¿Quién tiene tiempo para hacerlo todo?

La distribución desigual de las tareas de cuidado sigue condicionando oportunidades laborales, autonomía económica y acceso a espacios de decisión.

Imagen: Ámbito Financiero.
Imagen: Ámbito Financiero.
21 JUN 2026 - 9:58 | Actualizado 21 JUN 2026 - 10:00

Por Natalia Spoturno
Camarista civil de Trelew

Hay jornadas que no terminan cuando termina el trabajo. Empiezan temprano con la organización de la casa, continúan con el empleo remunerado y siguen después, con las tareas de cuidado, las compras y la gestión cotidiana de lo doméstico. Entre una cosa y otra, el día se completa. Y, sin embargo, muchas veces no alcanza.

Algunas personas, en cambio, terminan su jornada laboral y pueden ir al gimnasio, estudiar un idioma, realizar una capacitación o simplemente descansar.

Ambas trabajaron ocho horas. Pero no cuentan con las mismas posibilidades.

A esta situación se la conoce como “pobreza de tiempo”: la falta de tiempo libre suficiente para descansar, desarrollarse, capacitarse o acceder a nuevas oportunidades. Se trata de una desigualdad que rara vez aparece en las estadísticas económicas tradicionales, pero que condiciona profundamente la vida de millones de personas y afecta especialmente a las mujeres.

Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo, las mujeres destinan en promedio 6,4 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que los varones dedican 3,4 horas. La diferencia parece expresarse en números. Pero sus consecuencias se traducen en oportunidades perdidas.

Tener menos tiempo no significa solamente estar más cansada. Significa tener menos posibilidades de capacitarse, de aceptar determinados empleos, de asumir cargos de mayor responsabilidad o de participar en espacios de decisión.

El tiempo funciona como una moneda invisible: quien dispone de menos tiempo tiene también menos oportunidades.

Pero quizás el aspecto más incómodo de esta discusión sea otro. Solemos pensar que la organización de las tareas de cuidado pertenece al ámbito privado de cada familia. Sin embargo, sus consecuencias son profundamente públicas. Cuando una persona dispone de menos tiempo para competir por determinados puestos, para crecer profesionalmente o para asumir responsabilidades de mayor jerarquía, ya no estamos frente a una cuestión doméstica: estamos frente a una desigualdad social.

Y aquí aparece una pregunta que rara vez formulamos: ¿son realmente neutrales las reglas del mundo laboral?

Muchas veces se premia la disponibilidad permanente, la posibilidad de responder mensajes a cualquier hora, de viajar sin restricciones o de dedicar cada vez más tiempo al trabajo. Pero esas exigencias suelen estar construidas sobre una figura implícita: la de alguien que tiene resueltas las tareas de cuidado porque otra persona se ocupa de ellas.

La pobreza de tiempo no es solamente una cuestión de organización personal. Es una cuestión de poder. Porque quien dispone de tiempo propio tiene más posibilidades de estudiar, crecer, participar, tomar decisiones y proyectar su futuro. Quien no dispone de él ve reducidas sus opciones mucho antes de que aparezcan las estadísticas sobre salarios o cargos jerárquicos.

Sin embargo, esta desigualdad suele permanecer fuera de la conversación pública. Hablamos de brecha salarial, de acceso a puestos de decisión o de representación política, pero pocas veces nos detenemos a observar aquello que muchas veces está en el origen de todas esas diferencias: quién asume las tareas de cuidado y quién puede destinar tiempo a construir una carrera profesional.

Solemos atribuir el éxito exclusivamente al mérito, al esfuerzo o a las capacidades individuales. Pero no todas las personas parten del mismo punto. Detrás de muchas trayectorias exitosas existe un recurso que rara vez aparece en los currículums: disponer de tiempo. Tiempo para estudiar, para capacitarse, para asumir nuevos desafíos y para construir una carrera. Y esa diferencia también cuenta.

La desigualdad más difícil de combatir es aquella que no se ve. Porque lo invisible no genera debate, no reclama respuestas y termina siendo aceptado como algo natural.

Por eso, quizás una de las preguntas más importantes para construir una sociedad más igualitaria ya no sea solamente quién trabaja más o quién gana más. Tal vez debamos preguntarnos algo previo: quién tiene tiempo para hacerlo todo.

Mientras sigamos tratando la distribución desigual del tiempo como un problema privado, seguiremos sin comprender una parte importante de las desigualdades que vemos en el trabajo, en la política y en los espacios de decisión. Lo que muchas veces se presenta como una elección individual suele ser, en realidad, el resultado de una organización social profundamente desigual.

Porque muchas veces la desigualdad no empieza con el salario. Empieza mucho antes. Empieza con el tiempo.

Imagen: Ámbito Financiero.
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21 JUN 2026 - 9:58

Por Natalia Spoturno
Camarista civil de Trelew

Hay jornadas que no terminan cuando termina el trabajo. Empiezan temprano con la organización de la casa, continúan con el empleo remunerado y siguen después, con las tareas de cuidado, las compras y la gestión cotidiana de lo doméstico. Entre una cosa y otra, el día se completa. Y, sin embargo, muchas veces no alcanza.

Algunas personas, en cambio, terminan su jornada laboral y pueden ir al gimnasio, estudiar un idioma, realizar una capacitación o simplemente descansar.

Ambas trabajaron ocho horas. Pero no cuentan con las mismas posibilidades.

A esta situación se la conoce como “pobreza de tiempo”: la falta de tiempo libre suficiente para descansar, desarrollarse, capacitarse o acceder a nuevas oportunidades. Se trata de una desigualdad que rara vez aparece en las estadísticas económicas tradicionales, pero que condiciona profundamente la vida de millones de personas y afecta especialmente a las mujeres.

Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo, las mujeres destinan en promedio 6,4 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que los varones dedican 3,4 horas. La diferencia parece expresarse en números. Pero sus consecuencias se traducen en oportunidades perdidas.

Tener menos tiempo no significa solamente estar más cansada. Significa tener menos posibilidades de capacitarse, de aceptar determinados empleos, de asumir cargos de mayor responsabilidad o de participar en espacios de decisión.

El tiempo funciona como una moneda invisible: quien dispone de menos tiempo tiene también menos oportunidades.

Pero quizás el aspecto más incómodo de esta discusión sea otro. Solemos pensar que la organización de las tareas de cuidado pertenece al ámbito privado de cada familia. Sin embargo, sus consecuencias son profundamente públicas. Cuando una persona dispone de menos tiempo para competir por determinados puestos, para crecer profesionalmente o para asumir responsabilidades de mayor jerarquía, ya no estamos frente a una cuestión doméstica: estamos frente a una desigualdad social.

Y aquí aparece una pregunta que rara vez formulamos: ¿son realmente neutrales las reglas del mundo laboral?

Muchas veces se premia la disponibilidad permanente, la posibilidad de responder mensajes a cualquier hora, de viajar sin restricciones o de dedicar cada vez más tiempo al trabajo. Pero esas exigencias suelen estar construidas sobre una figura implícita: la de alguien que tiene resueltas las tareas de cuidado porque otra persona se ocupa de ellas.

La pobreza de tiempo no es solamente una cuestión de organización personal. Es una cuestión de poder. Porque quien dispone de tiempo propio tiene más posibilidades de estudiar, crecer, participar, tomar decisiones y proyectar su futuro. Quien no dispone de él ve reducidas sus opciones mucho antes de que aparezcan las estadísticas sobre salarios o cargos jerárquicos.

Sin embargo, esta desigualdad suele permanecer fuera de la conversación pública. Hablamos de brecha salarial, de acceso a puestos de decisión o de representación política, pero pocas veces nos detenemos a observar aquello que muchas veces está en el origen de todas esas diferencias: quién asume las tareas de cuidado y quién puede destinar tiempo a construir una carrera profesional.

Solemos atribuir el éxito exclusivamente al mérito, al esfuerzo o a las capacidades individuales. Pero no todas las personas parten del mismo punto. Detrás de muchas trayectorias exitosas existe un recurso que rara vez aparece en los currículums: disponer de tiempo. Tiempo para estudiar, para capacitarse, para asumir nuevos desafíos y para construir una carrera. Y esa diferencia también cuenta.

La desigualdad más difícil de combatir es aquella que no se ve. Porque lo invisible no genera debate, no reclama respuestas y termina siendo aceptado como algo natural.

Por eso, quizás una de las preguntas más importantes para construir una sociedad más igualitaria ya no sea solamente quién trabaja más o quién gana más. Tal vez debamos preguntarnos algo previo: quién tiene tiempo para hacerlo todo.

Mientras sigamos tratando la distribución desigual del tiempo como un problema privado, seguiremos sin comprender una parte importante de las desigualdades que vemos en el trabajo, en la política y en los espacios de decisión. Lo que muchas veces se presenta como una elección individual suele ser, en realidad, el resultado de una organización social profundamente desigual.

Porque muchas veces la desigualdad no empieza con el salario. Empieza mucho antes. Empieza con el tiempo.