Guardia alta

Germinal ganaba en la cancha y se derrotó fuera de ella. La pirotecnia que suspendió el partido expuso una verdad incómoda del fútbol patagónico — en el sur no alcanza con jugar bien, también hay que evitar regalar excusas.


04 MAY 2026 - 11:33 | Actualizado 04 MAY 2026 - 11:44

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Los partidos no se ganan solamente con la pelota en los pies.

Se ganan con el alma en la cancha, con el corazón en el área rival, con orden para atacar y temple para resistir. Pero también se ganan afuera. En la cabeza, en la conducta, en la inteligencia de no regalarle al enemigo la excusa que vino a buscar.

Y eso fue exactamente lo que Germinal hizo este domingo en Rawson. Construir una victoria dentro del campo mientras la demolía fuera de él.

El Verdiblanco derrotaba a Alvarado de Mar del Plata por 1 a 0. Lo tenía. Lo abrazaba. Lo saboreaba. Hasta que a un minuto del final, una lluvia de pirotecnia lanzada desde una cabecera de El Fortín convirtió una tarde de fiesta en un papelón con olor a escritorio. El árbitro suspendió el encuentro. ¿Exagerado? Puede ser. ¿Riguroso? También. ¿Amparado en el reglamento? Sin discusión.

Y en el fútbol profesional, cuando el reglamento encuentra la puerta abierta, entra sin pedir permiso.

Ahora Germinal quedó a merced de la lapicera ajena. Puede perder puntos, puede sufrir sanción económica, puede ser desterrado temporalmente de su casa. Todo por una estupidez tan evitable como imperdonable.

Porque no hubo conspiración. No hubo operativo anti-Germinal. No hubo manos negras ni complot centralista digitado desde Buenos Aires.

Hubo, simplemente, idiotas.

Idiotas con mecha corta y cerebro ausente.

Idiotas que confundieron aliento con sabotaje.

Idiotas que no entendieron que en esta categoría cada detalle cuenta y cada error se paga con sangre.

Pero sería ingenuo negar el contexto.

A Germinal no lo esperan con los brazos abiertos.

A ningún club patagónico lo hacen.

Para buena parte del fútbol argentino, venir al sur profundo sigue siendo una expedición al confín del mapa. Para muchos de los que habitan el microclima porteño, después de Bahía Blanca empieza Mordor. Más abajo, para ellos, hay viento, frío y kilómetros de castigo. Nada más.

Cada delegación que aterriza en Chubut repite el mismo libreto. La distancia, el viaje, el clima, el cansancio. Se quejan como si jugar acá fuera una afrenta geográfica. Como si debajo de Rawson no existiera país. Como si la Patagonia fuera una molestia logística y no una parte viva de la Argentina futbolera.

Esa mirada no es nueva. Viene de décadas.

De aquella cultura afista que alguna vez resumió brutalmente Julio Humberto Grondona cuando deslizó que por estos pagos debía jugarse al fútbol de salón. Una frase que no fue una ocurrencia. Fue doctrina. Fue síntesis. Fue la expresión desnuda de cómo se miró históricamente al interior profundo.

Aunque los tiempos cambiaron y el fútbol del interior ganó terreno con una gestión que innegablemente le dio lugar, esa matriz cultural no murió. Apenas se maquilló.
Por eso Germinal —como Deportivo Madryn, como tantos otros— juega siempre un partido extra.

Uno invisible.

Uno que se disputa en hoteles, pasillos, delegaciones y escritorios.

Uno donde algunos esperan el más mínimo tropiezo para judicializar lo que no pueden resolver en la cancha.

Por eso no alcanza con jugar bien. No alcanza con meter, correr, presionar y ganar. Hay que ser perfectos también alrededor del partido.

Porque al sur no le perdonan nada. Porque al patagónico no le regalan nada. Porque al que está lejos siempre le exigen más.

La macana ya está hecha. Y las consecuencias vendrán.

Pero si algo debe dejar esta lección es una certeza brutal. No se puede ser tan irresponsable de prender fuego la propia trinchera cuando el enemigo espera afuera con bidón en mano.

Es tiempo de entenderlo de una vez y sin cacería de brujas.

En este fútbol no alcanza con jugar bien. Hay que saber defenderse de todo.

Guardia alta.

En el área. En la tribuna. En los pasillos. Y en la cabeza.

Porque al sur, para ganar, nunca le alcanza con noventa minutos.

Por eso Germinal no juega sólo contra once rivales. Juega contra la distancia. Contra los prejuicios. Contra la logística. Contra la economía.

Y muchas veces, también, contra la predisposición de quienes esperan cualquier desliz para definir en un escritorio lo que no pudieron resolver en el césped.

Y ahí está el pecado capital de lo ocurrido.

Cuando sabés que te miran distinto, no podés regalarte. Cuando sabés que esperan el error, no podés servirlo en bandeja. Cuando sabés que cualquier excusa alcanza para perjudicarte, no podés convertirte en tu peor enemigo.

La batalla ya estaba ganada. Y Germinal decidió dispararse en el pie con el partido terminado.

La lección tiene que ser definitiva. La pasión sin cabeza no es aguante, es sabotaje. El descontrol no intimida al rival; fortalece al burócrata y la tribuna que no entiende eso termina jugando para el contrario.

En el sur no sobra nada. Ni puntos. Ni plata. Ni margen de error.

Por eso la única postura posible es una. Guardia alta siempre.

Adentro para competir. Afuera para no regalarse.

En la cancha para ganar. Y en la cabeza para no arruinarlo.

Porque en la Patagonia, además de jugar al fútbol, hay que sobrevivirlo.

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04 MAY 2026 - 11:33

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Los partidos no se ganan solamente con la pelota en los pies.

Se ganan con el alma en la cancha, con el corazón en el área rival, con orden para atacar y temple para resistir. Pero también se ganan afuera. En la cabeza, en la conducta, en la inteligencia de no regalarle al enemigo la excusa que vino a buscar.

Y eso fue exactamente lo que Germinal hizo este domingo en Rawson. Construir una victoria dentro del campo mientras la demolía fuera de él.

El Verdiblanco derrotaba a Alvarado de Mar del Plata por 1 a 0. Lo tenía. Lo abrazaba. Lo saboreaba. Hasta que a un minuto del final, una lluvia de pirotecnia lanzada desde una cabecera de El Fortín convirtió una tarde de fiesta en un papelón con olor a escritorio. El árbitro suspendió el encuentro. ¿Exagerado? Puede ser. ¿Riguroso? También. ¿Amparado en el reglamento? Sin discusión.

Y en el fútbol profesional, cuando el reglamento encuentra la puerta abierta, entra sin pedir permiso.

Ahora Germinal quedó a merced de la lapicera ajena. Puede perder puntos, puede sufrir sanción económica, puede ser desterrado temporalmente de su casa. Todo por una estupidez tan evitable como imperdonable.

Porque no hubo conspiración. No hubo operativo anti-Germinal. No hubo manos negras ni complot centralista digitado desde Buenos Aires.

Hubo, simplemente, idiotas.

Idiotas con mecha corta y cerebro ausente.

Idiotas que confundieron aliento con sabotaje.

Idiotas que no entendieron que en esta categoría cada detalle cuenta y cada error se paga con sangre.

Pero sería ingenuo negar el contexto.

A Germinal no lo esperan con los brazos abiertos.

A ningún club patagónico lo hacen.

Para buena parte del fútbol argentino, venir al sur profundo sigue siendo una expedición al confín del mapa. Para muchos de los que habitan el microclima porteño, después de Bahía Blanca empieza Mordor. Más abajo, para ellos, hay viento, frío y kilómetros de castigo. Nada más.

Cada delegación que aterriza en Chubut repite el mismo libreto. La distancia, el viaje, el clima, el cansancio. Se quejan como si jugar acá fuera una afrenta geográfica. Como si debajo de Rawson no existiera país. Como si la Patagonia fuera una molestia logística y no una parte viva de la Argentina futbolera.

Esa mirada no es nueva. Viene de décadas.

De aquella cultura afista que alguna vez resumió brutalmente Julio Humberto Grondona cuando deslizó que por estos pagos debía jugarse al fútbol de salón. Una frase que no fue una ocurrencia. Fue doctrina. Fue síntesis. Fue la expresión desnuda de cómo se miró históricamente al interior profundo.

Aunque los tiempos cambiaron y el fútbol del interior ganó terreno con una gestión que innegablemente le dio lugar, esa matriz cultural no murió. Apenas se maquilló.
Por eso Germinal —como Deportivo Madryn, como tantos otros— juega siempre un partido extra.

Uno invisible.

Uno que se disputa en hoteles, pasillos, delegaciones y escritorios.

Uno donde algunos esperan el más mínimo tropiezo para judicializar lo que no pueden resolver en la cancha.

Por eso no alcanza con jugar bien. No alcanza con meter, correr, presionar y ganar. Hay que ser perfectos también alrededor del partido.

Porque al sur no le perdonan nada. Porque al patagónico no le regalan nada. Porque al que está lejos siempre le exigen más.

La macana ya está hecha. Y las consecuencias vendrán.

Pero si algo debe dejar esta lección es una certeza brutal. No se puede ser tan irresponsable de prender fuego la propia trinchera cuando el enemigo espera afuera con bidón en mano.

Es tiempo de entenderlo de una vez y sin cacería de brujas.

En este fútbol no alcanza con jugar bien. Hay que saber defenderse de todo.

Guardia alta.

En el área. En la tribuna. En los pasillos. Y en la cabeza.

Porque al sur, para ganar, nunca le alcanza con noventa minutos.

Por eso Germinal no juega sólo contra once rivales. Juega contra la distancia. Contra los prejuicios. Contra la logística. Contra la economía.

Y muchas veces, también, contra la predisposición de quienes esperan cualquier desliz para definir en un escritorio lo que no pudieron resolver en el césped.

Y ahí está el pecado capital de lo ocurrido.

Cuando sabés que te miran distinto, no podés regalarte. Cuando sabés que esperan el error, no podés servirlo en bandeja. Cuando sabés que cualquier excusa alcanza para perjudicarte, no podés convertirte en tu peor enemigo.

La batalla ya estaba ganada. Y Germinal decidió dispararse en el pie con el partido terminado.

La lección tiene que ser definitiva. La pasión sin cabeza no es aguante, es sabotaje. El descontrol no intimida al rival; fortalece al burócrata y la tribuna que no entiende eso termina jugando para el contrario.

En el sur no sobra nada. Ni puntos. Ni plata. Ni margen de error.

Por eso la única postura posible es una. Guardia alta siempre.

Adentro para competir. Afuera para no regalarse.

En la cancha para ganar. Y en la cabeza para no arruinarlo.

Porque en la Patagonia, además de jugar al fútbol, hay que sobrevivirlo.


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