El dolor no tiene forma, pero a veces encuentra voz. A raíz de un accidente de tránsito en la Ruta 3, este 21 de marzo marcó en Augusto Bria, una herida definitiva. En cuestión de segundos, su familia quedó devastada. Fallecieron sus hermanos y su madre. “Es sólo pensar que uno pierde tres seres queridos”, alcanza a decir en una entrevista con Jornada Radio. En medio del dolor, denunció que tanto él como sus hermanos y los efectivos policiales que los acompañaban, recibieron un trato “repugnante” por parte de un integrante del Cuerpo Interdisciplinario Forense.
Augusto es el segundo de ocho hermanos. Creció en Rawson, se formó en Trelew y desde hace más de dos décadas vive en Comodoro Rivadavia. Su vida, como la de tantos, estaba hecha de trabajo, esfuerzo y la cercanía de los suyos. Hoy, ese entramado familiar quedó atravesado por la tragedia y por una responsabilidad inesperada: sostener, organizar, acompañar.
En medio del caos emocional, tuvo que convertirse en el que gestiona. Trámites, certificados de defunción, autorizaciones judiciales, traslados. Mientras el duelo pedía silencio, la realidad exigía decisiones urgentes. “Me vengo haciendo responsable de todo”, resume, con una entereza que no disimula el desgaste.
Pero dentro de ese escenario oscuro, también hubo gestos de humanidad que marcaron la diferencia. Recuerda con gratitud a quienes ayudaron a resguardar los cuerpos de sus familiares, a los efectivos policiales que colaboraron en los traslados, a quienes hicieron posible que sus hermanos pudieran llegar y despedirse. Esos actos, dice, fueron un sostén cuando todo parecía desmoronarse.
El accidente, que debe reconstruirse a partir de testimonios, ocurrió en condiciones climáticas adversas. Agua-nieve, baja visibilidad, una ruta traicionera. Un hombre que pasaba por el lugar fue clave: no sólo registró la escena, sino que intentó asistir a la familia. Fue él quien encontró a Nacho, su sobrino de apenas 10 años, sobreviviente del impacto, atrapado entre los restos del vehículo.
El relato de ese rescate es tan crudo como conmovedor. El niño, herido, fue sacado del habitáculo con cuidado, protegido del frío, asistido como se pudo hasta la llegada de la ambulancia. Hoy, ya fuera de terapia intensiva, su recuperación es una de las pocas luces en medio de tanta oscuridad. Pero aún queda lo más difícil: decirle que su madre, su abuela y su tío ya no están.
Mientras tanto, la vida sigue imponiendo decisiones imposibles. Organizar despedidas, respetar los deseos de su madre -una ceremonia íntima, reservada a sus hijos-, coordinar velorios en distintas ciudades, enfrentar trabas judiciales que impiden cerrar ciclos. Cada paso duele, pero también es una forma de honrar.
En paralelo, emerge otra preocupación: el futuro de su cuñado y de sus sobrinos. La tragedia no termina en el accidente. Las consecuencias económicas, emocionales y psicológicas se proyectan en el tiempo. Por eso impulsó una campaña solidaria, aun sabiendo que no es fácil pedir ayuda. Lo hizo, dice, porque hay momentos en los que la dignidad también implica dejarse acompañar.
Sin embargo, no todo fue contención. En medio de ese proceso, Augusto decidió denunciar públicamente una situación que lo marcó profundamente. Según relata, tanto él como sus hermanos y los efectivos policiales que los acompañaban recibieron un trato “repugnante” por parte de un integrante del cuerpo interdisciplinario forense, a quien identificó como Eduardo Astudillo.
El episodio ocurrió en la morgue judicial, cuando debía retirar los cuerpos. Lejos de encontrar un mínimo de empatía, se topó -según su testimonio- con desprecio, hostilidad y una falta absoluta de humanidad. “Un empleado público está para solucionarte los problemas, no para creártelos”, dice, recordando una enseñanza de su madre que hoy resuena con más fuerza que nunca.
Describe una escena que lo persigue: los cuerpos siendo manipulados en condiciones que considera indignas, el destrato hacia quienes estaban allí para ayudar, la sensación de que incluso en la muerte, sus seres queridos no recibieron el respeto que merecían. “No sólo nos rompieron la vida -parece decir entre líneas-, también la despedida”.
La denuncia no busca venganza, aclara, sino visibilizar. Porque entiende que, en momentos así, el rol del Estado y de sus trabajadores es clave. Y cuando falla, el daño se multiplica.
A pesar de todo, Augusto sigue de pie. Sostiene a sus hermanos, acompaña a su sobrino, organiza lo imposible. Habla, aunque duela. Recuerda, aunque quiebre. Y en esa mezcla de fragilidad y fortaleza, deja un mensaje que atraviesa su historia: incluso en el peor de los escenarios, la humanidad -la buena y la mala- se vuelve evidente.
El padre de Nacho,Juan Carlos Camino; llegó a la ciudad el mismo día del accidente, pocas horas después de ocurrido. Según relató Augusto Bria, el hombre arribó aproximadamente tres horas y media más tarde, cuando el operativo aún se encontraba en curso y los cuerpos de las víctimas permanecían en el lugar. Efectivo policial con más de dos décadas de servicio, desarrolló gran parte de su carrera en áreas de grupos especiales y, desde hace algunos años, integra el equipo de custodia de mandatarios en Chubut, función que implica la protección directa del gobernador en ejercicio.
La tragedia no solo dejó una marca emocional profunda, sino también un escenario complejo desde lo económico y lo familiar. Bria explicó que, tras el fallecimiento de su hermana, se verá interrumpido el ingreso que sostenía parte del hogar, mientras que cualquier eventual reparación dependerá de un proceso judicial que podría extenderse durante años. En ese contexto, el padre del niño sobreviviente deberá afrontar no solo la recuperación física y psicológica de su hijo, sino también la reorganización de su vida cotidiana y la de su familia.
“Me decía, llorando, que no quería quedar como pobre ni desprenderse de todo lo que tiene, pero que no sabía qué hacer”, contó Bria, al describir el estado de angustia en el que se encuentra. Frente a esa situación, y ante la necesidad urgente, decidió impulsar una campaña solidaria para acompañarlo, a pesar de las reticencias iniciales del propio afectado.
La iniciativa busca canalizar la ayuda de quienes quieran colaborar en este momento crítico. Para ello, se difundió un alias de transferencia a través de Mercado Pago, con el objetivo de brindar un respaldo económico inmediato mientras la familia atraviesa las consecuencias de la tragedia. (Camino.36).

El dolor no tiene forma, pero a veces encuentra voz. A raíz de un accidente de tránsito en la Ruta 3, este 21 de marzo marcó en Augusto Bria, una herida definitiva. En cuestión de segundos, su familia quedó devastada. Fallecieron sus hermanos y su madre. “Es sólo pensar que uno pierde tres seres queridos”, alcanza a decir en una entrevista con Jornada Radio. En medio del dolor, denunció que tanto él como sus hermanos y los efectivos policiales que los acompañaban, recibieron un trato “repugnante” por parte de un integrante del Cuerpo Interdisciplinario Forense.
Augusto es el segundo de ocho hermanos. Creció en Rawson, se formó en Trelew y desde hace más de dos décadas vive en Comodoro Rivadavia. Su vida, como la de tantos, estaba hecha de trabajo, esfuerzo y la cercanía de los suyos. Hoy, ese entramado familiar quedó atravesado por la tragedia y por una responsabilidad inesperada: sostener, organizar, acompañar.
En medio del caos emocional, tuvo que convertirse en el que gestiona. Trámites, certificados de defunción, autorizaciones judiciales, traslados. Mientras el duelo pedía silencio, la realidad exigía decisiones urgentes. “Me vengo haciendo responsable de todo”, resume, con una entereza que no disimula el desgaste.
Pero dentro de ese escenario oscuro, también hubo gestos de humanidad que marcaron la diferencia. Recuerda con gratitud a quienes ayudaron a resguardar los cuerpos de sus familiares, a los efectivos policiales que colaboraron en los traslados, a quienes hicieron posible que sus hermanos pudieran llegar y despedirse. Esos actos, dice, fueron un sostén cuando todo parecía desmoronarse.
El accidente, que debe reconstruirse a partir de testimonios, ocurrió en condiciones climáticas adversas. Agua-nieve, baja visibilidad, una ruta traicionera. Un hombre que pasaba por el lugar fue clave: no sólo registró la escena, sino que intentó asistir a la familia. Fue él quien encontró a Nacho, su sobrino de apenas 10 años, sobreviviente del impacto, atrapado entre los restos del vehículo.
El relato de ese rescate es tan crudo como conmovedor. El niño, herido, fue sacado del habitáculo con cuidado, protegido del frío, asistido como se pudo hasta la llegada de la ambulancia. Hoy, ya fuera de terapia intensiva, su recuperación es una de las pocas luces en medio de tanta oscuridad. Pero aún queda lo más difícil: decirle que su madre, su abuela y su tío ya no están.
Mientras tanto, la vida sigue imponiendo decisiones imposibles. Organizar despedidas, respetar los deseos de su madre -una ceremonia íntima, reservada a sus hijos-, coordinar velorios en distintas ciudades, enfrentar trabas judiciales que impiden cerrar ciclos. Cada paso duele, pero también es una forma de honrar.
En paralelo, emerge otra preocupación: el futuro de su cuñado y de sus sobrinos. La tragedia no termina en el accidente. Las consecuencias económicas, emocionales y psicológicas se proyectan en el tiempo. Por eso impulsó una campaña solidaria, aun sabiendo que no es fácil pedir ayuda. Lo hizo, dice, porque hay momentos en los que la dignidad también implica dejarse acompañar.
Sin embargo, no todo fue contención. En medio de ese proceso, Augusto decidió denunciar públicamente una situación que lo marcó profundamente. Según relata, tanto él como sus hermanos y los efectivos policiales que los acompañaban recibieron un trato “repugnante” por parte de un integrante del cuerpo interdisciplinario forense, a quien identificó como Eduardo Astudillo.
El episodio ocurrió en la morgue judicial, cuando debía retirar los cuerpos. Lejos de encontrar un mínimo de empatía, se topó -según su testimonio- con desprecio, hostilidad y una falta absoluta de humanidad. “Un empleado público está para solucionarte los problemas, no para creártelos”, dice, recordando una enseñanza de su madre que hoy resuena con más fuerza que nunca.
Describe una escena que lo persigue: los cuerpos siendo manipulados en condiciones que considera indignas, el destrato hacia quienes estaban allí para ayudar, la sensación de que incluso en la muerte, sus seres queridos no recibieron el respeto que merecían. “No sólo nos rompieron la vida -parece decir entre líneas-, también la despedida”.
La denuncia no busca venganza, aclara, sino visibilizar. Porque entiende que, en momentos así, el rol del Estado y de sus trabajadores es clave. Y cuando falla, el daño se multiplica.
A pesar de todo, Augusto sigue de pie. Sostiene a sus hermanos, acompaña a su sobrino, organiza lo imposible. Habla, aunque duela. Recuerda, aunque quiebre. Y en esa mezcla de fragilidad y fortaleza, deja un mensaje que atraviesa su historia: incluso en el peor de los escenarios, la humanidad -la buena y la mala- se vuelve evidente.
El padre de Nacho,Juan Carlos Camino; llegó a la ciudad el mismo día del accidente, pocas horas después de ocurrido. Según relató Augusto Bria, el hombre arribó aproximadamente tres horas y media más tarde, cuando el operativo aún se encontraba en curso y los cuerpos de las víctimas permanecían en el lugar. Efectivo policial con más de dos décadas de servicio, desarrolló gran parte de su carrera en áreas de grupos especiales y, desde hace algunos años, integra el equipo de custodia de mandatarios en Chubut, función que implica la protección directa del gobernador en ejercicio.
La tragedia no solo dejó una marca emocional profunda, sino también un escenario complejo desde lo económico y lo familiar. Bria explicó que, tras el fallecimiento de su hermana, se verá interrumpido el ingreso que sostenía parte del hogar, mientras que cualquier eventual reparación dependerá de un proceso judicial que podría extenderse durante años. En ese contexto, el padre del niño sobreviviente deberá afrontar no solo la recuperación física y psicológica de su hijo, sino también la reorganización de su vida cotidiana y la de su familia.
“Me decía, llorando, que no quería quedar como pobre ni desprenderse de todo lo que tiene, pero que no sabía qué hacer”, contó Bria, al describir el estado de angustia en el que se encuentra. Frente a esa situación, y ante la necesidad urgente, decidió impulsar una campaña solidaria para acompañarlo, a pesar de las reticencias iniciales del propio afectado.
La iniciativa busca canalizar la ayuda de quienes quieran colaborar en este momento crítico. Para ello, se difundió un alias de transferencia a través de Mercado Pago, con el objetivo de brindar un respaldo económico inmediato mientras la familia atraviesa las consecuencias de la tragedia. (Camino.36).