Sindicato, memoria y Nación, el legado de Oscar Smith

Hace 49 años, el dirigente lucifuercista fue secuestrado por un grupo de tareas cuando se aprestaba a encontrarse con su compañera y sus dos hijas en Mar del Plata. Su cuerpo nunca apareció.

Oscar Smith y su recuerdo.
10 FEB 2026 - 18:56 | Actualizado 12 FEB 2026 - 10:46

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Oscar Smith nació en Villa Domínico, pero no perteneció nunca a un barrio. Perteneció a una clase. Fue hijo del trabajo y hermano del rayo, obrero de la energía y dirigente de Luz y Fuerza en tiempos en que organizarse era un acto de valentía y no una consigna de ocasión. Supo, como supo su generación, que sin sindicato no hay justicia social y que sin justicia social no existe Nación, apenas un mercado con bandera.

Mientras los gremios eran intervenidos, los delegados perseguidos y el terror bajaba como una sombra larga sobre las fábricas, Smith sostuvo al sindicato como se sostiene una trinchera. No para la foto, sino para que nadie quede expuesto al fuego enemigo. El convenio era ley escrita con sudor; la organización, el límite frente al abuso; la solidaridad, el idioma común de los que no se arrodillan.

El 11 de febrero de 1977 alguien decidió que su voz era peligrosa. Lo secuestraron en plena calle, como se secuestra un mensaje que no se puede refutar. Dos Falcon blancos —la heráldica del terror— lo cruzaron, lo arrancaron del asfalto y lo borraron del mapa. No buscaban a un hombre, sino disciplinar a miles. Pero la historia, terca y obrera, vuelve a demostrarlo una y otra vez que el miedo no organiza; lo que organiza es la memoria cuando se vuelve acción.

Smith no fue un dirigente de gritos vacíos ni de marketing personal. No construyó poder con slogans, sino con hechos: defensa irrestricta del convenio, formación de cuadros, negociación firme, solidaridad activa entre trabajadores y, cuando fue necesario, resistencia sin concesiones. Ese modelo sindical —hoy señalado como “rigidez”— fue el que arrancó derechos que ahora pretenden devolver al patrón como si fueran privilegios indebidos.

Aquel día había dejado a su madre en una panadería, visitado a su hermano en una clínica y se preparaba para reencontrarse con su compañera y sus dos hijas en Mar del Plata. La vida cotidiana, simple y digna, fue interrumpida a las dos cuadras. No llegó. Lo metieron en un baúl. Y desde entonces, su ausencia camina con nosotros.

Su secuestro ocurrió en plena lucha sindical por los 264 trabajadores despedidos meses antes, preludio de lo que vendría con la venta y posterior estatización de la Italo-Argentina durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional: un catálogo de saqueos, impunidades y negocios manchados de sangre que la historia oficial intenta maquillar, pero que el pueblo recuerda con nombre y apellido.

Recordar a Oscar “El Gato” Smith no es un acto melancólico. Es tomar posición. Es entender que cada intento de flexibilización laboral vuelve a hacer la misma pregunta brutal. ¿Quién ajusta y quién se enriquece? Es saber que el conflicto no es nuevo, que sólo cambian los disfraces.

La memoria no es un museo; es una herramienta. Es colectiva, incómoda y peligrosa para los que necesitan el olvido para avanzar. Por eso no podemos ni debemos olvidar a Oscar Smith, expresión de un sindicalismo de vanguardia, de autogestión, de poder real construido desde abajo.

A 49 años de su secuestro y desaparición, no hay silencio posible. Hay nombres que no se borran, luchas que no prescriben y ejemplos que siguen organizando.

Oscar Smith no volvió. Pero tampoco se fue.

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Oscar Smith y su recuerdo.
10 FEB 2026 - 18:56

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Oscar Smith nació en Villa Domínico, pero no perteneció nunca a un barrio. Perteneció a una clase. Fue hijo del trabajo y hermano del rayo, obrero de la energía y dirigente de Luz y Fuerza en tiempos en que organizarse era un acto de valentía y no una consigna de ocasión. Supo, como supo su generación, que sin sindicato no hay justicia social y que sin justicia social no existe Nación, apenas un mercado con bandera.

Mientras los gremios eran intervenidos, los delegados perseguidos y el terror bajaba como una sombra larga sobre las fábricas, Smith sostuvo al sindicato como se sostiene una trinchera. No para la foto, sino para que nadie quede expuesto al fuego enemigo. El convenio era ley escrita con sudor; la organización, el límite frente al abuso; la solidaridad, el idioma común de los que no se arrodillan.

El 11 de febrero de 1977 alguien decidió que su voz era peligrosa. Lo secuestraron en plena calle, como se secuestra un mensaje que no se puede refutar. Dos Falcon blancos —la heráldica del terror— lo cruzaron, lo arrancaron del asfalto y lo borraron del mapa. No buscaban a un hombre, sino disciplinar a miles. Pero la historia, terca y obrera, vuelve a demostrarlo una y otra vez que el miedo no organiza; lo que organiza es la memoria cuando se vuelve acción.

Smith no fue un dirigente de gritos vacíos ni de marketing personal. No construyó poder con slogans, sino con hechos: defensa irrestricta del convenio, formación de cuadros, negociación firme, solidaridad activa entre trabajadores y, cuando fue necesario, resistencia sin concesiones. Ese modelo sindical —hoy señalado como “rigidez”— fue el que arrancó derechos que ahora pretenden devolver al patrón como si fueran privilegios indebidos.

Aquel día había dejado a su madre en una panadería, visitado a su hermano en una clínica y se preparaba para reencontrarse con su compañera y sus dos hijas en Mar del Plata. La vida cotidiana, simple y digna, fue interrumpida a las dos cuadras. No llegó. Lo metieron en un baúl. Y desde entonces, su ausencia camina con nosotros.

Su secuestro ocurrió en plena lucha sindical por los 264 trabajadores despedidos meses antes, preludio de lo que vendría con la venta y posterior estatización de la Italo-Argentina durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional: un catálogo de saqueos, impunidades y negocios manchados de sangre que la historia oficial intenta maquillar, pero que el pueblo recuerda con nombre y apellido.

Recordar a Oscar “El Gato” Smith no es un acto melancólico. Es tomar posición. Es entender que cada intento de flexibilización laboral vuelve a hacer la misma pregunta brutal. ¿Quién ajusta y quién se enriquece? Es saber que el conflicto no es nuevo, que sólo cambian los disfraces.

La memoria no es un museo; es una herramienta. Es colectiva, incómoda y peligrosa para los que necesitan el olvido para avanzar. Por eso no podemos ni debemos olvidar a Oscar Smith, expresión de un sindicalismo de vanguardia, de autogestión, de poder real construido desde abajo.

A 49 años de su secuestro y desaparición, no hay silencio posible. Hay nombres que no se borran, luchas que no prescriben y ejemplos que siguen organizando.

Oscar Smith no volvió. Pero tampoco se fue.