El argentino que encontró en Perú su verdadero sueño americano

La historia la visibilizó La Nación con la firma de Gabriela Origlia. Alejandro Guerra emigró hace ocho años, comenzó vendiendo alfajores y empanadas y, con una inversión inicial de unos US$2000, creó un restaurante de gastronomía argentina que hoy cuenta con dos locales.


22 AGO 2026 - 10:01 | Actualizado 22 AGO 2026 - 10:41

A los 40 años, Guerra es fundador y dueño de Fin del Mundo Asados, un restaurante especializado en gastronomía argentina que nació con una inversión mínima y que, con el tiempo, se transformó en una propuesta gastronómica más amplia. Desde Lima, resume su experiencia con una frase contundente: “El verdadero sueño americano, para mí, es Perú”.

Su llegada al país no significó abandonar de inmediato su actividad laboral. Durante un tiempo continuó trabajando para la misma compañía en la que estaba empleado en la Argentina y, paralelamente, comenzó a buscar nuevas fuentes de ingresos. Vendió alfajores y empanadas y, junto con sus padres, también abrió un hostel.

El punto de inflexión llegó con la organización de la Expo Argentina, un encuentro pensado para reunir a emprendedores argentinos radicados en Perú. Allí descubrió una oportunidad que hasta ese momento no había considerado: la gastronomía argentina tenía un espacio todavía poco explotado en el mercado peruano.

“Nos dimos cuenta de que la gastronomía argentina era un nicho poco desarrollado, a pesar del enorme cariño que existe entre argentinos y peruanos”, recuerda.
La primera experiencia de Fin del Mundo Asados surgió precisamente en esa exposición. La propuesta consistía en ofrecer un asado tradicional patagónico, preparado con leña y estacas. La respuesta del público fue inmediata y llevó a Guerra y sus socios a pensar en transformar aquella experiencia en un restaurante.

El primer local fue pequeño y requirió una inversión muy baja. Se trataba de un establecimiento que ya contaba con buena parte del equipamiento necesario, por lo que solo tuvieron que realizar algunas incorporaciones. “Habremos invertido unos US$2000, exagerando”, cuenta.

El menú inicial también era sencillo: asado, empanadas y milanesas. Sin grandes despliegues, el emprendimiento comenzó a crecer. Con el tiempo, Guerra entendió mejor las características del negocio gastronómico peruano y decidió dar un nuevo paso: abrió un segundo restaurante, de mayores dimensiones, con más personal y una carta más amplia de platos típicos argentinos.

Para el empresario, una de las claves de la propuesta está en las diferencias entre ambas gastronomías. “La cocina argentina pone el foco en la calidad de la carne y mucho menos en los condimentos”, explica. Esa característica despierta curiosidad entre los consumidores peruanos, pero existe otro elemento que considera todavía más importante: el vínculo afectivo entre ambos países.

Muchos peruanos viajaron alguna vez a la Argentina, probaron sus productos y conocieron su gastronomía. Por eso, para Guerra, regresar a esos sabores representa también una experiencia emocional.

El crecimiento del emprendimiento también le permitió identificar los desafíos que enfrenta cualquier argentino que quiera instalarse en Perú. Entre ellos destaca la cantidad de permisos y trámites administrativos necesarios para poner en marcha un negocio.

Su recomendación para quienes planean emigrar y emprender es llegar con la documentación en regla y contar con suficiente respaldo económico. “Hay que tener espalda económica para aguantar entre seis meses y un año”, advierte. En ese período, explica, es necesario encontrar una buena ubicación, desarrollar una estrategia de marketing y construir una propuesta de atención que permita consolidar el negocio.

Según sus cálculos, actualmente se necesitan alrededor de US$15.000 para instalar un restaurante similar al primero de Fin del Mundo Asados, en un espacio de entre 70 y 80 metros cuadrados y completamente equipado.

De todos modos, Guerra considera que disponer del capital no significa que haya que gastarlo de inmediato. “Mi consejo es traer todo el capital posible, pero no pensar que hay que gastarlo todo desde el primer día. La estabilidad te permite crecer por etapas”, sostiene.

Antes de invertir, también recomienda estudiar con detenimiento el mercado. Para él, una de las ventajas de Perú es que la relativa estabilidad de los precios permite analizar las oportunidades sin la presión de tener que tomar decisiones apresuradas.

“No hay que ser atolondrado. Como los precios prácticamente no cambian, no existe esa urgencia por invertir inmediatamente. Eso da tiempo para pensar mejor cada decisión”, señala.

En su recorrido, además del modelo de negocios, hubo un componente personal que ayudó a construir vínculos con la sociedad peruana. Guerra considera que encontrar una manera auténtica de conectar con el público desde la hermandad entre argentinos y peruanos fue fundamental. En su caso, esa cercanía también estuvo atravesada por una historia familiar vinculada a un veterano de Malvinas.

Esa combinación entre una oportunidad de mercado, una inversión inicial reducida y la capacidad de adaptarse al nuevo país permitió que aquel argentino que llegó a Lima hace ocho años construyera un emprendimiento propio.

Lo que comenzó con la venta de alfajores y empanadas terminó convertido en dos restaurantes de gastronomía argentina. Para Guerra, la experiencia demuestra que emigrar no necesariamente significa empezar de cero, sino también encontrar un lugar donde una idea pueda crecer. Y, en su caso, ese lugar fue Perú.


22 AGO 2026 - 10:01

A los 40 años, Guerra es fundador y dueño de Fin del Mundo Asados, un restaurante especializado en gastronomía argentina que nació con una inversión mínima y que, con el tiempo, se transformó en una propuesta gastronómica más amplia. Desde Lima, resume su experiencia con una frase contundente: “El verdadero sueño americano, para mí, es Perú”.

Su llegada al país no significó abandonar de inmediato su actividad laboral. Durante un tiempo continuó trabajando para la misma compañía en la que estaba empleado en la Argentina y, paralelamente, comenzó a buscar nuevas fuentes de ingresos. Vendió alfajores y empanadas y, junto con sus padres, también abrió un hostel.

El punto de inflexión llegó con la organización de la Expo Argentina, un encuentro pensado para reunir a emprendedores argentinos radicados en Perú. Allí descubrió una oportunidad que hasta ese momento no había considerado: la gastronomía argentina tenía un espacio todavía poco explotado en el mercado peruano.

“Nos dimos cuenta de que la gastronomía argentina era un nicho poco desarrollado, a pesar del enorme cariño que existe entre argentinos y peruanos”, recuerda.
La primera experiencia de Fin del Mundo Asados surgió precisamente en esa exposición. La propuesta consistía en ofrecer un asado tradicional patagónico, preparado con leña y estacas. La respuesta del público fue inmediata y llevó a Guerra y sus socios a pensar en transformar aquella experiencia en un restaurante.

El primer local fue pequeño y requirió una inversión muy baja. Se trataba de un establecimiento que ya contaba con buena parte del equipamiento necesario, por lo que solo tuvieron que realizar algunas incorporaciones. “Habremos invertido unos US$2000, exagerando”, cuenta.

El menú inicial también era sencillo: asado, empanadas y milanesas. Sin grandes despliegues, el emprendimiento comenzó a crecer. Con el tiempo, Guerra entendió mejor las características del negocio gastronómico peruano y decidió dar un nuevo paso: abrió un segundo restaurante, de mayores dimensiones, con más personal y una carta más amplia de platos típicos argentinos.

Para el empresario, una de las claves de la propuesta está en las diferencias entre ambas gastronomías. “La cocina argentina pone el foco en la calidad de la carne y mucho menos en los condimentos”, explica. Esa característica despierta curiosidad entre los consumidores peruanos, pero existe otro elemento que considera todavía más importante: el vínculo afectivo entre ambos países.

Muchos peruanos viajaron alguna vez a la Argentina, probaron sus productos y conocieron su gastronomía. Por eso, para Guerra, regresar a esos sabores representa también una experiencia emocional.

El crecimiento del emprendimiento también le permitió identificar los desafíos que enfrenta cualquier argentino que quiera instalarse en Perú. Entre ellos destaca la cantidad de permisos y trámites administrativos necesarios para poner en marcha un negocio.

Su recomendación para quienes planean emigrar y emprender es llegar con la documentación en regla y contar con suficiente respaldo económico. “Hay que tener espalda económica para aguantar entre seis meses y un año”, advierte. En ese período, explica, es necesario encontrar una buena ubicación, desarrollar una estrategia de marketing y construir una propuesta de atención que permita consolidar el negocio.

Según sus cálculos, actualmente se necesitan alrededor de US$15.000 para instalar un restaurante similar al primero de Fin del Mundo Asados, en un espacio de entre 70 y 80 metros cuadrados y completamente equipado.

De todos modos, Guerra considera que disponer del capital no significa que haya que gastarlo de inmediato. “Mi consejo es traer todo el capital posible, pero no pensar que hay que gastarlo todo desde el primer día. La estabilidad te permite crecer por etapas”, sostiene.

Antes de invertir, también recomienda estudiar con detenimiento el mercado. Para él, una de las ventajas de Perú es que la relativa estabilidad de los precios permite analizar las oportunidades sin la presión de tener que tomar decisiones apresuradas.

“No hay que ser atolondrado. Como los precios prácticamente no cambian, no existe esa urgencia por invertir inmediatamente. Eso da tiempo para pensar mejor cada decisión”, señala.

En su recorrido, además del modelo de negocios, hubo un componente personal que ayudó a construir vínculos con la sociedad peruana. Guerra considera que encontrar una manera auténtica de conectar con el público desde la hermandad entre argentinos y peruanos fue fundamental. En su caso, esa cercanía también estuvo atravesada por una historia familiar vinculada a un veterano de Malvinas.

Esa combinación entre una oportunidad de mercado, una inversión inicial reducida y la capacidad de adaptarse al nuevo país permitió que aquel argentino que llegó a Lima hace ocho años construyera un emprendimiento propio.

Lo que comenzó con la venta de alfajores y empanadas terminó convertido en dos restaurantes de gastronomía argentina. Para Guerra, la experiencia demuestra que emigrar no necesariamente significa empezar de cero, sino también encontrar un lugar donde una idea pueda crecer. Y, en su caso, ese lugar fue Perú.