Silencio y después

Historias del crimen, por Daniel Schulman.

24 SEP 2016 - 19:55 | Actualizado 22 SEP 2022 - 6:53

Nadie oyó nada. A lo mejor no hubo nada que oír. A lo mejor no hubo ningún ruido. A lo mejor todo fue silencioso, casi imperceptible para el oído humano, y como tal, a lo mejor ese sonido apenas pueda decirse que existió. 
Lo que existió fue el después de eso que no sabemos si existió. Lo que existió fue lo que vino después: la concatenación de hechos que se sucedieron como una línea de dominó donde el primero es el que inicia la serie, y el último será el que la termina. Lo que vino después, fue algo que nunca había venido antes. 
Entre llantos histriónicos y vociferaciones en gritos, fueron dos o tres los que entraron ese día al lugar del silencio y ese silencio los embargó a algunos del peor sentimiento que jamás habían sentido. Ni sabían que podían llegar a sentir algo así. Pero ahí estaba, esa angustia embargándolo todo, creciendo, peleando con la mente para hacerle ver que así estaban las cosas, que eso era cierto; que todo lo que vino después era todo cierto. 
Y que por eso, la angustia; porque todo era verdad. Porque allí donde hubo silencio, también hubo sangre, y donde hubo sangre, fue porque hubo muerte.
Allí estaba toda la familia, que alguna vez había estado fracturada, en derredor de las muertes, unida como siempre debió haber estado. Ahí la unión entre todos volvió  a ser la carne que ahora se encontraba desgarrada, pero aún así, siendo menos, se dieron cuenta que en realidad ahora en más. Ahí comenzó lo que vino después del silencio. 
Ahí comenzó un silencio caminante, hacedor; un silencio en lágrimas y en llantos, en abrazos y en palmadas, en palabras de apoyo. Ahí el silencio dejó de ser tal.
La fiscal que tomó el caso lo vivió como algo comunitario, algo que debía ser resuelto porque sabía que si no se resolvía, alguna marca quedaría en esa pequeña ciudad. A pesar de tomarlo así, nunca dejó de lado la percepción de las víctimas. Acompañó a todos los que sintieron cómo la angustia generada por ese silencio inicial. La investigación, entonces, empezó como cualquier otra investigación: preguntando, observando, recolectando rastros, preguntando más, observando más, formulando hipótesis, formulando teorías. Sosteniendo cada dicho con cada elemento nuevo que se iba sumando. Reformulando con cada elemento nuevo. 
Así empezó todo la primera semana de trabajo. Ahí, en esa casa, había tres personas muertas, tres personas con nombre y apellido, queridas por los suyos, extrañadas de ahí en más para siempre. Tres personas que se habían ido para siempre. 
Así siguió esa primera semana, juntando elementos, desanudando toda una maraña de cosas, para encontrar la punta del ovillo y volver a anudar de manera más ordenada. Para ir conociendo qué pasó, a pesar de ya saber que había pasado. Para ir respondiendo preguntas; esas preguntas imprescindibles que guían toda investigación de este tipo. Preguntas y respuestas. Esa es la materia prima de toda buena investigación. Preguntas sobre elementos que se encuentran. Respuestas basadas en esos elementos. 
La semana siguió  también con sospechas. Había algo raro en ese tipo. Ya de por sí era un tipo raro, un tipo que caía mal, un tipo que generaba cierta incomodidad a cualquiera, pero ahora esa incomodidad era algo que tenía que ser preguntada y también ser respondida. 
Hasta que la respuesta llegó de la mano de un desconocido, que fue quien aportó la punta del ovillo para ordenar esa maraña de cosas ininteligible hasta ese momento. Había alguien que había visto a ese, uno de esos días anteriores siguientes al silencio, merodeando afuera de la pequeña ciudad, con su inconfundible camioneta estacionada a un lado del camino, caminando a paso lento. 
La fiscal, ni lenta ni perezosa, se preguntó qué podría haber estadohaciendo en ese lugar en ese momento, casi en simultáneo al silencio. ¿Qué habría estado haciendo justo en ese lugar, al costado del camino, con la camioneta estacionada? Esa era la pregunta que debía ser contestada, para poder comenzar a tener respuestas. Y la respuesta vino de la mano de una acción: vaciar el canal. “Algo pudo haber tirado acá en este canal”, se contestó a sí misma la fiscal, a como de hipótesis, y para ponerla a prueba, se vació el canal, y con ese fondo visible, ahí estaban las primeras cosas que torcerían la investigación hacia un lado: un teléfono celular y un silenciador de arma de fuego. Ese silenciador, que genera silencio. Ahí el silencio empezó a hablar. 
El ovillo de lana se conjugó con las primeras fichas de dominó que se habían caído, y que habían precipitado toda la serie de sucesos que vendrían después. Pero en este momento, el silencio por fin tenía dueño. 
Y ese tipo, ese que había sido la pareja de ella, era el que presuntamente la había silenciado, silenciado con la muerte, la sangre, y silencio, sin ruido. 
Sin ruido con ellos y sin ruido para ellos.
A ella y a sus hijos. 
A ella, a sus hijos, y a su familia. 
Todos los que permanecían con angustia, reprimiendo deseos atávicos de venganza, subordinándose a lo que la fiscal hiciera. Ahí comenzó a hablar la escena, el hecho, lo que había detrás de todo lo que se podía ver y tocar y observar. 
Ahí estaban los elementos que había que recolectar. Sólo había que hacerlos hablar. Y el silencio ya se iba rompiendo. Y con ese silencio que inició todo, los familiares pudieron hacer circular entre ellos y entre otros algo del dolor, algo de la pena, algo de la angustia. 
Algo. 
No todo, porque ese todo es inasible.
El silencio, dio lugar a la acción, al desovillo del ovillo, a la búsqueda de esa punta que propició la cadena de hechos que se fueron sucediendo y en ese suceder, se fue forjando la sostenida idea, la casi total certeza, de cómo habían sido las cosas.
Y los familiares, lejos del silencio, pudieron darle el saludo final a ella y sus hijos.#
Así empezó todo la primera semana de trabajo. Ahí, en esa casa, había tres personas muertas, tres personas con nombre y apellido, queridas por los suyos, extrañadas de ahí en más para siempre. Tres personas que se habían ido para siempre.

24 SEP 2016 - 19:55

Nadie oyó nada. A lo mejor no hubo nada que oír. A lo mejor no hubo ningún ruido. A lo mejor todo fue silencioso, casi imperceptible para el oído humano, y como tal, a lo mejor ese sonido apenas pueda decirse que existió. 
Lo que existió fue el después de eso que no sabemos si existió. Lo que existió fue lo que vino después: la concatenación de hechos que se sucedieron como una línea de dominó donde el primero es el que inicia la serie, y el último será el que la termina. Lo que vino después, fue algo que nunca había venido antes. 
Entre llantos histriónicos y vociferaciones en gritos, fueron dos o tres los que entraron ese día al lugar del silencio y ese silencio los embargó a algunos del peor sentimiento que jamás habían sentido. Ni sabían que podían llegar a sentir algo así. Pero ahí estaba, esa angustia embargándolo todo, creciendo, peleando con la mente para hacerle ver que así estaban las cosas, que eso era cierto; que todo lo que vino después era todo cierto. 
Y que por eso, la angustia; porque todo era verdad. Porque allí donde hubo silencio, también hubo sangre, y donde hubo sangre, fue porque hubo muerte.
Allí estaba toda la familia, que alguna vez había estado fracturada, en derredor de las muertes, unida como siempre debió haber estado. Ahí la unión entre todos volvió  a ser la carne que ahora se encontraba desgarrada, pero aún así, siendo menos, se dieron cuenta que en realidad ahora en más. Ahí comenzó lo que vino después del silencio. 
Ahí comenzó un silencio caminante, hacedor; un silencio en lágrimas y en llantos, en abrazos y en palmadas, en palabras de apoyo. Ahí el silencio dejó de ser tal.
La fiscal que tomó el caso lo vivió como algo comunitario, algo que debía ser resuelto porque sabía que si no se resolvía, alguna marca quedaría en esa pequeña ciudad. A pesar de tomarlo así, nunca dejó de lado la percepción de las víctimas. Acompañó a todos los que sintieron cómo la angustia generada por ese silencio inicial. La investigación, entonces, empezó como cualquier otra investigación: preguntando, observando, recolectando rastros, preguntando más, observando más, formulando hipótesis, formulando teorías. Sosteniendo cada dicho con cada elemento nuevo que se iba sumando. Reformulando con cada elemento nuevo. 
Así empezó todo la primera semana de trabajo. Ahí, en esa casa, había tres personas muertas, tres personas con nombre y apellido, queridas por los suyos, extrañadas de ahí en más para siempre. Tres personas que se habían ido para siempre. 
Así siguió esa primera semana, juntando elementos, desanudando toda una maraña de cosas, para encontrar la punta del ovillo y volver a anudar de manera más ordenada. Para ir conociendo qué pasó, a pesar de ya saber que había pasado. Para ir respondiendo preguntas; esas preguntas imprescindibles que guían toda investigación de este tipo. Preguntas y respuestas. Esa es la materia prima de toda buena investigación. Preguntas sobre elementos que se encuentran. Respuestas basadas en esos elementos. 
La semana siguió  también con sospechas. Había algo raro en ese tipo. Ya de por sí era un tipo raro, un tipo que caía mal, un tipo que generaba cierta incomodidad a cualquiera, pero ahora esa incomodidad era algo que tenía que ser preguntada y también ser respondida. 
Hasta que la respuesta llegó de la mano de un desconocido, que fue quien aportó la punta del ovillo para ordenar esa maraña de cosas ininteligible hasta ese momento. Había alguien que había visto a ese, uno de esos días anteriores siguientes al silencio, merodeando afuera de la pequeña ciudad, con su inconfundible camioneta estacionada a un lado del camino, caminando a paso lento. 
La fiscal, ni lenta ni perezosa, se preguntó qué podría haber estadohaciendo en ese lugar en ese momento, casi en simultáneo al silencio. ¿Qué habría estado haciendo justo en ese lugar, al costado del camino, con la camioneta estacionada? Esa era la pregunta que debía ser contestada, para poder comenzar a tener respuestas. Y la respuesta vino de la mano de una acción: vaciar el canal. “Algo pudo haber tirado acá en este canal”, se contestó a sí misma la fiscal, a como de hipótesis, y para ponerla a prueba, se vació el canal, y con ese fondo visible, ahí estaban las primeras cosas que torcerían la investigación hacia un lado: un teléfono celular y un silenciador de arma de fuego. Ese silenciador, que genera silencio. Ahí el silencio empezó a hablar. 
El ovillo de lana se conjugó con las primeras fichas de dominó que se habían caído, y que habían precipitado toda la serie de sucesos que vendrían después. Pero en este momento, el silencio por fin tenía dueño. 
Y ese tipo, ese que había sido la pareja de ella, era el que presuntamente la había silenciado, silenciado con la muerte, la sangre, y silencio, sin ruido. 
Sin ruido con ellos y sin ruido para ellos.
A ella y a sus hijos. 
A ella, a sus hijos, y a su familia. 
Todos los que permanecían con angustia, reprimiendo deseos atávicos de venganza, subordinándose a lo que la fiscal hiciera. Ahí comenzó a hablar la escena, el hecho, lo que había detrás de todo lo que se podía ver y tocar y observar. 
Ahí estaban los elementos que había que recolectar. Sólo había que hacerlos hablar. Y el silencio ya se iba rompiendo. Y con ese silencio que inició todo, los familiares pudieron hacer circular entre ellos y entre otros algo del dolor, algo de la pena, algo de la angustia. 
Algo. 
No todo, porque ese todo es inasible.
El silencio, dio lugar a la acción, al desovillo del ovillo, a la búsqueda de esa punta que propició la cadena de hechos que se fueron sucediendo y en ese suceder, se fue forjando la sostenida idea, la casi total certeza, de cómo habían sido las cosas.
Y los familiares, lejos del silencio, pudieron darle el saludo final a ella y sus hijos.#
Así empezó todo la primera semana de trabajo. Ahí, en esa casa, había tres personas muertas, tres personas con nombre y apellido, queridas por los suyos, extrañadas de ahí en más para siempre. Tres personas que se habían ido para siempre.