En los días previos a la Navidad por las Redes Sociales transitó aceleradamente un video cuyo contenido era producto de una experiencia realizada en Madrid durante el mes de noviembre. Se realizó un llamado a jóvenes nacidos entre 1990 y el 2000, sin darles a conocer cuál era el objetivo ni las preguntas que se les efectuarían. Así asistieron al estudio de grabación. Al sentarse frente a la cámara la primera pregunta que se les hizo uno a uno individualmente fue “¿quiénes son las personas más importantes de tu vida?”, luego de responderla la siguiente, “si fuese su última Navidad ¿qué le regalarías?” ¡Chan!
El llamado generacional se relaciona con lo que llaman también la generación Z, aquella que está desarrollándose después del milenio, más allá de que varíen las opiniones acerca de la exactitud en los años de nacimiento.
Fuerte el contenido de las preguntas, ¿verdad? La sombra de la muerte me es desagradable, conociéndola en las variantes más diversas. Cada uno tiene su construcción con ese temita. Por razones personales y familiares, tampoco era un buen momento para mí ver el video en esos días. Porque es indisponible para cada uno de nosotros el día, el minuto, el segundo del último aliento.
Lo que me surgió pensar en ese momento fue esto de, ¿si la Navidad que pasó fue la última?, y si estuviese en un intermedio, en el que creo que la próxima será la última, y no es así sino que la del 2015 fue la última. A veces el pensamiento veloz es incontrolable.
El experimento que describo al comienzo mostraba como muy evidente al segundo de terminarse de pronunciar la segunda pregunta, la modificación corporal, gestual de los participantes.
Después los comentarios que surgían, ahí está la clave, en las palabras pronunciadas y las silenciadas, por el simbolismo y significación que representan.
Por las palabras que pronunciamos y silenciamos mientras podemos. Que son aquellas que justamente podemos y no otras, en el contexto y momento. Las palabras, los gestos, las decisiones.
Una de las participantes dijo “sería bueno que no tuvieses que ponerme en situación de pensar esto para sacar las conclusiones que saco”.
Entregamos lo que tenemos capacidad de entregar, y recibimos lo que nos animamos y decidimos recibir.
La vida va transcurriendo en ese segundo a segundo de lo inesperado del siguiente, y el paso en el que estoy es el cierto.
¿Qué resulta disponible para cada uno con los recursos y herramientas emotivas y espirituales con las que contamos? Lo que cada uno tiene, aun cuando evidente, lo afirmo.
En ese disponer se desarrolla el juego entre cómo percibimos el mundo y lo que nos rodea y con quienes interactuamos y a quienes amamos. En ese disponer están nuestros juicios.
Ahí en nuestros juicios creo que hay algunas claves. Un amigo me compartió una frase preciosa, “¿Cómo es posible juzgar al océano por la fragilidad de sus olas?”. Y se me representa que si detrás de ellas, de cada una que va rompiéndose y desarmándose en la orilla y que tiene apenas unos instantes de vida, atrás viene otra y otra más, diferentes e individuales como cada ser humano. Detrás está ese océano aún desconocido en algunas profundidades, arrogante y violento cuando las placas debajo se mueven y lo atormentan.
Cómo juzgarnos a veces por aquello que solo percibimos y compartimos de los otros y que está así como una capa superior, lo que asoma apenas.
Si miramos a nuestro alrededor vemos árboles pequeños y otros grandes. Los bajos dan frutos y los altos proveen madera. Como los seres humanos, cada uno tiene un potencial o varios y en el encuentro con otros se reúnen fortalezas para hacer cosas mejores.
A veces ponernos o imaginarnos en determinadas situaciones puede que sea doloroso aunque una cuota de realismo puede producir un efecto de pensamiento más profundo y perenne.
En lo familiar vivimos esto, la del 2015 fue la última navidad de un ser amado y único.
Si me pregunto si le regalé algo especial en aquella Navidad, sé que al menos y no es poco, me siento en paz lo que no tiene precio porque no se consigue en un envase en el supermercado.
Siempre es momento y oportunidad de regalar, de dar, entre aquella Navidad y los próximos Reyes Magos. Así sucesiva e interminablemente.#
Daniela Patricia Almirón es Abogada- Mediadora
En los días previos a la Navidad por las Redes Sociales transitó aceleradamente un video cuyo contenido era producto de una experiencia realizada en Madrid durante el mes de noviembre. Se realizó un llamado a jóvenes nacidos entre 1990 y el 2000, sin darles a conocer cuál era el objetivo ni las preguntas que se les efectuarían. Así asistieron al estudio de grabación. Al sentarse frente a la cámara la primera pregunta que se les hizo uno a uno individualmente fue “¿quiénes son las personas más importantes de tu vida?”, luego de responderla la siguiente, “si fuese su última Navidad ¿qué le regalarías?” ¡Chan!
El llamado generacional se relaciona con lo que llaman también la generación Z, aquella que está desarrollándose después del milenio, más allá de que varíen las opiniones acerca de la exactitud en los años de nacimiento.
Fuerte el contenido de las preguntas, ¿verdad? La sombra de la muerte me es desagradable, conociéndola en las variantes más diversas. Cada uno tiene su construcción con ese temita. Por razones personales y familiares, tampoco era un buen momento para mí ver el video en esos días. Porque es indisponible para cada uno de nosotros el día, el minuto, el segundo del último aliento.
Lo que me surgió pensar en ese momento fue esto de, ¿si la Navidad que pasó fue la última?, y si estuviese en un intermedio, en el que creo que la próxima será la última, y no es así sino que la del 2015 fue la última. A veces el pensamiento veloz es incontrolable.
El experimento que describo al comienzo mostraba como muy evidente al segundo de terminarse de pronunciar la segunda pregunta, la modificación corporal, gestual de los participantes.
Después los comentarios que surgían, ahí está la clave, en las palabras pronunciadas y las silenciadas, por el simbolismo y significación que representan.
Por las palabras que pronunciamos y silenciamos mientras podemos. Que son aquellas que justamente podemos y no otras, en el contexto y momento. Las palabras, los gestos, las decisiones.
Una de las participantes dijo “sería bueno que no tuvieses que ponerme en situación de pensar esto para sacar las conclusiones que saco”.
Entregamos lo que tenemos capacidad de entregar, y recibimos lo que nos animamos y decidimos recibir.
La vida va transcurriendo en ese segundo a segundo de lo inesperado del siguiente, y el paso en el que estoy es el cierto.
¿Qué resulta disponible para cada uno con los recursos y herramientas emotivas y espirituales con las que contamos? Lo que cada uno tiene, aun cuando evidente, lo afirmo.
En ese disponer se desarrolla el juego entre cómo percibimos el mundo y lo que nos rodea y con quienes interactuamos y a quienes amamos. En ese disponer están nuestros juicios.
Ahí en nuestros juicios creo que hay algunas claves. Un amigo me compartió una frase preciosa, “¿Cómo es posible juzgar al océano por la fragilidad de sus olas?”. Y se me representa que si detrás de ellas, de cada una que va rompiéndose y desarmándose en la orilla y que tiene apenas unos instantes de vida, atrás viene otra y otra más, diferentes e individuales como cada ser humano. Detrás está ese océano aún desconocido en algunas profundidades, arrogante y violento cuando las placas debajo se mueven y lo atormentan.
Cómo juzgarnos a veces por aquello que solo percibimos y compartimos de los otros y que está así como una capa superior, lo que asoma apenas.
Si miramos a nuestro alrededor vemos árboles pequeños y otros grandes. Los bajos dan frutos y los altos proveen madera. Como los seres humanos, cada uno tiene un potencial o varios y en el encuentro con otros se reúnen fortalezas para hacer cosas mejores.
A veces ponernos o imaginarnos en determinadas situaciones puede que sea doloroso aunque una cuota de realismo puede producir un efecto de pensamiento más profundo y perenne.
En lo familiar vivimos esto, la del 2015 fue la última navidad de un ser amado y único.
Si me pregunto si le regalé algo especial en aquella Navidad, sé que al menos y no es poco, me siento en paz lo que no tiene precio porque no se consigue en un envase en el supermercado.
Siempre es momento y oportunidad de regalar, de dar, entre aquella Navidad y los próximos Reyes Magos. Así sucesiva e interminablemente.#
Daniela Patricia Almirón es Abogada- Mediadora