Por Sergio Pravaz
Llegó a tener la barba tan blanca y tan larga que parecía un poncho hecho con lana de oveja; y por los ojos claros de mirar recto como un riel de ferrocarril te dabas cuenta que más que un hombre parecía un profeta escapado del pincel de algún maestro renacentista. Pero era tan sensacional esa barba que en su interior podía guardar todo lo que necesitaba para sus viajes de aprendizaje; tenía lápices, un anotador, un libro de Cervantes, otro de Homero, también llevaba uno del Dante junto a la Biblia, tabaco para las horas aciagas y una medida de ginebra para dormir tumbado bajo las estrellas. O simplemente la lucía con el orgullo del viejo león del zoológico de Rawson cuando llegó joven y pensó que se instalaba en un dos ambientes con vista al río.
Federico García Lorca dijo de esa barba: “Ni un solo momento viejo hermoso Walt Withman he dejado de ver tu barba llena de mariposas”. Lo estampó en su libro “Poeta en Nueva York” y le rezaba una novena todos los domingos cuando lo asaltaban las dudas que el lenguaje siempre tiene en los bolsillos sólo para que no se crean que el tema de las palabras es soplar y hacer botellas.
En tanto los lugareños con los que se cruzaba Withman en su lento vagabundeo por los caminos más polvorientos y escondidos del futuro imperio de Norteamérica le pedían permiso y se acomodaban el bigote o directamente se afeitaban frente a él porque esa pelambre maravillosa también era un espejo. Y mientras tanto, el viejo Walt, ni lerdo ni perezoso les recitaba versos largos, flexibles, decidores como un mapa; largaban una fragancia que se multiplicaba a medida que los comensales se demoraban en el menester higiénico; más se tardaban y más fragancias salían de esa melena blanca y sucia que caía como una catarata. Y así los iba meloneando a los desprevenidos, de a uno y con tiempo les arrancaba el corazón y mordía en las partes esenciales para que estuvieran listos para las cuatrocientas fragancias de su libro de poesías, ese que fue armando a lo largo de toda su vida para construir una épica americana en verso libre que se llama “Hojas de hierba”.
La primera edición es de 1855, y 159 años más tarde todavía agita en la popular de las letras como el más iracundo de los hinchas germinalistas, número diez distinguido en el mejor equipo de potrero que se recuerde, de todos los que se armaron en el Barrio San Ramón. Es así; sin discusión.
Bueno, de ese modo fue calibrando sus versos este caminante empedernido, tomador de sol y de luna, maestro de escuela, tipógrafo, imprentero, periodista, editor de periódicos, funcionario estatal y enfermero en la Guerra de Secesión. Sí, ese al que le pusieron tantos adjetivos superlativos que colocados uno al lado del otro se podría llegar por una hilera de baldosas relucientes desde Playa Unión hasta Gobernador Costa y todavía quedarían algunos más como para intentar otro tirón y llegar hasta Tecka, por lo menos.
Pero en realidad, al principio en su país se lo querían comer crudo, lo querían mandar a vivir al rincón más oscuro del Gran Cañón del Colorado; no se lo bancaban porque andaba solo, decía lo que pensaba, pregonaba el sexo libre, se metía en cuanta polémica se le cruzaba por la esquina, hablaba como un pastor pero no tenía religión, y encima escribía como los dioses pero nadie entendía que escribía como los dioses. Primero le quisieron poner la soga al cuello porque su libertad de palabra, su coraje lírico y la profundidad de su mirada interior era tal que intimidaba y lo convertía en un raro, de esos de los que hay que huir prontamente y sin dudar; después, una vez muerto y bien muerto el angelito sucedió lo que siempre sucede, le cantaron loas hasta en arameo y se rasgaron las ropas como las lloronas de una película de Almodóvar.
A Walt Whitman le tocó peregrinar en el medio de una sociedad en formación y por cierto que se llevó mal con la iglesia, los puritanos y los demagogos. La cólera y el desdén de sus contemporáneos le imputaron todos los vicios habidos y por haber, desde la primera edición de su libro hasta la última de 1892 (en total fueron nueve ediciones, y hasta la sexta, fue agregando nuevo material a ese canto torrencial que movió los cimientos más profundos de su país). Lo atacaron de un lado de la calle y del otro lado también; le dijeron de todo, pornógrafo, inmoral, indecente, obsceno y hasta quemaron sus libros; que paradoja, fue justamente un poeta de nombre Whittier quién lanzó al fuego “Hojas de hierba” de puro envidioso y jodido nomás.
Toda la intolerancia se alineó para golpearlo porque la raíz de su trabajo poético nace como la provocación de una conciencia general de lo que aún no era su país pero que luego llegaría a ser, y que sólo el poeta pudo atisbar con anterioridad.
El dueño de esa flor de cuatrocientas fragancias que es “Hojas de hierba” terminó por embriagar definitivamente, no sólo a su pueblo sino al mundo entero, y ejerció su magisterio sobre gran parte de la poesía moderna; casi nadie se salvó de su influencia. Su estilo épico, libre y amplio recuerda los salmos bíblicos pero sus temas son más interesantes. Fue un cronista que escribió poesía de manera caudalosa y sin prejuicios; temas como la libertad, la sexualidad, la espiritualidad sin dogmas, la comunión con todos los seres, la guerra, la democracia, la vida rústica y el trabajo duro, los anudó a su patria como lugar donde todo lo anterior se torna posible.
Vayan a la biblioteca y lean ese libro; háganme caso; aún hoy tiene el poder suficiente como para dejarlos pensando sobre la clase de gente extraordinaria que ha caminado por este mundo nuestro de todos los días.
Por Sergio Pravaz
Llegó a tener la barba tan blanca y tan larga que parecía un poncho hecho con lana de oveja; y por los ojos claros de mirar recto como un riel de ferrocarril te dabas cuenta que más que un hombre parecía un profeta escapado del pincel de algún maestro renacentista. Pero era tan sensacional esa barba que en su interior podía guardar todo lo que necesitaba para sus viajes de aprendizaje; tenía lápices, un anotador, un libro de Cervantes, otro de Homero, también llevaba uno del Dante junto a la Biblia, tabaco para las horas aciagas y una medida de ginebra para dormir tumbado bajo las estrellas. O simplemente la lucía con el orgullo del viejo león del zoológico de Rawson cuando llegó joven y pensó que se instalaba en un dos ambientes con vista al río.
Federico García Lorca dijo de esa barba: “Ni un solo momento viejo hermoso Walt Withman he dejado de ver tu barba llena de mariposas”. Lo estampó en su libro “Poeta en Nueva York” y le rezaba una novena todos los domingos cuando lo asaltaban las dudas que el lenguaje siempre tiene en los bolsillos sólo para que no se crean que el tema de las palabras es soplar y hacer botellas.
En tanto los lugareños con los que se cruzaba Withman en su lento vagabundeo por los caminos más polvorientos y escondidos del futuro imperio de Norteamérica le pedían permiso y se acomodaban el bigote o directamente se afeitaban frente a él porque esa pelambre maravillosa también era un espejo. Y mientras tanto, el viejo Walt, ni lerdo ni perezoso les recitaba versos largos, flexibles, decidores como un mapa; largaban una fragancia que se multiplicaba a medida que los comensales se demoraban en el menester higiénico; más se tardaban y más fragancias salían de esa melena blanca y sucia que caía como una catarata. Y así los iba meloneando a los desprevenidos, de a uno y con tiempo les arrancaba el corazón y mordía en las partes esenciales para que estuvieran listos para las cuatrocientas fragancias de su libro de poesías, ese que fue armando a lo largo de toda su vida para construir una épica americana en verso libre que se llama “Hojas de hierba”.
La primera edición es de 1855, y 159 años más tarde todavía agita en la popular de las letras como el más iracundo de los hinchas germinalistas, número diez distinguido en el mejor equipo de potrero que se recuerde, de todos los que se armaron en el Barrio San Ramón. Es así; sin discusión.
Bueno, de ese modo fue calibrando sus versos este caminante empedernido, tomador de sol y de luna, maestro de escuela, tipógrafo, imprentero, periodista, editor de periódicos, funcionario estatal y enfermero en la Guerra de Secesión. Sí, ese al que le pusieron tantos adjetivos superlativos que colocados uno al lado del otro se podría llegar por una hilera de baldosas relucientes desde Playa Unión hasta Gobernador Costa y todavía quedarían algunos más como para intentar otro tirón y llegar hasta Tecka, por lo menos.
Pero en realidad, al principio en su país se lo querían comer crudo, lo querían mandar a vivir al rincón más oscuro del Gran Cañón del Colorado; no se lo bancaban porque andaba solo, decía lo que pensaba, pregonaba el sexo libre, se metía en cuanta polémica se le cruzaba por la esquina, hablaba como un pastor pero no tenía religión, y encima escribía como los dioses pero nadie entendía que escribía como los dioses. Primero le quisieron poner la soga al cuello porque su libertad de palabra, su coraje lírico y la profundidad de su mirada interior era tal que intimidaba y lo convertía en un raro, de esos de los que hay que huir prontamente y sin dudar; después, una vez muerto y bien muerto el angelito sucedió lo que siempre sucede, le cantaron loas hasta en arameo y se rasgaron las ropas como las lloronas de una película de Almodóvar.
A Walt Whitman le tocó peregrinar en el medio de una sociedad en formación y por cierto que se llevó mal con la iglesia, los puritanos y los demagogos. La cólera y el desdén de sus contemporáneos le imputaron todos los vicios habidos y por haber, desde la primera edición de su libro hasta la última de 1892 (en total fueron nueve ediciones, y hasta la sexta, fue agregando nuevo material a ese canto torrencial que movió los cimientos más profundos de su país). Lo atacaron de un lado de la calle y del otro lado también; le dijeron de todo, pornógrafo, inmoral, indecente, obsceno y hasta quemaron sus libros; que paradoja, fue justamente un poeta de nombre Whittier quién lanzó al fuego “Hojas de hierba” de puro envidioso y jodido nomás.
Toda la intolerancia se alineó para golpearlo porque la raíz de su trabajo poético nace como la provocación de una conciencia general de lo que aún no era su país pero que luego llegaría a ser, y que sólo el poeta pudo atisbar con anterioridad.
El dueño de esa flor de cuatrocientas fragancias que es “Hojas de hierba” terminó por embriagar definitivamente, no sólo a su pueblo sino al mundo entero, y ejerció su magisterio sobre gran parte de la poesía moderna; casi nadie se salvó de su influencia. Su estilo épico, libre y amplio recuerda los salmos bíblicos pero sus temas son más interesantes. Fue un cronista que escribió poesía de manera caudalosa y sin prejuicios; temas como la libertad, la sexualidad, la espiritualidad sin dogmas, la comunión con todos los seres, la guerra, la democracia, la vida rústica y el trabajo duro, los anudó a su patria como lugar donde todo lo anterior se torna posible.
Vayan a la biblioteca y lean ese libro; háganme caso; aún hoy tiene el poder suficiente como para dejarlos pensando sobre la clase de gente extraordinaria que ha caminado por este mundo nuestro de todos los días.