
Se acabaron las especulaciones. Esta noche habrá un resultado electoral, probablemente ajustado, y gane quien gane la Argentina emprenderá desde mañana un camino sin retorno.
Una de las salidas está cementado sobre muchos errores pero también sobre muchos aciertos de la democracia, todavía con desigualdades que no se pueden seguir tolerando pero siempre dando brotes de buenas semillas, como la vigencia de la educación y la salud pública, o la igualdad de oportunidades a pesar del desbalance de una distribución del ingreso inequitativa.
No es lo mismo la justicia social que proponen los gobiernos de corte nacional y popular que, aún con sus errores, siguen sosteniendo que el trabajo es un derecho, que el capital debe estar al servicio de la economía y que el país debe acercarse al menos a la idea de ser socialmente justo, económicamente libre y políticamente soberano. Del otro lado reside la falsedad de la “meritocracia” como igualador natural de las oportunidades que impulsan los gobiernos de neto corte liberal, siempre más preocupados por proteger los derechos de los sectores más acomodados que ya están blindados por naturaleza, que por resguardar los derechos insatisfechos de los sectores históricamente más postergados.
No se puede seguir pidiendo todo el tiempo “seguridad jurídica” para sectores empresarios concentrados y prebendarios, y “libre mercado” para los sectores más postergados. Y peor aún, que esas ideas terminen siendo avaladas por las víctimas de esos males. Es de bien nacidos defender a las otras víctimas, no a los verdugos.
Sombras, nada más
El otro camino que podría tomar esta noche el país tiene demasiadas sombras y rebalsa de dudas. Mucha de esa oscuridad la aportan personajes siniestros que los anticuerpos de la democracia parecía haber barrido para siempre. Pero no, estaban debajo de la alfombra, acechando, y ahora regresaron del más allá detrás de ideas presuntamente de libertad y con afán de revancha. A esta línea adhieren los que nunca se fueron y disimularon todos estos años debajo de sus pieles el odio a lo nacional y popular. Pero también con peligrosa ingenuidad algunos sectores juveniles con escasa conciencia colectiva que creen que colgarse de la motosierra de los mesiánicos que quieren dinamitar todo es una salida sin contraindicaciones.
La Argentina nunca fue, es ni será un país de mierda como muchos siguen diciendo. Lo peor es que esas grageas de veneno concentrado que han venido inoculando desde algunos sectores de la política, de ciertos medios de comunicación y que se masifican como una peste en las redes sociales, ya están haciendo efecto en una parte de la sociedad que está dispuesta a destruir la democracia imperfecta para dar paso a un sistema impredecible y volátil.
El dato preocupante es que ese mensaje de división haya calado hondo en sectores postergados de la sociedad. Un desafío del futuro gobierno será reinterpretar y evacuar cuanto antes esas demandas sin respuestas. Los que están abajo del carro hace años o los que se han caído en el camino, siempre serán víctimas, voten a quien voten. El desafío de un buen presidente es saber diferenciar el hartazgo de los que no tienen nada o apenas poco, de la insatisfacción de los que tienen la panza llena. No es una cuestión de clases, se trata de atender siempre primero a los que más necesitan. No al revés.
El avance de los sistemas que antes eran considerados lisa y llanamente como totalitarios no es un fenómeno inédito de la Argentina: ya fue experimentado en otros países en los últimos años y fueron abortados a tiempo por el resto de la sociedad que no estaba dispuesta a suicidarse en nombre de falsos líderes que fomentan el autoritarismo, el odio, el resentimiento y el exterminio de sus adversarios. Pasó en los Estados Unidos de Donald Trump, o en el Brasil de Jair Bolsonaro. Y está pasando en algunos países de Europa. Nunca hay que perder la memoria. Y mucho menos la atención.
Sin lugar para los débiles
Si Argentina logra zafar hoy de esas ideas extremistas, igual tendrá enormes desafíos por delante. Los que siguen eligiendo la construcción democrática como único camino para intentar cambiar lo que está mal, habrán aprendido la lección de que los cambios se hacen comprometiéndose, a veces desde adentro, muchas otras desde afuera con el voto responsable. A la democracia se juega con reglas claras y las debilidades se pagan caro.
Tampoco hay margen para seguir soportando con estoicismo a los que se la pasan arrojando piedras desde la comodidad de las utopías improbables, jactándose con soberbia que todos “son lo mismo”. No son todos lo mismo y no tener capacidad ni grandeza para cambiar esa falacia discursiva termina siendo un abono para el desierto intelectual en el que terminan floreciendo las espinas de los antidemocráticos y negacionistas del terrorismo de Estado que exterminó a 30 mil argentinos -sí, fueron 30 mil-, algunos de los cuales tienen el tupé de venir a decirle al resto qué hay que hacer con la democracia que ellos detestan.
A los tibios los vomita Dios. Y a los antidemocráticos, el Pueblo.#

Se acabaron las especulaciones. Esta noche habrá un resultado electoral, probablemente ajustado, y gane quien gane la Argentina emprenderá desde mañana un camino sin retorno.
Una de las salidas está cementado sobre muchos errores pero también sobre muchos aciertos de la democracia, todavía con desigualdades que no se pueden seguir tolerando pero siempre dando brotes de buenas semillas, como la vigencia de la educación y la salud pública, o la igualdad de oportunidades a pesar del desbalance de una distribución del ingreso inequitativa.
No es lo mismo la justicia social que proponen los gobiernos de corte nacional y popular que, aún con sus errores, siguen sosteniendo que el trabajo es un derecho, que el capital debe estar al servicio de la economía y que el país debe acercarse al menos a la idea de ser socialmente justo, económicamente libre y políticamente soberano. Del otro lado reside la falsedad de la “meritocracia” como igualador natural de las oportunidades que impulsan los gobiernos de neto corte liberal, siempre más preocupados por proteger los derechos de los sectores más acomodados que ya están blindados por naturaleza, que por resguardar los derechos insatisfechos de los sectores históricamente más postergados.
No se puede seguir pidiendo todo el tiempo “seguridad jurídica” para sectores empresarios concentrados y prebendarios, y “libre mercado” para los sectores más postergados. Y peor aún, que esas ideas terminen siendo avaladas por las víctimas de esos males. Es de bien nacidos defender a las otras víctimas, no a los verdugos.
Sombras, nada más
El otro camino que podría tomar esta noche el país tiene demasiadas sombras y rebalsa de dudas. Mucha de esa oscuridad la aportan personajes siniestros que los anticuerpos de la democracia parecía haber barrido para siempre. Pero no, estaban debajo de la alfombra, acechando, y ahora regresaron del más allá detrás de ideas presuntamente de libertad y con afán de revancha. A esta línea adhieren los que nunca se fueron y disimularon todos estos años debajo de sus pieles el odio a lo nacional y popular. Pero también con peligrosa ingenuidad algunos sectores juveniles con escasa conciencia colectiva que creen que colgarse de la motosierra de los mesiánicos que quieren dinamitar todo es una salida sin contraindicaciones.
La Argentina nunca fue, es ni será un país de mierda como muchos siguen diciendo. Lo peor es que esas grageas de veneno concentrado que han venido inoculando desde algunos sectores de la política, de ciertos medios de comunicación y que se masifican como una peste en las redes sociales, ya están haciendo efecto en una parte de la sociedad que está dispuesta a destruir la democracia imperfecta para dar paso a un sistema impredecible y volátil.
El dato preocupante es que ese mensaje de división haya calado hondo en sectores postergados de la sociedad. Un desafío del futuro gobierno será reinterpretar y evacuar cuanto antes esas demandas sin respuestas. Los que están abajo del carro hace años o los que se han caído en el camino, siempre serán víctimas, voten a quien voten. El desafío de un buen presidente es saber diferenciar el hartazgo de los que no tienen nada o apenas poco, de la insatisfacción de los que tienen la panza llena. No es una cuestión de clases, se trata de atender siempre primero a los que más necesitan. No al revés.
El avance de los sistemas que antes eran considerados lisa y llanamente como totalitarios no es un fenómeno inédito de la Argentina: ya fue experimentado en otros países en los últimos años y fueron abortados a tiempo por el resto de la sociedad que no estaba dispuesta a suicidarse en nombre de falsos líderes que fomentan el autoritarismo, el odio, el resentimiento y el exterminio de sus adversarios. Pasó en los Estados Unidos de Donald Trump, o en el Brasil de Jair Bolsonaro. Y está pasando en algunos países de Europa. Nunca hay que perder la memoria. Y mucho menos la atención.
Sin lugar para los débiles
Si Argentina logra zafar hoy de esas ideas extremistas, igual tendrá enormes desafíos por delante. Los que siguen eligiendo la construcción democrática como único camino para intentar cambiar lo que está mal, habrán aprendido la lección de que los cambios se hacen comprometiéndose, a veces desde adentro, muchas otras desde afuera con el voto responsable. A la democracia se juega con reglas claras y las debilidades se pagan caro.
Tampoco hay margen para seguir soportando con estoicismo a los que se la pasan arrojando piedras desde la comodidad de las utopías improbables, jactándose con soberbia que todos “son lo mismo”. No son todos lo mismo y no tener capacidad ni grandeza para cambiar esa falacia discursiva termina siendo un abono para el desierto intelectual en el que terminan floreciendo las espinas de los antidemocráticos y negacionistas del terrorismo de Estado que exterminó a 30 mil argentinos -sí, fueron 30 mil-, algunos de los cuales tienen el tupé de venir a decirle al resto qué hay que hacer con la democracia que ellos detestan.
A los tibios los vomita Dios. Y a los antidemocráticos, el Pueblo.#