunos hasta han sido declarados monumentos históricos (no los voy a mencionar porque me voy a extender demasiado y en el diario me van a matar porque siempre ando excediéndome con el espacio) Así y todo, también cabe agregar que hay grandes obras de la literatura universal que han nacido al amparo de esa atmósfera especial que presentan algunos bares.
En Trelew habita el decano de todos los bares, el chamán de la tribu, es decir el Touring. Durante un tiempo, Alejandro Dolina desarrolló su programa de radio en el sótano de otro muy famoso, el Tortoni, al que Eladia Blázquez le escribió una bellísima canción.
Uno de los mejores espectáculos que Joaquín Sabina presentó en nuestro país tenía por escenografía un bar con barra de estaño y todo; una canción, una copita y otra canción; incorregible y auténtico.
Un amigo me decía el otro día: “en el bar hay un tiempo mágico, a veces las horas parecen segundos”. Es otra noción, una percepción distinta. A mí me sucede con el bar de la terminal de ómnibus, el del Mono Coronel (sin dudas un capitán de barco detrás de mostrador); los domingos a la mañana enfilo derecho y sin más trámite a buscar lugar para leer poesía y fumar tranquilo, aunque no se pueda, yo me imagino que lo hago.
“Bares, una mesa de truco quemada por sus bordes en pequeños hoyos oscuros, depositarios de penas y traiciones, un antiguo billar, una barra en donde uno se acomoda con un trago de ginebra para levantar la baja presión mañanera”. Impecable crónica de otro amigo, sin dudas evocando para remover las capas más duras que nos recubren. “Compás de espera antes de una cita amorosa”, me dijo otro a lo que agregó, “ahí está la experiencia de vida; yo los prefiero con buenas ventanas para conmoverme los días de lluvia”. Irrefutable.
En otro orden, nuestras lecturas públicas de poesía, las que llevamos adelante durante tres años por toda la ciudad con Stella Maris Batisttotti y otros compañeros del arte capitalino nacieron justamente en un bar, el que está frente a la plaza Rawson.
Pero finalmente, los bares son algo así como la famosa ecuación de Einstein pero en términos reales, cercanos, a tiro de necesidad, cuando precisamos detener el tiempo, congelar la locura por un rato para luego continuar, más allá de que nada cambie.