Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Tres años no son tiempo.
Son apenas un parpadeo en la eternidad de los que nunca se rindieron.
Tres años después, Germinal no recuerda; late.
Aquel ascenso no fue un resultado.
Fue una insurrección sentimental.
Una sublevación de gargantas rotas contra el orden establecido del olvido.
Germinal no subió; irrumpió. Como irrumpen los pueblos cuando ya no soportan ser periferia.
Porque Germinal no es un club; es una herida que decidió cantar.
Una bandera zurcida con sacrificios. Una fe sin templos, pero con tribunas.
Rawson entendió esa tarde-noche —y lo sigue entendiendo tres años después— que no hay destino chico cuando el amor es grande.
Que no hay presupuesto que compre lo que nace del barro, del viento, del frío y de la obstinación patagónica de seguir igual cuando todo empuja a cambiar.
Aquel día, los Carlos —todos los Carlos— dejaron de ser individuos.
Fueron multitud.
Fueron músculo colectivo.
Fueron una sola respiración agónica sosteniendo al equipo para que no se caiga del mundo.
Había nervio.
Había miedo.
Había esa belleza cruel del fútbol que exige pagar con sufrimiento cada segundo de gloria.
Pero también había algo más fuerte. La certeza íntima de que no se podía perder.
No esa vez.
No así.
Porque Germinal llevaba en la espalda algo más pesado que una camiseta. Llevaba historias inconclusas, ascensos negados, traiciones viejas, silencios largos, domingos grises y promesas rotas.
Y aun así caminó erguido.
Tres años después, ese rugido sigue viajando.
No envejeció.
No se gastó.
Se volvió relato fundacional.
El ascenso se transformó en doctrina.
En advertencia.
En mensaje cifrado para propios y extraños porque con Germinal no se negocia la dignidad.
La corona que ganó fue de espinas, sí.
Pero Germinal siempre supo sangrar sin arrodillarse.
Nunca fue un club cómodo.
Nunca fue neutral.
Nunca pidió permiso.
Hoy, cuando el recuerdo vuelve —porque vuelve siempre— no es nostalgia. Es munición. Es combustible. Es identidad reafirmada.
Germinal sigue siendo esa religión sin ateos, esa épica sin estatua, ese amor que no promete descanso pero garantiza sentido.
Y Carlos —el de ayer, el de hoy, el que vendrá— lo sabe.
Por eso cuando escucha su nombre, el pecho se le adelanta al cuerpo.
Por eso cuando Germinal juega, nada más importa.
Por eso tres años después, todavía duele… y todavía emociona.
Porque los grandes no celebran aniversarios.
Celebran que siguen vivos.
Y Germinal, tres años después, sigue siendo incendio.
Sigue siendo canto. Sigue siendo fe.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Tres años no son tiempo.
Son apenas un parpadeo en la eternidad de los que nunca se rindieron.
Tres años después, Germinal no recuerda; late.
Aquel ascenso no fue un resultado.
Fue una insurrección sentimental.
Una sublevación de gargantas rotas contra el orden establecido del olvido.
Germinal no subió; irrumpió. Como irrumpen los pueblos cuando ya no soportan ser periferia.
Porque Germinal no es un club; es una herida que decidió cantar.
Una bandera zurcida con sacrificios. Una fe sin templos, pero con tribunas.
Rawson entendió esa tarde-noche —y lo sigue entendiendo tres años después— que no hay destino chico cuando el amor es grande.
Que no hay presupuesto que compre lo que nace del barro, del viento, del frío y de la obstinación patagónica de seguir igual cuando todo empuja a cambiar.
Aquel día, los Carlos —todos los Carlos— dejaron de ser individuos.
Fueron multitud.
Fueron músculo colectivo.
Fueron una sola respiración agónica sosteniendo al equipo para que no se caiga del mundo.
Había nervio.
Había miedo.
Había esa belleza cruel del fútbol que exige pagar con sufrimiento cada segundo de gloria.
Pero también había algo más fuerte. La certeza íntima de que no se podía perder.
No esa vez.
No así.
Porque Germinal llevaba en la espalda algo más pesado que una camiseta. Llevaba historias inconclusas, ascensos negados, traiciones viejas, silencios largos, domingos grises y promesas rotas.
Y aun así caminó erguido.
Tres años después, ese rugido sigue viajando.
No envejeció.
No se gastó.
Se volvió relato fundacional.
El ascenso se transformó en doctrina.
En advertencia.
En mensaje cifrado para propios y extraños porque con Germinal no se negocia la dignidad.
La corona que ganó fue de espinas, sí.
Pero Germinal siempre supo sangrar sin arrodillarse.
Nunca fue un club cómodo.
Nunca fue neutral.
Nunca pidió permiso.
Hoy, cuando el recuerdo vuelve —porque vuelve siempre— no es nostalgia. Es munición. Es combustible. Es identidad reafirmada.
Germinal sigue siendo esa religión sin ateos, esa épica sin estatua, ese amor que no promete descanso pero garantiza sentido.
Y Carlos —el de ayer, el de hoy, el que vendrá— lo sabe.
Por eso cuando escucha su nombre, el pecho se le adelanta al cuerpo.
Por eso cuando Germinal juega, nada más importa.
Por eso tres años después, todavía duele… y todavía emociona.
Porque los grandes no celebran aniversarios.
Celebran que siguen vivos.
Y Germinal, tres años después, sigue siendo incendio.
Sigue siendo canto. Sigue siendo fe.