Apuzzo vomitó el prejuicio más podrido del fútbol argentino

El exentrenador de Club Atlético Huracán lanzó una frase discriminatoria sobre “mujeres, gays y normales” y desató un vendaval de repudio. Más que un exabrupto, sus palabras expusieron el costado más rancio de un fútbol que todavía arrastra prejuicios, complicidades y viejas violencias disfrazadas de folklore.

Néstor Apuzzo cuando tocó su gloria efímera en Huracán.
21 MAY 2026 - 19:00 | Actualizado 21 MAY 2026 - 19:07

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

El fútbol argentino tiene un problema viejo. Cada tanto se le escapa el barro de abajo de la alfombra. Y entonces aparecen frases como la de Néstor Apuzzo, que no son un exabrupto aislado sino el eco gastado de una tribuna que durante décadas confundió machismo con picardía, discriminación con folklore y violencia verbal con “sinceridad”.

Esta vez ocurrió mientras hablaba del Mundial 2026. Pero la pelota fue lo de menos. Porque cuando Apuzzo dijo que “las mujeres son técnicas, los gays son técnicos, los normales somos técnicos”, dejó al descubierto algo mucho más profundo. Todavía hay tipos dentro del fútbol que creen que la normalidad tiene dueño, género y orientación sexual.

Como si el fútbol fuera una fortaleza sitiada por enemigos imaginarios. Como si hubiese que defender un viejo castillo oxidado donde sólo algunos pueden opinar, sentir o pertenecer. Como si la cancha siguiera siendo un territorio exclusivo del macho heterosexual que grita más fuerte que todos.

Y no. El mundo cambió. Aunque algunos vestuarios sigan oliendo a naftalina.

La frase cayó como una bengala encendida en un depósito de pólvora. Porque no fue un chiste. No fue un furcio. Fue una definición cultural. Una línea divisoria trazada con desprecio. De un lado “los normales”; del otro, todos los demás.

El problema no es solamente Apuzzo. El problema es el ecosistema que todavía naturaliza estas cosas en el fútbol argentino. El murmullo cómplice. La sonrisa indulgente. El “ya sabemos cómo es”. Ese pacto de impunidad emocional que convierte cada barbaridad en una anécdota de café.

Mientras FIFA, Conmebol y la propia AFA llenan estadios de campañas contra la discriminación, todavía aparecen voces que hablan como si estuvieran atrapadas en un VHS de los años noventa. Y ahí está la contradicción brutal. El fútbol quiere vender inclusión global mientras algunos de sus protagonistas siguen pateando prejuicios desde el pasado.

Apuzzo supo tocar el cielo con Club Atlético Huracán. Fue campeón, ídolo nuevo y símbolo de una reconstrucción deportiva inolvidable. Pero los títulos no blindan contra la estupidez. Y la épica futbolera tampoco otorga licencia para degradar personas.

Porque el fútbol pertenece también a las mujeres que llenan tribunas, a los gays que aman este deporte desde siempre aunque muchas veces hayan tenido que esconderse para sobrevivir al insulto, y a todos los que durante años fueron expulsados simbólicamente de un ambiente que se creyó dueño de la masculinidad.

Las disculpas llegaron después. Tarde, forzadas y con ese inconfundible aroma a control de daños que suele aparecer cuando el escándalo amenaza el prestigio o el futuro laboral.

Néstor Apuzzo salió a pedir perdón tras la repercusión de sus palabras, aunque el gesto resultó tan poco creíble como aquellas disculpas públicas de Ramón Díaz cuando quedó envuelto en polémicas similares tiempo atrás. Porque hay arrepentimientos que nacen de la reflexión y otros que nacen del reto, del teléfono que suena o del temor a quedar afuera de un ambiente que ya no tolera ciertos discursos con la misma naturalidad de antes.

Y en este caso, más que convicción, lo que parece haber aparecido es el instinto de supervivencia. Un pedido de disculpas tardío, obligado y vacío, incapaz de borrar lo que realmente piensa alguien cuando cree que está hablando cómodamente entre los suyos.

Pero, lo más alarmante no es que un entrenador diga semejante cosa. Lo verdaderamente alarmante sería que ya no escandalizara a nadie.

Ahí sí estaría perdiendo el fútbol entero.

Néstor Apuzzo cuando tocó su gloria efímera en Huracán.
21 MAY 2026 - 19:00

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

El fútbol argentino tiene un problema viejo. Cada tanto se le escapa el barro de abajo de la alfombra. Y entonces aparecen frases como la de Néstor Apuzzo, que no son un exabrupto aislado sino el eco gastado de una tribuna que durante décadas confundió machismo con picardía, discriminación con folklore y violencia verbal con “sinceridad”.

Esta vez ocurrió mientras hablaba del Mundial 2026. Pero la pelota fue lo de menos. Porque cuando Apuzzo dijo que “las mujeres son técnicas, los gays son técnicos, los normales somos técnicos”, dejó al descubierto algo mucho más profundo. Todavía hay tipos dentro del fútbol que creen que la normalidad tiene dueño, género y orientación sexual.

Como si el fútbol fuera una fortaleza sitiada por enemigos imaginarios. Como si hubiese que defender un viejo castillo oxidado donde sólo algunos pueden opinar, sentir o pertenecer. Como si la cancha siguiera siendo un territorio exclusivo del macho heterosexual que grita más fuerte que todos.

Y no. El mundo cambió. Aunque algunos vestuarios sigan oliendo a naftalina.

La frase cayó como una bengala encendida en un depósito de pólvora. Porque no fue un chiste. No fue un furcio. Fue una definición cultural. Una línea divisoria trazada con desprecio. De un lado “los normales”; del otro, todos los demás.

El problema no es solamente Apuzzo. El problema es el ecosistema que todavía naturaliza estas cosas en el fútbol argentino. El murmullo cómplice. La sonrisa indulgente. El “ya sabemos cómo es”. Ese pacto de impunidad emocional que convierte cada barbaridad en una anécdota de café.

Mientras FIFA, Conmebol y la propia AFA llenan estadios de campañas contra la discriminación, todavía aparecen voces que hablan como si estuvieran atrapadas en un VHS de los años noventa. Y ahí está la contradicción brutal. El fútbol quiere vender inclusión global mientras algunos de sus protagonistas siguen pateando prejuicios desde el pasado.

Apuzzo supo tocar el cielo con Club Atlético Huracán. Fue campeón, ídolo nuevo y símbolo de una reconstrucción deportiva inolvidable. Pero los títulos no blindan contra la estupidez. Y la épica futbolera tampoco otorga licencia para degradar personas.

Porque el fútbol pertenece también a las mujeres que llenan tribunas, a los gays que aman este deporte desde siempre aunque muchas veces hayan tenido que esconderse para sobrevivir al insulto, y a todos los que durante años fueron expulsados simbólicamente de un ambiente que se creyó dueño de la masculinidad.

Las disculpas llegaron después. Tarde, forzadas y con ese inconfundible aroma a control de daños que suele aparecer cuando el escándalo amenaza el prestigio o el futuro laboral.

Néstor Apuzzo salió a pedir perdón tras la repercusión de sus palabras, aunque el gesto resultó tan poco creíble como aquellas disculpas públicas de Ramón Díaz cuando quedó envuelto en polémicas similares tiempo atrás. Porque hay arrepentimientos que nacen de la reflexión y otros que nacen del reto, del teléfono que suena o del temor a quedar afuera de un ambiente que ya no tolera ciertos discursos con la misma naturalidad de antes.

Y en este caso, más que convicción, lo que parece haber aparecido es el instinto de supervivencia. Un pedido de disculpas tardío, obligado y vacío, incapaz de borrar lo que realmente piensa alguien cuando cree que está hablando cómodamente entre los suyos.

Pero, lo más alarmante no es que un entrenador diga semejante cosa. Lo verdaderamente alarmante sería que ya no escandalizara a nadie.

Ahí sí estaría perdiendo el fútbol entero.


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