Abrir la cancha o seguir perdiendo

La vida —como el fútbol— es un acto colectivo. Un pacto silencioso entre cuerpos que se buscan, se cubren, se relevan. Capital humano del bueno: el que transpira, el que se equivoca, el que insiste. Y en ese capital late, empuja y reclama su lugar el fútbol femenino, como una marea que ya no retrocede. En este 2026 debe ser el año del despegue con los tres torneos regionales de clubes.

Cruz del Sur de Bariloche y J.J. Moreno en el último Regional de Clubes.
13 ENE 2026 - 16:16 | Actualizado 13 ENE 2026 - 19:00

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

El todo siempre fue más que la suma de las partes.

Porque nadie se salva solo, aunque le vendan la fantasía del héroe individual.

Y tampoco se es feliz en soledad, aunque la llamen autosuficiencia y la pongan de moda.

La vida —como el fútbol— es un ejercicio colectivo. Un entramado de cuerpos, miradas y relevos. Una coreografía imperfecta donde alguien corre para que otro llegue, donde se cubre el error ajeno como un acto de amor silencioso. Capital humano del más noble: el que se forma en el barro, el que aprende a perder, el que vuelve a intentar. Y dentro de ese capital late, empuja y golpea la puerta el fútbol femenino, como una marea que ya no acepta diques ni excusas.

Pero vivimos tiempos ásperos. Tiempos donde la palabra “libertad” avanza como una topadora sin frenos. Arrasa con todo lo que encuentra a su paso: derechos, memorias, conquistas arrancadas con uñas, sudor y sangre. Confunde privilegio con mérito y egoísmo con valentía. Y en ese vendaval, a las mujeres se les sigue corriendo el arco. El fútbol, para ellas, continúa siendo un territorio cercado, un potrero vigilado, un juego que todavía parece prestado. No sólo por estos pagos. En demasiadas geografías del planeta.

Claro que existen excepciones. Islas de cordura. Faros encendidos en mitad de la tormenta. Federaciones que entendieron que abrir la cancha no la debilita: la hace más grande. Que compartir el juego no resta identidad, la potencia. Que sumar voces, cuerpos y sueños no divide, multiplica.

Sin embargo, en las Ligas del Oeste, Sur y Valle del Chubut, pareciera que todavía hay que pedir permiso. Permiso para entrar a la cancha. Permiso para competir. Permiso para existir. Como si la pelota tuviera dueño. Como si el césped distinguiera géneros. Como si el silbato fuera un cerrojo.

Resulta difícil de comprender —y de justificar— que clubes con historia, con nombres grabados en la épica barrial, con protagonistas heroicos que desafiaron épocas más duras, hoy se planten, por acción u omisión, del lado de la negación. Clubes que nacieron diciendo que no al “no se puede”, hoy lo repiten con gesto serio y argumentos gastados. Levantan muros invisibles, cierran filas, niegan la ronda.

Independiente de Trelew; el último club campeón.

No se entiende que algo que suma, que ilumina, que ensancha el campo de juego y el horizonte social, siga detenido por un machismo planchado, rancio, que atrasa más que una cancha sin vestuarios. Y no, esto no va de feminismos de vanguardia, ni de consignas importadas, ni de pañuelos atados donde molesten. Va de justicia deportiva y social. Y si alguien necesita traducirlo a otro idioma: también va de marketing, de identidad, de futuro, de números que cierran mejor cuando entran más a jugar.

El fútbol femenino no llegó como favor ni como concesión. No pidió permiso para nacer. Llegó como derecho postergado. Llegó para quedarse. No como un acto heroico de autogestión eterna, sino como parte estructural del juego, de la competencia y de la cultura futbolera.

Ojalá que este 2026 —a un año de un Mundial en Brasil que ya se siente en el aire— todos los actores entiendan algo básico, casi biológico, casi poético:las tetas no están sólo para ser miradas ni para alimentar. También sirven para amortiguar la pelota, bajarla de pecho, ponerla bajo la suela y salir jugando desde el fondo, con inteligencia y coraje.

Cuando eso pase, habrá más chicas persiguiendo un sueño sin pedir disculpas.

Habrá más potreros llenos de risas y transpiración.

Habrá clubes más grandes porque serán más justos y más luminosos.

Habrá competencia real, fuego sagrado y futuro.

Y el fútbol —ese juego que dice ser del pueblo— será, por fin, un poco más verdadero.

Un poco de historia

Antes del gol del siglo, antes del relato repetido hasta el cansancio, antes de que un 10 bajito le declarara la guerra a un imperio con la zurda, una mujer argentina ya había hecho temblar a Inglaterra. No una, ni dos: cuatro veces. Cuatro goles como cuatro cachetadas a la historia escrita por otros. Fue en 1971, en un Mundial que no figura en los archivos prolijos de la FIFA, porque la FIFA —como todo poder— también decide qué existe y qué no. La goleadora se llamaba Elba Selva. Apréndanse el nombre. Escríbanlo en la pared, en la carpeta, en la memoria. Elba Selva. La primera argentina que venció a Inglaterra en una Copa del Mundo.

Pero cuando volvió al país no hubo gloria. No hubo recibimiento. No hubo micrófonos. Volvió como vuelven las que se atreven: solas. Volvió a un país que no sabía qué hacer con una hazaña femenina. El silencio fue su trofeo. Y el olvido, la estrategia defensiva del patriarcado.

La selección nacional en un mundial mexicano no oficial.

El fútbol femenino argentino nació así: en la intemperie. Sin actas, sin contratos, sin fotógrafos. Nació pegado al arco, mirando desde afuera, esperando que falte uno. Nació en la pausa entre un “no” y un “bueno, entrá”. En los potreros de tierra dura, donde la pelota quema y las rodillas sangran. Nació aprendiendo a esquivar más prejuicios que patadas. Porque antes de aprender a pegarle de tres dedos, hubo que aprender a resistir la burla.

“Andá a tu casa, marimacho”. El insulto era el mismo en todos los pueblos, en todas las canchas, en todas las décadas. Cambiaban los alambrados, no el desprecio. Pero ellas siguieron. Con las medias caídas, con botines prestados, con camisetas heredadas. Siguieron porque había algo más fuerte que el mandato: el deseo. Y el deseo, cuando se organiza, se vuelve peligroso.

Ya en 1923, cuando el siglo XX recién aprendía a caminar, las mujeres argentinas se animaron a profanar el templo. En la Bombonera —sí, en la Bombonera— se jugó un partido entre dos equipos llamados Argentinas y Cosmopolitas. Fue un acto político antes de que existiera la palabra. Pero la historia oficial tomó nota y después barrió. Desde ahí hasta fines de los años 50 hay un vacío feroz, un agujero negro donde se perdieron nombres, goles, gambetas, tardes enteras de fútbol jugado a pulmón. No fue casualidad: fue borramiento.

Mientras tanto, los guardianes del sentido común hacían su trabajo. Alguna vez, un periodista con prestigio y tinta abundante escribió sin pudor que “el fútbol no es para chuchis”. Diego Lucero lo firmó convencido. Con la autoridad que da el micrófono dijo que el fútbol era “viril”, cosa de varones de pelo en pecho y galladura fuerte. Como si la valentía se midiera en cromosomas. Como si la fuerza no se entrenara. Como si el coraje no se construyera jugando sin red.

Pero el fútbol femenino no pidió permiso. No se acomodó al molde. No aceptó el museo. Eligió no fosilizarse. Eligió vivir. Y vivir, para ellas, siempre fue ir a contramano.

Igual, todo costó. Recién empezó a verse algo de luz en el XXI.

En la cancha como en la vida

“Nos paramos en la cancha como en la vida”. No es frase bonita: es declaración de principios. Porque cada partido fue una negociación con el mundo. Cada entrenamiento, una apuesta a futuro sin garantías. Cada lesión, una cicatriz que no salía en la tele. Se pararon firmes cuando no había tribunas, cuando no había baños, cuando no había médicos. Se pararon cuando nadie miraba. Y eso también es épica.

Nada llegó solo. Ni el reconocimiento, ni la televisación, ni los contratos, ni las selecciones visibles. Todo fue lucha. Todo fue insistencia. Todo fue empujar una puerta cerrada con el cuerpo. Por eso hoy, cuando se anuncia que el fútbol femenino será incorporado a las clases de educación física en todo el país, no estamos frente a una concesión: estamos frente a una victoria colectiva. Tardía, sí. Incompleta, también. Pero victoria al fin.

Moreno e Independiente, últimos finalistas en el Valle.

Algo hay que reconocer: la AFA, ese gigante rodeado por muchos intereses, apuesta al fortalecimiento de la disciplina. A pesar de ajenos…y de propios. No es un regalo: es una conquista. Porque en este camino, nada fue gratis. Todo se peleó. Todo se empujó. Todo se arrancó con los tapones de punta.

Hoy hay pibas que ya no esperan atrás del arco. Hoy entran de titulares. Hoy sueñan sin pedir disculpas. Pero ese presente está sostenido por piernas cansadas, por gargantas rotas de gritar goles que nadie filmó, por mujeres que jugaron para que otras jueguen mejor.

Se vienen -en este 2026- los certámenes regionales de clubes Sub13; Sub-15 y Primera División. Por eso, la ilusión sigue. No como promesa ingenua, sino como certeza de lucha. Más intacta que nunca. Porque estas pibas no juegan sólo por un resultado: juegan contra el olvido. Y mientras haya una pelota rodando en los pies de una piba que no se rinde, la revolución va a seguir entrando por el segundo palo.

Y no hay offside posible contra una historia que, por fin, decidió avanzar en bloque.

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Cruz del Sur de Bariloche y J.J. Moreno en el último Regional de Clubes.
13 ENE 2026 - 16:16

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

El todo siempre fue más que la suma de las partes.

Porque nadie se salva solo, aunque le vendan la fantasía del héroe individual.

Y tampoco se es feliz en soledad, aunque la llamen autosuficiencia y la pongan de moda.

La vida —como el fútbol— es un ejercicio colectivo. Un entramado de cuerpos, miradas y relevos. Una coreografía imperfecta donde alguien corre para que otro llegue, donde se cubre el error ajeno como un acto de amor silencioso. Capital humano del más noble: el que se forma en el barro, el que aprende a perder, el que vuelve a intentar. Y dentro de ese capital late, empuja y golpea la puerta el fútbol femenino, como una marea que ya no acepta diques ni excusas.

Pero vivimos tiempos ásperos. Tiempos donde la palabra “libertad” avanza como una topadora sin frenos. Arrasa con todo lo que encuentra a su paso: derechos, memorias, conquistas arrancadas con uñas, sudor y sangre. Confunde privilegio con mérito y egoísmo con valentía. Y en ese vendaval, a las mujeres se les sigue corriendo el arco. El fútbol, para ellas, continúa siendo un territorio cercado, un potrero vigilado, un juego que todavía parece prestado. No sólo por estos pagos. En demasiadas geografías del planeta.

Claro que existen excepciones. Islas de cordura. Faros encendidos en mitad de la tormenta. Federaciones que entendieron que abrir la cancha no la debilita: la hace más grande. Que compartir el juego no resta identidad, la potencia. Que sumar voces, cuerpos y sueños no divide, multiplica.

Sin embargo, en las Ligas del Oeste, Sur y Valle del Chubut, pareciera que todavía hay que pedir permiso. Permiso para entrar a la cancha. Permiso para competir. Permiso para existir. Como si la pelota tuviera dueño. Como si el césped distinguiera géneros. Como si el silbato fuera un cerrojo.

Resulta difícil de comprender —y de justificar— que clubes con historia, con nombres grabados en la épica barrial, con protagonistas heroicos que desafiaron épocas más duras, hoy se planten, por acción u omisión, del lado de la negación. Clubes que nacieron diciendo que no al “no se puede”, hoy lo repiten con gesto serio y argumentos gastados. Levantan muros invisibles, cierran filas, niegan la ronda.

Independiente de Trelew; el último club campeón.

No se entiende que algo que suma, que ilumina, que ensancha el campo de juego y el horizonte social, siga detenido por un machismo planchado, rancio, que atrasa más que una cancha sin vestuarios. Y no, esto no va de feminismos de vanguardia, ni de consignas importadas, ni de pañuelos atados donde molesten. Va de justicia deportiva y social. Y si alguien necesita traducirlo a otro idioma: también va de marketing, de identidad, de futuro, de números que cierran mejor cuando entran más a jugar.

El fútbol femenino no llegó como favor ni como concesión. No pidió permiso para nacer. Llegó como derecho postergado. Llegó para quedarse. No como un acto heroico de autogestión eterna, sino como parte estructural del juego, de la competencia y de la cultura futbolera.

Ojalá que este 2026 —a un año de un Mundial en Brasil que ya se siente en el aire— todos los actores entiendan algo básico, casi biológico, casi poético:las tetas no están sólo para ser miradas ni para alimentar. También sirven para amortiguar la pelota, bajarla de pecho, ponerla bajo la suela y salir jugando desde el fondo, con inteligencia y coraje.

Cuando eso pase, habrá más chicas persiguiendo un sueño sin pedir disculpas.

Habrá más potreros llenos de risas y transpiración.

Habrá clubes más grandes porque serán más justos y más luminosos.

Habrá competencia real, fuego sagrado y futuro.

Y el fútbol —ese juego que dice ser del pueblo— será, por fin, un poco más verdadero.

Un poco de historia

Antes del gol del siglo, antes del relato repetido hasta el cansancio, antes de que un 10 bajito le declarara la guerra a un imperio con la zurda, una mujer argentina ya había hecho temblar a Inglaterra. No una, ni dos: cuatro veces. Cuatro goles como cuatro cachetadas a la historia escrita por otros. Fue en 1971, en un Mundial que no figura en los archivos prolijos de la FIFA, porque la FIFA —como todo poder— también decide qué existe y qué no. La goleadora se llamaba Elba Selva. Apréndanse el nombre. Escríbanlo en la pared, en la carpeta, en la memoria. Elba Selva. La primera argentina que venció a Inglaterra en una Copa del Mundo.

Pero cuando volvió al país no hubo gloria. No hubo recibimiento. No hubo micrófonos. Volvió como vuelven las que se atreven: solas. Volvió a un país que no sabía qué hacer con una hazaña femenina. El silencio fue su trofeo. Y el olvido, la estrategia defensiva del patriarcado.

La selección nacional en un mundial mexicano no oficial.

El fútbol femenino argentino nació así: en la intemperie. Sin actas, sin contratos, sin fotógrafos. Nació pegado al arco, mirando desde afuera, esperando que falte uno. Nació en la pausa entre un “no” y un “bueno, entrá”. En los potreros de tierra dura, donde la pelota quema y las rodillas sangran. Nació aprendiendo a esquivar más prejuicios que patadas. Porque antes de aprender a pegarle de tres dedos, hubo que aprender a resistir la burla.

“Andá a tu casa, marimacho”. El insulto era el mismo en todos los pueblos, en todas las canchas, en todas las décadas. Cambiaban los alambrados, no el desprecio. Pero ellas siguieron. Con las medias caídas, con botines prestados, con camisetas heredadas. Siguieron porque había algo más fuerte que el mandato: el deseo. Y el deseo, cuando se organiza, se vuelve peligroso.

Ya en 1923, cuando el siglo XX recién aprendía a caminar, las mujeres argentinas se animaron a profanar el templo. En la Bombonera —sí, en la Bombonera— se jugó un partido entre dos equipos llamados Argentinas y Cosmopolitas. Fue un acto político antes de que existiera la palabra. Pero la historia oficial tomó nota y después barrió. Desde ahí hasta fines de los años 50 hay un vacío feroz, un agujero negro donde se perdieron nombres, goles, gambetas, tardes enteras de fútbol jugado a pulmón. No fue casualidad: fue borramiento.

Mientras tanto, los guardianes del sentido común hacían su trabajo. Alguna vez, un periodista con prestigio y tinta abundante escribió sin pudor que “el fútbol no es para chuchis”. Diego Lucero lo firmó convencido. Con la autoridad que da el micrófono dijo que el fútbol era “viril”, cosa de varones de pelo en pecho y galladura fuerte. Como si la valentía se midiera en cromosomas. Como si la fuerza no se entrenara. Como si el coraje no se construyera jugando sin red.

Pero el fútbol femenino no pidió permiso. No se acomodó al molde. No aceptó el museo. Eligió no fosilizarse. Eligió vivir. Y vivir, para ellas, siempre fue ir a contramano.

Igual, todo costó. Recién empezó a verse algo de luz en el XXI.

En la cancha como en la vida

“Nos paramos en la cancha como en la vida”. No es frase bonita: es declaración de principios. Porque cada partido fue una negociación con el mundo. Cada entrenamiento, una apuesta a futuro sin garantías. Cada lesión, una cicatriz que no salía en la tele. Se pararon firmes cuando no había tribunas, cuando no había baños, cuando no había médicos. Se pararon cuando nadie miraba. Y eso también es épica.

Nada llegó solo. Ni el reconocimiento, ni la televisación, ni los contratos, ni las selecciones visibles. Todo fue lucha. Todo fue insistencia. Todo fue empujar una puerta cerrada con el cuerpo. Por eso hoy, cuando se anuncia que el fútbol femenino será incorporado a las clases de educación física en todo el país, no estamos frente a una concesión: estamos frente a una victoria colectiva. Tardía, sí. Incompleta, también. Pero victoria al fin.

Moreno e Independiente, últimos finalistas en el Valle.

Algo hay que reconocer: la AFA, ese gigante rodeado por muchos intereses, apuesta al fortalecimiento de la disciplina. A pesar de ajenos…y de propios. No es un regalo: es una conquista. Porque en este camino, nada fue gratis. Todo se peleó. Todo se empujó. Todo se arrancó con los tapones de punta.

Hoy hay pibas que ya no esperan atrás del arco. Hoy entran de titulares. Hoy sueñan sin pedir disculpas. Pero ese presente está sostenido por piernas cansadas, por gargantas rotas de gritar goles que nadie filmó, por mujeres que jugaron para que otras jueguen mejor.

Se vienen -en este 2026- los certámenes regionales de clubes Sub13; Sub-15 y Primera División. Por eso, la ilusión sigue. No como promesa ingenua, sino como certeza de lucha. Más intacta que nunca. Porque estas pibas no juegan sólo por un resultado: juegan contra el olvido. Y mientras haya una pelota rodando en los pies de una piba que no se rinde, la revolución va a seguir entrando por el segundo palo.

Y no hay offside posible contra una historia que, por fin, decidió avanzar en bloque.


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