El Globo elige presidente

En su sede de la calle San Martín, Huracán de Trelew renueva esta noche a sus autoridades en una asamblea de socios donde se aprobará el último balance. Luego de 13 años, Hugo Sastre deja la entidad y lo reemplazará Pablo Mamet.

21 MAY 2014 - 20:57 | Actualizado

Por Carlos Hughes

Hugo Sastre dejará la presidencia del club Huracán esta noche. La decisión, que fue madurada con el tiempo, ya les fue comunicada a los allegados a la institución y el resto de los directivos. Lo de hoy será, sobre todo, cuestión de papeles: asamblea y elección de nuevas autoridades.

Sastre deja Huracán más de una década después de haber asumido, acaso con el cumplimiento del propio mandato familiar pero sobre todo aguijoneado por un presente, aquel presente, bastante alejado de los tiempos gloriosos de otras décadas.

Cuando Hugo Sastre asumió, hace 13 años ya, encontró un club desbordado por los problemas y ninguna solución. El predio de la ruta 25 estaba en virtual estado de abandono, derrotado por la maleza, y el gimnasio de la calle San Martín sostenía sus columnas, y sus aros de básquet, pero se doblaba ante el paso del tiempo reclamando desde sus paredes maltrechas una remodelación urgente.

Bajo su mandato, pleno de apuestas a ganador, recuperó el esplendor de su básquet primero y lo potenció a niveles impensados después. Jugó cartas pesadas con Jorge Díaz Vélez, a quien le encomendó –con éxito- la diagramación de la actividad de punta a punta y a poco de arrancar, si tres o cuatro años son pocos, comenzó a tallar en cada campeonato de cada categoría en el nivel local y se metió en la disputa de la Liga B, un sueño trelewense siempre truncado a medio camino, por H o por B.

Remodeló a pleno el Atilio Oscar Viglione y lo dejó –lo deja- en condiciones de albergar al Torneo Nacional de Ascenso, que es el escalón previo a la Elite del básquet argentino. Construyó vestuarios de primer nivel y un albergue, denominado Dionisio Das Neves, que resulta la envidia de más de una institución. Contrató técnicos, jugadores, apostó por Enrique Marina como uno de sus laderos y alcanzó el soñado TNA, que hoy lo tiene como lujoso habitante y dueño de un prestigio poco común en el firmamento del básquet nacional: nadie le escapa a una oferta de Huracán de Trelew porque los jugadores, los dirigentes y los representantes saben que aquí no se pena por el salario y a cada fin de mes se cobra, siempre.

En paralelo, aquella cancha de fútbol allende el río Chubut comenzó a tomar vida. Hubo que hacer todo, prácticamente, de cero: los piquillines gozaban entonces de salud plena y las matas la recorrían de arco a arco en homenaje al viento patagónico, como sabiendo de su total libertad ante la ausencia de todo.

Se resembró, se trabajó sobre las viejas tribunas, resquebrajadas por el olvido, y se levantó una zona de vestuarios con doble estándar, que sirviera tanto para la cancha central como la auxiliar, habitante sobre todo de las categorías menores.

Nada de esto se hace sin decisión, y sin gestión. La primera dispara muchas veces antipatías, porque elegir entre opciones siempre implica eliminar, y la segunda un desgaste difícil de mensurar para alguien que, como si fuera poco, carga como actividad privada su posición de juez Federal, uno que además quedará en la historia por reabrir la emblemática causa de la Masacre de 1972 que por su determinación encontró por fin culpables, y las penas correspondientes.

Hugo Sastre deja un problemón: la dirigencia que lo suceda tendrá la nada despreciable tarea de sostener toda esa infraestructura que costó años conseguir pero que, se sabe, en los descuidos puede durar cinco minutos. Demanda muchas cosas. La familia, que se involucra –como en su caso- o queda al costado del camino, tiempo, dinero, esfuerzo y por sobre todo dedicación en una actividad que no devuelve en metálico nada de ese esmero, apenas si paga con satisfacciones.

Seguramente le faltará a estas líneas algún párrafo para las críticas, que lógicamente las tuvo. Es que, es cierto que con discutible decisión, el cronista optó esta vez por rescatar una tarea que en los tiempos que corren tiene pocos espejos, cuanto menos en esta provincia, y que acaso no todos –y no siempre- lo atesoren desde una mirada un tanto alejada, acaso desapasionada, algo que sólo permite la posición privilegiada del observador que nada determina en la vida ajena, como es la del club Huracán en este caso.

Sólo lo disfruta, como ha acontecido con esta historia.

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21 MAY 2014 - 20:57

Por Carlos Hughes

Hugo Sastre dejará la presidencia del club Huracán esta noche. La decisión, que fue madurada con el tiempo, ya les fue comunicada a los allegados a la institución y el resto de los directivos. Lo de hoy será, sobre todo, cuestión de papeles: asamblea y elección de nuevas autoridades.

Sastre deja Huracán más de una década después de haber asumido, acaso con el cumplimiento del propio mandato familiar pero sobre todo aguijoneado por un presente, aquel presente, bastante alejado de los tiempos gloriosos de otras décadas.

Cuando Hugo Sastre asumió, hace 13 años ya, encontró un club desbordado por los problemas y ninguna solución. El predio de la ruta 25 estaba en virtual estado de abandono, derrotado por la maleza, y el gimnasio de la calle San Martín sostenía sus columnas, y sus aros de básquet, pero se doblaba ante el paso del tiempo reclamando desde sus paredes maltrechas una remodelación urgente.

Bajo su mandato, pleno de apuestas a ganador, recuperó el esplendor de su básquet primero y lo potenció a niveles impensados después. Jugó cartas pesadas con Jorge Díaz Vélez, a quien le encomendó –con éxito- la diagramación de la actividad de punta a punta y a poco de arrancar, si tres o cuatro años son pocos, comenzó a tallar en cada campeonato de cada categoría en el nivel local y se metió en la disputa de la Liga B, un sueño trelewense siempre truncado a medio camino, por H o por B.

Remodeló a pleno el Atilio Oscar Viglione y lo dejó –lo deja- en condiciones de albergar al Torneo Nacional de Ascenso, que es el escalón previo a la Elite del básquet argentino. Construyó vestuarios de primer nivel y un albergue, denominado Dionisio Das Neves, que resulta la envidia de más de una institución. Contrató técnicos, jugadores, apostó por Enrique Marina como uno de sus laderos y alcanzó el soñado TNA, que hoy lo tiene como lujoso habitante y dueño de un prestigio poco común en el firmamento del básquet nacional: nadie le escapa a una oferta de Huracán de Trelew porque los jugadores, los dirigentes y los representantes saben que aquí no se pena por el salario y a cada fin de mes se cobra, siempre.

En paralelo, aquella cancha de fútbol allende el río Chubut comenzó a tomar vida. Hubo que hacer todo, prácticamente, de cero: los piquillines gozaban entonces de salud plena y las matas la recorrían de arco a arco en homenaje al viento patagónico, como sabiendo de su total libertad ante la ausencia de todo.

Se resembró, se trabajó sobre las viejas tribunas, resquebrajadas por el olvido, y se levantó una zona de vestuarios con doble estándar, que sirviera tanto para la cancha central como la auxiliar, habitante sobre todo de las categorías menores.

Nada de esto se hace sin decisión, y sin gestión. La primera dispara muchas veces antipatías, porque elegir entre opciones siempre implica eliminar, y la segunda un desgaste difícil de mensurar para alguien que, como si fuera poco, carga como actividad privada su posición de juez Federal, uno que además quedará en la historia por reabrir la emblemática causa de la Masacre de 1972 que por su determinación encontró por fin culpables, y las penas correspondientes.

Hugo Sastre deja un problemón: la dirigencia que lo suceda tendrá la nada despreciable tarea de sostener toda esa infraestructura que costó años conseguir pero que, se sabe, en los descuidos puede durar cinco minutos. Demanda muchas cosas. La familia, que se involucra –como en su caso- o queda al costado del camino, tiempo, dinero, esfuerzo y por sobre todo dedicación en una actividad que no devuelve en metálico nada de ese esmero, apenas si paga con satisfacciones.

Seguramente le faltará a estas líneas algún párrafo para las críticas, que lógicamente las tuvo. Es que, es cierto que con discutible decisión, el cronista optó esta vez por rescatar una tarea que en los tiempos que corren tiene pocos espejos, cuanto menos en esta provincia, y que acaso no todos –y no siempre- lo atesoren desde una mirada un tanto alejada, acaso desapasionada, algo que sólo permite la posición privilegiada del observador que nada determina en la vida ajena, como es la del club Huracán en este caso.

Sólo lo disfruta, como ha acontecido con esta historia.