Entre las 120 y Shura

Este 8 de marzo se recuerda a aquellas mártires que lucharon por dignidad. Reclamando un lugar que la historia, en muchas oportunidades, parece olvidar.

Los cuerpos quemados de numerosas obreras de la Triangle Shirtwaist.
07 MAR 2026 - 16:33 | Actualizado 08 MAR 2026 - 11:21

Por Juan Miguel Bigrevich /Redacción Jornada

Fueron 120. Fueron 123. Fue una.

Pero en realidad fueron millones.

El 8 de marzo no nació de una agenda ni de un calendario prolijo. Nació del humo. Del plomo. De la rabia. Nació cuando las mujeres dejaron de pedir permiso y empezaron a golpear la puerta de la historia con los puños cerrados.

Aquel 8 de marzo de 1857 las calles de Nueva York vieron avanzar una columna que no llevaba fusiles ni banderas imperiales.

Llevaba delantales de fábrica, manos curtidas por el algodón y pechos llenos de leche para hijos que apenas veían. Salieron a reclamar lo elemental como horas humanas, salarios dignos y el derecho a no dejar la vida entre telares.

La respuesta del poder fue la de siempre. Balas.

La policía disparó contra aquellas obreras como si la dignidad fuese un delito. Cayeron 120. O 123. Da igual. La historia no cuenta cadáveres cuando empieza a contar leyendas.

Pero el fuego todavía tenía otra cita.

En 1911 -un 25 de marzo-, en la fábrica Triangle Shirtwaist, las llamas se convirtieron en verdugo. Las puertas estaban cerradas. La patronal había puesto candado al aire y a la esperanza. Las mujeres cosían dentro de una trampa de tela y madera. Cuando el incendio rugió como una bestia hambrienta, no hubo escape.

Murieron quemadas. Saltaron por las ventanas. Se abrazaron al humo.

Murieron 146 personas. Entre ellas, decenas de mujeres que habían tenido la osadía de exigir respeto. El capital también sabe incendiar.

Pero la historia, a veces, responde con otra forma de fuego.

También por marzo y en algún punto del imperio ruso nació Aleksandra Kolontai. A la que le decían Shura.

Hija de aristócratas. Podía haber vivido entre salones, terciopelos y silencios. Pero eligió incendiar la comodidad. Dejó marido, hijo, apellido tranquilo, y salió a buscar algo más peligroso que la guerra cual la libertad de las mujeres.

En Zúrich se encontró con otras incendiarias del pensamiento. Una tal Clara Zetkin y otra llamada Rosa de Luxemburgo. Y con un hombre de mirada de hielo que se llamaba Vladimir Ilich Ulianov, al que el mundo conocería como Lenin.

Con ellas organizó las primeras trincheras del feminismo moderno. Con él cabalgó la tormenta bolchevique.
Shura no pedía permiso. Abría puertas a patadas.

Fue agitadora, conspiradora, dirigente. Impulsó la independencia de Finlandia del zarismo. Organizó marchas gigantescas contra la guerra que había devorado a millones de rusos. Cuando la revolución tomó el poder, ella se convirtió en algo que hasta entonces parecía imposible. Fue la primera mujer ministra de la historia moderna.

Desde allí empujó cambios que hicieron temblar a medio planeta. Instaló el sufragio femenino, el divorcio legal, la igualdad salarial, el aborto y la libertad sexual. Demasiado fuego para demasiados hombres. Incluso para Lenin.

El mismo camarada que había marchado a su lado terminó enviándola a un exilio elegante. La nombró diplomática itinerante.

Lejos del centro de la revolución. Pero ni siquiera Stalin, que devoró a casi todos los viejos bolcheviques, se animó a tocarla. La leyenda ya era demasiado grande.

Shura murió un 9 de marzo de 1952.
Treinta y cuatro años y un día después de que el Parlamento soviético oficializara el 8 de marzo como el día de las mujeres.

Mucho antes de que la burocracia del mundo —esa que hoy se agrupa bajo tres letras llamadas ONU— decidiera ponerle sello y protocolo a lo que había nacido en sangre y en llamas.

Por eso el 8M no es una fecha amable.

Es una cicatriz.

Es la memoria de las que murieron a tiros. De las que ardieron en fábricas cerradas. De las que desafiaron imperios, iglesias, patrones y revoluciones.

Fueron 120. Fueron 123. Fue Shura.

Pero en verdad fueron millones de mujeres que se plantaron frente al mundo como si la historia fuera una puerta oxidada y ellas llevaran en la mano la única llave posible que no es otra cosa que la rebeldía.

Empoderadas, dicen ahora.

Las de entonces no conocían esa palabra. Pero tenían algo mejor. Tenían ovarios del tamaño de dos avenidas. Y con ellos abrieron el camino. Contra todo. Contra todos.

Los cuerpos quemados de numerosas obreras de la Triangle Shirtwaist.
07 MAR 2026 - 16:33

Por Juan Miguel Bigrevich /Redacción Jornada

Fueron 120. Fueron 123. Fue una.

Pero en realidad fueron millones.

El 8 de marzo no nació de una agenda ni de un calendario prolijo. Nació del humo. Del plomo. De la rabia. Nació cuando las mujeres dejaron de pedir permiso y empezaron a golpear la puerta de la historia con los puños cerrados.

Aquel 8 de marzo de 1857 las calles de Nueva York vieron avanzar una columna que no llevaba fusiles ni banderas imperiales.

Llevaba delantales de fábrica, manos curtidas por el algodón y pechos llenos de leche para hijos que apenas veían. Salieron a reclamar lo elemental como horas humanas, salarios dignos y el derecho a no dejar la vida entre telares.

La respuesta del poder fue la de siempre. Balas.

La policía disparó contra aquellas obreras como si la dignidad fuese un delito. Cayeron 120. O 123. Da igual. La historia no cuenta cadáveres cuando empieza a contar leyendas.

Pero el fuego todavía tenía otra cita.

En 1911 -un 25 de marzo-, en la fábrica Triangle Shirtwaist, las llamas se convirtieron en verdugo. Las puertas estaban cerradas. La patronal había puesto candado al aire y a la esperanza. Las mujeres cosían dentro de una trampa de tela y madera. Cuando el incendio rugió como una bestia hambrienta, no hubo escape.

Murieron quemadas. Saltaron por las ventanas. Se abrazaron al humo.

Murieron 146 personas. Entre ellas, decenas de mujeres que habían tenido la osadía de exigir respeto. El capital también sabe incendiar.

Pero la historia, a veces, responde con otra forma de fuego.

También por marzo y en algún punto del imperio ruso nació Aleksandra Kolontai. A la que le decían Shura.

Hija de aristócratas. Podía haber vivido entre salones, terciopelos y silencios. Pero eligió incendiar la comodidad. Dejó marido, hijo, apellido tranquilo, y salió a buscar algo más peligroso que la guerra cual la libertad de las mujeres.

En Zúrich se encontró con otras incendiarias del pensamiento. Una tal Clara Zetkin y otra llamada Rosa de Luxemburgo. Y con un hombre de mirada de hielo que se llamaba Vladimir Ilich Ulianov, al que el mundo conocería como Lenin.

Con ellas organizó las primeras trincheras del feminismo moderno. Con él cabalgó la tormenta bolchevique.
Shura no pedía permiso. Abría puertas a patadas.

Fue agitadora, conspiradora, dirigente. Impulsó la independencia de Finlandia del zarismo. Organizó marchas gigantescas contra la guerra que había devorado a millones de rusos. Cuando la revolución tomó el poder, ella se convirtió en algo que hasta entonces parecía imposible. Fue la primera mujer ministra de la historia moderna.

Desde allí empujó cambios que hicieron temblar a medio planeta. Instaló el sufragio femenino, el divorcio legal, la igualdad salarial, el aborto y la libertad sexual. Demasiado fuego para demasiados hombres. Incluso para Lenin.

El mismo camarada que había marchado a su lado terminó enviándola a un exilio elegante. La nombró diplomática itinerante.

Lejos del centro de la revolución. Pero ni siquiera Stalin, que devoró a casi todos los viejos bolcheviques, se animó a tocarla. La leyenda ya era demasiado grande.

Shura murió un 9 de marzo de 1952.
Treinta y cuatro años y un día después de que el Parlamento soviético oficializara el 8 de marzo como el día de las mujeres.

Mucho antes de que la burocracia del mundo —esa que hoy se agrupa bajo tres letras llamadas ONU— decidiera ponerle sello y protocolo a lo que había nacido en sangre y en llamas.

Por eso el 8M no es una fecha amable.

Es una cicatriz.

Es la memoria de las que murieron a tiros. De las que ardieron en fábricas cerradas. De las que desafiaron imperios, iglesias, patrones y revoluciones.

Fueron 120. Fueron 123. Fue Shura.

Pero en verdad fueron millones de mujeres que se plantaron frente al mundo como si la historia fuera una puerta oxidada y ellas llevaran en la mano la única llave posible que no es otra cosa que la rebeldía.

Empoderadas, dicen ahora.

Las de entonces no conocían esa palabra. Pero tenían algo mejor. Tenían ovarios del tamaño de dos avenidas. Y con ellos abrieron el camino. Contra todo. Contra todos.


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