Por Bulín Fernández
La confirmada presencia del papa León XIV, Robert Francis Prevost Martínez, el primer norteamericano elegido para ocupar el máximo escalón de la Iglesia católica, en la Argentina en un par de meses ya genera idas y vueltas en la sociedad.
Para los creyentes, fieles de uno de los espacios religiosos más importantes del mundo, donde se calcula que hay más de mil millones de seguidores, la movilización del Papa en el mundo es todo un acontecimiento que refleja presencia y mayor adhesión.
No es menor la cuantificación porque, al igual que en toda disputa por un espacio, los seguidores resultan de relevancia. Al menos para intentar seguir creciendo.
Según World Christian Database, la población musulmana es la más numerosa (1.322 millones), superando a la católica (1.115 millones), aunque el total de los adherentes al cristianismo —protestantes, anglicanos, ortodoxos y evangélicos, entre otros— supera los 2.153 millones de creyentes. Detrás aparecen los hinduistas (870 millones), budistas (378 millones) y el judaísmo (15 millones), mientras que son más de 722 millones los que no se identifican con ninguna religión.
Yendo al nudo en cuestión, ¿se refleja esa adhesión a los valores de paz, sabiduría, conocimiento, solidaridad y empatía en la sociedad argentina? Pareciera que no.
El debate, a medida que se acerque la fecha, se incrementará en diferentes direcciones y permitirá analizar el sentido de la visita desde la mirada religiosa, política, social y hasta económica, según las expresiones de los diferentes sectores y exponentes.
La no visita del último pontífice a su país natal dejó una herida abierta porque la disputa política interna, fundamentalmente, alejó a Jorge Bergoglio, o papa Francisco, y nunca pudo dilucidarse la relevancia en los hechos.
¿Mueve una declaración, una encíclica, una presencia o una posición del máximo representante de un credo a modificar algo en un mundo tan complejo? Pareciera que no.
La excepción puede ser la visita de Karol Wojtyla, Juan Pablo II, a la Argentina en junio de 1982, previo a la rendición de la guerra de Malvinas y la renuncia del dictador Leopoldo Galtieri. Un mes antes había visitado el Reino Unido. Las pérdidas humanas y vejaciones tenían ahí un límite.
Seguramente serán cientos de argentinos los que estarán en las calles siguiendo los pasos de este peruano por adopción, y sus imágenes recorrerán el mundo. Pero no menos cierto es que sus fotos, gestos y declaraciones, si las hace, serán utilizados para que propios y extraños digan que el papa León fija una posición con respecto a la política, madre de todas las batallas por el poder.
Apropiarse de esos hechos será comidilla de los medios por espacios amplios y tiempos veloces de las redes sociales, pero poco podrán modificar la realidad. Incluso hay quienes temen que las movilizaciones generen cierta discordia o expresiones a favor o en contra del Gobierno nacional.
Solo para los distraídos o pocos fieles de la religión de manera estricta será un foco concentrado. La mayoría analizará esa presencia, con toda una movida previa, en defensa de sus intereses, especialmente la dirigencia política argentina, que lucirá sus mejores atuendos y buenas palabras de alabanza hacia el ilustre visitante en la búsqueda de “la foto” para eternizar el momento, aunque a la vuelta de la esquina siga limpiando sus armas para combatir a quien no piense cómo se “debe”.
Será bienvenido León y sus definiciones, pero no es un papa lo que necesita la Argentina, sino una definición de rumbo que simbolice lo que supuestamente predica: diálogo de pares, paz, trabajo, dignidad y solidaridad de los seres humanos, protegiendo a quienes más lo necesitan.
Los fieles que sigan creyendo y predicando. Los hechos de la realidad son los que mandan y no dependen de un dios; dependen de los terrenales, con todas sus bondades y maldades.
Por Bulín Fernández
La confirmada presencia del papa León XIV, Robert Francis Prevost Martínez, el primer norteamericano elegido para ocupar el máximo escalón de la Iglesia católica, en la Argentina en un par de meses ya genera idas y vueltas en la sociedad.
Para los creyentes, fieles de uno de los espacios religiosos más importantes del mundo, donde se calcula que hay más de mil millones de seguidores, la movilización del Papa en el mundo es todo un acontecimiento que refleja presencia y mayor adhesión.
No es menor la cuantificación porque, al igual que en toda disputa por un espacio, los seguidores resultan de relevancia. Al menos para intentar seguir creciendo.
Según World Christian Database, la población musulmana es la más numerosa (1.322 millones), superando a la católica (1.115 millones), aunque el total de los adherentes al cristianismo —protestantes, anglicanos, ortodoxos y evangélicos, entre otros— supera los 2.153 millones de creyentes. Detrás aparecen los hinduistas (870 millones), budistas (378 millones) y el judaísmo (15 millones), mientras que son más de 722 millones los que no se identifican con ninguna religión.
Yendo al nudo en cuestión, ¿se refleja esa adhesión a los valores de paz, sabiduría, conocimiento, solidaridad y empatía en la sociedad argentina? Pareciera que no.
El debate, a medida que se acerque la fecha, se incrementará en diferentes direcciones y permitirá analizar el sentido de la visita desde la mirada religiosa, política, social y hasta económica, según las expresiones de los diferentes sectores y exponentes.
La no visita del último pontífice a su país natal dejó una herida abierta porque la disputa política interna, fundamentalmente, alejó a Jorge Bergoglio, o papa Francisco, y nunca pudo dilucidarse la relevancia en los hechos.
¿Mueve una declaración, una encíclica, una presencia o una posición del máximo representante de un credo a modificar algo en un mundo tan complejo? Pareciera que no.
La excepción puede ser la visita de Karol Wojtyla, Juan Pablo II, a la Argentina en junio de 1982, previo a la rendición de la guerra de Malvinas y la renuncia del dictador Leopoldo Galtieri. Un mes antes había visitado el Reino Unido. Las pérdidas humanas y vejaciones tenían ahí un límite.
Seguramente serán cientos de argentinos los que estarán en las calles siguiendo los pasos de este peruano por adopción, y sus imágenes recorrerán el mundo. Pero no menos cierto es que sus fotos, gestos y declaraciones, si las hace, serán utilizados para que propios y extraños digan que el papa León fija una posición con respecto a la política, madre de todas las batallas por el poder.
Apropiarse de esos hechos será comidilla de los medios por espacios amplios y tiempos veloces de las redes sociales, pero poco podrán modificar la realidad. Incluso hay quienes temen que las movilizaciones generen cierta discordia o expresiones a favor o en contra del Gobierno nacional.
Solo para los distraídos o pocos fieles de la religión de manera estricta será un foco concentrado. La mayoría analizará esa presencia, con toda una movida previa, en defensa de sus intereses, especialmente la dirigencia política argentina, que lucirá sus mejores atuendos y buenas palabras de alabanza hacia el ilustre visitante en la búsqueda de “la foto” para eternizar el momento, aunque a la vuelta de la esquina siga limpiando sus armas para combatir a quien no piense cómo se “debe”.
Será bienvenido León y sus definiciones, pero no es un papa lo que necesita la Argentina, sino una definición de rumbo que simbolice lo que supuestamente predica: diálogo de pares, paz, trabajo, dignidad y solidaridad de los seres humanos, protegiendo a quienes más lo necesitan.
Los fieles que sigan creyendo y predicando. Los hechos de la realidad son los que mandan y no dependen de un dios; dependen de los terrenales, con todas sus bondades y maldades.