Hoy nos toca despedir a Guillermo Gallo Mendoza. Y hay despedidas para las que las palabras parecen siempre insuficientes.
Durante muchos años, Guillermo compartió el camino de la Fundación Patagonia Tercer Milenio y del Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia, pero decir solamente que trabajó junto a nosotros sería demasiado poco.
Guillermo dejó pensamiento. Dejó conocimiento. Dejó semillas.
Fue un hombre que dedicó buena parte de su vida a pensar un país más justo desde algo tan profundo y esencial como la tierra, el trabajo y la producción. Desde aquellos proyectos de política agraria de 1973 hasta Una Vuelta al Campo, La Marcha al Campo, sus trabajos sobre reforma agraria, soberanía y seguridad alimentaria y tantos documentos publicados junto a la Fundación, hubo una idea que atravesó su vida: la Argentina debía volver a mirar su territorio y ponerlo al servicio de su gente.
Pasaron gobiernos.
Pasaron décadas.
Cambió el país tantas veces.
Guillermo siguió pensando.
Y siguió escribiendo.
Porque pertenecía a esa clase de hombres que saben que el conocimiento guardado en un cajón sirve de poco. Él prefería ponerlo sobre la mesa, compartirlo, discutirlo, convertirlo en propuesta, hacerlo caminar.
Creía que una idea podía transformarse en una herramienta.
Y que una herramienta, en las manos del pueblo, podía ayudar a transformar la realidad.
Pero nosotros no despedimos solamente al intelectual, al investigador o al hombre de las grandes discusiones.
Despedimos a Guillermo.
Al compañero de tantos años. Al hombre de las conversaciones interminables, de los afectos, de las convicciones firmes y también de esas pequeñas pasiones que terminan contando una vida entera, como su entrañable amor por Vélez Sarsfield.
Hoy su ausencia duele.
Porque la muerte tiene esa costumbre inexplicable de llevarse una voz y dejarnos, de golpe, escuchando todos sus ecos.
Pero también existe la memoria.
Y la memoria tiene sus propias leyes.
Hay hombres que mueren y se van.
Y hay hombres que, cuando mueren, empiezan a quedarse.
Se quedan en una frase subrayada en un libro.
En una conversación que alguien vuelve a recordar.
En una idea que otro recoge del suelo y decide continuar.
En una semilla que germina muchos años después, cuando quien la sembró ya no está para verla crecer.
Guillermo habló durante gran parte de su vida de volver a la tierra. De sembrar. De producir. De recuperar aquello que alguna vez habíamos abandonado.
Tal vez, sin saberlo, también estaba hablando de la vida.
Porque quizá vivir sea precisamente eso:
andar un pedazo de tierra,
defender aquello en lo que creemos,
querer profundamente a los nuestros
y dejar algunas semillas antes de partir.
Hoy Guillermo se va.
Pero quedan sus libros.
Quedan sus ideas.
Quedan sus luchas.
Quedan las discusiones compartidas.
Quedan quienes aprendieron de él.
Queda su nombre escrito en una parte de nuestra historia.
Y mientras una sola de aquellas semillas continúe creciendo, Guillermo seguirá andando entre nosotros.
Desde el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia y la Fundación Patagonia Tercer Milenio abrazamos profundamente a su familia y a todos sus seres queridos.
Y elegimos despedirlo con la palabra más sencilla y, quizás, la más inmensa:
Gracias.
Gracias por tu generosidad.
Gracias por tu conocimiento.
Gracias por cada discusión y cada idea.
Gracias por los libros, los proyectos y las preguntas que nos dejaste.
Gracias por haber pensado siempre un poco más allá de tu propio tiempo.
La tierra sabe guardar las semillas.
Los pueblos, también, saben guardar la memoria.
Hasta siempre, querido Guillermo Gallo Mendoza.
Hoy nos toca despedir a Guillermo Gallo Mendoza. Y hay despedidas para las que las palabras parecen siempre insuficientes.
Durante muchos años, Guillermo compartió el camino de la Fundación Patagonia Tercer Milenio y del Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia, pero decir solamente que trabajó junto a nosotros sería demasiado poco.
Guillermo dejó pensamiento. Dejó conocimiento. Dejó semillas.
Fue un hombre que dedicó buena parte de su vida a pensar un país más justo desde algo tan profundo y esencial como la tierra, el trabajo y la producción. Desde aquellos proyectos de política agraria de 1973 hasta Una Vuelta al Campo, La Marcha al Campo, sus trabajos sobre reforma agraria, soberanía y seguridad alimentaria y tantos documentos publicados junto a la Fundación, hubo una idea que atravesó su vida: la Argentina debía volver a mirar su territorio y ponerlo al servicio de su gente.
Pasaron gobiernos.
Pasaron décadas.
Cambió el país tantas veces.
Guillermo siguió pensando.
Y siguió escribiendo.
Porque pertenecía a esa clase de hombres que saben que el conocimiento guardado en un cajón sirve de poco. Él prefería ponerlo sobre la mesa, compartirlo, discutirlo, convertirlo en propuesta, hacerlo caminar.
Creía que una idea podía transformarse en una herramienta.
Y que una herramienta, en las manos del pueblo, podía ayudar a transformar la realidad.
Pero nosotros no despedimos solamente al intelectual, al investigador o al hombre de las grandes discusiones.
Despedimos a Guillermo.
Al compañero de tantos años. Al hombre de las conversaciones interminables, de los afectos, de las convicciones firmes y también de esas pequeñas pasiones que terminan contando una vida entera, como su entrañable amor por Vélez Sarsfield.
Hoy su ausencia duele.
Porque la muerte tiene esa costumbre inexplicable de llevarse una voz y dejarnos, de golpe, escuchando todos sus ecos.
Pero también existe la memoria.
Y la memoria tiene sus propias leyes.
Hay hombres que mueren y se van.
Y hay hombres que, cuando mueren, empiezan a quedarse.
Se quedan en una frase subrayada en un libro.
En una conversación que alguien vuelve a recordar.
En una idea que otro recoge del suelo y decide continuar.
En una semilla que germina muchos años después, cuando quien la sembró ya no está para verla crecer.
Guillermo habló durante gran parte de su vida de volver a la tierra. De sembrar. De producir. De recuperar aquello que alguna vez habíamos abandonado.
Tal vez, sin saberlo, también estaba hablando de la vida.
Porque quizá vivir sea precisamente eso:
andar un pedazo de tierra,
defender aquello en lo que creemos,
querer profundamente a los nuestros
y dejar algunas semillas antes de partir.
Hoy Guillermo se va.
Pero quedan sus libros.
Quedan sus ideas.
Quedan sus luchas.
Quedan las discusiones compartidas.
Quedan quienes aprendieron de él.
Queda su nombre escrito en una parte de nuestra historia.
Y mientras una sola de aquellas semillas continúe creciendo, Guillermo seguirá andando entre nosotros.
Desde el Sindicato Regional de Luz y Fuerza de la Patagonia y la Fundación Patagonia Tercer Milenio abrazamos profundamente a su familia y a todos sus seres queridos.
Y elegimos despedirlo con la palabra más sencilla y, quizás, la más inmensa:
Gracias.
Gracias por tu generosidad.
Gracias por tu conocimiento.
Gracias por cada discusión y cada idea.
Gracias por los libros, los proyectos y las preguntas que nos dejaste.
Gracias por haber pensado siempre un poco más allá de tu propio tiempo.
La tierra sabe guardar las semillas.
Los pueblos, también, saben guardar la memoria.
Hasta siempre, querido Guillermo Gallo Mendoza.